Para Laura y su andar por La Habana de los sueños y la memoria

Se murió; ha muerto; siempre sí resultó mortal. La parca ya no le tuvo una deferencia más. Al momento de escribir estas líneas debe estar desbordándose el torrente de apologías así como de acrimonias a que dará lugar el acontecimiento en torno a este personaje ya de suyo gargantuesco en más de un sentido. Cursiladas y medias verdades ocuparán la palestra: “partió la leyenda”, “su nombre pertenece a la historia”, “Latinoamérica llora al Comandante”; Cuba y su logros, en salud, educación y el deporte  mientras que, del otro lado, se volverá a escuchar que dejó el régimen perfecto salvo en tres cosas: el desayuno la comida y la cena o lo que es lo mismo, una economía y unos derechos humanos reducidos a chatarra oxidada, esto acompañando a otras varias recriminaciones -a la persona y al sistema- vertidos por más de cincuenta años sin mucho nuevo que agregar. En fin, ese sentimentalismo y esa bilis que terminaron convirtiéndose en denso pantano para la acción política de cualquier otro actor y del cual el caudillo se supo servir hasta el punto de filtrarlo como plasma para su propia sangre.

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Sí, lo de gargantuesco no es gratuito pues el personaje ostenta varios récords inverosímiles. Protagonizar acaso la dictadura personal más larga en la historia de América Latina; sobrevivir a innumerables intentos de asesinato que incluyen trajes envenenados, puros y caracolas marinas explosivas, mujeres fatales, pañuelos con bacterias mortales y leches malteadas letales; haber pronunciado casi tantos discursos como el número de días en los que detentó su poder absoluto comprendido entre los años 1959-2006, entre ellos uno en la asamblea general de las Naciones Unidas que se aproximó a las cinco horas más otro en la Plaza de la Revolución en 1968 ante su estoico pueblo y que alcanzó la extensión de una jornada laboral en una plantación azucarera.

Dueño pues de una incontinencia verbal que superaba a Hitler y Mussolini juntos, no es difícil imaginar lo que habrá sido una reunión de trabajo con este criollo echao pa´delante de pura cepa autoritaria. Quizás esa exuberancia verbal y ese despliegue público de macho sin brida eran necesarios a fin de convencer y-en el acto convencerse a sí mismo- que la revolución por él encabezada contra una dictadura a la que se sumaron todos los estratos de la sociedad cubana para reinstaurar las libertades en la isla, requería ahora poderes de excepción por tiempo indefinido para volverse una guerra sin cuartel contra un sector de la sociedad y contra quien a ello objetara. Pero su avasallador oleaje oratorio que terminara drenándole oxígeno del cerebro y propio de una tradición hispánica más anclada en la retórica que en el pensamiento, no era algo para enfrentar con razones o argumentos, sino una petición de principio de adhesión o rendición.

Hijo de un hacendado gallego, jamás dudó o dejó de dar por sentado que dirigir y mandar era su derecho natural, algo que emanaba de él como los fluidos corporales. Esta raíz de orgullo profundamente criollo y las interminables torpezas y arbitrariedades de los Estados Unidos en su etapa imperialista en la que emula el colonialismo de las potencias europeas antes de la primera guerra mundial y paranoicamente imperialista según consideraciones geopolíticas durante la guerra fría explican, hasta donde es dable explicar, los orígenes de la revolución cubana y su deriva hacia el castrismo.

La ruta de colisión entre los Estados Unidos y España que se perfila a lo largo del siglo XIX encuentra su desenlace definitivo en la Guerra Hispano-Americana iniciada en 1898 que le cuesta a la segunda sus dominios de Cuba y Filipinas. Ante ello quizás la expresión más clara o sintomática de cómo es interpretada esa derrota del mundo hispánico se encuentra en el ensayo Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó.1 Ariel proclama la supuesta superioridad espiritual de la herencia ibérica frente al vulgar éxito material de la cultura angloamericana; una cultura del honor frente a una groseramente pragmática y calculadora. La querella con los Estados Unidos no es sólo geopolítica sino esencialmente cultural. Los nacionalismos de derecha fueron los primeros en sintonizar esa balada así como los jesuitas preconciliares que educaron a Castro y la élite cubana a la que pertenecía. Desde esas posiciones, era fácil confundir o rechazar -con un mismo ademán categórico- la geopolítica hipócrita de los Estados Unidos junto con los códigos de la modernidad que le dieron a esa nación su energía vital en la historia.  

