La traducción al español de El espíritu de la Ilustración de Tzvetan Todorov llegó a México con varios años de retraso (Galaxia Gutenberg, Ciudad de México, 2014).1 El libro es, en principio, un largo ensayo sobre la Ilustración europea; de hecho, es un libro sobre la Ilustración francesa. Su interés, sin embargo, radica no solamente ahí (en la distancia entre lo que pretende ser y lo que es), sino también en que El espíritu de la Ilustración es un texto muy revelador de varios aspectos de la vida intelectual contemporánea y de ese nebuloso territorio en el que cohabitan lo mediático, lo académico y el interés por la historia. Un interés, presente en todas las sociedades occidentales, que constituye una mina inagotable para todo académico que no se conforma con que lo lean tres o cuatro de sus colegas. Una mina que es más explotable en la medida en que no se limite a la historia propiamente dicha (¡qué aburrido!), sino que vincule directamente, sin escalas ni mediaciones, al pasado con ese presente que es lo que realmente le interesa a la mayoría de los lectores, pero también, y esto es menos evidente, a los intelectuales que gustan de escribir libros “de historia”. El libro de Todorov que nos ocupa también nos dice algo sobre esa especie de deslumbramiento que es posible percibir en ciertos medios intelectuales de América Latina respecto a algunos autores franceses cuyo “emprestigiamiento”, como ciertos enriquecimientos, con relativa frecuencia es difícilmente explicable.

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Ilustraciones: Adrián Pérez

Todorov no necesita presentación, pues es un (re)conocido escritor, ensayista y lingüista de origen búlgaro, pero que desde joven se instaló en París, adoptó la ciudadanía francesa y se convirtió en parte de esa cada vez menos célebre intelligentsia francesa, que alguna vez fuera el corazón de la intelectualidad de Occidente. El campo que ha cubierto Todorov a lo largo de los años (nació en 1939) es tan amplio que no sé por dónde comenzar. Baste decir que ha escrito libros sobre el Decamerón, sobre Constant, sobre la literatura fantástica, sobre Bajtin, sobre la otredad, sobre la conquista de América, sobre Rousseau, sobre la crítica literaria, sobre la memoria, sobre los campos rusos de concentración, sobre el individualismo, sobre el totalitarismo, sobre la pintura flamenca y sobre la democracia contemporánea. Esta lista, que no es exhaustiva, incluye El espíritu de la Ilustración. Según sus propias palabras, en este ensayo Todorov se propuso “trazar a grandes rasgos el pensamiento de la Ilustración sin dejar de lado nuestra época, en un continuo vaivén entre pasado y presente”. El autor se fijó ese objetivo pues, según nos dice en esa misma página, entender la Ilustración “puede ayudarnos a vivir mejor en la actualidad”. Estamos pues frente a un ensayo que pertenece a un género muy socorrido en la actualidad (no únicamente en Francia): el ensayo histórico que pretende no sólo entrar en diálogo permanente con el presente, sino que además se plantea incidir sobre él de manera directa, con el fin de iluminarlo, de hacerlo útil a los lectores. El resultado es poco alentador; no sólo porque, como trataré de mostrar en las páginas que siguen, el conocimiento histórico de la Ilustración por parte de Todorov muestra limitaciones que me parecen considerables, sino también porque aquellos que recurran a este libro “para vivir mejor” (o cualquier cosa que se le parezca) se verán profundamente decepcionados.

