Una de las frases más socorridas últimamente por el candidato a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, es que la elección del próximo 8 de noviembre “está amañada” por “medios de comunicación corruptos” y “encuestas falsas”. Las afirmaciones de Trump son ignorantes e irresponsables y si bien es cierto que la mayoría de los medios estadunidenses están a favor de Hillary Clinton, es difícil sostener que mienten para apoyarla. Sin embargo, en algo tiene razón el empresario neoyorkino: los dados sí están cargados, pero a su favor. Siempre lo han estado. Una de las claves para explicarlo es la existencia de barreras a la movilidad social.1

arreglada

Donald Trump y los “pisos de cristal”

Hace dos años el reportero Matt O’Brien publicó en el blog del Washington Post una entrada titulada “A los niños pobres que hacen todo bien no les va mejor que a los niños ricos que hacen todo mal” en la que señala que, de acuerdo con estudios llevados a cabo por investigadores de varias universidades norteamericanas y del think tank National Bureau of Economic Research, en Estados Unidos los hijos de padres pobres que terminan una carrera universitaria tienen prácticamente la misma probabilidad de permanecer en el último quintil de ingresos (0.16) que la que tienen los hijos de padres ricos que no terminan la preparatoria de permanecer en el primer quintil (0.14).

Las razones que sintetiza el autor son diversas: los padres más ricos tienen más recursos para invertir en toda clase de actividades recreativas o formativas para sus hijos, y en la mayoría de los casos, también tienen más tiempo para dedicarles, lo que les allana el camino incluso antes de entrar al preescolar. A eso se suma que los padres ricos tienen mayores posibilidades de colocar a sus hijos en puestos de trabajo (quizá incluso dentro de la empresa familiar), y evidentemente, la posibilidad de heredarles conexiones sociales y activos económicos que les ofrecen una enorme ventaja sobre los que tienen que ingresar al mercado laboral desde cero, o incluso, con deudas.2

¿Qué mejor ejemplo de esto que Donald Trump? Como hijo de una familia acaudalada, Trump ha tenido una plétora de oportunidades con las que más del 99 por ciento de la humanidad sólo puede soñar. Su primer “éxito” como empresario lo obtuvo revitalizando un complejo de departamentos propiedad de su padre, proyecto que llevó a cabo con dinero prestado de la empresa familiar, Elizabeth Trump and Son. Corría el año de 1972 y Donald ya tenía 6.7 millones de dólares en el banco.

Lo siguiente que pasó en la biografía del magnate es del dominio popular: cuando se hizo cargo de su propio negocio y de su propia vida, Trump comenzó a “hacerlo todo mal”: se endeudó a niveles peligrosos, hizo perder millones de dólares a socios comerciales, accionistas y bancos, negoció su reingreso al mercado inmobiliario traficando con bonos basura para financiar casinos, etc. De manera más reciente, el New York Times descubrió, a través de sus registros fiscales, que tan sólo en 1995 el ahora candidato declaró pérdidas por 916 millones de dólares —hecho que posteriormente utilizó para evitar pagar impuestos federales por casi 20 años.

Por si lo anterior no fuera suficiente, el magnate ha dado muestras constantes de racismo, misoginia y xenofobia, además de dejar en claro en más de una ocasión que es un hombre ignorante que piensa que las vacunas causan autismo y que el calentamiento global es un cuento chino. Donald Trump es un completo imbécil,3 pero uno que está compitiendo por ocupar el puesto con más poder sobre la Tierra.

