La llegada de Donald Trump como candidato a la presidencia de Estados Unidos no es una sorpresa. Pudo haberse llamado de distinta forma, tener otro peinado o diferentes prejuicios, pero era cuestión de tiempo para que un aspirante con discurso polarizante y extremo estuviera tan cerca de vivir en la Casa Blanca. El fenómeno Trump puede justificarse con el desgaste de las instituciones democráticas y el auge del autoritarismo a nivel mundial, pero habría que apuntar, también, a factores internos del desarrollo estadunidense para darle sentido al podio en el que se ha subido Trump. 2016 es cosecha de varios factores políticos, económicos y sociales sembrados cuatro décadas atrás.

02-populismo

La explicación más evidente, aunque poco discutida, emana con ironía de la misma construcción democrática: la generalización del sistema de elecciones primarias. Algunos estados, a principios del siglo XX, introdujeron el procedimiento con la idea de contrarrestar el poder que habían adquirido desde el siglo XIX las organizaciones partidistas y, particularmente, los jefes de los partidos. Sin embargo, fue hasta 1972 cuando el control de las nominaciones de los candidatos presidenciales pasó verdaderamente a las manos del electorado.1 Aunque a simple vista pareciera una buena noticia la posibilidad de elegir a los candidatos presidenciales, particularmente en un país en donde el sistema es democráticamente cuestionable debido a la figura terciaria del Colegio Electoral, a largo plazo ha traído ciertas consecuencias que hubieran puesto, por decir lo menos, incómodos a los padres fundadores. Como ha atestiguado el Partido Republicano en este año, las elecciones primarias disminuyen la rendición de cuentas de los partidos pues abren la posibilidad de que el candidato electo vaya en contra de la institución y de sus funcionarios. Y, aunque la participación electoral en la elección primaria es más baja que en la general (aproximadamente vota sólo el 25% de los votantes elegibles, menos de la mitad de quienes votan en las generales –que es, de por sí, un democráticamente escaso porcentaje cercano al 60%–),2 quienes participan son los votantes más ideológicamente comprometidos y los candidatos en ambos partidos tienen incentivos de moverse a los extremos ideológicos del electorado para conquistar los votos de las bases partidistas y afianzar su nominación. De este modo, las campañas de las elecciones primarias han institucionalizado la polarización política pues son los extremos quienes definen las agendas durante esta fase del proceso electoral (tradicionalmente los candidatos recorren un camino de duplicidad donde van cambiando sus posiciones de extremos ideológicos en las primarias hacia el centro en la general; durante estas campañas electorales, sin embargo, ha quedado claro que Hillary Clinton sí ha sido una candidata usual enfrentada a un contrincante singularmente atípico).3 Con la introducción de las primarias se hizo realidad el miedo de los padres fundadores hacia las pasiones de los ciudadanos y por el cual adoptaron el Colegio Electoral: la intensidad de algunos y la pasividad de otros definiendo el camino político. Y entonces Trump.

En 2016 ha quedado evidenciado, también, uno de los cansancios que tiene un gran sector del electorado: ir a favor o en contra del “establecimiento”, de la popularidad de los políticos profesionales frente a la de los advenedizos. Donald Trump resume las exigencias que el movimiento del Tea Party, a principios de la década, ingresó al discurso político del Partido Republicano: protestar en contra de los impuestos, particularmente de los que tendrían destino en los programas de bienestar social, que en su mayoría benefician a la población afroamericana y a las minorías económicamente marginadas (grupos predominantemente pro-demócratas). En paralelo, el movimiento Occupy Wall Street también peleaba por cuestiones de impuestos, pero su enojo giraba en torno a los contribuyentes adinerados a quienes consideraban parte del problema de desigualdad de ingreso entre ricos y pobres pues argumentaban que el 1% más rico del país pagaba menos que los demás. Quizás la influencia de esta nueva coalición en el Partido Republicano lo volvió más radical que el Demócrata pues, aunque Occupy movilizó a muchos adeptos, no se integró políticamente al Partido Demócrata como el Tea Party sí lo hizo con los republicanos.4 Y fue resaltando su falta de experiencia política como una cualidad, como el empresario Trump obtuvo más votos que sus contrincantes políticos republicanos y, aunque Hillary también obtuvo más votos que Bernie Sanders, contaba con el apoyo extra de los superdelegados demócratas (los votos de funcionarios y gente relevante del partido). Gracias a este candado se puede argumentar la inminencia de que, si algún partido tendría en elecciones nacionales al primer candidato no comprometido con la institución partidista, sería el Republicano. Y entonces Trump.