Creo que no existe otro periodo de la historia en Occidente que haya recibido tanta atención por parte de la historiografía occidental durante las últimas décadas como la Ilustración. Desde la década de 1980 se han escrito decenas y decenas de libros sobre la misma. Esta marea ilustrada adquirió especial brío con la aparición en 2001 de La Ilustración radical de Jonathan Israel.2 El libro de Israel representó una interpretación completamente nueva de la Ilustración. Una visión que gira sobre una sola figura (el filósofo holandés Baruch de Spinoza, 1632-1677) y sobre una serie de planteamientos que, estemos o no de acuerdo, plantearon una revolución copernicana en cuanto a algunas de las premisas centrales de la que, hasta ese momento, se podía considerar la interpretación canónica sobre el periodo: la de Peter Gay.3

Para Israel, la Ilustración no sólo tiene a Spinoza como su figura-eje, sino que fue un movimiento intelectual y cultural integrado, con ciertas diferencias de país a país, pero esencialmente homogéneo, pues en general se trataban los mismos problemas y se discutían los mismos libros. Por lo tanto, para Israel el único esquema válido para estudiar la Ilustración era el ámbito europeo en su conjunto.4 En segundo lugar, y esta es la más ambiciosa de las hipótesis de Israel, la Ilustración se divide en dos movimientos contrapuestos en todos los sentidos; por un lado, la “Ilustración Radical” (las mayúsculas son suyas) y, por otro, la Ilustración moderada. La primera tiene a Spinoza como su “general en jefe”, pero también a autores como Bayle, Holbach, Helvecio, Diderot, Condorcet y Paine. Para Israel esta Ilustración era radical en todos sentidos. En lo filosófico era monista (pues partía de la idea spinozista de una sola sustancia, una idea de la que Israel extrae enormes consecuencias); en lo religioso, rechazaba la intervención divina en cualquiera de sus formas; en lo político, abogaba por la democracia y, por último, en lo social planteaba la igualdad en todos los ámbitos (incluida la igualdad entre hombres y mujeres). En contraste, la Ilustración moderada representaba lo que para Israel puede ser considerado un compromiso con el ancien régime, pues al no oponerse frontalmente a él en realidad se avenía con sus principios políticos y sociales. Entre los ilustrados moderados los lectores se sorprenderán de encontrar a pensadores como Descartes, Locke, Montesquieu, Voltaire, D’Alembert, Hume, Kant y Smith. Una última característica definitoria del enfoque de Israel sobre la Ilustración es la relación causal directa que establece entre las ideas y las prácticas políticas (más concretamente entre la Ilustración y las revoluciones que tuvieron lugar en Europa y América entre 1775 y 1825). Cinco años después de la publicación de La Ilustración radical, es decir, en 2006, Israel publicó un segundo volumen sobre el periodo (Enlightenment Contested) y en 2012 sacó a la luz un tercer volumen (Democratic Enlightenment). En total, los tres libros comprenden más de dos mil quinientas páginas dedicadas a la Ilustración, lo que convierte a la interpretación de Israel en la más ambiciosa jamás escrita sobre el tema. Por último, antes de volver al libro de Todorov, conviene decir que los libros de Israel han suscitado una fuerte reacción por parte de una serie de filósofos e historiadores que están en profundo desacuerdo con su manera de ver la Ilustración.

La última afirmación me lleva a una de las motivaciones que, me parece, está detrás del libro de Todorov y de otros autores que se han ocupado de la Ilustración durante los últimos años: la inmigración masiva hacia varios países occidentales, las tensiones sociales que esto conlleva, la creciente popularidad de partidos y movimientos de derecha en Europa y, por último, el fundamentalismo islámico y el papel que el terrorismo internacional ha jugado desde el derribo de las Torres Gemelas en 2001. Aspectos como éstos han llevado a algunos intelectuales occidentales a buscar una especie de anclaje, de escudo y de respuesta en lo que ellos consideran las raíces intelectuales y culturales de Occidente.5 Esta reacción puede responder a preocupaciones ideológicas diversas, pero conviene aclarar que en el caso de Todorov no estamos ante un rechazo o una cerrazón ante otras creencias, otros mundos y otras culturas; más bien al contrario. Mis reservas en cuanto a El espíritu de la Ilustración se refieren a aspectos de otra índole; concretamente, respecto al conocimiento del pasado con el que quiere construir sus argumentos (en este caso específico, sobre la Ilustración) y su manera de vincular ese pasado con el presente.

