Leonard Cohen tenía 82 años cuando murió. Me cuesta trabajo creer que hace dos días tenía más de cuarenta años, la edad que le atribuyo en la portada del disco que escuché cientos de veces cuando estaba en la preparatoria. No entendía todo lo que decían sus versos, tampoco entendía la espiritualidad que inspiraba su poesía y su angustia; pero me gustaban las historias que contaban sus canciones lentas y dolientes. Hablaba de Suzanne y de Jesús como de un marinero que yo podía bien imaginar mirando al Mar de Galilea. No me pregunto por qué Leonard Cohen se murió. La edad, la enfermedad, la redición tardía de un triunfo que siempre entre nosotros escuchamos en sordina. Por un tiempo no sabremos qué se lleva con él. Posiblemente algunas de las metáforas más pulidas de una generación que aprendió a desvelarse con su música y con su sentido del humor. Cohen nos enseñó que los gemidos son la respuesta menos apropiada al sufrimiento.

 

Soledad  Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

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Fotografía de Takahiro Kyono. Bajo licencia de Creative Commons.