En febrero de 1931, en Río de Janeiro, el capitán Carlos Chevalier anunció en una serie de entrevistas la nueva campaña para erradicar el bandolerismo del nordeste de Brasil. La movilización de más de mil soldados, con apoyo de la aviación, incluso un camarógrafo y un director de cine para filmar el espectáculo. Era parte de la fanfarria con que se presentaba el Estado Novo, de Getulio Vargas: comunicación, tecnología, autoridad. No hubo campaña contra el bandolerismo, pero la prensa estaba encantada —con el capitán Chevalier y con la idea de aniquilar a los salvajes (lombrosianos, degenerados, monstruos, inasimilables).

El más buscado era Virgulino Ferreira da Silva, llamado Lampiâo: el rey de los bandidos, el gobernador del sertón. Modelo, según Hobsbawm, del bandido social: justiciero, querido por los pobres, primitivo, noble, que se ve obligado a vivir en la ilegalidad. Es una fantasía que no tiene ningún fundamento. O más bien, el mismo fundamento que todas las demás historias de bandidos generosos (no que no hayan sido capaces todos ellos de algún acto de generosidad, sino que en ningún caso era la regla, desde luego no entre los cangaçeiros brasileños). La idea del bandido social, que está en coplas, leyendas, canciones, parece ser un desahogo, una justificación, la elaboración quimérica de algo —aunque no está claro a qué se refiere ni para qué sirve.

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Ilustración: Estelí Meza

El nordeste de Brasil —Ceará, Rio Grande do Norte, Paraíba, Pernambuco, Alagoas, Sergipe, Bahía— estaba marcado por la falta de comunicaciones y por las secuelas de un federalismo extremo, que hacía que la presencia del Estado fuese precaria, intermitente, discutida, ambigua, siempre mediada por el poder local. Los grandes propietarios, los “coroneles”, se quedaban con la tierra por las buenas o por las malas, y mantenían el orden mediante una red de clientes, allegados y familiares. La seguridad, la sensación de seguridad en todo caso, dependía de que se perteneciera a una de esas familias. Pero el poder de los “coroneles”: arbitrario, despótico, era también frágil, dudoso, inseguro. Amenazado sobre todo por los otros señores locales. Y eso los hacía tanto más propensos a la violencia.

Los bandidos eran una pieza natural de ese orden. A veces el brazo armado de los “coroneles”, también un recurso de los gobernadores: servían para eliminar rivales, para acumular tierras. Prácticamente todos los jefes de bandas estaban afiliados a alguna de las familias importantes, y cuidaban su relación con la clase política local. Lampiâo, por ejemplo, era un producto de la rivalidad entre los Ferreira y los Saturnino, amigo personal del gobernador de Sergipe, Eronildes de Carvalho, y protegido del “coronel” Joâo Gonçalves de Sá, de Bahía. No eran empleados, podían escoger a sus enemigos, escogían sus guerras, y eso dejaba libres de responsabilidad a sus patrones ocasionales. Algunos hubo que fueron reclutados por el gobierno federal para combatir a la Columna de Prestes.

No se entiende su persistencia si no se entiende que formaban parte de un orden basado en el despojo, la extorsión y la venganza, en las lealtades personales —un orden de una fundamental inseguridad. Donde los bandidos eran un sustituto de las instituciones que no había. Y donde la policía, los escuadrones “volantes”, actuaban básicamente de la misma manera: extorsionaban a los propietarios, se ponían a su servicio, se ofrecían en alquiler, saqueaban los pueblos, torturaban, dejaban como mensaje cuerpos mutilados. Las fuerzas más confiables, las más eficaces en la lucha contra los cangaçeiros, cuando había que hacerlo, eran las que actuaban empujadas por motivos particulares —como las milicias de Nazaré en contra de Lampiâo.

Sigo el cuidadoso argumento de Luiz Bernardo Pericás, Os cangaçeiros. La política de los “coroneles”, la más crasa política de la propiedad, se acompañaba naturalmente de la política de los bandidos.

En ese mismo espacio, en el sertón, surgieron los brotes mesiánicos de Antonio Conselheiro y del Padre Cícero. La guerra del fin del mundo, en Canudos, terrible, ha servido desde entonces como emblema de la barbarie. Es igualmente interesante el civilizado destino del Padre Cícero, el señor de Juazeiro: un poco sacerdote, un poco político, un poco coronel, milagrero, agitador, que al final de su vida poseía treinta locales, dieciséis predios urbanos, una manzana y una avenida de casas, cinco haciendas con ganado y una mina de cobre. Tierra. Y un interminable séquito de fieles.

Lampiâo cayó en una emboscada, en Angicos, Rio Grande do Norte, en julio de 1938. Las autoridades decidieron, con ánimo didáctico, que su cabeza fuese exhibida junto con la de su amante, María Bonita, en el Museo Nina Rodrigues, en Bahía. Y allí estuvo durante décadas, como muestra del triunfo de la civilización. Varias veces se propuso retirarlas. Estácio de Lima, el director del museo, defendió sus piezas mientras pudo, como patrimonio cultural de la nación. Finalmente, se decidió enterrarlas en 1969.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.