Pero una articulación política posible de ese discurso fue ilustrada por el franquismo, fenómeno defensivo y ensimismado; victorioso sí, pero incapaz de inspirar a nadie, imponiéndose a la realidad como un feo y áspero peñasco que interrumpe la línea del horizonte.  Nadie menos atractivo que Franco y sin embargo el gallego peninsular algo le decía y significaba al gallego insular: no hay que olvidar que cuando el vencedor de la guerra civil española muere en noviembre de 1975, Castro decreta día de duelo nacional en la isla. Que haya sido así fue el resultado de compartir los mismos actos reflejos. El problema con el franquismo es que se le podía tomar en serio dentro de España pero imposible hacerlo fuera de ella. Asfixiado y asfixiante en su tufo parroquial ¿quién podría temerle al franquismo fuera de los españoles? El marxismo-leninismo en cambio, uno de las ideologías en pugna en la Guerra Civil Española, aunque en principio una opción lejana, tenía la fuerza amenazadora de un huracán, la revelación de un nuevo evangelio y, sobre todo, facultades miméticas que abrirán múltiples posibilidades para los adictos a formas autoritarias de perseguir el poder y ejercerlo. Como involuntariamente demostrara Trotski, la versión cosmopolita o apátrida de la doctrina estaba destinada a la derrota cual anémico vampiro; pero como demostrara en cambio Stalin, la vertiente triunfadora lo era por haber hincado sus colmillos en un nacionalismo xenófobo y succionar de ahí toda la vitalidad que perdía una Revolución de Octubre ya sin gas, lo que a su vez calzó muy bien, llegado el momento, con los vientos anticolonialistas del mundo de la postguerra haciéndolo producto de exportación. Así mientras el franquismo articuló políticamente el amor a la patria de los viejos de espíritu, nostálgicos de lo que fuera un imperio, el marxismo leninismo se ofrecía como el renovado vendaval nacionalista de los jóvenes que sentían vivo el estigma de pertenecer a una colonia de facto y ansiosos de desafiar no sólo a sus padres sino ¿por qué no? al siglo americano. Esa doctrina se convierte en la salida al amanecer del resentido y herido hispanismo autoritario en su versión cubana.

La revolución cubana es típica en la historia de América Latina en cuanto a ser una querella de elites -o una facción significativa de ellas- con la autoridad en turno, su desgajamiento de la esfera del poder combinada con la capacidad de esas elites para articular agravios y reclamos populares, pero nada parecido al guion europeo y marxista de ondas de choque que supuestamente se expanden de abajo hacia arriba. El Movimiento 26 de Julio se alimentó en buena medida de los hijos de la crema y nata de la sociedad cubana, comenzando por Fidel y Raúl. No es aventurado decir que en esos jóvenes había una doble motivación: vengar y humillar al mismo tiempo a sus padres, a su cuna, a su clase y darles así una lección a todos, incluyendo a los Estados Unidos.

Cuba era una de las sociedades más sofisticadas de América Latina, abierta a una cultura afro caribeña y atlántica sumando esta última no sólo a España, sino las influencias de Francia  y de regiones culturalmente diversas de los mismos Estados Unidos. Puertos al fin, La Habana y Buenos Aires eran los puntos de contacto de las Américas de habla hispana con la brisa fresca del mundo. Carpentier, Lezama Lima, Cabrera Infante o Severo Sarduy no fueron accidentes como nunca lo fue la calidad de la escuela de música cubana, acaso tan fecunda como la del enorme Brasil o la arquitectura y traza de la vieja Habana. Cuba no era ni podía ser una banana republic pero tanto el funcionario como el ciudadano gringo de paso por la isla no reparaban en ello, como no repararon tampoco cuánto humillaron a la sociedad cubana al decidir el ascenso al poder de Fulgencio Batista: un sargento auto promovido a coronel, dos veces presidente de la república, la segunda etapa si cabe de una manera más dictatorial y desaseada que la primera: un perfecto naco como se diría en México, sin clase alguna. Y tal fulano comienza a marginar a las elites cubanas de la esfera pública primero y de la de negocios después, haciéndose socio con personajes de los bajos fondos con quienes más de alguna cosa en común tenía: hablamos de la mafia exiliada de los Estados Unidos. La historia es bien conocida.

