05-quince

Bichos. “Hace algún tiempo que anidan en mí pensamientos suicidas. Tengo que decir que salgo de ellos bastante airoso. De día no dicen nada, duermen en su cajita de ébano. Pero cuando cae la noche y levanto la tapa, hay que ver cómo todo aquello bulle y se agita alegremente. Tienen las cabecitas planas, blanquecinas y triangulares, como ciertas agujas de fonógrafo, agujas de un modelo que creo olvidado. Son unos animalitos monísimos y muy fáciles de alimentar. Se comen todo lo que les doy: tristezas, dientes arrancados, heridas de amor propio o no, preocupaciones, deficiencias sexuales, sofocones, pesares, lágrimas sin derramar, falta de sueño, todo eso se lo tragan de un bocado, y piden más. Pero lo que más les gusta es mi cansancio; y es una suerte, porque no corren peligro de quedarse sin existencia. Los atiborro de cansancio, no se lo pueden acabar y siempre me queda más, nunca podré librarme de él. Me dicen que hago mal cebándolos así, que la cosa acabará mal, que engordarán demasiado y se saldrán de su caja, pero guardo la caja en el cajón que está siempre cerrado con llave, el de la cómoda grande, la del grueso tablero de mármol. En otro tiempo, la vieja Marie desparramaba los caramelos sobre ese mármol. Aunque saliesen de la caja y corriesen por el cajón, no creo que consiguieran levantar ese tablero de mármol. Es verdad que nunca se sabe, pero ¿qué voy a hacer si no con todo este cansancio?”: Jean Ferry, narrador francés afín al grupo surrealista. (“Mi pecera” en El maquinista y otros cuentos, traducción de Gabriel Hormaechea, Malpaso, 2016.)

 

Embriaguez. La escritora Inger Christensen ha sido considerada como una figura fundamental de la poesía danesa del siglo XX. Sexto Piso ha publicado sus libros Alfabeto y más recientemente Eso, que incluye este poema: “Los atan a sus camas cuando están intranquilos/ No hay nadie que los entienda/ Los que los atan también parecen intranquilos/ Hacen lo que pueden/ Cuando están relativamente tranquilos se sientan en los pasillos/ Quizá haya alguien que cuente una historia/ P.ej. tal vez puede sostener que el agua que beben/ Es vino. Entonces todos se echan a reír y se embriagan fantásticamente. (Edición bilingüe, traducción de Francisco J. Uriz, 2015.)

 

Napoleón. “Cada noche me desvelo y leo Guerra y paz. La leo con curiosidad y con una ingenua pasión, como si no la hubiera leído nunca. Es una obra extraordinaria. Pero no me gustan los pasajes en los que sale Napoleón. En cuanto aparece, se perciben toda clase de trucos y distorsiones para presentarlo más estúpido de lo que era”. Esto escribió Anton Chéjov a su amigo Aleksei S. Suorin el 25 de octubre de 1891.

 

Órgano. La editorial Ficticia sigue siendo la referencia literaria  para descubrir jóvenes autores dedicados a la minificción: “Diagnóstico: corazón roto. Indicaciones: meter su propia mano por la boca, atravesar la garganta y dirigirse un poco a la izquierda hasta llegar al corazón. Darle suaves masajes, limpiarlo de las secreciones acumuladas por años y, finalmente, apretar hasta que cierre la llaga. Riesgos: intensos dolores. Es probable que tenga que realizar la curación durante meses o años para que pueda reparar el órgano herido”. (Laura Elisa Vizcaíno, 2015.)

 

Disparate. En El libro de los disparates Juan Domingo Argüelles nos explica: “‘neófito’ no es sinónimo del adjetivo ‘ignorante’, aunque así les parezca a muchos. ‘Neófito’ (del latín neophytus) designa a la persona recién convertida a una religión o a la recién admitida al estado eclesiástico o religioso; del mismo modo, al recién unido a una causa y al recién incorporado a una agrupación o colectividad. En este sentido, el ‘neófito’ es el ‘nuevo’ (en latín, novus), adjetivo que significa de origen reciente o no antiguo. Ejemplo: Era el neófito en esa comunidad. ‘Ignorante’, en cambio, con el que suele equipararse ‘neófito’, es adjetivo que se aplica a quien no tiene noticia de algo. De ahí el sustantivo ‘ignorancia’: falta de ciencia y conocimiento”. (El libro de los disparates. 500 barbarismos y desbarres. Qué decimos y escribimos en español, Ediciones B, 2016.)