Por si fuera poco, los dineros privados juegan cada vez un papel más relevante dentro de las campañas políticas estadounidenses, en gran medida como corolario de la introducción de las primarias pues al presente sólo dos tipos de candidatos logran ser competitivos: los que tienen un compromiso ideológico compartido por la pequeña parte de la población que vota por algún precandidato, y quienes cuentan con muchos fondos ya que, para competir en una elección nacional, los candidatos tienen que construir maquinarias electorales en cada estado. Por lo tanto, como requieren muchísimo capital para darse a conocer y lograr una nominación, el tipo de corrupción endémica del sistema político pasó de regresarles los favores a los jefes del partido, a dar tratamiento especial a los donantes. Con esto ha surgido el debilitamiento de la llamada “democracia de la clase media” pues los intereses organizados han superado a las preocupaciones de los votantes; los políticos han respondido más a quienes les patrocinan las campañas que a su electorado, generando el círculo vicioso que vuelve, para muchos electores enojados con el sistema, a los políticos de carrera en la personificación misma de todos los males. Y entonces Trump.

La democracia está basada en el principio de igualdad política donde cada individuo cuenta igual para influenciar al gobierno. Sin embargo, con la entrada del dinero privado a la política este balance ha cambiado. Hasta el año 2000 todos los candidatos presidenciales participaban en el sistema de financiamiento público mediante el cual aceptaban fondos del gobierno a cambio de no gastar más que una cantidad específica. Con el tiempo esto se ha vuelto insostenible ya que las campañas cada vez son más caras y, además del gasto de los candidatos, está el de los partidos, de los Comités de Acción Política (PACs) y de otros grupos de interés.5 Y así, mientras el sector empresarial ha incrementado considerablemente su participación en estos comités, el papel de las organizaciones defensoras de los trabajadores (como los sindicatos) ha ido en declive. En “Winner-Take-All Politics” (2010), Jacob Hacker y Paul Pierson describen cómo esta pérdida en el balance de poder ha permitido que haya aumentado el ingreso del 1% más rico en detrimento de los trabajadores promedio (la disparidad entre el 1% y el resto se ha duplicado desde 1974), generando el acceso casi exclusivo a los legisladores que ha derivado en un debilitamiento en las restricciones regulatorias del sector financiero y empresarial. A pesar de que tradicionalmente los demócratas han estado del lado de las organizaciones del trabajo, los dos partidos han contribuido al desgaste del balance en la lucha de poder frente a las grandes corporaciones financieras y de negocios: así, ambos partidos sellaron su camino de condonación de impuestos a los poderosos. Aunado a esto, en la actualidad los grupos de interés están tan especializados que han hecho prácticamente imposible que las voces de ciudadanos organizados pesen. Y, más allá del acceso a los políticos y a que las demandas de los grupos de la población con menores recursos para influenciar el proceso político sean tomadas en cuenta, la segregación entre los perdedores y los ganadores de la economía de libre mercado se ha incrementado y, como apunta Larry Bartels en Unequal Democracy (2008), a partir de los setentas el crecimiento del ingreso ha sido más lento y desigual. La movilidad social, el epítome del “sueño americano”, ha sido notablemente escasa (quien nace en un hogar pobre, predominantemente los afroamericanos, hispanos y blancos del cinturón de Los Apalaches, tiene muy poca probabilidad de escalar de estrato socioeconómico) y la educación ya no es el gran ecualizador. Hay un enojo válido y real de los perdedores del proceso, y un miedo al ver que su pasado se destruye y su futuro se ve tan incierto que les nubla el presente. Y entonces Trump.