Si la generación de los padres de Castro pareció resignarse al arreglo e incluso replegarse a los ámbitos más tradicionales de la economía renunciando a lo que ofreciera el futuro, los hijos no iban a aceptar tal claudicación. La decisión de desafiar sería su signo. No callarían ni obedecerían más: ni la dictadura en casa ni la del palacio. El radicalismo revolucionario era ideal para darle forma al doble desafío alimentado de orgullo de casta pero que intuye la necesidad de nuevos fundamentos para restablecer su liderazgo.2

Es así que Castro iniciara sendas guerras civiles, una al seno de su familia y otra en la esfera pública donde cada una será el eco de la otra, pero eso tendrá lugar un tanto después. El Movimiento 26 de julio no tiene problemas de inscribirse dentro de un llamado ecuménico a la acción y potenciarlo. La dictadura de Batista fracasa, antes que en lo militar, por su total aislamiento, social, político y cultural. Se encuentra derrotada moralmente por un repudio creciente y en marcha antes del desafío de los barbudos de la Sierra Maestra quienes en ese contexto lo aceleran o catalizan. Esta prelación de lo político, lo social y lo moral sobre el acontecimiento militar, y este convocatoria de todos los segmentos de la sociedad a rechazar a la dictadura, nunca lo captó Ernesto el Che Guevara; su vasta ignorancia de la sociedad cubana se hace patente al interpretar todo al revés, creando una versión militarista -voluntarista de esa revolución. Inaugura así la teoría y práctica del llamado foquismo guerrillero según el cual la acción armada da inicio a todo sin siquiera tomarse la molestia de transitar por la construcción política: para quienes se les adoctrinó en semejante disparate en simetría perfecta con la filosofía de la acción de los militares sudamericanos de la época -pero presentado como atajo a la utopía- tener cojones no era sólo una premisa sino en sí la metodología.

Realmente del proceso cubano el Che lo único que comprende es que no podía haber más de un liderazgo carismático en la revolución triunfante y parte así de la isla para iniciar sus desatinadas aventuras en el Congo y después en Bolivia, exhibiendo una ineptitud atroz. Es en esta segunda nación donde a la teoría y praxis del foco guerrillero se le enfrenta con la sencilla estrategia del presidente Barrientos de reclutar en el ejército boliviano a los hombres de la zona del Ñancahuazú, de modo que los rebeldes descubren que se han dedicado a dispararles a los hijos y hermanos de los campesinos de la zona, quienes no dudan en donde están sus lealtades. Aislados Guevara y los suyos, de lo demás se encarga la selva seca que los devora física y moralmente: los últimos pasajes del famoso diario son en buena medida un recuento de enfermedades y diarreas. La rendición era el único desenlace posible y el resto de la historia la sabemos. Es cierto que la CIA estuvo ahí presente para sabotear comunicaciones y logística, pero la aventura boliviana era un desastre desde su concepción misma. Nunca antes en los anales de Latinoamérica alguien había protagonizado tanto habiendo entendido tan poco, pero ése es el Che, el de la foto de Korda: un redentor manqué torpe a morir-literalmente- y quien se meta con él puede correr el mismo riesgo de quien lo haga con la guadalupana: imágenes que derrotan al sentido común y al pensamiento crítico por igual.

Lo anterior ilustra la muy peculiar trayectoria del marxismo. Siendo una reinterpretación hebrea de la modernidad que postula un origen edénico de nuestra especie (el comunismo primitivo) y profetiza un nuevo pueblo escogido (el proletariado) al cual redime el veredicto de un absoluto emitido ya no por el tronante Yahvé sino por La Historia, se mimetiza ahora en el siglo XX con el nacionalismo imperial de Stalin y Mao; con el nacionalismo romántico de Fidel y finalmente con el puro romanticismo desbocado e irresponsable del Che, tornándose en un canto de sirenas irresistible para sensibilidades en América Latina que, de otro modo, jamás hubieran conectado con las abstracciones del rabí hegeliano.   Ni duda cabe que el marxismo fue la doctrina política más travesti del siglo XX pues buena parte de su influencia universal se debe a los malentendidos con respecto a su identidad, lo que permite que distintos actores proyecten en él sus propias nociones míticas sobre los conflictos entre los hombres y su desenlace.

