En 1955 las Universidades de Chicago y Católica de Chile firmaron un convenio de colaboración para que jóvenes estudiantes de la segunda pudiesen terminar sus carreras en la primera. Un año después un grupo entusiasta de alumnos de economía partieron al norte. Eran vehementes, estudiosos, establecieron una relación de amistad sólida, sus fiestas gustaban al resto de sus compañeros e incluso a sus profesores. La política no era su prioridad, sino el estudio, y entraron en contacto con los representantes de una escuela de pensamiento que haría época. Milton Friedman, el gurú del neoliberalismo, era la figura emblemática, pero fue Arnold Harberger, quien fue su mentor más directo y duradero. Filmaron en formatos caseros sus correrías, sus juegos y diversiones, sus paseos por la ciudad. Bonitos recuerdos. Aprendieron que “el mercado sabe”, que entre menos Estado mejor para todos, que era una causa loable intentar cambiar las reglas de la economía de su país y no sólo las de él, sino las de toda América Latina. Sus conocimientos se volvieron credo y su credo no aceptaba medias tintas. Tenían la verdad en un puño y sus certezas no dejaban lugar a dudas. Durante el gobierno de Salvador Allende, que sobra decir, se comportaba en las antípodas de los dictados de la llamada escuela de Chicago, empezaron a diseñar, ya como profesores en la Universidad Católica, un programa económico alternativo. Algún almirante vio con buenos ojos el esfuerzo y lo estimuló, y al parecer, incluso la CIA financió esos trabajos (no está claro si con el conocimiento o no de los participantes). El día del golpe militar contra el gobierno constitucional de la Unidad Popular, el “ladrillo” (así se le llamaba al trabajo desarrollado por los jóvenes académicos) le fue entregado al almirante José Toribio Merino. Y con ese diagnóstico y esa propuesta en la mano, los jóvenes economistas serán incorporados al nuevo gobierno de facto. Sergio de Castro será ministro de economía de 1975 a 1976 y de Hacienda de 1976 a 1982 y Rolf Lüders ministro de Economía y Hacienda en 1982-1983. Años después son entrevistados y refrendan su orgullo por haber logrado modificar la mecánica de la economía chilena, exaltan sus logros, su crecimiento, se ven a sí mismos como los heraldos de un cambio venturoso y necesario. De Castro, incluso, cuando se le pregunta por lo que sintió el día del golpe, contesta, sin rubor, “alegría infinita”, “pasó lo que tenía que pasar”. Pero cuando son interrogados sobre los asesinados, torturados y desaparecidos durante ese periodo, dicen que no estaban al tanto, que ellos eran sólo economistas y que lo que sucedía en otras áreas del gobierno les era ajeno. “Yo pensaba que eran mentiras. En el Consejo de Gabinete se hablaba de problemas específicos”.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Se trata del documental Chicago boys, de Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano, exhibido en el marco del Festival DocsMx 2016, construido con una serie de entrevistas bien estructuradas, materiales de archivo (que imagino) difíciles de conseguir (los de los años adolescentes en la Universidad de Chicago o el de las reuniones privadas de evaluación de la política económica a principios de los años noventa), y con escenas del Chile desigual de hoy (los edificios imponentes que enmarcan las grandes marchas de protesta). La cinta resulta un documento perturbador.

¿Cómo las personas pueden administrar su conciencia colocando en compartimentos separados lo que se encuentra imbricado en la realidad? Los funcionarios a cargo de la economía están orgullosos de su gestión y la continúan defendiendo. Se asumen como los forjadores de un Chile mejor, más próspero, enjundioso. Lo otro —la represión, los asesinatos, los desaparecidos— no era un asunto suyo, de su competencia, y por ello nada o muy poco tienen que decir. Se trata de una conciencia escindida, que funciona a través de compartimentos diferenciados. Han construido un cernidor que sólo deja que se filtre la parte amable de la historia (si es que lo es), y obstruye el paso a los horrores de la época.

No son capaces de reconocer, como lo dice uno de los entrevistados, que para lograr que se cumpliera su reforma radical fue necesaria una dictadura, un régimen que anulara las libertades, que persiguiera a las voces disidentes, que estableciera campos de concentración, que acabará con las instituciones de la democracia. “Hicieron cosas en dictadura que en democracia nos las hubieran podido hacer”.

En suma: en defensa de la libertad de mercado suprimieron todas las libertades políticas. Su proyecto significó persecución y muerte para miles. La dictadura militar cortó de cuajo una larga tradición democrática. Pero eso sí, la economía se abrió, privatizó, creció, y ello les otorga la fuerza y la jactancia suficientes para continuar defendiendo su gestión. Ven sólo lo que quieren ver.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo)

 

Un comentario en “La conciencia escindida

  1. Sí son capaces de reconocer que fue necesaria la dictadura, pero no se atreven a hacerlo públicamente.