Tal hecho no puede explicarse sin entender uno de los problemas más graves de nuestras sociedades: el estancamiento de la movilidad social, que hace que la desigualdad en el ingreso de una generación4 se convierta en una brecha entre las oportunidades a las que tiene acceso la siguiente.5

Cuando hablamos de las barreras que impiden la movilidad social es común referirnos a los “techos de cristal”, un término tomado de los estudios de género que hace referencia a las barreras informales e invisibles que impiden el acceso de un colectivo a los niveles más altos dentro de una organización. El caso de Trump llama la atención sobre su correlato, los “pisos de cristal”: instituciones y prácticas (formales e informales) que favorecen a los hijos de las familias más acaudaladas a lo largo de su vida, lo mismo en la escuela que en el trabajo, en un proceso que el sociólogo Charles Tilly llamó “opportunity hoarding”.6 En un contexto así, la desigualdad se transmite, se endurece, casi deviene estamental.

La contradicción del American Dream: Trump y sus simpatizantes

Si el éxito de Trump se explica —en buena medida— gracias a un entorno de escasa movilidad social, privilegio y “acaparamiento de oportunidades”, ¿qué hay de sus votantes?

Previsiblemente, Trump perderá las elecciones del 8 de noviembre; sin embargo, decenas de millones de norteamericanos votarán por él. Sus motivaciones han generado un interesante debate, ¿qué es lo que está en el centro del trumpismo: la ansiedad racial o la ansiedad económica? En un reciente artículo, el economista Jonathan Rothwell intenta zanjar este debate y explicar realmente qué factores hacen más posible que un estadounidense apoye al candidato republicano. Lo hace con base en la información que arrojó una encuesta de Gallup a más de 100 mil estadounidenses adultos.  De su análisis puede concluirse que tanto la ansiedad racial como la económica son fuertes predictores del apoyo a Trump.

Por un lado, los simpatizantes del candidato republicano tienen mayores probabilidades de vivir en varios segregados, étnicamente homogéneos y con poco contacto con minorías (latinos, negros o asiáticos). Por el otro, tienden a expresar mayores dificultades en términos económicos. Sin embargo, y aquí está lo más interesante del trabajo de Rothwell, esta “ansiedad económica” no se explica por las razones más obvias: no es una cuestión de ingreso u ocupación; de hecho, los simpatizantes de Trump tienden a ser (un poco) más afluentes que el resto de hombres blancos estadounidenses y tienen menos probabilidades de estar desempleados. Su “ansiedad económica” se expresa por medios más sutiles e indirectos. Son factores como la longevidad y sí, la movilidad social, los que predicen con mayor certeza la probabilidad de apoyar a Trump. En otras palabras: los votantes de Trump probablemente vivan en vecindarios con escasa movilidad social intergeneracional, es decir, donde los jefes de familia tienen una visión pesimista sobre el futuro económico, el suyo y el de sus hijos.

Quizá sea esta preocupación por la transmisión de la riqueza relativa y el futuro económico es lo que ha hecho que el lema de la campaña de Trump, “Make America Great Again”, resulte tan seductor. El lema remite directamente al American Dream, tal y como lo concibió James T. Adams, a quien se le atribuye esta expresión: el sueño americano es “el sueño de una tierra en la que la vida sea mejor, más próspera y satisfactoria para todos, con oportunidades para cada cual en función de su habilidad o logros […] sin distinción de las circunstancias fortuitas de nacimiento o posición social”.7 Es decir, un lugar idílico que podrá ser desigual económicamente, pero donde existe una vigorosa movilidad social.

Con todo, resulta contradictorio que hombres y mujeres preocupados por la dificultad de moverse a lo largo del edificio social piensen votar a un hombre que ha naturalizado a tal grado sus privilegios que puede alegar que es “un hombre hecho a sí mismo” y pensar, al mismo tiempo, que si una persona nace de padres pobres y no logra salir de la pobreza es sencillamente porque es “idiota”.8 Lo que sí tienen en común Trump y sus simpatizantes es que son síntomas del mismo problema: el “estancamiento” de la sociedad norteamericana, un contexto en que los dados están cargados.