 Pero aún y dentro de esos movimientos enfilados hacia el poder absoluto, la Revolución Cubana destaca por haber conseguido elevar algo más de sí al rango mítico y además capitalizarlo como una renta perpetua. El Che y Castro, Castro y El Che: el binomio perfecto, complementario, antitético de mártir y vencedor, la patria o la muerte. Estamos ante lo que se le ha denominado la “estetización de la política”. La capacidad de un movimiento y un régimen para generar una épica y colmar necesidades de la imaginación; su éxito en inducir narrativas de heroísmo y ser pensado desde ellas. El régimen puede ser visto incluso como una gigantesca coreografía alrededor del héroe que crea el privilegio de participar en su epopeya. Se trata de una legitimidad no racional, no sujeta a los principios de la rendición de cuentas o nada parecido, ya que el eje de todo es una dirigencia que sólo le responde a la historia, no a los ciudadanos. No cabe duda que es posible construir legitimidades políticas no democráticas3 y será tarea de quienes se dedican a la ciencia política el no confundir lo normativo con lo factual.

La necesidad incesante del régimen de generar una épica deja un récord belicista largo y bizarro. Hubo una presencia militar en las arenas de Argelia en 1963 y se envía una brigada de tanques en la guerra de Yom Kipur de 1973 en apoyo a Siria. Pero su intervención sistemática de todo tipo en el áfrica subsahariana se extiende desde 1975 hasta 1991 centrándose básicamente en dos conflictos: el primero, al este, en el llamado cuerno de África, es la guerra de secesión de Etiopía y su enfrentamiento simultáneo con Somalia –la Guerra de Ogadén-; el segundo la guerra civil en Angola al suroeste del continente. En el primer caso, Castro involucra sus fuerzas en un desastre sin sentido alguno y las consecuencias humanitarias que de ese conflicto derivan no son menores: la hambruna en Etiopía a mediados de los ochentas y la desintegración del Estado Somalí con su propia secuela de horrores, desórdenes y hambrunas hasta la fecha. Pero en el caso de Angola sí capitaliza en cambio un genuino momento de gloria.

Entre diciembre de 1987 y marzo de 1988 tiene lugar la batalla de Cuito-Cuanavale, una operación de contención que culmina en contraofensiva no sólo dirigida a una fuerza rebelde hostil sino contra el ejército sudafricano que le apoyaba.  Las fuerzas cubanas además de salvar al régimen de Luanda que defendían, evitan que las tropas de la Sudáfrica blanca y protestante (los gringos en turno a los ojos de Fidel) se apoderen de Namibia (situada entre Angola y Sudáfrica) y eliminaran con ello a la oposición antiapartheid en esa región, lo que le vale a Castro el agradecimiento de una verdadera figura moral, como lo fue Nelson Mandela.  Sobra decir el capital político que cosechó su régimen con esto, porque no hay nada como la victoria militar. Pocos quizá hayan comprendido el papel de ese episodio en la perpetuación del régimen, al tiempo que el despropósito de la campaña etíope se desvanece de la memoria.

Una vez que los mecanismos de legitimidad se centran en la épica, la felicidad del pueblo importa cada vez menos –meta inalcanzable después de todo- y el régimen se dedica al llamado al sacrificio como una condición permanente y precondición de la unidad política. Comienza a darse una combinación entre el marxismo leninismo y la doctrina del filo nazi Carl Schmitt (1888-1985). No sabemos si el Doctor Castro tuviera noticias de él, pero tal pareciera haberse convertido en su aventajado alumno. Para Schmitt el Estado nunca debe rebajarse a ser un titubeante sirviente armado, como califica desdeñosamente al Estado liberal: su razón de ser es la lucha y el llamado a la lucha que es lo que verdaderamente construye una comunidad. La política no puede seguir otra divisa que la de amigo-enemigo en cada una de sus acciones por lo que un régimen que se respete no debe detenerse a la hora de antagonizar. Guerra interna, guerra externa, guerra perpetua.

Castro encarna una mutación ideológica: el marjismo- leninijmo, esto es, la peculiar simbiosis del partido político revolucionario de izquierda -en tanto organización de disciplina semi militar- con la visión fascista de la lucha purificadora como un fin en sí que, más que establecer vínculos en términos de Estado y ciudadanía, lo hace en términos de dirigentes/dirigidos fomentando, en ambos, el hábito y hasta el gusto por el uso de la fuerza.  Es también una división de roles, pues si bien el discurso de izquierda radical funciona para legitimarse hacia afuera y hacia adentro, la implícita metodología de guerra para abordar cualquier asunto es fascista de corazón.4 La contundencia del Estado ha de ir por delante. No es algo que se dosifique o un recurso de última instancia. El Estado debe sitiar, aislar y aplastar. Bajo esta confluencia de filosofías y reflejos anti liberales la acción de gobierno se verá siempre como una operación militar en cualquier aspecto de la vida de la nación o del mundo. El haberse enfundado perpetuamente en un uniforme de campaña algo dice. Castro impone así su ideal heroico a todo su pueblo.5