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De entrada, debo señalar que el libro de Todorov parece haber sido escrito antes de que la Ilustración se convirtiera en uno de los movimientos históricos más debatidos en la historiografía occidental. Como buen intelectual francés, para Todorov la Ilustración es básicamente francesa. Los protagonistas indiscutidos de su libro son Rousseau y Condorcet (estos dos autores aparecen en cerca de 70 ocasiones en un libro que no alcanza las 150 páginas); por su parte, los dos actores secundarios del libro son Voltaire y Montesquieu. El único autor no francés que recibe cierta atención es Hume. Leyendo El espíritu de la Ilustración uno pensaría que las Ilustraciones inglesa y escocesa no son más que comparsas de la Encyclopédie; en cuanto a la italiana, salvo algunas menciones de Beccaria, parecería no haber tenido mayor entidad. Para Todorov, la alemana se reduce prácticamente a un puñado de alusiones a Kant; en cuanto a la austriaca, la holandesa, la escandinava, la rusa y la española simplemente no existieron.

Más grave aún quizás es el hecho de que al lector no se le dan ni siquiera las más mínimas pistas del riquísimo debate historiográfico que ha tenido lugar respecto a la Ilustración desde los años ochenta del siglo pasado. Como resultado no sólo se minimizan o ignoran las Ilustraciones no francesas, sino que el lector queda ayuno respecto a algunas de las problemáticas en juego en este riquísimo debate: entre ellas, los vínculos de la Ilustración con el despotismo ilustrado, el tira y afloja entre la historia intelectual y la historia cultural en cuanto a la manera de entender la Ilustración, las problemáticas intelectuales y sociales que planteaba el “cristianismo racional” ilustrado, la crítica a la recurrente identificación entre Ilustración y liberalismo, la complejísima relación entre la Ilustración y la revolución francesa, el conservadurismo social de algunos de los ilustrados más destacados y, para no extenderme, el ambiguo legado de la Ilustración respecto a la mujer. Pero, además, el libro de Todorov minimiza las ambigüedades de la Ilustración. Esto lo hace de diversas maneras; entre ellas, hablando sobre “el proyecto” ilustrado y planteando una visión excesivamente armónica de la Ilustración con base en tres nociones: la autonomía, el humanismo y la universalidad.

Hablar de “el proyecto” ilustrado con base en nociones tan generales permite adaptarlas a prácticamente todo y posibilitan también una serie de afirmaciones que me parecen controvertidas desde diversos puntos de vista: entre ellas, que la Ilustración es un “generoso programa” cuyo espíritu “ha vencido sin la menor duda al enemigo al que combatía”, que es posible “traicionar” la Ilustración pero que al mismo tiempo es posible “mantenerse fiel” a ella, que uno de sus propósitos fue “rechazar a Dios”, que el cientificismo no es un “desvío” de la Ilustración sino un “avatar” de la misma, que existe algo que se puede denominar el “verdadero espíritu” de la Ilustración, que seguimos inspirándonos en “el programa de la Ilustración”, que la Ilustración preparó “la llegada conjunta de las ideas de individuo y de democracia”, que existe algo que podemos considerar “la enseñanza de la Ilustración”, que “sin Ilustración no habría existido Europa”, que “todos somos hijos de la Ilustración” y que como los ataques a la Ilustración nunca cesarán “es tanto más necesario conservar vivo el espíritu de la Ilustración”. No pretendo decir que estas afirmaciones sean falsas y, por supuesto, no me puedo detener en cada una de ellas. Lo que trataré de mostrar en lo que sigue es que el “espíritu” de la Ilustración (si es que existe algo que podamos denominar así) es bastante más complejo de lo que plantea Todorov en su libro; por lo tanto, lo es también su legado, así como las enseñanzas que podemos extraer de ella.

