Oye tú Francisco Villa
que dice tu corazón.
Ya no te acuerdas, valiente,
cuando tomaste a Torreón,
ya no te acuerdas, valiente,
que atacaste a Paredón.

Corrido El siete leguas

De acuerdo con Eric Hobsbawm, Pancho Villa ha sido, en México, “el más eminente de todos los bandidos convertidos en revolucionarios, (y) esto ha dado al bandolerismo un grado singular de legitimidad”.1 Hagamos de lado las historias que pretenden contar las leyendas negras de Villa y el villismo (como, para sólo citar una, la de Celia Herrera, que habla de Friedrich Katz como un “biógrafo enloquecido por la imagen celestial” del “bandolero”, y de Villa como un sujeto con “un increíble gusto por quemar vivas a sus víctimas” o de Martín Luis Guzmán como un escritor y un protagonista sospechoso de “enamoramiento homosexual” por el hombre de San Juan del Río, Durango2). Y es que, ciertamente, la figura de José Doroteo Arango Arámbula, cumple a cabalidad con las características que el historiador inglés establece en su obra clásica para hablar del bandido social.

revolucion

Como la gran mayoría de los “bandoleros buenos” consagrados por la tradición desde, por lo menos, el Robin de los bosques de la Inglaterra del siglo XIII, Villa es un personaje que surge desafiando un orden y una autoridad injustos (y sobre todo percibidos como injustos por la gran masa de la población), y tal era el estado de cosas predominante en el México de los últimos tiempos del Porfiriato. Un forajido que, como relata Friedrich Katz en su justamente célebre Pancho Villa, nace de la entraña de una región terriblemente golpeada por la injusta distribución de la riqueza, la concentración del poder económico y político en manos de unos pocos hacendados, la consolidación del imperio político Terrazas-Creel, entre otras diversas y complejas circunstancias prevalecientes en el extenso territorio de Chihuahua en aquellos años.

La leyenda blanca de Villa inicia en sus primeros años como perseguido y en su formación como dirigente secundario de la Revolución mexicana en 1913, consolidándose con su ascenso a las primeras filas del movimiento revolucionario nacional hasta sus derrotas militares en 1915 y su posterior declive cuando, derrotada la poderosa División del Norte, se ve forzado a luchar adoptando la táctica de guerra de guerrillas, con sus “Dorados” ejerciendo una violencia más bien cruel, desesperada y hasta brutal; éste último fue, en palabras de Katz, el periodo de la “decadencia moral del caudillo”.3

Villa tuvo sus ideas sociales, su vínculo con intelectuales como Martín Luis Guzmán y Felipe Ángeles más su propia experiencia de vida y su compartimiento de un cierto ímpetu norteño por los “grandes esfuerzos”, le permitieron postular algunos planteamientos programáticos más o menos precisos, muy distintos por cierto a los de otros movimientos rurales como el de los campesinos zapatistas: su interés en la confiscación de las haciendas para su administración por parte del Estado, el énfasis en la educación (además de producir “bilimbiques”, en su efímera gubernatura fundó más de 50 escuelas sólo en la capital de Chihuahua), la creación de colonias militares en las que los soldados trabajaran en colonias agrícolas e industriales, fueron algunas de las más claras y puntuales.

No obstante, su leyenda, o como le llama Hobsbawm, su “proceso de mitificación”, se gestó en tres vertientes que poco o nada tuvieron que ver con sus ideas de más largo alcance, a saber: 1) su tránsito de forajido de origen popular, agraviado por la situación general (y según algunas historias hasta en su honor familiar mancillado por un sujeto con poder que abusó de una de sus hermanas), hasta su encumbramiento como caudillo indiscutible de la Revolución en el norte del país; 2) su consagración en la lírica popular, particularmente a través de los corridos que cuentan sus hazañas, ficticias o reales, de entonces; y, 3) su incorporación a la historia de bronce, a las leyendas pedagógicas del Estado de la Revolución y a la ideología del nacionalismo revolucionario.

Está claro que, en Hobsbawm, es la tradición la que consagra al bandolero social, y así ha ocurrido sin duda con Villa, pero en este caso particular la configuración del estereotipo oficial ha propiciado una suerte de conocimiento descafeínado, por así decirlo desfolclorizado, del mito popular en sus dos versiones: la leyenda blanca y la leyenda negra. Mi familiaridad empírica con Villa es común a muchos mexicanos desde la tercera década del siglo XX a la actualidad. Yo viví hasta mi adolescencia en una casa ubicada en el bulevar Madero, una avenida paralela a la calle Francisco Villa, y sigo regresando con frecuencia al domicilio que visitaba en mis tiempos de echar novio en la colonia Francisco Villa de Culiacán, Sinaloa. Villa es también, pues, parte de un rapport, es decir, de una relación de sintonía del poder con la sociedad, parte de una educación cívica oficial.

