Últimamente en la prensa aparece el término “apátrida”, utilizado para calificar al elemento criminal o a quienes puedan ser acusados de apoyarlo. ¿Por qué se está usando la figura del apátrida para caracterizar al criminal? ¿Cuál es la importancia de este giro?

Llamar a un criminal o contrincante político apátrida tiene sus consecuencias. El calificativo sirve para arrancarle la nacionalidad al enemigo, que queda entonces como un sujeto que no tiene verdadero título a los derechos ciudadanos. Los actos del criminal o el contrincante serían además atentados contra la nación, y el supuesto apátrida se convierte entonces en el enemigo de todos. Planteado en términos abstractos, calificar a alguien de apátrida es “desnaturalizarlo”, porque no tener patria es como no tener ni padres ni origen. Por eso un falso mexicano (un apátrida) seguramente será acusado también de ser un falso humano: “un engendro”, “una bestia” o “un animal”.

Así, calificar a alguien de apátrida implica negar su naturaleza y convertirlo en el enemigo de todos. Una operación así puede ser bien eficaz, sin duda, pero la desnaturalización del contrario es también una estrategia bien cargada de peligros. Para imaginarlos, vaya un ejemplo grotesco pero aleccionador.

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Ilustración: Patricio Betteo

El 30 de septiembre el nuevo presidente de las Filipinas, Eduardo Duterte, declaró: “Hitler masacró a tres millones de judíos. Ahora hay tres millones… hay tres millones de drogadictos. Los hay. Me daría gusto matarlos”, y agregó que matar a los drogadictos “acabaría el problema de mi país y salvaría a la próxima generación de la perdición”.

Aunque luego se haya disculpado con los judíos por la comparación, la referencia es de hecho relevante, y no es de ninguna manera fortuita. Años antes de mandar a asesinar a los judíos de toda Europa los nazis se habían dedicado de manera insistente a deshumanizarlos, asimilando al judío con los parásitos más repelentes, especialmente piojos y ratas. Ya bien preparado el terreno con esta campaña de deshumanización, los judíos alemanes pasaron a ser formalmente “desnaturalizados”, a partir de las leyes de Nuremberg de 1935, donde se les arrebató la nacionalidad, pese a que muchos judíos tenían raíces alemanas que se remontaban al siglo XVII o habían peleado del lado Alemán en la Primera Guerra Mundial, etcétera. La desnaturalización se ordenó también pese a que algunos de los poetas y escritores más célebres en lengua alemana, como Heinrich Heine o Franz Kafka, fueron judíos. Nada de eso importó. Se les desnaturalizó para poderlos arrancar de sus casas e incluso asesinar sin proceso alguno.

En las Filipinas Eduardo Duterte ha hecho lo que ha podido por desnaturalizar tanto a los criminales como a los drogadictos. Estando en plena campaña prometió engordar a los peces de la Bahía de Manila con los miles de cuerpos de criminales que aventaría ahí. Y, en verdad, entre la policía y los grupos paramilitares afiliados al gobierno llevan más de mil 800 personas asesinadas desde que Duterte recibió la investidura presidencial, en junio de este año. Esta clase de acción es políticamente redituable, al menos a corto plazo. Así, la popularidad de Duterte se duplicó a partir de estos actos de “limpieza social” y rebazó el 90% en julio.

De hecho, el ajusticiamiento fue incluso lema de campaña de Duterte: “Olvídense de las leyes sobre derechos humanos”, declaró, “si llego al palacio presidencial haré lo mismo que hice cuando fui alcalde”. Frente a una comisión de investigación del senado filipino, el gatillero Edgar Matobato declaró recientemente que cuando Duterte fue alcalde de la ciudad de Davao mandó matar alrededor de mil (supuestos) criminales. El gatillero dijo formar parte de un escuadrón de asesinos conocido como los “Lambada Boys”, que operaba con la aprobación de la policía.

Y, a corto plazo al menos, la matazón no tendrá llenadera. Según Duterte, hay 3.7 millones de drogadictos en las Filipinas y los inculpa de todos los crímenes del país. Cuando Duterte tomó posesión, el pasado 30 de junio, prometió asesinar a 100 mil drogadictos-criminales durante los primeros seis meses de su investidura, pidiéndole a la ciudadanía que “si tienen amigos o familiares adviértanles: ‘No tomen drogas. Los van a matar’”.

La advertencia deja entrever el modo en que opera la desnaturalización que venimos discutiendo: Duterte no se dirije directamente a los drogadictos, porque no les quiere reconocer la dignidad de ciudadano; si siguen como van, los va a matar sin juicio alguno. Sin embargo, el presidente Duterte reconoce también que aquellos 3.7 millones de infrafilipinos tienen hermanos y amigos que sí son buenos ciudadanos. Pueden dejar de ser apátridas debido a su parentesco con los buenos ciudadanos de las Filipinas (que eligieron a Duterte). Si no lo hacen, se les ejecutará sin el juicio al que tendría derecho, en principio, todo ciudadano, y se les negará también el entierro a que tendría derecho todo ser humano. Acabarán engordando peces. La desnaturalización de una fracción significativa de la ciudadanía transformó al Estado en una versión filipina de aquel sujeto siniestro conocido como “El Pozolero”.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

2 comentarios en “Las Filipinas como advertencia

  1. Lo ideal “muerto el perro se acabo la rabia” pero… ¿quien sería el juez valiente que actuaría estrictamente conforme a derecho, sin corrupción?