En primer lugar, más allá de que, como han mostrado varios críticos de Jonathan Israel, la contraposición entre Ilustración radical e Ilustración moderada no se sostiene tal como él la plantea, es claro que las vertientes de las Ilustración son muchas y muy variadas. Comencemos por un hecho incontrovertible: el autor que más aparece en el libro de Todorov es Rousseau, un pensador que en algunos aspectos puede ser considerado un ilustrado radical, en otros un ilustrado moderado y en otros un contra-ilustrado.6 En cuanto al otro protagonista indiscutido de El espíritu de la Ilustración, Condorcet, el problema está en que este autor está lejos de ser el epítome de la Ilustración que se desprende el libro de Todorov; esto resulta evidente si pensamos, por ejemplo, en su ingenuo optimismo respecto al progreso o en su postura respecto a la igualdad radical entre los seres humanos (entre hombres y mujeres o respecto a los esclavos).

En los aspectos mencionados Condorcet es un ilustrado atípico y en esa medida considerarlo como uno de los ejes para caracterizar “la Ilustración” nos lleva, de manera casi inevitable, a simplificarla. Considerar a Condorcet un ilustrado par excellence es ignorar toda una vertiente de la Ilustración europea que era mucho menos ingenua que él respecto al progreso humano. En cuanto a algunas de sus posturas sobre la igualdad entre los seres humanos lo menos que se puede decir es que no fueron comunes entre los ilustrados (franceses o de otras naciones europeas). Es más, como varios autores han señalado, Voltaire, quien podría ser considerado “el ilustrado por excelencia”, no quería saber nada de la igualdad en sentido fuerte, pues estaba bastante a gusto con la estratificación social de su tiempo y con el hecho de que unos cuantos concentraran la riqueza y la sabiduría.7 En relación con este tema existe toda una corriente ilustrada, al interior de la propia Ilustración francesa, que no solamente no vivía en las condiciones privilegiadas en las que vivió Voltaire (o, para el caso, Montesquieu, Condorcet, Holbach y Helvecio), sino en una situación más adversa o, por lo menos, muy distinta. Esto explica, al menos en parte, que sus maneras de expresarse, sus preocupaciones y el contenido de sus textos tuvieran un carácter que contrasta con esa Ilustración que parece ser la única que Todorov conoce o la única que le importa en su libro. Pienso en autores como Fontenelle, Mercier y Restif de la Bretonne, pero esta nómina puede ampliarse sin muchos problemas.8

Hay varias afirmaciones en el libro de Todorov que me parecen sumamente discutibles. Decir que la Ilustración apoyaba la difusión del saber mediante enciclopedias “destinadas al gran público” es desconocer aspectos sociales y culturales elementales de la Ilustración y de la Francia del siglo XVIII. Decir que “rechazar a Dios” es obra de la Ilustración es ignorar que los autores ilustrados que puedan considerarse “paganos”, como La Mettrie o Holbach, fueron casos realmente excepcionales. Otra cosa es la crítica feroz a la superstición y a cierta religiosidad; una característica que, por otro lado, es distintiva de la Ilustración francesa, pero está casi ausente o toma un cariz muy diferente en Ilustraciones como la italiana o la española (por no decir nada de una parte considerable de la Ilustración alemana o la escandinava, en donde el protestantismo planteaba problemáticas distintas). Afirmar, como lo hace Todorov, que el cientificismo es un “desvío” de la Ilustración es aceptar acríticamente las descalificaciones que hicieron de la Ilustración varios autores del siglo XX, con el fin de hacerla responsable del Gulag, Auschwitz e Hiroshima. Se trata de una visión que surgió al calor de una situación histórica muy específica y que fue elaborada por filósofos (pienso sobre todo en Horkheimer y Adorno) que no conocían en profundidad la Ilustración en términos históricos. Además, estas visiones sobre la Ilustración establecían una relación causal entre las ideas y las prácticas políticas que resulta ingenua, aunque sólo sea por la distancia cronológica que separa a, digamos, las Cartas inglesas de Voltaire (1733) del ascenso de Hitler al poder (1933).

