¡Echa a andar la gramola! Algo mágico ocurrirá: echa una moneda en la ranura cromada y aséstale un buen puñetazo, rudo, brutal; nos llegará el sonido que representa al espíritu de la época, tronante, estridente, un martilleo que rompe los tímpanos; la mano del espíritu de la época liberará el barullo, la mano de un joven operario de plataforma petrolera, de un gasolinero, de un conductor de camión, mano adolescente, pero ya garra de obrero, mano que conoce sólo un par de gestos mecánicos (agarrar, empujar, torcer, golpear), mano que no conoce el ocio de los dedos relajados ni el gesto elocuente que da redondez a una frase, que confiere dimensión espacial a una idea o insinúa una caricia. Mano de este espíritu de la época, no ya el instrumento de actividades sublimes, no la mano capaz de pintar como Piero della Francesca, ni de generar armónicos sonidos, como las manos del niño Mozart, ni la mano que escribe como Eichendorff. Mano de lansquenete: pulgar calloso de contar los salarios, moviendo dinero sobre un dedo índice ya torcido por el uso del gatillo, gastado por el trato asiduo con los instrumentos de muerte; mano de usurero… Que se oiga el tintineo de monedas. Mete una en la ranura cromada. No hay timo que valga: el aparato está programado al milímetro, se ajusta al tamaño y al peso de la moneda; una pequeña variación, la más mínima irregularidad, cualquier diferencia, por insignificante que parezca, queda registrada de inmediato y el mecanismo se bloquea. Sería necesario un golpe rudo que sacuda todo el aparato, esa pesada caja hecha de hierro, latón y plástico; latón varias veces ranurado, remachado y troquelado, latón gastado y abollado, con cintillos de plástico, listones de plástico, plástico cubierto de rebordes de latón, latón ribeteado en plástico, vástago bastardo de un acordeón y de una montura de cowboy, coche de lujo de jeque petrolero y guitarra de vaquero, fuente de soda y revólver mexicano, la noche de los trópicos acecha en él repleta de gritos de la jungla, lo acosa, y ya está un poco ebrio de sueño el viejo gorila, ya no reacciona en fracciones de segundos, Tarzán lo tiene fácil; su puño golpea con fuerza, la moneda se desliza en las entrañas de hierro, un clic leve y elástico anuncia que se encuentra ahora en una especie de guardagatillo y que es preciso dar las últimas voces de mando para que la cacerola giratoria se eleve a las ionosferas; las teclas de plástico, ordenadas en tres hileras de dientes en sus fauces de tiburón, las transmiten con telegráfica rapidez, los molares de las teclas de selección las pasarán a los afilados colmillos de las etiquetas con los títulos enmarcados en latón, y éstas, a su vez, las harán llegar a las barbas de cetáceo de los discos dispuestos en vertical; tres fases de encendido, de nuevo el puño golpea con dureza, esta vez la sacudida se produce del lado del hombro y va acompañada de una breve torsión del busto y de una agitación en el costado; un golpe seco con el brazo en ángulo, un golpe al estómago de este King Kong, y oirás tintinear los asustados blindajes a prueba de bala del monstruo prehistórico de un futuro espacial; las entrañas de hierro de esta estación espacial ocupada por el enemigo se sacuden en un caos, hasta que por fin, entre espasmódicas descargas eléctricas, la máquina se pone en marcha: una inflamada apoteosis de luces se enciende, espectros luminosos se retuercen en lentas espirales ascendentes y descendentes, aureolas que se abren y se difuminan, géiseres de un placer sintético para los ojos unen las guirnaldas de luz que se elevan entorchadas como un humo sacrificial, como las columnas de fuego de un dios del desierto que construye arcadas y cúpulas, Alhambra de jeque del petróleo fundida con una aurora boreal de Sabena Airlines, gran vomitatio con tintes de heladería, la espita de una enorme laminadora de sonidos: como un chorro de fuego, la papilla de sonidos se dispara desde las fauces barbadas del cetáceo con sus tres hileras de dientes (un Jonás americano), se vierte en el molde original de un motivo musical, cae bajo el mortero del beat y queda aplastada, despiezada, triturada, reducida a un traqueteo metálico cada vez más barato, ranurado, remachado y achatado varias veces, listo ya para el consumo de los vertederos, desde donde la cal lechosa de los tubos de neón se difunde por la noche estrellada, linfa de las periferias roñosas, ulular elegíaco de Suburbia, arrabal que ha devorado a la ciudad, a todas las ciudades.

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Ilustración: David Peón

 

Gregor von Rezzori
Escritor. Entre sus libros: Memorias de un antisemita, Un armiño en Chernopol y Flores en la nieve.

Este texto es un extracto de Caín. El último manuscrito.
© Estate of Gregor von Rezzori. © Sexto Piso

Traducción de José Aníbal Campos.