A comienzos de la revolución el binomio Castro-Guevara estaba más que dispuestos a que el enfrentamiento decisivo entre las potencias del siglo XX tuviera lugar en las playas cubanas e inmolar a la isla toda si tal era el costo de hacer el boquete al Titanic Yanqui. La cordura de última hora de Kennedy y Kruschev respectivamente en 1962 evitó que esto sucediera y el binomio revolucionario se sintió humillado por su aliado soviético porque no le consultó, dándoles a entender que su revolución no podía ser el ombligo del mundo. El punto es que en lo que inauguraron había un resorte de autodestrucción. Es la debilidad de Cuba como país y el hecho de haber enviado lejos el Tánatos guevarista, su pulsión de muerte, lo que evitó que otra apuesta auto aniquiladora tuviera lugar. Pero un Fidel Castro al frente de una verdadera potencia no habría resistido incendiar al planeta. Las limitaciones de su patria le salvaron de sí mismo.

Susan Sontag dijo alguna vez que a lo más que pudiera aspirar un sistema comunista es a “un fascismo con rostro humano”. Quizás el régimen cubano sea la mejor ilustración de semejante oxímoron. Más allá de que no hay duda de cuál de los dos términos (fascismo o rostro humano) es el que termina dominando, el aparente desatino de Sontag puede ser muy útil a los historiadores del futuro para comprender mejor al régimen de la Habana. Es claro que la retórica marxista tercermundista explica poco o nada su verdadera naturaleza ni menos aún su profunda y honda contradicción que, al mismo tiempo, le ha dado la ambigüedad necesaria para sobrevivir y confundir no sólo a partidarios y adversarios, sino que permitió seguir adelante a quienes llevaron a cabo tal experimento desde su subconsciente. Nunca seremos más auténticos que en lo que ignoramos respecto de nosotros mismos. Esa divisa del psicoanálisis no puede tener mejor ilustración a escala política que el régimen castrista.

Después de las aventuras africanas y el colapso de la Unión Soviética al régimen de la Habana no le quedó de otra que resignarse a hacer lo que hace cualquier dictadura ordinaria: dedicarse a su auto preservación y enfrentar sus realidades.  Entre ellas, el que preocupa cada vez menos a los Estados Unidos post-guerra fría cuya atención se va desplazando a otros escenarios del mundo, por lo que pierde verosimilitud el narcisista melodrama de una Numancia caribeña asediada por una monomaniaca república imperial. La otra realidad es que la estructura de comando central del régimen, si bien le funciona en muchas cosas, resulta absolutamente desastrosa cuando se requiere de la iniciativa de sus ciudadanos para asumir decisiones eficientes sobre el terreno y en tiempo real como las que típicamente se requieren en la actividad económica. Si la esclerosis de la economía no pasa a mayores es porque, con Hugo Chávez, a finales de los noventas, el régimen se saca la lotería con un huérfano en búsqueda de la aprobación de un padre ideológico… huérfano que tiene escriturado un fondo petrolero al parecer inagotable.

Pese a ese golpe de suerte resulta imposible ocultar que el régimen ancló a su nación a una guerra fría momificada en el museo de la historia; postula la doctrina más idólatra del advenimiento de un futuro luminoso y lo que consigue es hacer de su país y sus ciudades cápsulas de tiempo. Esa incapacidad de las revoluciones de sello doctrinario en el tercer mundo para parir el futuro, deja en claro que no son más que grandes trastornos y convulsiones que desembocan en un estado catatónico y, mientras más radicales son, más patente ello resulta. Dichos movimientos políticos extremistas son una analogía fallida de las verdaderas revoluciones que no siguen ningún programa, sino que simplemente suceden: las innovaciones que todo lo subvierten son los cambios tecnológicos y los que le acompañan en las maneras de producir, consumir, socializar y comunicarse, trastocando sobre la marcha los valores en vez de suscribirlos o reafirmarlos. La mutación puede ser pequeña en sus orígenes, pero termina siendo incalculable en sus consecuencias. La píldora anticonceptiva ha sido y será más radical en sus efectos que los que el que pueda tener jamás el AK-47 en manos de un rebelde adoctrinado.