A pesar de que los asuntos que defiende cada partido han cambiado con los años, el sistema bipartidista ha sido bastante estable. Ambos partidos han reconfigurado algunas de sus posiciones ideológicas y han incorporado en su plataforma a distintos grupos, movimientos sociales e incluso a terceros partidos según se presentan las posibilidades y los liderazgos. Y, aunque ha habido una derechización de la política, el margen de victoria en los últimos 30 años ha sido de un dígito, por lo que el número de votos que quedan por pelear en una campaña electoral es reducido y va a la baja (los independientes son cerca del 10%).La polarización es la principal razón por la cual las preferencias de voto han sido estables en las últimas campañas y, cuando inicia el proceso, la mayoría de los votantes ya sabe por quién votará.6 Esta polarización partidista se traduce en un Congreso al que muchos llaman “la Rama rota” del gobierno pues cada vez hay menos congresistas moderados que son capaces de romper el punto muerto en el que se encuentra la lucha de poder entre republicanos y demócratas; las escasas leyes aprobadas y la forma en la que pasan es ejemplo de esta situación.7 Los últimos Congresos han evidenciado la unidad intrapartidista (hay mayores acuerdos al interior de cada partido) a cambio de la lucha entre los bloques que ha llevado a la parálisis gubernamental (diferencias extremas entre ambos partidos al grado de ni siquiera lograr aprobar presupuestos).Y, aunque la polarización permite que los votantes tengan una idea más clara de las claves que les mandan los partidos y de esta forma se les puede exigir cuentas más fácilmente, el bipartidismo ha generado una división donde los presidentes son electos por sólo la mitad de la población; las complicaciones para votar (hay que registrarse) y la indiferencia de los ciudadanos por el proceso, le restan legitimidad a cualquier ganador del proceso electoral.8 Y entonces Trump.

Y, para agregar otro ingrediente al coctel de explicaciones, los medios de comunicación. Desde la década de los setentas, la televisión y el radio dejaron de ser tan masivos y se hizo más evidente su propósito dual: defender la libertad de expresión (proteger la primera enmienda) y ser un negocio rentable. De 1949 a 1987 estuvo vigente la Doctrina de la Imparcialidad que obligaba a las emisoras a presentar asuntos de importancia pública de una forma balanceada y contrastando visiones. Esta ley era considerada, por muchos grupos conservadores y anarquistas, como una imposición gubernamental sobre la primera enmienda para estandarizar noticias y por eso lucharon hasta abolirla. Coincidentemente, el uso de televisión por cable se extendió y las opciones de entretenimiento fueron favorecidas sobre los noticieros. Además, la entrada de nuevos concesionarios repercutió para ofrecer visiones distintas de la realidad y ha contribuido para generar públicos más polarizados; algunos, incluso, dedicándose abiertamente a promover intereses partidistas. De igual forma, internet ha sido muy eficiente como cámara de eco para reforzar las ideas de cada quien. Anteriormente el sistema era mejor para tener a un público más informado pues los noticiarios aparecían en horario estelar con decenas de millones escuchando y viendo lo mismo. El nuevo sistema de comunicación, en cambio, ha sido más efectivo para mantener a un público más enganchado. Y así, mientras los ciudadanos más informados están mejor informados que nunca, un creciente número de individuos consume menos noticias y las historias que oye son las sensacionalistas que aumentan ratings. Y entonces Trump.