La movilidad social: un territorio delicado

La discusión sobre la desigualdad y la movilidad social es uno de los signos de nuestro tiempo. La candidatura de Trump nos permite seguir esta conversación y darle un giro. Existe un consenso en que mejorar la movilidad social significa ayudar a quienes nacen en una familia pobre a ascender socialmente; sin embargo, también significa eliminar los privilegios que mantienen en la cima a quienes nacen en una familia rica y permanecen ahí —como Donald Trump— a pesar de sus actos. El éxito de este hombre es un recordatorio de que, para tener una sociedad realmente justa, meritocrática e incluso (para usar la jerga) competitiva, tanto los techos como los pisos de cristal deben ser destruidos.

Se trata de un terreno delicado: como señala Richard Reeves, nadie quiere una sociedad donde los padres no pueden darle lo mejor a sus hijos. La pregunta es: ¿queremos una donde las “elecciones estén arregladas” siempre para aquellos que nacen en la riqueza? Hasta ahora, la movilidad social ha sido una promesa fácil para los gobiernos. Tal y como advierte The Economist, quizá no lo sea tanto cuando nos demos cuenta que es algo que tiene que funcionar en ambas direcciones. Porque para que unos suban, probablemente otros deben caer.

 

César Morales Oyarvide y Antonio Villalpando Acuña


1 Entendida aquí en términos relativos y de manera intergeneracional, es decir, en qué “piso” del edificio social está una persona en comparación con sus padres: ¿en el mismo, más arriba o más abajo?

2 De acuerdo con un estudio de la OCDE, los hombres estadounidenses transmiten alrededor del 47 por ciento de las ventajas o desventajas que tiene en términos de ingreso a sus hijos, lo que contrasta con otros países desarrollados: en Dinamarca este monto es de 15 por ciento; en Australia y Noruega, de 17; en Canadá, de 19 por ciento.

3 Para abundar en este particular, véase el último libro de Aaron James.

4 Nos centramos aquí en la transmisión intergeneracional de la riqueza, aunque somos conscientes que no es el único factor que explica el diferente acceso a oportunidades. La posición de Trump no se entiende sólo por haber nacido en una familia acaudalada. Su privilegio también se construye con base en prejuicios que mantienen a otros en una posición subalterna. Por ejemplo, los relativos al género. En semanas previas circuló un meme que reproducía las palabras de Michelle Vitali, una académica de la Universidad de Edinboro, quien con una gracia inigualable describía el doble estándar con el que se juzga a una persona que aspira a un puesto público en función de su género: “Imaginen a una mujer que se presentó [a un debate presidencial] sin prepararse, resollando como una adicta a la cocaína e interrumpiendo a su oponente 70 veces. Ahora imaginemos que tiene cinco hijos de tres hombres, ha cometido adulterio repetidas veces, ha caído en banca rota en varias ocasiones, no paga impuestos federales y se aprovechó de una crisis inmobiliaria en la que miles de familias perdieron sus hogares. Esperen… hay más: nunca ha tenido un cargo público en toda su vida”.

5 En este texto se concluye algo similar para el caso mexicano.

6 Tanto la referencia a Tilly como a la figura de los “pisos de cristal” la tomamos de Richard V. Reeves y un texto suyo titulado, apropiadamente, “The Glass-Floor Problem”. Este autor se centra en dos ejemplos de “pisos de cristal” en los Estados Unidos: en primer lugar, la mayor probabilidad de ser electo para una universidad de prestigio cuando se es hijo de un ex alumno; en segundo, la existencia de “prácticas no remuneradas” (y, por tanto, sólo accesibles a quien no necesita trabajar para vivir) como puerta de entrada a los mejores empleos.

7 The Epic of America, 1931.

8 En 1999, Trump declaró: “My entire life, I’ve watched politicians bragging about how poor they are, how they came from nothing, how poor their parents and grandparents were. And I said to myself, if they can stay so poor for so many generations, maybe this isn’t the kind of person we want to be electing to higher office. How smart can they be? They’re morons”.