En este relato incluido en Cuentos mexicanos (Cal y arena), Héctor de Mauleón aborda la obsesión que provoca un antiguo espejo de la época porfirista que no refleja nada.

El espejo estaba dentro de un viejo armario. Era pequeño y redondo, como cualquier otro, pero poseía una rara particularidad: no reflejaba las cosas. Uno podía detenerse ante su superficie clara, gesticular, cambiar de postura o pegar de saltos, pero nada alteraba la calma, la eterna quietud de aquel necio pedazo de vidrio.

Vi un espejo semejante en una película de vampiros. Éste, sin embargo, no sólo negaba la existencia de los no muertos, sino también la de los muebles, los cuadros, las paredes y el resto del mundo.

La abuela decía que había algo malo en él. “Quién sabe por qué artes se niega a devolver las cosas.” Pero el abuelo pensaba que tras los cristales no transcurría el tiempo, y solía apoyar su razonamiento en una frase que en aquellos años me parecía extraña: “Si el tiempo es una sucesión de actos, y en el espejo no suceden los actos, en el espejo no está ocurriendo el tiempo”.

—Lógico —replicaba mi hermano Fernando—. Para qué puede necesitar el tiempo, si lo tenemos guardado todo el tiempo.

Cada sábado el abuelo lo sacaba del armario para limpiarlo. Nos sentábamos a sus pies para verlo preparar los aceites y deslizar una franela húmeda sobre el asa de plata, de la que poco a poco iban emergiendo pequeños rayos. Cuando sus manos frotaban suavemente el cristal yo alentaba la esperanza de que apareciera de pronto una voz, una visión, un genio. Pero no hay espejo que conozca la piedad. Nada ocurría nunca.

Aunque el espejo había estado en la casa desde hacía años, nadie recordaba con certeza de dónde había salido. Mi abuela nos decía, en voz baja, que el padre del abuelo se lo había comprado en 1920 o 1921, a un coronel llamado Federico Valencia. El abuelo se encolerizaba:

—El coronel no nos vendió nada.

A los dos les gustaba repetir las cosas. Sus relatos iban decorados por los mismos gestos, matizados por las mismas palabras. Quizá por eso no logro recordar cuándo oí hablar de Valencia por primera vez. Debió ser un sábado en la noche, durante la merienda, porque a esa hora se revivían las antiguas historias familiares. Si se tocaba el tema, la abuela decía:

—Sólo Valencia pudo tener una pieza tan rara.

—No —respondía tajante el abuelo —. Mi padre y yo fuimos a su casa varias veces. Vimos las cartas, los documentos, los muebles y las joyas, pero jamás el espejo. Y aunque ahí hubiera estado, ni mi padre era capaz de comprar un objeto robado, ni Valencia de vender algo que no era suyo.

El coronel había muerto mucho antes de que nosotros naciéramos. Conocíamos su rostro, sin embargo, porque el abuelo guardaba un retrato suyo en el armario. Había que ver aquellos ojos fieros, aquellos bigotazos que se le enroscaban como cola de alacrán sobre la cara, para comprender que, en efecto, jamás habría hecho algo indebido. No era pariente nuestro, pero conocíamos su historia mejor que la de muchos familiares. Había sido un porfirista decidido. Tanto, que el triunfo de la revolución maderista se embarcó con Díaz en el Ypiranga. Contaba el abuelo:

—Cuando llegaron a La Habana, don Porfirio le ordenó regresar a México. Había dejado, en una casa del centro, todo lo que logró juntar en treinta años de gobierno: muebles, pinturas, esculturas y vajillas. Miles de documentos. Y como los revolucionarios tenían la ciudad de cabeza, tuvo miedo de que fueran a saquearla. Valencia volvió al país en secreto, pero le fue imposible sacar nada: no había a dónde llevar, cómo transportar aquel tesoro. Entonces se le ocurrió esconderlo detrás de un muro falso, dejarlo ahí hasta que la situación se calmara. Pero mataron a Madero, y la revolución siguió. Todo se fue complicando. Al fin, sin revelar el secreto, Valencia rentó la casa a unos diplomáticos alemanes. Esperaba sin duda que la gente comprendiera su error, que trajera de vuelta a Porfirio. Pero don Porfirio no regresó y sus cosas quedaron tras el muro varios años. No se sabe si Valencia platicó de esto con alguien, no se sabe si cometió una indiscreción. El caso es que un día el general Carranza ordenó detenerlo y torturarlo para sacarle la verdad. Díaz ya había muerto en el exilio, pero el coronel resistió el tormento. Se quedó callado hasta que a Carranza le tocó el turno de morirse, y sólo entonces recuperó los bienes. Así empezaron los rumores: decían que estaba vendiendo todo porque, como era porfirista, nadie quería darle trabajo y se moría de hambre. La verdad es que Valencia conservó las cosas hasta que, muchos años después, el hijo de don Porfirio regresó al país y pudo entregarle todo.

En ese punto del relato comenzaban las complicaciones:

—Cuando murió mi padre, encontramos el espejo en un ropero. No sabíamos nada, nunca nos había hablado de él. Se pensó que había pertenecido a don Porfirio, porque se trataba de un objeto fino; que posiblemente Valencia se lo había vendido, o se lo había prestado para que lo observara. Pero papá murió de pronto, y el coronel jamás nos reclamó nada…

—La dueña del espejo fue una de las hijas de don Porfirio. Cuando ella se fue, el pobre se entristeció tanto que prefirió cerrar los ojos para siempre —decía mi hermana Clara.

