Palabras en ocasión del Premio al Mérito Editorial Juan Pablos de la Cámara Nacional de la Industria Editorial.

Estimados amigos:

Quiero agradecer a la Cámara Nacional de la Industria Editorial, a su presidente Carlos Anaya y a su consejo directivo, la distinción con que me honran y me comprometen. Agradezco el honor y trataré de honrar el compromiso.

No es una coincidencia simbólica menor que este premio lleve el nombre no de un gran escritor, o un padre de pueblos o una institución benemérita, sino el de un cajista, Juan Pablos, el operador novohispano de Juan Cromberger, titular del monopolio del negocio de los libros en la naciente América española.

Un cajista, un empleado, un trabajador, fue quien montó la primera imprenta del Nuevo Mundo, en el año de 1539, en la llamada entonces Casa de las Campanas, a un costado del Palacio Arzobispal, hoy la calle Argentina, entre Guatemala y Donceles.

La condición profesional de Juan Pablos dice algo llano y a la vez profundo sobre el negocio que sus manos sembraron en América, lo que hoy conocemos como industria editorial.

Aquella fundación no fue la tarea de un genio solitario, de un conquistador ilustrado o un guía de pueblos. Fue la obra de un hombre industrioso cuyo saber era, ayer como hoy, una asamblea de oficios prácticos puestos al servicio del libro, el más alto instrumento civilizatorio inventado por el hombre.

Tengo razones personales para bendecir la naturaleza práctica, mercantil, creativa y colectiva de esta industria, capaz de reproducir, dar vida larga y memoria duradera, a todo lo que el hombre ha descubierto, conocido, inventado o soñado. Todo lo que ha puesto por escrito.

Tuve la fortuna de pertenecer a la primera generación de escritores de este país que pudo vivir de escribir y de hacer escribir a otros. No porque vendiera muchos libros, sino porque empecé a ser escritor en un momento de México en el que florecía la industria editorial. Se multiplicaban las publicaciones, los libros, los periódicos, las revistas, la casas editoriales, lugares todos donde era posible ejercer el doble oficio de escritor y de editor, teniendo a la mano, como autor, muchas opciones editoriales y sirviendo, como editor, a otros autores.

El espíritu colegiado del mundo editorial moderó siempre mi soberbia como autor individual, pero su diversidad y su riqueza me permitieron escoger con soberbia de autor individualista el campo editorial de mis preferencias. He escrito y editado lo que he querido, sin otras limitaciones que las mías, en el seno generoso, pujante y diverso de la industria editorial que me tocó: la nuestra

Cursé mi vida editorial con la doble franquicia de autor y editor desde principios de los años setentas, en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, con Carlos Monsiváis, Vicente Rojo, Carlos Pereyra, Rolando Cordera, Jorge Aguilar Mora, Héctor Manjarrez, David Huerta, José Joaquín Blanco y Bernardo Recamier.

Estuve desde el arranque de unomásuno, en 1977, con Manuel Becerra Acosta, Fernando Benítez y la comunidad, pionera en tantas cosas, de aquel diario único, destruido por nuestras propias manos.

Participé en la creación de Nexos, pocos meses después, en 1978, bajo la iniciativa infatigable y la capacidad de convocatoria única de Enrique Florescano.

Concurrí a la fundación del diario La Jornada, en 1984, junto con Carlos Payán, Carmen Lira, Miguel Ángel Granados Chapa, Humberto Musacchio, bajo el amparo especioso de Rufino Tamayo y Francisco Toledo.

Puse la primera piedra de Ediciones Cal y Arena, en 1987, con Andrés León, Luis Miguel Aguilar, Lilia Rossbach y Rafael Pérez Gay, que la dirige todavía luego de 270 títulos publicados.

 Acompañé las décadas de Nexos que siguieron, con las direcciones memorables de Luis Miguel Aguilar y José Woldenberg, y la dirección solidaria de la empresa, de Rafael Pérez Gay.

Una nueva generación sostiene la revista impresa de hoy y hace crecer su sitio electrónico: Héctor de Mauleón, Kathya Millares, Esteban Illades, Jorge Landa, Juan Pablo García Moreno, Saúl López Noriega, Ana Sofía Rodríguez, Mateo Aguilar Mastretta, Luciano Concheiro, Alejandro García Abreu, Teresa Zerón Medina, Álvaro Ruiz Rodilla.