Por si esto fuera poco, en palabras del investigador cinematográfico Eduardo de la Vega, “hay un momento en que la leyenda abruma al personaje de carne y hueso”. Y a ello, como se sabe, contribuyó el mismo Villa con la firma del contrato hollywoodense con Mutual Film Corporation en enero de 1914. Villa necesitaba los 25 mil dólares que le pagaron para sustentar su campaña militar con bastimentos, armas y demás, pero también los necesitaba como el político sagaz que ya para entonces era, además de que muy probablemente lo necesitaba el ego del caudillo por aquellas fechas inmerso de lleno en la lucha por el poder nacional. De ahí quizá lo rotundo del dato: en la entrevista publicada en noviembre de 2010, De la Vega informa de 50 películas mexicanas y extranjeras dedicadas a Villa.4

Hobsbawm supone que hay en la forja de la imagen del genérico bandolero social una inspiración romántica que reivindica la emoción, la pasión en el cumplimiento de los ideales de defensa de los pobres, de los excluidos, de los desprotegidos. Esa inspiración, en cualquier caso, responde a una realidad concreta, documentable, constatable. Y digo aquí, ya de mi cosecha, que acaso esto explique el por qué personajes como Pancho Villa o Heraclio Bernal (a quien, junto con Chucho el Roto, también hace referencia Hobsbawm en su Bandidos) no hayan pasado de su consagración como héroes sui generis (“bandidos buenos”, si se quiere muy buenos –que casi nunca es el caso- pero no santos) a su conversión en objetos de culto de la religiosidad popular como sí ha ocurrido con Jesús Juárez Mazo (o como se haya llamado, digo, si es que algún día se comprueba su existencia real), mejor conocido como Malverde, el “bandido generoso” sinaloense.

Heraclio Bernal da dramática fe de su vida y su muerte desde la documentación de sus reclusiones en prisión, desde la épica de la juglaría popular, desde la fotografía en que aparece literalmente des-fallecido en la desvencijada banca. Pancho Villa lo hace desde la lírica de sus correrías como forajido, como caudillo revolucionario capturado en las cintas hollywoodenses hasta su asimilación como leyenda pedagógica, como nombre de calle, de colonia urbana, de frente popular capitalino. Ambos son personajes reales, demasiado reales. Son, en la estricta paráfrasis nietzscheana, humanos, demasiado humanos. La prosa de su empírica existencia es, en efecto, prosaica; les falta la poética de la irrealidad que rodea a la evanescente presencia de Malverde: Jesús Juárez Mazo no está en los libros de texto ni en los nombres de las calles, ni en los cánones eclesiásticos, pero está en el imaginario popular, en la dramaturgia de Óscar Liera, en sus capillas en Culiacán, Badiraguato, Tijuana, Los Ángeles, Colombia.

He aquí el boceto de una conjetura para seguir discutiendo en la fecunda línea historiográfica hobsbawmiana: fue la certeza de su irrealidad lo que dio pie a la atribución mágica, al culto popular de Malverde. Y fue lo contrario: la absoluta certeza de su realidad histórica y humana, la que impidió esta misma atribución a otros personajes como Pancho Villa, el Centauro del Norte, y Heraclio Bernal, el Rayo de Sinaloa.

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.


1 Bandidos, traducción de María Dolores Folch, Joaquim Sempere y Jordi Beltrán Ferre, Crítica, Barcelona, 2011,  Apéndice B. “La tradición del bandido”, p. 174 (Original en inglés, Bandits, Penguin, 1969).

2 Celia Herrera, Francisco Villa ante la historia, citado por Benjamín Palacios Hernández, “Hobsbawm, Villa y los muertos vivientes”, http://bit.ly/2gxPaTh, 2 de noviembre de 2014.

3 Friedrich Katz, Pancho Villa, traducción de Paloma Villegas, México, Ediciones Era,  2000. Original en inglés, The Life and Times of Pancho Villa. Un muy completo comentario de esta obra en Pedro Pérez Herrero, “La mejor biografía de Pancho Villa”, Revista de Libros, México, número 186, septiembre-octubre de 2016.

4 Cfr. http://bit.ly/2gxQOEL.