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Sin duda el cientificismo está presente en la Ilustración, sobre todo en el intento por parte de algunos ilustrados de aplicar ciertos métodos de las ciencias naturales a las ciencias del hombre. Esto puede parecernos ingenuo después de dos guerras mundiales, pero de aquí a que la Ilustración sea la responsable de las atrocidades cometidas por Stalin, Hitler y Roosevelt (en lo relativo a la bomba atómica) hay, sin embargo, un trecho que me parece infranqueable si pensamos en términos históricos. En este aspecto en particular, Todorov sigue un hábito que puso de moda el célebre historiador de las ideas Isaiah Berlin y que algunos autores actuales imitan sin pudor: establecer líneas directas que van de un pensador (De Maistre, por utilizar un ejemplo que da Berlin) a un movimiento político (el nazismo, que tomo del mismo ejemplo de Berlin). Por fortuna, la historia intelectual de los últimos 40 años ha mostrado las enormes simplificaciones y tergiversaciones que estos “linajes” implican; otra cosa es que muchos miembros de la intelligentsia europea, Todorov entre ellos, no se den por enterados. Esta proclividad a establecer linajes intelectuales se puede comprobar cuando se lee, por ejemplo, que en su opinión Condorcet “describió cómo los poderes totalitarios han podido oprimir a la población a lo largo del siglo XX”, o que el comunismo, el fascismo y el nazismo “se corresponden muy bien con esa imagen premonitoria”.9

Hablar de “un proyecto” o de “un programa” ilustrado puede sonar muy bien, hasta que se tiene contacto con la obra de un cierto número de autores europeos del siglo XVIII. Entonces resulta evidente que no es nada fácil meter a “los ilustrados” en un mismo saco. Como contribuyen a mostrarlo, por cierto, las enormes diferencias intelectuales, ideológicas y personales que enfrentaron a muchos de ellos entre sí. ¿La autonomía, el humanismo y la universalidad bastan para definir dicho “proyecto”? El propio libro de Todorov sugiere lo contrario, pues en realidad a lo largo del mismo estas nociones son utilizadas en el sentido que convenga a cada paso para reivindicar dicho “proyecto”… o para criticarlo. Por ejemplo, en algún momento, Todorov afirma que el colonialismo europeo de los siglos XIX y XX “sigue las ideas de la estela de la Ilustración”; sin embargo, en esa misma página afirma que los movimientos anticolonialistas “se inspiran mucho más en los principios de la Ilustración”. Otro ejemplo: en el párrafo anterior señalé que Todorov establecía una línea entre Condorcet y los totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, en la página 94 se puede leer: “la ideología totalitaria rechaza el humanismo de la Ilustración”. Dejo de lado aquí el hecho de que el término “humanismo” (ya de por sí tremendamente laxo en el lenguaje contemporáneo) nunca es definido por Todorov, por lo que afirmaciones como la anterior sobre el totalitarismo resultan menos elocuentes de lo que podría pensarse. En suma, todo aquello que no se conforma al ideal humanista de Todorov es un “desvío” respecto al “espíritu humanista”, como cuando se refiere en varias ocasiones al marqués de Sade como el desvío por excelencia de los ideales ilustrados. Los escritos del Marqués pueden no gustarnos por múltiples motivos, pero se podría argumentar que detrás de su “individualismo libertino”, por denominarlo así, yace una cierta noción sobre la autonomía y sobre el individuo que constituye una crítica radical de la sociedad y de las costumbres imperantes. Una postura que, en mi opinión, cabe considerar como parte del ideario ilustrado.

En cuanto a la universalidad, Todorov la reivindica con vehemencia en su libro… hasta que ya no le parece lo más indicado (pues podría utilizarse para justificar acciones con las que él no está de acuerdo). En algún momento afirma que los derechos humanos no pueden ser el único baremo para evaluar las acciones de sociedades y gobiernos pues, nos dice, estaríamos entrando al ámbito de lo políticamente correcto y del linchamiento mediático: “versión democrática de la caza de brujas, una especie de demagogia virtuosa que tiene por efecto reprimir todo discurso que se desmarca”. Un poco más adelante añade: “La universalidad no justifica el empleo de la fuerza al margen de toda ley”. Es entonces que el discurso de Todorov se mueve hacia el reconocimiento de la pluralidad, pero tampoco tanto pues, nos dice, “este reconocimiento de la pluralidad en el seno de la especie sólo es fértil si escapa del relativismo radical y no nos obliga a renunciar a nuestra humanidad común”.