El voluntarismo revolucionario le ha apostado demasiado a las proclamas apuntándole al gran todo al que arbitrariamente le otorga más realidad que a lo particular tangible donde sucede lo interesante. Tiende a construir vanguardias que practican una especie de imperialismo axiológico, siempre aventando sus valores por delante a las sociedades que así arrollan.  Eso mismo hace que aborte el futuro, porque los valores no dejarán de ser los de una generación y los de una época, es decir los de un pasado. Las verdaderas sociedades revolucionarias del mundo –para bien y para mal- son las sociedades abiertas, las que no han sido catapultadas en una sola dirección ni tampoco capturadas por un programa grandilocuente de sus fundadores políticos, lo que las hace menos cautivas de aquello que les antecede y por ende indeterminadas, pues la indeterminación es el medio ambiente propicio para que el futuro acontezca.  Una de las mayores paradojas del castrismo es que en nombre de La Revolución se la pasó desafiando al imperio americano sin comprender que los Estados Unidos y su cultura de masas – siempre reinventándose a sí misma desde renovadas plataformas tecnológicas- fueron la verdadera fuerza revolucionaria del planeta de los últimos cien años; la que más ha alterado todo, muchas veces sin siquiera proponérselo. La energía que emanó de la sociedad abierta norteamericana cambó una y otra vez las reglas del juego en el mundo incrementando incertidumbres o ansiedades por doquier y su carácter disruptivo en general y en sociedades tradicionales en particular resulta patente: de ahí que la confrontación con el Islam termine definiendo el rostro del conflicto en el siglo XXI.

 La paradoja del castrismo épico-revolucionario, la ilustra la Yihad islámica en su adopción extrema de toda la metodología de la insurgencia revolucionaria radical para encapsular a las sociedades que captura y situarlas fuera de la marcha del tiempo. La diferencia, claro está, es que los yihadistas así se lo proponen, mientras que el régimen castrista fue incapaz de entender a lo que conducía su propia lógica.

Del mismo modo que Chávez fue un golpe de suerte, de enorme fortuna resultó también para el régimen que el Comandante contara con un hermano para el relevo cuya inteligencia está fuera de duda. De no ser por Raúl ¿Quién se hubiera atrevido apagarle el micrófono al anciano, tomarle del brazo y acompañarle a la puerta de salida? La consanguinidad le ha permitido al régimen reprocesar el shock de la ausencia de Fidel sin que se pierda los controles fundamentales o se generen fisuras irreversibles. Seguramente desde La Habana se ha estudiado con detenimiento el proceso histórico del Partido Comunista Chino; cómo se las arreglaron para superar el liderazgo carismático y calamitoso de Mao e ir institucionalizando de a poco sus procesos internos. Con igual detenimiento habrán estudiado cómo se dio la recuperación y florecimiento de la economía a partir de la activación de mecanismos de mercado. Es difícil saber qué tanto de ello puedan imitar con éxito; después de todo, el daño causado por los experimentos de Mao podrían ser soportados en una sociedad de magnitudes oceánicas como la China. Es claro que Cuba no tiene tales márgenes y en donde además por su duración, el daño a los resortes más básicos de la prosperidad y a la iniciativa de sus ciudadanos pudo haber sido total. Sin embargo la apuesta a la sobrevivencia del régimen no sólo se cifra en términos económicos sino asimismo políticos: convencer a los cubanos que es la única instancia que evita que la nación se desintegre y en particular en la presente coyuntura es posible que así sea.6

No hay que perder de vista que el régimen cubano es uno de sólidos fundamentos en la épica y la narrativa, materias primas del pensamiento mítico cuya efectividad no entienden ni nunca han podido entender quienes consideran viables o factibles regímenes liberales en América Latina basados meramente en principios, reglas y axiomas, incapaces de distinguir entre el vapor destilado de un recinto académico y una construcción de verdad. Hasta ahora todo indica que es más probable que naufraguen  en la región los experimentos de transición democrática que deliberadamente han roto con la historia (el caso mexicano puede ser paradigmático al respecto) que un régimen como el cubano que sabe utilizar cual ninguno semejante capital político.