 

Sentimental. Del romance entre Elena Garro y Adolfo Bioy Casares se han publicado cartas de ella a él. Ahora Silvia Renée Arias, biógrafa de Bioy, reproduce esta carta, escrita desde Buenos Aires tras una despedida en París: “Mi querida, aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a ver a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie… Desconsolado […] visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de la seis con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí, en cómo vamos perdiendo todo. […] Ojalá que me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia… Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos… recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado… Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, te respeto, que me gustas, me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades”. (Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares, Tusquets, 2016.)

 

Teibolera. “La teibolera se acomodó en una silla que el mesero ubicó, estratégica, en medio de nosotros. Era lo más prudente. Quien pide no necesariamente es quien va a consumir. No por fuerza quien paga es quien magulla. Priscila pidió un whiskey e inmediatamente después pidió mano: me rodeó el brazo y brindó con mi compadre. Podía sentir la tenue onda de vapor que brotaba de su cuerpo. Por su pierna transitaban dos erráticas gotitas de sudor. La combinación de perfume afrutado y olor animal me golpeó las gónadas. Recargó su seno izquierdo en mi antebrazo, el peso cargado de un misterio por pocos conocido. Una vez terminado su número, había procedido a ponerse de nuevo el conjunto que la cubría. Medias negras, ropa interior a juego, un chaleco de motociclista y una minifalda que no tapaba nada. Ahora la ves y ahora no. Y uno cae redondo”. Así describe una parte de la noche en Monclova Luis Jorge Boone en su cuento “Réquiem”, incluido en el libro Figuras humanas (Alfaguara, 2016).

 

Analogía. “Las grandes novelas son como las ciudades: lugares cotidianos donde suceden hechos extraordinarios. Todas las vidas posibles se superponen y se entrecruzan en sus calles y una ciudad es también un tejido de relatos”: Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices (Anagrama, 2016).

 

Interrogantes. Curiosidad, una historia natural es un ensayo extenso y erudito sobre el razonamiento humano. En un repaso guiado por figuras literarias, principalmente por Dante, su autor, Alberto Manguel, escribe: “Así evoluciona nuestro pensamiento: tratando de ver a cada paso no sólo la respuesta posible a nuestras preguntas —en otras palabras, las preguntas que aparecerán a continuación en nuestra búsqueda— sino también las consecuencias aleatorias y a veces trágicas de hollar paisajes inexplorados. La pregunta de cómo encontrar la cura de enfermedades mortales suscita la pregunta de cómo alimentar a una población que no deja de crecer y de envejecer; la pregunta de cómo desarrollar y proteger una ciudad igualitaria suscita la pregunta de cómo impedir la demagogia y la seducción del fascismo; la pregunta de cómo crear empleo para desarrollar la economía suscita la pregunta de cómo la creación de esos empleos puede tentarnos a ignorar el respeto a los derechos humanos y a la forma en que puede afectar al mundo natural que nos rodea; la pregunta de cómo desarrollar tecnologías que nos permitan manejar cada vez más información suscita la pregunta de cómo acceder depurar y no abusar de esa información; la pregunta de cómo explorar el universo desconocido suscita la incómoda pregunta de si los sentidos humanos son capaces de comprender lo que descubramos en la Tierra o en el espacio exterior”. (Traducción de Eduardo Hojman, Almadía, 2015.)

 

Jirafa. En el ensayo “Si mi biblioteca ardiera esta noche” Huxley hace esta consideración: “Felizmente los libros son reemplazables, al menos la clase de libros que llenan los anaqueles de mi biblioteca. Carezco del espíritu del coleccionista y nunca me han interesado las primeras ediciones y las antigüedades. Sólo me preocupa el contenido del libro, no su forma, ni su fecha, ni el número en sus solapas. El fuego, los amigos, y las mudanzas nunca podrán despojarlo a uno de nada que no pueda, como los hijos, camellos y mulas de Job, reemplazarse en su completa medida”. Y más adelante hace una lista de los libros que adquiriría para una nueva biblioteca. Lista que empieza con esta gran descripción: “Estaría Shakespeare, porque como la jirafa, no existe otro animal como ése. Es una imposibilidad y no obstante, maravillosamente, existe; demasiado bueno para ser cierto, pero un hecho de la historia y la experiencia”. (Aldous Huxley, Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas, selección, prólogo y traducción de Matías Serra Bradford, Edhasa, 2015.)

