Uno anda por allí inventando la ciudad. No es mal trabajo y además, a veces, es necesario. Al fin que apenas la ciudad asoma el ojo uno se empeña en descubrirla y relatarla. Es una locura. La ciudad va dando tumbos en la imaginación. Y se le ve pasar como al viento sucio que lo mismo hace volar billetes que envolturas de celofán, la carta del ministro y unos calzones rotos. Yo estudié en la escuela Pedro María Anaya, en avenida Centenario 128, en la colonia San Simón, a la que he llamado siempre La Portales; el diseño del edificio lo realizó Juan O’Gorman y el estilo fue bautizado como racionalista. Nadie sabe qué es eso: racionalista, pero me imagino que es maquinista, logicista, causalista, ingenieristasocialista. Y desde allí fui yo el que dio tumbos en la imaginación de un dios dormido. Juan O’Gorman tenía un hermano llamado Edmundo, muy elegante, historiador, que había leído a Heidegger a profundidad y uno de mis cronistas e historiadores más queridos. El día que murió Edmundo, un día de septiembre de 1995, yo probé el LSD por primera vez, fue un viaje atroz el mío, por la historia de mis emociones y flotando sobre las ruinas de mi racionalidad. Y en algún momento grité: “¡Ha muerto O’Gorman!”. Yolanda me observaba, perpleja y decepcionada.

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Ilustración: Sergio Bordón

Ahora vivo en un departamento viejo, como mis utopías, a media cuadra del edificio Jardín, en la calle Sindicalismo, colonia Escandón. El edificio Jardín lo alzaron en 1931; y un joven fue el arquitecto, un joven no graduado, Francisco J. Serrano, que no había terminado sus estudios, pero que estaba impresionado por Le Corbusier. Debieron ser bellos los jardines en el patio central y en la azotea: un edificio para seres humanos, no un charco donde se paran los moscos o un hormiguero. Hoy sólo quedan los ornamentos y la soledad de una mujer olvidada; y el silencio de la piedra y la belleza oculta. Me detengo ante su fachada y pienso: “Puta madre, ¿qué ha pasado con aquella ciudad?”. Y los pasos perdidos continúan. Ya estoy ante la antigua Casa del Conde de Miravalle, en Isabel la Católica 30, observando el mural de Manuel Rodríguez Lozano. Lo conozco, al mural y al edifico, desde hace muchos años porque yo me empeñaba en contemplar la pintura cada vez que pasaba ante el edificio. En el siglo XIX la casa fue un hotel: Del Bazar. En los años noventa había joyerías y al entrar me miraban, los locatarios, con desconfianza; malditos lobos, yo sólo quería mirar la pared. Nunca he tenido ropa elegante para presentarme ante mis pasiones. También me corrieron de Venustiano Carranza 73, que fue la casa del Conde de San Bartolome de Xala, terminada, parece, en 1763; pero yo sólo quería admirar su bella y amplia escalinata. “Es propiedad privada”, me gritaban unas pústulas humanas nacidas de la garganta de un perro y dueñas de varios cuchitriles emplazados en el patio central de la antigua casa. Esta casa fue obra del arquitecto Lorenzo Rodríguez, el mismo que dio forma al Sagrario en la Catedral Metropolitana. Tampoco logré trepar por la escalera helicoidal, metafórica y mística en la casa de los antiguos marqueses de San Mateo de Valparaíso, en Isabel la Católica, y que labró Francisco Antonio Guerrero y Torres en 1770. Hoy la casa pertenece a un banco, y cada vez que acudía a realizar un depósito me colaba para observar y pasearme por la amplia escalera cuyo acceso está absolutamente totalmente invariablemente prohibido. Ya estoy acostumbrado al desprecio que existe hacia el mirón. Merecí una afrenta similar cuando invité a mi pequeña sobrina, Alexa, al Museo de Geología y Paleontología, del arquitecto Carlos Herrera, en Santa María la Ribera. Los cuidadores o celadores nos impedían subir al primer piso para observar los lienzos de José María Velasco, pintor que mi padre admiraba y a quien quiso imitar muy a posteriori. ¡Mi padre pintaba paisajes! Me obstiné, amenacé, con los puños, no por medio de influencias, pues no tengo, y finalmente nos permitieron la entrada. En cambio, mi padre detestaba a Gerardo Murillo, o Dr. Atl, porque, según sus palabras había pervertido la pureza de los paisajes: “Basta ver su Vista del Popocatépetl (1932) y comprenderás lo que quiero decir”, exclamaba mi padre. A raíz de tal historia, y después de ver el edificio de Herrera y las pinturas de Velasco, caminamos mi sobrina y yo, hasta la casa que perteneció al Dr. Atl en la calle que lleva su nombre. Recuerdo que le dije a mi sobrina: “Mira, qué hermosa casa, aquí vivía un pervertido”. Mirar no cuesta nada y ello se comprueba en el mercado Abelardo Rodríguez (1934), en República de Venezuela, Centro, el más admirado por mi curiosidad, sus murales pintados por los discípulos de Diego Rivera, cuidados por los mismos locatarios y expuestos sobre un puesto de jugos o una fila de diablitos. No siempre puedes subir a la primera planta, mas si lo haces encontrarás un mural inesperado, un bajo relieve de tinte marxista salvador y simbólico cuyo volumen te sepulta y agota: el mural en cobre de Isamu Noguchi. Cansado de ir y venir, visitante asiduo de todos los antros nocturnos o ergástulas putrefactas, recuerdo haberme dormido, exhausto, acabado, una madrugada sobre la banca de piedra y farol adjunto (diseñada por el arquitecto y artista Juan Segura) frente a uno de los edificios más bellos, a secas, de la colonia Condesa, en la esquina de Sonora y Amsterdam, y que diseñó en 1930, Francisco J. Serrano: déco, plasticista, revolucionario. Estaba dormido profundamente en la banca, y ya en la mañana unos adolescentes, estudiantes, pintaron en mi brazo la palabra “Escoria”; lo hicieron con delicadeza y plumón negro. Fue un tatuaje. Me levanté y volví a la Escandón y continué imaginando mi ciudad, la que no existe, la mía.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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