El último capítulo del libro se titula “La Ilustración y Europa”. En él Todorov afirma que si bien podemos encontrar elementos del espíritu de la Ilustración en diversas épocas, sólo pudo imponerse en el siglo XVIII en un lugar concreto: la Europa occidental. Después de dar ejemplos universales del espíritu ilustrado (la India del siglo III a.C., el mundo islámico del siglo VIII d.C., la China de los siglos XI-XII y el África negra de los siglos XVII-XVIII), Todorov concluye: “Así, pues, estos múltiples desarrollos dan testimonio de la universalidad de las ideas ilustradas que no son patrimonio exclusivo de los europeos.” Esta corrección política de Todorov, que como toda corrección de esta naturaleza hace tabula rasa con la historia y sus especificidades (es decir, con la esencia de la historia), se intensifica en las últimas páginas del libro. En ellas, de manera por demás paradójica si consideramos el contenido del libro que nos ocupa, Todorov escribe que debemos rechazar lo políticamente correcto, pues esto implicaría escribir una historia idéntica para todos los europeos: “Por el contrario, si pretendiéramos escribir una historia ‘general’, los franceses no se limitarían a estudiar su historia colocándose exclusivamente en su propio punto de vista, sino que tendrían en cuenta qué opinan sobre esos mismos hechos los alemanes, o los ingleses, o los españoles, o los argelinos, o los vietnamitas”.

Que El espíritu de la Ilustración termine afirmando que la Europa del siglo XXI es el continente que “representa la tolerancia y el mutuo reconocimiento”, que “todos somos hijos de la Ilustración” y que en la página final su autor vuelva al lenguaje de las “desviaciones” resulta desconcertante (al menos para quien esto escribe). Tan desconcertante que en esa misma página, cuando Todorov se refiere a los “desvíos” de la Ilustración y entre ellos menciona al cientificismo, al individualismo y a la desacralización radical, cabe plantear que esos “desvíos” no sólo están lejos de serlo, sino que en más de un sentido pueden ser considerados “logros” de la Ilustración. En cuanto al diálogo constante que Todorov prometió al inicio de su libro entre el pasado y el presente, hasta aquí he dado algunos ejemplos de su manera de entender ese intercambio. Sin embargo, cabe añadir antes de terminar que para ilustrar sus argumentos en algunas ocasiones Todorov no solamente se refiere a los regímenes totalitarios de mediados del siglo XX (como podría desprenderse de lo expresado hasta aquí), sino también a sucesos y personajes que tuvieron lugar en Francia y que fueron más o menos coetáneos a la redacción del libro. Al respecto, llama la atención que entre los pocos ejemplos tomados de otros países, la mayoría de ellos sean referencias a los Estados Unidos y más aún quizás que en todos los casos estas referencias sean negativas. La justificación que da el propio Todorov al respecto es la siguiente: “No sólo en Estados Unidos los gobiernos prefieren la victoria a la verdad, aunque es legítimo elegir este ejemplo [el de Estados Unidos] en lugar de otro. En estos inicios del siglo XXI Estados Unidos es una potencia militar y política superior a todas las demás”. A cualquier lector medianamente informado le llamará la atención que el autor preste tanta atención a las “disfunciones” sociales de los Estados Unidos cuando en el continente europeo abundaban y abundan los ejemplos de muchas de las “desviaciones” que Todorov plantea a todo lo largo de El espíritu de la Ilustración.

