Hará falta tiempo para entender la multiplicidad de factores que han conducido a la victoria del candidato republicano Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses. Independientemente de las razones de esta victoria, lo cierto es que México se enfrenta, ahora, a un escenario de pesadilla y que este escenario se ve agravado, de forma muy importante, por una serie de factores internos al funcionamiento del país que, independientemente de Trump, ponen a México en una posición de debilidad estructural frente a su poderoso vecino. En esta breve reflexión quiero analizar la naturaleza de estos factores y plantear posibles estrategias para enfrentarlos.

Hace una semana, después de haber solicitado hace un año su desclasificación por medio de lo que en Estados Unidos se conoce como Mandatory Review recibí de la biblioteca presidencial John F. Kennedy un documento relativo a las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y México durante los años 60 que había permanecido clasificado más allá de los términos reglamentarios por razones de seguridad. El documento, fechado en 1964 y de pocas páginas, reportaba la ansiedad estadounidense por los intentos del gobierno de López Mateos de incrementar sus relaciones políticas y comerciales con la China comunista. Según el documento, el nivel de intercambio comercial con la China de Mao había aumentado durante la presidencia de López Mateos “de forma dramática”. El acercamiento a China, así como había ocurrido con el incremento de las interacciones con la URSS o los países del Tercer Mundo, respondía al intento de la administración de López Mateos de reducir la dependencia económica y política mexicana respecto a los Estados Unidos. Habría que rescatar, además, que la apertura a China de López Mateos reanudaba un intento de estrechamiento de las relaciones con la potencia asiática llevado a cabo, aunque por distintas razones con poco éxito, durante el porfiriato.

Ahora bien, para medir la importancia de la información contenida en el documento es crucial contextualizar la coyuntura histórica en que el aumento del intercambio citado se produjo. Nos encontramos, pues, en uno de los momentos más “calientes” de la Guerra Fría en su vertiente latinoamericana. Con la crisis de los misiles del octubre de 1962 recién concluida y con la Revolución Cubana en su fase ascendente en la región, América Latina se encontraba bajo vigilancia estricta por parte de la administración de Lyndon Johnson y, en este sentido, la autonomía de los gobiernos de la región era particularmente reducida. Llama entonces la atención que, a pesar de las importantes limitaciones que el contexto internacional imponía en el continente, México estuviera intentando diversificar sus relaciones políticas y económicas hasta el punto de apostarle a la ampliación de relaciones comerciales con una de las “bestias negras”de la política exterior estadounidense en el contexto de la Guerra Fría, es decir, la China de Mao. Se podría afirmar que la ampliación de las relaciones comerciales con la China comunista fue, en realidad, poco relevante desde un punto de vista cuantitativo, aunque representaba sin duda una apuesta a futuro. Sin embargo, hay también que considerar que el simple acercamiento al país asiático tenía como efecto indirecto el aumentar la capacidad de negociación mexicana frente a Estados Unidos. El dinamismo mexicano obligaba a que Washington tomara contramedidas para impedir que el país latinoamericano acentuara sus iniciativas independientes. Estas contramedidas, en muchos casos, tuvieron como consecuencia que Estados Unidos hiciera concesiones económicas, políticas y financieras importantes hacia el vecino del sur.

trump

Ilustración: Ricardo Figueroa

Frente a esto, la debilidad mexicana actual procede, justamente, de la falta de un proyecto político de país que, sin prescindir evidentemente de las relaciones con Estados Unidos, intente por lo menos reducir su dependencia absoluta del vecino y, por ende, su vulnerabilidad relativa frente a las decisiones que se tomen en Washington. Es evidente que la vecindad con Estados Unidos representa un elemento imprescindible de la agenda de las políticas interna y exterior de México y, sin embargo, llama la atención la falta de un proyecto político más imaginativo por parte de las élites políticas que han gobernado el país por lo menos desde la década de 1990. Como se mencionó, México fue capaz de elaborar una política exterior con alcance global, funcional al proyecto de desarrollo interno que, en el momento más duro de la Guerra Fría latinoamericana, tuvo inclusive el atrevimiento de acercarse a la China de Mao. Es entonces difícil entender por qué, más allá de la falta de voluntad política, no haya sido posible diversificar más las relaciones del país en las que para América Latina han sido las plácidas décadas de la pos-Guerra Fría. En este sentido, la mención de China no es ninguna casualidad. Como notaba en una de las conferencias que impartió hace poco en el Colegio de México el reconocido historiador Odd Arne Westad, es difícil entender las razones por las cuales México ha sido, entre los países de mayor tamaño de la región, el que menos ha aprovechado la expansión económica china para su propia ventaja. El simple dato sobre la poca interacción comercial con al gigante asiático y sobre las escasas inversiones chinas en México sería suficiente para entender la debilidad de la visión política que ha guiado el país en las últimas décadas. La diversificación de las relaciones políticas y económicas de México no sería en ninguna forma incompatible con la relación bilateral con Estados Unidos. Sin embargo, así como ocurría en los años 60 del siglo pasado, esta diversificación daría más poder de negociación a México frente a su vecino, evitando situaciones como la actual, en la que el país parecería no tener otra opción que esperar como víctima de sacrificio las decisiones que en Washington tome el nuevo presidente de Estados Unidos. Es cierto que la economía mexicana, con respecto, por ejemplo, a la de Brasil presenta probablemente mayores problemas de compatibilidad con la plataforma china. Sin embargo, la sensación actual es que no ha habido la voluntad política de explorar hasta el fondo las distintas formas de integración entre los dos países, sin mencionar la mucho menos problemática cuestión de las inversiones chinas en México.