Así, pudo haberse llamado de distinta forma, tener otro peinado o diferentes prejuicios, pero era cuestión de tiempo para que un aspirante con discurso polarizante y extremo estuviera tan cerca de vivir en la Casa Blanca. Las condiciones están puestas y, aún si Donald Trump no gana la presidencia, es altísima la probabilidad de que Estados Unidos vuelva a vivir a un candidato extremo (del lado demócrata o del republicano nuevamente); el camino está abierto mientras las condiciones no cambien. Porque el problema, entonces, no sólo es Trump, ni remotamente; la solución que resta es acabar con los Estados Polarizados de América, y en eso hay mucho de moraleja para sus vecinos.

 

Ana Lucía Guerrero
Internacionalista y politóloga.


1 El sistema de campañas primarias se generalizó, en gran medida, a raíz de la derrota en 1968 de Hubert Humphrey (el candidato demócrata nominado por los líderes del partido) ante Richard Nixon.

2 Sólo cuatro presidentes (Harding, Franklin Roosevelt, Johnson y Nixon) han recibido más del 60% del voto popular.

3 Trump no sólo no se ha movido al centro sino que ha conservado su discurso polarizante, quizás apostándole a que la baja popularidad de Hillary Clinton le restará adeptos independientes y capacidad movilizadora de voto, mientras él logra el triunfo apelando únicamente al electorado cautivo que ya tiene. Habrá que ver si los resultados del 8 de noviembre le dan la razón a su apuesta, aunque las encuestas no lo hagan y su estrategia, por consecuencia, empiece a ser la descalificación de todo el proceso.

4 Otras incorporaciones relevantes al Partido Republicano (el heredero de Lincoln), han sido las de la “Estrategia sureña” en donde Nixon decidió atraer a los blancos sureños que votaban tradicionalmente por el Partido Demócrata y que estaban molestos con el movimiento de los derechos civiles. De igual forma, la incorporación de los grupos conservadores de evangélicos en los ochentas moldeó, en gran medida, lo que hoy es el Partido Republicano.

5 En 2010, en el controvertido caso de Citizens United v. Federal Election Commission, la Suprema Corte mantuvo, con mayoría de 5 a 4, que la primera enmienda prohibía al gobierno restringir los gastos políticos independientes hechos por una corporación sin fines de lucro. De esta forma se crearon los Super PACs con los cuales, bajo el argumento de la liberta de expresión, las corporaciones con fines de lucro, los sindicatos y otras asociaciones (incluso con capital extranjero) son capaces de influir abiertamente en el panorama electoral.

6 Como en un contexto tan polarizado es muy difícil mover las preferencias de los votantes, la estrategia desde 2004 ha sido mover a las bases partidistas para que salgan a votar. La campaña de reelección de Obama es el mejor ejemplo de movilización.

7 Un caso notorio es la llamada Obamacare, o la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, que pasó en la Cámara de Representantes sin un solo voto Republicano. Bajo el auspicio del líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, sus compañeros de partido fueron advertidos de que, si rompían filas y votaban con los demócratas, estarían legitimando las propuestas del demócrata más visible: Barack Obama.

8 El hecho de que las elecciones se realicen en un día entre semana no es buen aliciente para muchos ciudadanos. En la Constitución no se establecen fechas o días para la elección, pero se sigue la tradición desde 1845 cuando el Congreso especificó el primer martes después del primer lunes de noviembre cada 4 años; de esta forma se aseguraban de que las elecciones no cayeran en el primer día de mes, que estaba reservado para los asuntos de las cortes en los condados. Estados Unidos era un país predominantemente rural, así que era hasta después de la cosecha cuando la gente podía pensar en política; además, los viajes eran más fáciles antes de que iniciara el invierno (por eso principios de noviembre). Se escogió el martes porque así había tiempo de tener un día entero (los trayectos eran a caballo o a pie) para viajar entre el domingo (el día religiosamente de descanso) y el de la votación.

Además, por las condiciones de comunicación y viaje de la época, les parecía menos corrupto y más útil un sistema en el que cada estado enviara a sus electores en persona que contar los votos populares y enviar cartas (Colegio Electoral).

 

Un comentario en “Crónica de un Trump anunciado