 

Diccionario. Comenta Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista, uno de los más estudiosos de la resiliencia, en su libro Las almas heridas, al respecto de la neurociencia actual: “No hay cuerpo sin alma ni espíritu sin materia. Es un abordaje global que proporciona una actitud humanista. Un saber fragmentado ayuda a hacer carrera, fabricando hiperespecialistas, pero un clínico debe integrar los datos y no fragmentarlos”. Eso es lo que hace nuestro reconocido neurocientífico Jesús Ramírez Bermúdez en su nuevo libro Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas, publicado por Almadía, donde refiere sus casos clínicos, justo con esa mirada.

 

Ficción. En Cervantes & compañía, Ignacio Padilla (1968-2016) escribió: “Ni cervantes ni don Quijote consiguen determinar el tamaño de la vida; Shakespeare, asqueado de gestos heroicos, produce seres empáticos con las reglas de la naturaleza y la experiencia del mundo: Falstaff muere cortando flores y pidiendo más vida mientras don Quijote se resigna a su ‘no puedo más’ para acabar muriendo cuerdo. La resignación de los personajes shakesperianos parece producto de su independencia de los anhelos del autor, anhelos que en Cervantes se traducen en una descorazonadora violencia hacia sus criaturas y hacia sí mismo. Cervantes es eventualmente cruel con sus criaturas y apenas logra no intervenir con dureza en la vida de sus ficciones. La hostilidad de Cervantes hacia sus personajes, que tanto indignó a Nabokov y a Unamuno, no está en los palos, mojicones y pedradas que padecen los protagonistas; está antes en el hecho de que el autor no les permitió elegir sus vidas ni sus muertes. Shakespeare supo hacerse a un lado, en cambio. El rico Camacho perdona, el traidor Fernando es perdonado, Basilio es feliz, Dorotea perdona al traidor don Fernando. La realidad de un Shakespeare nos aleja tanto como la humanidad de Cervantes nos acerca”. (Tusquets, 2016.)

 

Vino. Dice Baudelaire en su breve tratado Del vino y el hachís: “Si el vino desapareciese de la existencia humana, pienso que en la salud y en el intelecto habría un vacío, una ausencia, una imperfección mucho más repulsiva que todos los excesos y desviaciones que se le atribuyen al vino. ¿Acaso no es razonable pensar que las gentes que nunca beben vino, ingenuas y metódicas, son imbéciles o hipócritas —por imbéciles me refiero a hombres sin conocimiento de la humanidad, de la esencia, de artistas que niegan los procedimientos tradicionales del arte, de obreros blasfemando de la mecánica—; por hipócritas, golosos que causan pena, fanfarrones de sobriedad, bebiendo a escondidas con algún vicio escondido? Un hombre que bebe sólo agua tiene algún secreto que ocultar a sus semejantes”. (Traducción de Miguel Ángel Flores, Verdehalago, 2013.)

 

Publicar. En Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial, Íñigo García Ureta cita a Beatriz de Moura, quien fuera editora de Tusquets durante 45 años y traductora de Milan Kundera al español: “Para publicar el libro de un autor desconocido, éste tiene que entusiasmarme o emocionarme o intrigarme o perturbarme o apasionarme o revelarme algo o sorprenderme o hacerme pensar… no sé. Depende de cada manuscrito. ¡Las lecturas son tan arbitrarias! Nadie hace la misma lectura de un libro. Quién sabe si es por eso que mis criterios de lectura son, por un lado, tan poco intelectuales, y por otro, tan escasamente comerciales. Milan Kundera me sopló hace ya muchos años otro criterio, bastante más racional que los míos: en principio, descartar los libros difíciles de leer y fáciles de comprender, y, en cambio, prestarles especial atención a los libros fáciles de leer y algo más difíciles de comprender”. (Trama editorial, 2011.)

 

Inexistentes. “¿Y el Paraíso? ¿Existe un paraíso?”/ “Creo que sí, señora, pero los vinos dulces ya no los quiere nadie”: Eugenio Montale (Huesos de sepia y otros poemas).

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.