Pero cualquiera que sea el destino del régimen, si cabe pensar en un consenso con respecto al increíblemente divisivo Fidel Castro es que su biografía siempre tendrá el potencial de un Best Seller: imposible aburrirse con esta anomalía que en su propia aparición y trayectoria refuta al marxismo y sus ridículas pretensiones doctrinarias de descifrar el curso de la historia ¿Qué señal en la tierra o en el cielo antes de Fidel anunciaba que Cuba y Rusia llegaran en un momento crítico a enlazar sus destinos; que tropas cubanas algún día ocuparan el cuerno de África o merodearan por Angola y Namibia? Castro crea un régimen que es todo menos envidiable –sobra decir que jamás habrá obrero o campesino en travesía marítima en sentido contrario de quienes han huido de la isla- pero en lo biográfico vence en toda la línea. Incluso el momento mismo de su deceso parece vindicarlo frente al tenebroso ascenso de Trump a la presidencia del imperio, cual si todos sus prejuicios sobre la sociedad estadounidense le diesen la razón y lo justificaran. Pero no hay que olvidar que de los Estados Unidos rechazó todo: por una parte su rostro cínico y rapaz; por el otro su aventura como una sociedad abierta.  Sin duda en este momento se tendrá presente solo lo primero y, aunado a lo que pueda esperarse del fascismo naranja en América Latina, ello abonará un extra a su leyenda.  Así y del mismo modo que  no le faltaron admiradores y honores en vida no le faltarán en la muerte, dejando además este mundo como un patriarca venerado y aparentemente en paz, lo que es casi inaudito considerando su récord, su propensión existencial a definirlo todo en términos de partidarios o enemigos a muerte y sus apuestas desmesuradas. Nos guste o no es un triunfador con un lugar en la historia, lo que lo hace un animal político único en los anales de América Latina. Definitivamente Dios tiene sus caprichos: todo indica que Fidel Castro fue uno de ellos.

 

Rodrigo Negrete
Economista, estadístico, ensayista.


1 Tal parece que las derrotas militares terminan abonando un terreno fértil para la filosofía; ocurre con Platón después de meditar sobre Atenas en las Guerras del Peloponeso o con Hegel tras la derrota de Prusia frente a Napoleón en la batalla de Jena (1806); en el mundo hispánico ciertamente el resultado filosófico es más modesto.

2 No deja de ser equívoca la afinidad que estableciera en el siglo XXI el chavismo con el régimen de La Habana. Comenzando por Chávez, su experimento político tiene un sello plebeyo inocultable pero que también lo hace más titubeante, menos seguro en el manejo de los código y la metodología autoritaria tan natural en el castrismo, amén de haber llegado al poder por otra vía. La dependencia hacia el régimen de la Habana es sintomática de esas inseguridades al tiempo que ese empeño de adhesión al ideario cubano le impide a los chavistas comprender, más allá de su costra retórica, lo que hay de novedad en ellos. La de la Habana fue una revolución patricia empeñada en ser una revolución plebeya, mientras que lo de Caracas es un movimiento plebeyo que carece de la eficacia social y ejecutiva de un patriciado como para caminar su propio sendero y hasta para crear una iconografía convincente.

3 Sin duda Max Weber ayuda a comprender la diferencia entre regímenes carismáticos e institucionales y es un referente obligado para entender que la legitimidad política no queda sujeta a una sola formulación.

4 Como lo es la propensión a identificar “target groups” y usar contra minorías todo el poder del Estado. Son innumerables los testimonios de lo peligroso que resultaba ser homosexual en la Cuba de Castro y cómo, junto con los disidentes, nutrían la población de las prisiones. Sartre, tan entusiasta siempre de toda insurgencia revolucionaria, se le escapa la observación de que, en los homosexuales, “Castro encuentra a sus judíos”. El arquitecto del “macho politics” sabía también utilizar ese recurso frente a los intelectuales dejándoles dos alternativas: la seducción o el repudio. Nada de medias tintas.

5 Esta última observación la hizo en su momento Gabriel Zaid. Ver su colección de ensayos “De los Libros al Poder”, Grijalbo, México, 1988. Si no mal recuerdo, el nombre del ensayo en particular es “Vivir con las Botas Puestas”.

6 Pese a las diferencias geopolíticas y culturales la empantanada guerra civil en Siria puede ser una advertencia no sólo para los cubanos, sino para todos los países de la región de lo que puede ocurrir cuando a un régimen autoritario que posee bases sociales se le trata abiertamente de defenestrar.