No me he cansado de decir que los tres discos que más me gustan de todos los que he escuchado a lo largo de mi vida —y me puedo jactar de que no han sido pocos— de música, llamémosle, “moderna” (esto excluye clásica, ópera, jazz y otros géneros), son, en orden de aparición para mí: Tommy (1969) de The Who, Songs from a Room (1969) de Leonard Cohen, así como Easter (1978) de Patti Smith. Ingleses los primeros, canadiense el segundo y estadounidense la tercera. No sólo los considero musicalmente extraordinarios, por diferentes razones me marcaron. Al único que nunca pude escuchar en vivo y no podré hacerlo ya es a Leonard Cohen. En verdad lo lamento como una de las cosas que nunca pude hacer en la vida. Siempre tuve la esperanza de que viniera a México y cantara en Bellas Artes.

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Esta noche, al llegar a mi casa, un amigo que sabe de mi enorme gusto —él le dice pasión— por Cohen me envió un mensaje diciendo: “No resistió el triunfo de Trump y abandonó la vida”. Quedé pasmado con la noticia. Seguramente empecé a escuchar a Cohen a los 18 años y desde entonces nunca dejé de hacerlo. Me considero afortunado de tener todos sus discos de estudio (16) y cuatro o cinco más de los ocho grabados en vivo y una que otra recopilación. Tengo también cuatro libros de poemas de los trece que publicó. Desafortunadamente no tengo ninguna de sus dos novelas.

Leonard Norman Cohen (1934-2016) nació en Montreal y murió en Los Ángeles la tarde de ayer, 10 de noviembre. A diferencia de otros, Cohen, antes de cantar y componer música y canciones, escribía poesía, publicando sus primeros poemas en 1954. Pero la poesía de Cohen fue una poesía de verdad y sus canciones no sólo tuvieron meros “tintes” poéticos —no diré el nombre, aunque no es difícil imaginarse de quién se trata, de ese otro con el cual han hecho innumerables comparaciones algunos “sesudos” críticos, creando una especie de carrera o concurso. Desde entonces no dejó de escribir poesía hasta el último de sus libros: Fifteen Poems (2012), mientras que su primer disco Songs of Leonard Cohen apareció hasta 1967. Cronológicamente, pues, su poesía precede, en por lo menos 13 años, a sus primeras composiciones musicales. Recibió muchísimos premios y reconocimientos por su palabra escrita y cantada, entre ellos el Príncipe de Asturias (2012).

De entre sus canciones menciono solamente, como una breve guía, a las inolvidables “Suzanne” y “So Long Marianne” del álbum Songs of Leonard Cohen (1967), así como las diez canciones extraordinarias, sin excepción, de Songs from a Room (1969) (“Bird on the Wire”, “Story of Isaac”, “A Bunch of Lonesome Heroes”, “The Partisan” —cantada en inglés y en francés— “Seems so Long Ago Nancy”, “Revolution”, “The Butcher”, “You Know Who I Am”, “Lady Midnight” y “Tonight Will Be Fine”); de otros discos recuerdo en este momento y sólo me detengo en “Chelsea Hotel #2” compuesta para Janis Joplin con quien tuvo un affaire en ese mítico hotel en el que, entre otros, se hospedaron Dylan Thomas —quien allí murió de neumonía—, William Burroughs, Arthur Miller, Allan Ginsberg, Jack Kerouac, y hasta Sartre, por supuesto con Simone de Beauvoir por el lado de las letras, mientras que por el lado de las notas y los acordes allí durmieron Nico, Patti Smith, Tom Waits, Édith Piaf, Bob Dylan y, entre muchos otros, Sid Vicious —que allí mató a su mujer Nancy Spungen. También pasaron por sus habitaciones cineastas como Kubrick y Dennis Hopper, así como los pintores Yves Klein, Christo, Kooning y se dice que hasta Diego Rivera.

También Paula y Bernardo, mis hijos, y yo mismo estuvimos hospedados allí en unas maravillosas vacaciones esperando encontrarte Leonard, acompañado de ti Patti Smith, a quienes desafortunadamente nunca vimos en tan célebre lugar sino sólo a sus fantasmas, como dice tu canción, y tu retrato pintado, colgado en el lobby del hotel. En tu canción de ese Peyton Place que fue el Chelsea le dices a Janis: “Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel / eras famosa, tu corazón era una leyenda. / Me dijiste de nuevo que preferías a hombres guapos pero que harías una excepción conmigo…”.

Lloro tu muerte pero me quedo con tu vida, Leonard Cohen, con tus canciones, tu música, tu poesía; con el amor que tuviste por Marianne, quien fuera uno de tus mayores amores; por tu pequeña casa en la isla de Hidra desde donde contemplabas el mar y veías dormir a Suzanne quien al despertar te ofrecía té y naranjas; con la bella Nancy, cuyo padre era juzgado en la Casa de la Honestidad y del Misterio mientras ella jugaba con una 45 apuntándosela a la cabeza, con sus calcetas, con Janis que jugaba diciéndote que, aunque no le gustabas, haría una concesión y dormiría contigo, eso era el amor para esos obreros de la canción, tal como lo escribiste y cantaste, consolándose mutuamente diciéndose “somos feos pero tenemos la música”, sí, todo eso era el amor…

Nos dejas tu poesía, tus letras, tu música, a los partisanos de la resistencia asesinados por los nazis; a Abraham a punto de sacrificar a Isaac; nos dejas al prestamista, a la mujer sensitiva y al muy reverendo Freud, también a Marlon Brando y a Steve McQueen; nos dejas la invitación a tomar Berlín y luego Manhattan; nos dejas tu sentencia que, a manera de diagnóstico, nos dice que no hay cura para el amor; nos dejas también tu enorme  canción sobre la democracia y la plaza de Tiananmen, nos dices que la democracia llegará a los Estados Unidos debido a las sirenas que día y noche anuncian bombardeos y también llegará por todos los fuegos con los que se calientan en las frías noches los que no tienen casa y por las cenizas de los gays que han sido calcinados. Por esto, sí, por todo esto llegará la democracia al país de las barras y las estrellas, al país de los KKK, de los homofóbicos, misóginos, neonazis, ultraconservadores e iletrados incultos que votan por un payaso en el ejercicio democrático; a ese país donde además también está Berkeley, San Francisco y su City Lights, Nueva York y el Chelsea Hotel, a ese país donde gana una candidata por los votos de la gente, pero finalmente, gracias al sistema, el triunfo es de un clown que es a la vez candidato; pero en el país de la democracia un candidato —ya presidente electo— nazi-fascistoide que miente, se burla, amenaza e insulta en público, que se jacta de su supremacía blanca y denigra a los emigrados como su esposa, que se jacta de su “virilidad” misógina y humilla públicamente a las mujeres, a los musulmanes, a los negros, a los latinos y pretende construir muros, en la democracia también hay quien no tiene pudor ni vergüenza y a pesar de todo gana ese candidato y tú al día siguiente mueres Leonard…

Muchos como yo lloraremos tu muerte pero celebraremos tu vida, tú música, tus canciones, tu poesía.

 

Jesús R. Martínez Malo
Psicoanalista. Miembro de la “École lacanienne de psychanalyse”.