Consideré seriamente dicha explicación hasta la tarde en que Fernando encontró en un libro los retratos de Luz y Amada Díaz, las hijas de don Porfirio. Supe entonces que ningún espejo del mundo llegaría a sentir nostalgia por ellas, y elaboré mi propia versión: quien lograra arrancarle una imagen podría hacerse inmortal, o por lo menos convertirse en rey.

Pero el espejo mantenía su fijeza extraña. Fastidiados, dejábamos de consultarlo hasta que otros espejos nos lo recordaban: aquél por el que atravesó Alicia; el que conocía el nombre de la mujer más bella del reino, o ése donde Moctezuma vio la llegada de los españoles. Qué desgracia, habiendo tantos espejos prodigiosos nos tenía que tocar el más aburrido. Terminábamos por alejarnos. Y sin embargo, mientras Fernando trazaba caminos de gis y los iba poblando con susurrantes coches de colores, mientras Clara se sentaba en las piernas de la abuela para oír los viejos cuentos o pedir historias nuevas, algo me obligaba a acercarme una y otra vez al espejo, y edificar conjeturas que luego eran sustituidas por otras.

Cuando pasé a sexto año oí decir que el dios Tezcatlipoca tuvo un espejo negro a través del cual se observaban las cosas del cielo y de la tierra. El sábado siguiente le pedí al abuelo que abriera el armario, seguro de que, se trataba del mismo espejo: lo negro y lo ciego vienen siendo lo mismo. Pero éste conservaba su terca conducta, y yo comencé a culpar secretamente al abuelo: ¿por qué no conocía un conjuro que pusiera en marcha las imágenes perdidas tras el cristal? ¿Por qué no conocía el origen del espejo y se había limitado a heredarlo de alguien que seguramente lo poseyó con el mismo azoro, la misma torpeza que nosotros?

Esa tarde, como tantas otras, decidí olvidar el asunto para siempre y me puse a cazar lagartijas en el jardín. Allá el espejo y su vida absurda. Pero aunque lo intentara, una y mil veces, no podía dejar de pensar en el pálpito silencioso que emergía segundo a segundo de su superficie. Descargaba mis ansias en el abuelo:

—El espejo miente, miente, miente…

Él bajaba la vista. Fernando detenía sus coches a mitad de la carretera, para responder con lo primero que se le venía a la cabeza:

—O le cortaron la luz, o de plano se quedó dormido…

Mis hermanos continuaban sus juegos, pero a mí me intrigaba, me dolía el espejo. Intentaba cualquier cosa para reanimarlo: lo ponía bajo el sol, repetía frases cabalísticas, y rogaba, suplicaba, amenazaba. Nunca había respuesta.

Para calmarme, el abuelo revolvía los libreros en busca de historias sobre espejos mágicos, aberrantes, premonitorios, abiertos, simples o magníficos; espejos de agua, de tinta, de jade o de cristal. Sin embargo, aquellos cuentos servían para explicar otros espejos, no al nuestro, porque nadie, al parecer, había tenido un espejo en el que no hubiera imágenes qué mirar.

Sólo se acentuó mi confusión. Comencé a soñar con el espejo. Unas veces encerraba monstruos de infinita maldad; otras, escondía brujas, hechizos, maldiciones. Los gritos con que desperté de cada pesadilla pusieron la casa en ebullición. Fernando se reía, Clara bostezaba, mis padres telefoneaban al abuelo para exigirle que dejara el espejo en el armario, y la abuela se convencía más que nunca de la perversidad, la malignidad de aquel endemoniado objeto.

—Vamos a dejarnos de cosas —concluyó un tarde el abuelo—. Voy a llevar este cacharro con un espejero…

¡Un espejero! Cómo no lo pensamos antes: una especie de mago inclinado sobre los magmas rojizos de un caldero, un anciano atareado en fundir, pulir y cortar los vidrios que ayudan a conocer la forma de nuestro rostro, era el único hombre que, en vez de callar, podría extendernos un puñado de respuestas. Me colgué de las mangas del abuelo hasta que me permitieron acompañarlo. Envolvimos el espejo en un trozo de papel de China y abordamos un camión. Tal vez se imaginó que todo iba a terminar, y por eso me dijo:

—Lo que soñamos es lo que queremos, es lo que es verdad.

Yo veía la calle, y los árboles, y trataba de adivinar el diagnóstico del espejero. El trayecto fue lento. Cuando entramos en el local, no hallé el ambiente que había imaginado. Tampoco magos ni caldero. Sólo un señor muy serio que nos clavó una mirada profesional y dictaminó:

—Pasa algunas veces. El espejo está mal azogado. No tardó en repararlo. Volvimos a la casa en silencio. Ya no podría ser rey. Jamás me volvería inmortal. Pensé con fastidio en las lagartijas del jardín, en los caminos de gis y en los coches de colores. El abuelo murmuró:

—Vengo pensando que al final de cuentas un espejo dice más de nosotros cuando está vacío.

No entendí. En la casa, Clara, la abuela y Fernando nos esperaban ansiosos.

—Era un simple defecto —dijo el abuelo—. Ya está remediado.

Y abrió la envoltura. Cómo olvidar el gesto que hicimos al asomarnos y no encontrarnos: hallar un uniforme negro plagado de medallas, un rostro antiguo que nos miró con cansancio, un pedazo de habitación, casi un palacio, donde el tiempo, otro tiempo, reanudaba su marcha, comenzaba a correr, como si deseara alcanzarnos.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

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Un comentario en “El espejo

  1. Regocijante historia, y compartiendo nociones enlazadas en la cotidianidad que se expresa con cierta naturalidad, de México y su historia, como una extensión de la vida familiar, sobre todo desde la perspectiva de un niño que se asume como parte de otras entidades mayores que no desaparecen de la existencia.

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