La falta de una visión alternativa se nutre de distintos factores y, sin embargo, el que probablemente ha condicionado de forma más contundente la actitud de la élite del país es su fuerte alineación ideológica con el paradigma neoliberal estadounidense. México es, entre los países latinoamericanos más importantes, él que menos ha cuestionado el consenso sobre la oportunidad del modelo social y económico neoliberal. Una parte importante del mundo político e intelectual sigue defendiendo de forma acrítica un paradigma que ha ayudado a que el país siga manteniendo tasas de desigualdad intolerables. No hace mucho, por ejemplo, oía en un foro de debate académico-político que el Tratado de Libre Comercio ha favorecido la implantación de importantes industrias extranjeras en el país sin tomar en cuenta el dato bien conocido de que los salarios de los trabajadores de esas mismas fábricas están entre los más bajos del mundo.

La otra gran debilidad de México frente al reto que plantea Trump está relacionada con el estado de (in)gobernabilidad interna del país. La política exterior es estrictamente dependiente del estado en que se encuentra internamente un país y, sin una fuerte cohesión política y social al interior, será difícil hacer frente a los ataques más o menos virulentos que pronto provendrán de Washington con destino a México. En todo caso, el país se encuentra muy lejos de estar cohesionado. Desde un punto de vista político existen fuertes problemas de gobernabilidad que cuestionan la capacidad o voluntad del estado federal de articular un proyecto serio de consolidación político-institucional. Episodios como el de Veracruz, donde el gobierno federal deja que un gobernador acusado de gravísimas violaciones a la legalidad y al erario público se dé a la fuga no proporciona señal alguna de fortaleza institucional, más bien lo contrario. Además, las vastas áreas de ingobernabilidad que afectan a distintos estados del país a causa del crimen organizado es otro elemento que debilita notablemente la capacidad de proyección exterior del país, tornándolo más débil y más vulnerable. Finalmente, la desigualdad y la pobreza que marcan de forma estructural a México tampoco ayudan a tener unas bases sólidas para la elaboración de una política exterior eficaz.

Y, sin embargo, en la medida en que estos problemas dependen de decisiones políticas son, por ende, enmendables. En otras palabras, se pueden percibir luces en la noche. No se trata, obviamente, de recuperar el autoritarismo, blando o duro, del sistema político que rigió México entre los años 20 y la década de 1990 del siglo pasado. Se trata de recuperar ciertas experiencias que, sobre todo en términos de gestión de la relación bilateral con Estados Unidos, permitieron al país resistir a las presiones hegemónicas en el marco de un contexto tan difícil como fue el de la Guerra Fría. En este sentido, el país necesita apostar con fuerza sobre la diversificación de sus relaciones económicas, políticas y comerciales con algunos de los grandes motores de la economía global. Hacer esto no tendría que implicar necesariamente una apertura indiscriminada de la economía nacional hacia el exterior sino, más bien, encontrar los puntos de compatibilidad que puedan existir entre las distintas plataformas económicas y la posible convergencia de intereses comerciales y políticos. La globalización actual no es la única globalización posible sino un tipo bien determinado de integración económica y financiera que tiende a favorecer a determinados actores económicos y financieros, internacionales y domésticos, en lugar de otros. La globalización que países como México propusieron entre los años 70 y 80 del siglo pasado, en foros como la UNCTAD o el G77, entre otros, representó un intento de intensificar los procesos de interacción política y económica desde una perspectiva favorable para las periferias del mundo y sus respectivos proyectos de desarrollo nacional. Para un país como México, se trata de volver a recuperar esa narrativa y lógicas políticas, basadas en una idea de integración más favorable para los intereses objetivos del país y no solamente de las élites nacionales e internacionales. Esta operación tendría el doble beneficio de apuntalar desde un punto de vista económico el proyecto de desarrollo nacional y, al mismo tiempo, así como ocurrió durante la Guerra Fría y como se intentó al final del siglo XIX, la apertura controlada hacia una dimensión más global tendría el efecto de aumentar la capacidad de negociación mexicana frente al todopoderoso vecino.

Se trata, por último, de que lo anterior ocurra en un contexto distinto; un contexto en el que las élites políticas mexicanas se decidan de una vez por todas a emprender un verdadero proyecto de democratización del país, fomentando y contribuyendo a un régimen político abierto, incluyente y transparente. Esta condición me parece poco probable en este momento, pero es imprescindible. Todo lo anterior, sobra decirlo, no eliminaría los peligros que implica la elección de Trump; sin embargo, daría al país una serie de instrumentos que amortizarían de forma considerable su impacto negativo sobre el país.

 

Vanni Pettinà
Profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.

trade_1
trade_2
trade_3
trade_4
trade_5