El libro concluye con una convocatoria del autor a mantener vivo el espíritu de la Ilustración. Más allá de las reservas, ya sugeridas, en cuanto a la utilización del término “espíritu”, no pocos lectores del libro pueden sentirse tentados a estar de acuerdo con Todorov (¿cómo no estarlo si de nuestro lado están la autonomía, el humanismo y la “buena” universalidad?). Sin embargo, las dudas ante la convocatoria, además de las ambigüedades relativas a “mantener viva” a la Ilustración (o a cualquier otro proceso histórico), surgen en cuanto pensamos que el “espíritu” en cuestión, como quiera que se le entienda, es mucho más complejo, ambiguo e interesante si adoptamos una visión sobre la Ilustración que en muchos aspectos no se parece a esa Ilustración ahistórica, homogénea, predecible y predictiva que Todorov nos presenta en su libro.10

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Su título original es L’esprit des Lumières (Robert Laffont, París, 2006). La traducción al español, muy buena, es de Noemí Sobregués.

2 El título original del libro es The Radical Enlightenment (Philosophy and the Making of Modernity, 1650-1750). Existe versión en español del FCE, 2012; la traducción es de Ana Tamarit para el Fondo de Cultura Económica de México en 2012.

3 Gay es un autor que seguramente muchos lectores ubican como uno de los grandes biógrafos de Freud. La interpretación de Gay sobre la Ilustración, que está dividida en dos volúmenes, se titula The Enlightenment (An Interpretation). El primero de ellos (The Rise of Modern Paganism) apareció en 1966 y el segundo (The Science of Freedom) en 1969; ambos fueron publicados originalmente en Nueva York por la editorial Knopf. Hasta donde sé, no existe traducción al español.

4 Este planteamiento de Israel resulta ininteligible si se ignora que desde 1980 se dio un esfuerzo decidido por parte de diversos historiadores europeos por poner sobre la mesa ilustraciones que habían recibido hasta entonces escasa atención (la británica y escocesa en primer lugar, pero también la italiana, la alemana, la austriaca, la holandesa, la escandinava, la rusa y la española).

5 El caso más reciente es The Enlightenment and Why it Still Matters de Anthony Pagden (Random House, Nueva York, 2013). Existe versión en español: La ilustración (y por qué sigue siendo importante para nosotros), Madrid, Alianza Editorial, 2015. La traducción es de Pepa Linares.

6 En la página 21 Todorov se refiere a Rousseau como “el pensador más profundo en lengua francesa de la Ilustración”. Sobre el autor de El contrato social como contra-ilustrado resulta muy interesante el libro Enemies of the Enlightenment (The French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity) de Darrin M. McMahon (Oxford University Press, Nueva York, 2001).

7 Por eso, entre otros motivos, llama la atención que Todorov considere el reconocimiento de “la dignidad de los pobres, de la gente corriente, de los marginados” como una de las luchas de la Ilustración. Este “presentismo”, por llamarlo así, es recurrente a lo largo del libro, lo que contribuye a la visión edulcorada y excesivamente parcial de la Ilustración que se desprende de la lectura del mismo.

8 Sobre esta “otra” Ilustración véase la antología titulada La Ilustración olvidada editada por Julio Seoane Pinilla (FCE, México, 1999). Entre los autores que el editor incluye en su libro, además de los tres mencionados, se cuentan Mirabeau, Sade, Marivaux y Vauvenargues.

9 También en la página 48 (la primera de las citadas) Todorov se refiere a la lucidez de Condorcet para adelantarse al futuro respecto a los regímenes totalitarios y agrega: “Tras la caída de estos regímenes nos hemos dado cuenta de que también era posible desviarse de la Ilustración en sentido inverso, y que los efectos eran inquietantes”. Como se puede ver, puestos a buscar desviaciones respecto a la Ilustración, éstas pueden darse en todas direcciones.

10 Cabe anotar que, para la elaboración del mismo, el autor empleó una bibliografía de solamente seis títulos (ver p. 145), tres de los cuales son del propio Todorov.