Nexos es mi casa vieja y mi casa joven. He vivido en ella cuarenta años, la he visto nacer, crecer, madurar, envejecer y renovarse. Junto con Martha Gallegos, mi asistente inmemorial, he visto pasar por Nexos a tres generaciones de autores y editores. La he dirigido entre 1983 y 1995, y la dirijo otra vez desde 2009.

Nada ha cambiado de su espíritu fundador, hijo de la obsesión de Enrique Florescano por romper el cerco de la cultura académica y sacar el conocimiento especializado a los diarios, a la calle, al presente, a la realidad.

Nexos fue pensada desde un principio como una publicación intermedia entre la prensa y la academia, entre la opinión pública y el conocimiento especializado, con el propósito manifiesto del editorial de su primer número: traer a la vida pública el conocimiento especializado y el periodismo de explicación.

Fue una novedad en la cultura y en las publicaciones de entonces que hubiera una revista dedicada a eso, a ser un cruce de especialidades para mirar la vida pública del país, incluyendo en nuestra idea de vida pública, las letras y las ciencias, el país y el mundo, la política y el gobierno, el presente y el pasado.

La novedad de entonces es la rutina de hoy: las páginas editoriales de los diarios están llenas de especialistas que buscan hablarle al lector común e influir en el curso de los hechos. Eso empezó en los setentas con la pasión crítica por la cosa pública que surgió del mundo académico, intelectual y literario. Nexos fue una de las revistas donde se arraigó aquella urgencia difusa de conocimiento que tuvo, sin embargo, grandes consecuencias prácticas. Era sólo parte de un oleaje más profundo que habría de transformar el país en las siguientes décadas: el oleaje del cambio democrático.

Han pasado dieciséis años de aquel cambio mayúsculo de la democracia y México sigue urgido de cambios. Se mantiene ante nosotros, incumplida, la promesa de construir un país moderno, es decir: próspero, equitativo y democrático.

A imaginar ese país, a dibujarlo, a criticar lo que parece detenerlo o deformarlo, se ha dedicado la revista Nexos desde su fundación, y yo con ella, en sus páginas y en otros foros.

Parecería que no sólo no hemos avanzado en el rumbo soñado estos cuarenta años, sino que hemos retrocedido. No lo creo. El sólo clamor de cambio y la libre expresión de la irritación que nos rodea, son una señal de la fortaleza y el vigor de nuestra vida pública, el síntoma de lo que yo me atrevo a pensar como el inicio una de revolución moral que terminará transformando nuestras costumbres públicas, igual que la intolerancia al fraude electoral, llegado a cierto punto, terminó con la hegemonía electoral del PRI.

No hay nada nuevo o desalentador para mí en este llamado mal humor social. Siempre hemos vivido en nexos dentro de un microclima de cierto mal humor social, inconformes con la terca, a veces grotesca, otras veces desarmante, siempre imperfecta realidad.

Me preguntan con frecuencia en distintos foros cómo puedo mantener el optimismo sobre el futuro del país ante el espectáculo de sus fallas. Suelo responder con una cita del escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, la cita que guía desde hace muchos años mi enfermería personal de primeros auxilios para el desánimo público o para la frustración editorial.

Dice así:

“La prueba de una inteligencia superior es poder mantener en la cabeza dos ideas contradictorias y seguir funcionando; entender, por ejemplo, que las cosas no tienen remedio y mantenerse, sin embargo, decidido a cambiarlas”.

Estimados amigos:

El año de 1978 fue un año extraordinario para mí. En enero apareció el primer número de la revista Nexos. En febrero conocí a Ángeles Mastretta. En julio empezamos a vivir juntos, y así seguimos. Ángeles Mastretta es lo mejor que me ha pasado en la vida y me pasa todos los días, desde aquel mes de julio de aquel año increíble de 1978.

 

17 de noviembre 2016. Museo Tamayo, Ciudad de México.

 

Un comentario en “La fortuna de ser escritor y editor

  1. Abrazos, querido Héctor. Tu ejemplo y el del gran equipo de Nexos han inspirado otras iniciativas editoriales a lo largo y ancho del país. Premio merecidísimo a una empresa personal, colectiva e histórica. Larga vida a Nexos, los parabienes a tu familia, a Ángeles y a todo el extraordinario equipo de la revista y de Cal y Arena.