El Señor insulfó vida a la carcoma.
—Julian Barnes

En el principio fue el hombre. Y con él, a perpetuidad, como la estupidez, el hambre. Uno tan hambriento como sus iguales pero no tan igual resultó ser más listo y tuvo una idea y vio que era bueno, aunque la idea no lo era tanto. Le dijo a todos que era bueno tener ideas, fingió que la idea le quitaba el hambre y los demás le imitaron. Hubo ideas en abundancia. El hijo del hijo del hijo del hombre que tuvo la primera idea dio en razonar que esa primera idea no fue otra que la de tener una idea. Poco tuvo que viajar y hablar para que todos supieran de la patraña primigenia. El hijo del hijo del hijo del más listo tuvo entonces una idea más audaz que la del bisabuelo: adquirir todas esas ideas ya por entonces muy devaluadas y mal vistas. Hombres y mujeres desfilaron frente al bisnieto y discretamente le fueron entregando sus ideas a cambio de la promesa de no ser delatados ante nadie. El bisnieto se vio en la necesidad de cavar un depósito muy grande y ancho de ideas. Ya nadie más que él tenía ideas, de las que sólo dos habían sido suyas. Vio que no sólo era bueno, sino estupendo. Conseguido esto el bisnieto protestó airadamente el que la reputación de su bisabuelo se tornara la de un tunante y tuvo entonces otra idea: puesto que en su inmenso depósito de ideas las más consistían en diversas formas de fastidiar al prójimo y sabedor de que su acervo de ideas era suficiente para resistir el embate de cualquier vivillo que pudiera salirle al paso, decretó el desprecio universal contra todos aquellos que no demostraran cuando menos una idea. Como es sabido, tener ideas, buenas o malas no es cosa tan fácil como adquirirlas, de modo que frente al bisnieto desfilaron todos, atormentados hasta la desesperación, para adquirir ideas a precios desorbitantes. Los más ricos se hicieron pobres, pero poderosos de ideas magníficas. Los más pobres quedaron igual de pobres pero con una o dos ideas suficientes para no sufrir tormentos. Fue así que la justicia socioeconómica se alojó entre los hombres con una salvedad: el bisnieto, amén de haber acumulado riquezas inagotables, había reservado para su menda todas las ideas dirigidas a atormentar, destruir o debilitar al prójimo. Fue el primer soberano.

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Sin riquezas que cuidar y con ideas a pasto, hombres y mujeres tuvieron tiempo para ocuparse de las ideas que tenían, mezclarlas, intercambiarlas y hasta generar ideas nuevas o que creían nuevas aunque siempre aparecía por ahí alguno que tenía esa misma idea desde hace tiempo arrumbada en el establo o el granero. Muchos enloquecieron cuando aceptaron con desesperación que sus ideas más interesantes y raras habían sido comidas por los cerdos o las ratas.

Ante la plaga de demencia, el soberano condenó a su bisabuelo a abjurar de su primera idea, la primera idea, proclamar que las ideas eran el peor de los males, y apartarse de toda compañía humana o animal, pues el bisnieto temía que tuviera una idea que pusiera a las bestias en estado de alerta.

Fue entonces que algunos no creyeron y otros siguieron amando a sus humildes ideas, no por buenas o útiles, sino por ser todo cuanto poseían. Surgió entonces una plaga de pedantes que ofrecían remozar las ideas maltrechas, reparar las descompuestas e igualar las perdidas. Fue tanta la clientela que tuvieron que especializarse. Se les asignaron diversos títulos a cuál más petulante: ingeniero, físico, filósofo, etcétera. Los que en su necedad insistieron en conservar ideas gastadas con el perverso fin de gastarlas hasta su descomposición fueron relegados socialmente y llamados artistas. A éstos se les concedió la gracia de practicar la insania lejos de la vista del resto y en sociedad comportarse con decoro, ya fuera trabajando, robando o mendigando.

De entre los reponedores de ideas muy pronto se vio que había charlatanes y muy charlatanes, mas eran tantos que el bisnieto tuvo que echar mano de una de las ideas más malévolas de cuantas se había reservado e instauró la tolerancia. Fue así que los filósofos siguieron reparando ideas reparadas mil veces, los ingenieros siguieron reciclando dos o tres ideas apenas retocadas para dar la pala de que se trataba de ideas nuevas o diestramente reparadas. Los físicos trabajaban unos para otros y nadie sabía bien que hacían con las ideas propias y ajenas.

Viendo que tanta inmundicia no era buena, el bisnieto recurrió a otra de sus ideas malvadas. La vergüenza cundió como la lepra. Los avergonzados se descubrieron desnudos y dieron en reunirse en gremios populosos. De entre estos gremios hubo uno que dio en hacer ensartas de ideas que, unidas entre sí, eran invulnerables, si no por su fuerza al menos por la confusión que generaban en quienes querían verlas a buena luz y acaso obtener ideas contrarias. Nacieron así las ideologías y el gremio fue el de los ideólogos, que se promovió con tanto tino y generó tal estupor que gozó del agrado y respeto de todos los hombres y las mujeres, quienes ya avergonzados por su desnudez de ideas dieron en convencerse de su imbecilidad y condición de adoradores. Fue así que los ideólogos se ganaron un lugar prominente en la sociedad humana que estuvo dispuesta a mantenerlos a cambio de oír sus disertaciones en las plazas públicas los días de fiesta, los domingos y una vez cada cuatro o seis censos, cuando las cosechas habían sido buenas y los cerdos habían engordado.

Las masas idólatras hicieron de los ideólogos y sus ideologías fuerzas más grandes que todas las ideas aisladas de todos los hombres y entonces crearon la política y se proclamaron poderosos, unos hoy, otros mañana, siempre ellos.

El bisnieto fue destituido y juzgado en multitud bajo el cargo de acaparamiento ideológico. Y aunque nadie entendió cuál era a ciencia cierta su delito se le condenó al exilio, condena que no cumplió porque esto sucedía entre todos los humanos de toda la tierra y no había a donde exiliarlo. Fue entonces que el bisabuelo, que ya contaba con el denso rencor que robustece durante varias décadas de olvido, se presentó ante los ideólogos y obtuvo su beneplácito para pronunciar un breve discurso en el que recordó a hombres, mujeres, gremios e ideólogos de diversas ideologías que fue suya la idea de tener una idea, que tal idea fue el principio, y que el bisnieto le acusó y apartó de los seres y su memoria, lo que en rigor es un asesinato y que si él había muerto en vida sin que se justificara su desgracia y no había exilio para el usurpador tiránico procedía exiliarle de la única forma posible —dijo y carraspeó— porque yo solo tuve una idea pero ahora tengo la última: que el verdadero exilio de entre los hombres es la muerte y que tenemos el poder para desechar su vida que fue siniestra y cruel. Y todos aclamaron porque no querían vivir con el temor de que el bisnieto aún conservara algo en el depósito de ideas crueles que guardaba desde los tiempos de su enriquecimiento. Y se crearon muchas ideas sobre cómo debía morir y al final todas fueron consideradas buenas y se le mató de todas las maneras y fue así como el hombre que había tenido la idea de que entre hombres y mujeres se tuvieran ideas fue también el que tuvo la idea más exitosa de todos los tiempos: la del asesinato.

El hambre sobrevivió.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.