Mamá pasó una noche tranquila; al verla inquieta, la enfermera no le había soltado la mano. Se encontró el modo de colocarla sobre la escupidera sin lastimarla. Volvía a comer pronto y se suprimirían las perfusiones. “Esta noche”, clamaba. “Esta noche o mañana”, decía N. En esas condiciones, la enfermera seguiría cuidándola de noche, pero mi hermana dormiría en casa de sus amigos. Pedí consejo al doctor P. [Jean Paul] Sartre tomaba al día siguiente el avión a Praga. ¿Podría acompañarlo? “Puede suceder cualquier cosa, en cualquier momento. Pero también esta situación puede durar meses. Nunca se podría viajar. Praga está sólo a una hora y media de París, y es fácil llamar por teléfono”. Hablé a mamá de ese proyecto: “¡Por supuesto! Vete, no te necesito”, me dijo. Mi partida terminaba de convencerla de que estaba fuera de peligro: “¡Me sacaron de una buena! ¡Una peritonitis a los setenta y ocho años! ¡Felizmente estaba aquí! Felizmente no me habían operado el fémur”. Su brazo izquierdo, libre ya de los vendajes, se le había deshinchado un poco. Con cuidado se llevaba la mano a la cara reconociéndose la nariz y la boca: “Tenía la impresión de que los ojos se me habían colocado en medio de las mejillas, y que la nariz, atravesada, se me había corrido hacia abajo. Es curioso”.

03-felicidad

Mamá no tenía el hábito de observarse. Ahora su cuerpo se le imponía. Cargada con ese lastre, ya no planeaba sobre las nubes y no decía más nada que me chocara. Cuando evocaba a Boucicaut era para compadecer a las enfermeras condenadas a la sala colectiva. Tomaba partido a favor de las enfermeras en contra de la dirección que las explotaba. A pesar de la gravedad de su estado, se mantenía fiel a la discreción que siempre había demostrado. Temía dar demasiado trabajo a la señorita Leblon. Agradecía y pedía disculpas: “¡Gastar tanta sangre en una mujer vieja, cuando tantas jóvenes la necesitarían!” Se sentía culpable de quitarme tiempo: “¡Tú tienes qué hacer y pierdes horas aquí: eso me molesta!” Había un poco de orgullo, pero también algo de remordimiento en su voz cuando decía: “¡Mis pobrecitas! ¡Les he dado emociones! Deben haber tenido miedo”. También nos conmovía por su solicitud. El jueves por la mañana, recién salida del coma, cuando la mucama trajo a mi hermana el desayuno, dijo en un soplo: “Conf… conf…” “¿Confesor?” “No, confite”, recordando que mi hermana lo tomaba por la mañana. Se preocupaba por la venta de mi último libro. La señorita Leblon había sido desalojada por la propietaria, y mamá aceptó, bajo la sugerencia de mi hermana, que se instalara en su departamento: habitualmente no soportaba que entraran en su casa estando ella ausente. La enfermedad había quebrado su caparazón de prejuicios y pretensiones: quizá porque ya no necesitaba de esas defensas. Su deber primordial era restablecerse, es decir, ocuparse de sí; al abandonarse sin escrúpulos a sus deseos y a sus placeres, se había liberado al fin de su resentimiento. Su belleza y su sonrisa habían resucitado expresando un pacífico acuerdo consigo misma, y en el lecho de agonía, una especie de felicidad.

Fuente: Simone de Beauvoir, Una muerte muy dulce (traducción de María Elena Santillán), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2002.