La anécdota que diré requiere del cine sonoro. La escena viene a ser esta: en un cinematógrafo de la avenida Meeks en Buenos Aires están pasando una película del Oeste, una de esas películas que están salvando al género épico para nuestro tiempo, tan acobardado y tan sombrío. Y, previsiblemente, la escena concluye, esta es una de las reglas del género, concluye a balazos. Y hay un momento en el cual el héroe mata al sheriff, hay un tiroteo. Y entre los espectadores está un negro, bastante famoso, alto, flaco, llamado el “Sin Barriga”. Y el “Sin Barriga” tenía una antigua cuenta que saldar con el comisario. Y recuerdan ustedes que el sheriff, es decir, el comisario de Arizona o de Texas, que es un hombre malvado, lo mata el héroe de un balazo. Y entonces, entre los balazos de la pantalla, y confundido con ellos, suena otro balazo, aún más estrepitoso, el del “Sin Barriga”, que mata al comisario. Aquí podemos pensar, esta sería la explicación más triste, en un artificio, podemos pensar que el “Sin Barriga” pensó que su balazo pasaría inadvertido entre los balazos de Hollywood. Pero más lindo es imaginar, y creo que siempre debemos optar por la explicación más estética, más lindo es imaginar que el “Sin Barriga”, que debe haber sido un hombre simple, se sintió arrebatado por el film, lo confundió con la realidad, así como el gaucho de Estanislao del Campo confundió al Fausto de la ópera con un hombre que hace pactos con el diablo. Y entonces no quiso ser menos que el cowboy, sacó el revólver y lo mató al comisario.

Fuente: Jorge Luis Borges, El tango. Cuatro conferencias, Sudamericana, Buenos Aires, 2016.

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