La mañana del domingo 2 de octubre Luis González de Alba se quitó la vida. Lo encontró su hermana en la recámara de su casa de Guadalajara con una fotografía de Pepe Delgado, el amor de su vida, y una pistola que tenía sus huellas dactilares.

Antes de pegarse un tiro mandó un tuit anunciando que viajaría a Poros, la isla griega. Grecia se convirtió en la mente de González de Alba en el Edén perdido. Tuvo un restorán de comida griega y escribió una novela cuyo título está en el idioma de ese paraíso; bailaba danzas griegas que nunca entendí y dejó en el archipiélago legendario un recuerdo obsesivo de la dicha perdida con la muerte del amor, el paso del tiempo, la desilusión, la soledad, eso que llamamos vida y que al menos una vez todos hemos soñado con dejar de golpe ante la fuerza de las adversidades.

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Ilustración: Víctor Solís

González de Alba no era un autor fácil, en el caso de que los haya en algún lugar del mundo. Se inconformaba con sus editores, se quejaba, muchas veces con razón, de que sus libros no tuvieran un lugar de privilegio en las librerías, cuidaba los detalles con inteligencia y un toque de mal humor.

El primer libro que Cal y arena le publicó a Luis González de Alba se llamó La ciencia, la calle y otras mentiras, en el año de 1989, una compilación de sus colaboraciones de divulgación científica en La Jornada, diario del que fue cofundador, articulista, animador y que no le dedicó una sola línea a la noticia de su muerte.

La generosidad no crece en la maceta del fanatismo.

La vieja querella con Elena Poniatowska y la desmitificación del movimiento estudiantil de 1968 pudo más que el deber periodístico. Recordé El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera donde desaparecen de las fotografías, borrados con pulso estalinista, personajes no afectos al régimen  comunista.

Cuando me dijo Héctor Aguilar que Luis estaba muerto recordé, como un fogonazo, la tarde en que Monsiváis llamó a mi casa para reclamarme que nexos hubiera publicado un artículo de González de Alba denunciando la utilización de pasajes de Los días y los años en La noche de Tlatelolco al menos con una libertad muy parecida al robo y la mentira.

Si hago un esfuerzo, recuerdo que Luis Miguel Aguilar, director de nexos, y yo, subdirector, estábamos en mi casa e íbamos y veníamos entre listas de autores y temas para la revista. Monsiváis al teléfono, su arma letal. Fue la única vez que Carlos me gritó. Entiendo que ya había tenido un encontronazo con Aguilar. Monsiváis me decía que Luis no tenía derecho a hacerle eso a Poniatowska. Sé que le contesté esto:

—Carlos: ¿vamos a hablar de derecho? Luis estuvo en la cárcel tres años y medio. ¿Te puedes imaginar lo que es eso? No puedes, porque nunca has estado en la cárcel, y qué bueno.

Se acabó entonces lo poco que quedaba de una relación editorial que había quedado atrás, en el viejo suplemento La Cultura en México de la revista Siempre! Pero me desvío, no tan a lo loco como pareciera, por cierto.

Con el tiempo y un ganchito, González de Alba y sus editores, Alberto Román y yo, empezamos a escribirnos a menudo y a hablar por teléfono para tratar asuntos relacionados con sus libros; quizá Luis no me tomaría a mal que yo dijera que acabamos entendiéndonos. Nada acerca tanto como la unanimidad del humor y del pensamiento.

Un día le dije que convendría que reuniera sus libros en Cal y arena. Como un rayo y una centella empezó a ordenar sus libros, a mandarnos cantidades de correos. Nos llevaba una gran ventaja: él sabía cuándo se quitaría la vida; nosotros, no.

Si revisamos las horas de envíos puede ser que el último correo que haya escrito Luis se lo enviara a Alberto Román. Pasaban de la cinco de la mañana del domingo, hora en que las personas más o menos normales dormimos; ellos, en cambio, estaban despiertos escribiendo correos. Luis le dijo entonces a Román que se iría de viaje a Poros.  

Hablé por teléfono con él el lunes anterior al domingo de su suicidio. Me dijo que ya tenía la liberación de su libro sobre orientación sexual.

—Ya sé —le dije—. Ése es el libro en el que tratas de demostrar que todos somos bisexuales y, en un descuido, gays al borde de la acción homosexual —me reí.

Él también se rió y de inmediato contraatacó:

—Tú no sabes nada del asunto. He estudiado años el tema. Por lo demás a lo mejor sí… —se rió y dejó abierto el clóset, su viejo clóset, abandonado mil veranos atrás.

Hemos decidido publicar los correos que intercambiamos algunos días antes de su suicidio un poco para recordarlo, otro poco para repasar sus libros y sus deseos editoriales. En ellos puede leerse también, desde luego, cómo preparó Luis su último viaje a Poros.

 

Rafael Pérez Gay
Escritor y periodista. Entre sus libros: El cerebro de mi hermano, El corazón es un gitano, Nos acompañan los muertos y No estamos para nadie. Escenas de la ciudad y sus delirios.

 

 

5 comentarios en “Último viaje a Poros

  1. Es lamentable y no,la partida de un humano que en su experiencia de vida encontró lo que muchos no han logrado, vivir con y en libertad, por eso es lamentable su partida física, y no porque su presencia espiritual quedo revelada en sus escritos por siempre y libre de ataduras convencionales. Felicidades a Luis de Alba.

  2. Si antes admiraba a Luis González de Alba ahora le admiro más, sentí mucho su muerte . Gran artículo

  3. Luis González de Alba despeja más dudas que las que han creado escritores, articulistas, cronistas, etc. acerca de Tlatelolco ¨68 y otros pasajes de la vida política nacional. Gracias por haber contado con una mente libre que aclara momentos de la vida nacional que pócos se han atrevido a develar.

  4. Personas como Luis ennoblecen al género humano.
    Gracias Rafael y gracias Nexos por permitirnos seguir reencontrando a Luis pese a sus detractores