Nota editorial: este texto fue publicado en The New York Times el 6 de noviembre, pero por su pertinencia al análisis post-electoral de Estados Unidos nos parece fundamental retomarlo ahora.


Londres a 6 de Noviembre 2016 – Durante estos interminables días finales de las campañas electorales en EUA  vivimos con enormes niveles de ansiedad que van en aumento. Los días transcurren en una fiebre de preocupación, entre oleadas de nausea que se disminuye solo para regresar y robarnos el aliento. Mucha gente tiene dificultad para conciliar el sueño. Otros más se despiertan asustados, con los cuerpos empapados con el sudor del terror por Trump. ¿Cómo será Estados Unidos después del martes de las elecciones? ¿Cómo será el mundo?

miedo

Ilustración: Patricio Betteo

Seguimos las noticias compulsivamente, tratando de obtener pistas que nos pudieran permitir saber lo que no podemos saber y no sabremos si no hasta después de las elecciones. Inclusive posiblemente aún entonces no sabremos. ¿Aceptará Trump su derrota?¿Qué tal si la elección se controvierte por semanas o meses?¿ Qué tal si hay desobediencia civil, con sangre en las calles? La espera es una agonía.

Constantemente presionamos el botón de refrescar en el pronóstico electoral del New York Times (The Upshot) o de cualquier otro de nuestra preferencia. Los extranjeros como yo tratamos de hacer conjeturas sobre los posibles significados de las repetidas analogías al futbol americano. Clavamos fijamente la mirada en la pantalla, apartamos la mirada a lo lejos, hacia fuera de la ventana y tratamos de concentrar la atención en algo más, solo para volver la vista a la pantalla de nuevo. Recogemos manojos de pequeños hechos del caos de los datos que nos abruman aferrándonos a pequeños destellos de esperanza que brillan en la superficie de nuestra burbuja mediática. Pero luego los rechazamos al considerarlos imposibles y reflexionamos para nuestros adentros: ¿Él no puede en verdad ganar, o si puede?¿podrá?

El estado anímico de nausea hacia el mundo, la repugnancia por la existencia completa, resulta familiar para aquellos de nosotros con alguna experiencia en literatura existencialista. Novelas como “Nausea” (1938) de Sartre capturan precisamente este ánimo de repugnancia hacia el mundo y hacia uno mismo por aceptar un mundo que ha aparentado ser dichosamente feliz consigo mismo por tanto tiempo. Para Sartre lo pavoroso había ya sucedido con el asenso del Nacional Socialismo en los tempranos 1930 y era todo ya solo cuestión de aprender a afrontar nuestro destino. Este es el humor al que me quiero referir al explorar el concepto de Brexistencialismo.

Esto porque debo admitir que me he convertido en un Brexistencialista recientemente, lo digo refiriéndome a aquella tarde del 23 de junio cuando vi la transmisión de la BBC completa —un poco más de ocho horas— del referéndum sobre si el Reino Unido habría de salirse de la Unión Europea o se quedaría.

Estaba en casa en Nueva York. Cuando la cobertura apenas comenzaba los encuestadores, los expertos y los mercados parecían confiados de que la buena gente del Reno Unido actuaría racionalmente y votaría por quedarse. Y luego, con las noticias de los resultados más tempranos que provenían de ciudades postindustriales del norte como Sunderland y Newcastle (que son impresionantemente similares a ciudades del norte del estado de Nueva York o de Ohio o Pennsylvania) uno se volvía pavorosamente consiente de que algo distinto estaba sucediendo. Algo estaba cambiando frente a nuestros ojos. Hacia las horas tempranas de la mañana del 24 de Junio la cara sonriente y petulante de Nigel Farage declaraba un nuevo amanecer, un día de la independencia del Reino Unido. La gente supuestamente decente, honesta y ordinaria del Reino Unido había hablado. Lo impensable había ocurrido.

¿Pasará lo mismo del otro lado del Atlántico? Nadie lo sabe y mucho menos yo. Pero los paralelos son evidentes y la ansiedad esta presente, el mismo pavor sin nombre, de que el país que uno pensaba que conocía está y es en realidad algo completamente distinto. Que el país de uno se ha desenvuelto moral y espiritualmente de un modo tan terriblemente doloroso y tan profundamente divisivo.

Regrese aquí a Inglaterra por unos días para visitar a familia y amigos. Es claro que las cosas han cambiado. El humor se ha transformado. Todo está dominado por la incertidumbre. Gente como mi hijo de 24 años sienten que el futuro les ha sido robado.

No se me malentienda. Inglaterra difícilmente ha sido nunca un paraíso (al contrario, lo cual es la razón por la que me fui) pero sin serlo, había un cierto auto-entendimiento del país como tolerante, abierto y como un poco mejor ejemplo de una sociedad integrada y post-colonial que cualquiera de sus vecinos y especialmente que su hermano mayor al otro lado del atlántico. Esas creencias han demostrado haber sido delirantes. Todo gira en torno a como uno mira a los inmigrantes o a aquellos que no aparentan pertenecer al núcleo de alguna idea regresiva de en lo que consiste ser Inglés. Me parece que todo esto sucederá de un modo mucho más dramático en los Estados Unidos si lo impensable sucede el martes.

El pavor Brexistencial que estamos sintiendo no es un accidente. El mundo es un lugar caótico y violento que parece fuera de sí, confuso y falso. Nuestra fe ciega y simplista en el poder de las redes sociales y la fuerza, supuestamente libertina, del internet han producido un ciclo noticioso que gira desorientado y sin control. Estamos interminablemente confundidos por lo que sucede y desorientados y repugnados por la marea de datos que nos abruma. La distinción entre hecho y ficción, verdad y falsedad parece pintoresca e imposible de analizar. La realidad se ha vuelto irreal.

Es esta irrealidad que Trump ha sabido manejar tan magistralmente. Lo ha hecho controlando el ciclo noticioso, con los medios siguiéndole torpemente recogiendo migajas de su cuenta de twitter. Cambiando constantemente de mensaje. Desorientando a la población al dirigirlos de este modo con revelaciones inacabables. Disolviendo los frágiles vínculos de confianza ente ciudadanos. Creando una realidad en la que todo es una conspiración, todo está amañado, nada ni nadie está a salvo. Teman todos.

Y sin embargo es posible que muy profundo en este estado de ánimo Brexistencialista pueda haber un aspecto rescatable. El sentimiento de pavor que tenemos frente a las noticias y el prospecto de una victoria de Trump tiene el objetivo de inducir impotencia en quienes se opondrían a Trump. La lección del existencialismo es que la nausea que sentimos es en realidad la emergencia de una genuina, vívida experiencia de de nuestra libertad. La ansiedad es el motor que propulsa la máquina de la libertad y que puede tomar forma concreta en el compromiso y la visión de acciones colectivas en el mundo. A pesar de los mejores y nobles esfuerzos como Occupy y Black Lives Matter, es esta visión colectiva lo que falta en el tiempo presente y que tiene que ser recuperada.

Recordemos la encarnación de Sísifo de Albert Camus, condenado a empujar una piedra enorme colina arriba por la eternidad. Lo que interesa a Camus es el momento en el que Sísifo regresa a su piedra, caminando colina abajo a recogerla nuevamente. Esa es la hora de la conciencia para Camus el momento en que Sísifo es más fuerte que su roca. El punto es no perder la esperanza, porque esa es exactamente la reacción que Trump quiere inducir en quienes lo oponen. El punto es empujar.

 

Simon Critchley
Traducción de José Ahumada Castillo