Hay historias que por su sinceridad llevan a los lectores a sentirlas compartidas, a pensar en ellas como si el autor les hubiera pedido prestados retazos de su vida. Esta virtud tiene Todos los días son nuestros (Océano), el primer paso literario de Catalina Aguilar Mastretta. Presentamos a continuación un fragmento del libro.

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Prólogo

La Pregunta

—¿Conoces a Emiliano Cervera?

¿A cuál de todos?, porque hay varios. Conozco al que dormía de lado con los ojos y los puños apretados como un niño. Al que se enterraba en mi pelo y me decía Mari, Mari, Mari, como una plegaria. A ése lo conozco o, bueno, lo conocí, no sé del presente. No me acuerdo en qué tiempo, pero en uno pasado, era el amor de mi vida, el viejo de mi vejez, el papá de los hijos que no tengo. Era el agua de mi propio aliento y la memoria que tiene mi piel —entre el cuello y el pecho— lo guardó tan cerca que puede sentir sus dedos recorriéndola. ¿Que si lo conozco en la realidad, dices? ¿O en el centro de mi cuerpo? Porque hay una diferencia total, sobre todo los domingos en la mañana. ¿Conozco a Emiliano? No sé si lo conozco. Está más lejos que alguien a quien nunca he visto, pero lo traigo cargando y me provoca un temblor. Un temblor de esos familiares y terribles. Qué pregunta, ¿conoces a Emiliano? Al que dejó de contestarme el teléfono y escribe poesía urbana en su tuiter, no, a ése no lo conozco. Al que va por toda la colonia Condesa de la mano de la rubita que sale en su película, a ése tampoco lo conozco. Pero sí lo conozco, como si nunca se hubiera ido, porque me quiso tanto y fuimos tan del otro como ahora somos del espacio en el que nos olvidamos.

Concéntrate, María. Te están preguntando por el director de cine del que podrías escribir para ganarte un dinero en la revista de cine en la que a veces te paras para ver qué te dan a escribir. Esa respuesta —más limpia— sí la tengo. Pero se me agolpan todas las otras en la garganta y siento que voy a llorar ahí mismo, enfrente de mi a veces jefe. Así que contesto lo menos útil que se me ocurre:

—Más o menos.

—¿Le puedes pedir una entrevista?

—Sí. (Pero prefiero la muerte.)

—Bueno. Perfecto.

—Perfecto.

José Miguel se queda tranquilo y yo me quedo culpable. Porque es bueno, José Miguel. Y cree que me tiene cerca. Y muchas veces es verdad. Pepe Mike le dicen sus amigos, y no porque lo odien sino porque lo quieren. Porque hay de todo tipo de gente en el mundo y alguna le dice Pepe Mike de cariño a sus amigos. No es culpa de José Miguel no saber nada del temblor.

¿Conoces a Emiliano? Lo conocía. Lo conozco porque no se me va de la frente y que me pregunten por él me crea un hueco en ese lugar que las viudas se tapan con las manos cuando les hablas del pasado. Pero en la realidad de la calle y de la rutina, no sé de él.

—Qué bueno que ya superaste a Emiliano —me dijo Paloma hace ya mucho tiempo—. Yo voy a pedir salmón, ¿tú?

—Pasta.

Y a lo que sigue. Superado está, claro. Nada más es que algunas cosas no terminan nunca. Y ésta es una de esas cosas.

 

1

Años antes, Cuando Terminó

Llego a la oficina tarde y sin peinar.

—Tu teléfono sonó y sonó —me dice Salvador, que es buena gente y te avisa si sonó tu teléfono mientras no estabas, pero yo lo desprecio porque en las tardes, cuando se aburre, patea mi cubículo como niño en vuelo internacional.

Escucho mis mensajes. Uno de mi mamá: “Te vas así, sin avisar y sin desayunar, como perro, mija, ¿qué mal modo viste?”. Soy una mala hija. Sigo escuchando: y una mala amiga. Los siguientes mensajes son tres, de Paloma: “¿A qué hora se fueron ayer? Háblame”. “¿A qué hora te vas a presentar a trabajar? Háblame.” “¿A qué hora me vas a hablar?”. En la historia de este rompimiento habrá preocupaciones futuras y etéreas como: morir sola, perder al hombre de mi vida, arrepentirme para siempre de lo que pasó un sábado a las tres de la mañana cuando tenía treinta años. Todas son preocupaciones complicadas, sin embargo, las imposibles son las más inmediatas: qué hacer con el primer domingo a solas, cómo ir a comer al chino del Parque Nápoles y pedir todo lo bueno para uno sin desperdiciar, cómo lidiar con las expectativas de Paloma. Paloma es la novia de Francisco que, a su vez, es hermano de Emiliano. Y no, los nombres no son a propósito. A la Señora Sandra se le puede acusar de muchas cosas, pero no de revolucionaria. Le había puesto a su primer hijo Emiliano, como su abuelo; a su segundo Francisco, como su papá. Casi se desmayó cuando se los devolvieron del kínder con la instrucción de que los vistiera de bigotes y canana para que salieran de Villa y Zapata en la obra del 20 de Noviembre. Ella que tenía la esperanza de hacerse de unos niños elegantes, les había puesto como los que a su parecer eran los dos más grandes pelados que proporcionó la historia nacional.

Pancho —como Paloma le decía para molestar a la Señora Sandra— llevaba cuatro años de ser su novio, menos de la mitad que Emiliano siendo el mío, cosa que hacía que Paloma nos viera como su ejemplo a seguir. Sólo que ellos eran la pareja correcta del grupo. Paloma y Pancho se conocieron en Harvard —así como lo oyen—, Harvard University. Algo con que ella se tropezó en la escalera de un edificio viejísimo donde se habían tropezado también Theodore Roosevelt y Bill Gates y Natalie Portman, sí me sé la historia, pero los detalles dan un poco de flojera. El hecho es que se conocieron y se dieron cuenta al instante de que eran su respectivo destino dado que, habiendo crecido a tres cuadras el uno del otro, habían venido a conocerse en el único lugar del mundo al que les había costado trabajo acceder.

Paloma y yo nos volvimos amigas, primero por la cercanía forzada y luego porque es de veras simpática y hay algo en su inteligencia harvardiana, garapiñada de frivolidad, que la vuelve absolutamente encantadora. Paloma había insistido en que nos volviéramos cómplices en contra de la Señora Sandra, aunque el arreglo no era parejo, dado que la Seño­ra Sandra adoraba a Paloma y ella sólo la odiaba como para cumplir con la imagen de nuera-entorna-ojos que había visto en las caricaturas cuando era niña; mientras tanto, que el hijo mayor anduviera conmigo y no con alguien más donairoso era genuinamente una decepción para la familia. A mí no me quedaba más remedio que odiar a la Señora Sandra en defensa propia.

—Ahora sí me enojé con mi psicóloga —me dijo Paloma, sin decirme “hola” cuando por fin le hablé—. Le dije que me quería casar, así como a la pasada, que a ver para cuándo con Pancho. Equis. Y me dijo que por qué compraba los ideales de mi mamá. Se me puso feminista la tipa y yo, haz de cuenta, engendré en una de esas mujeres que sólo se quieren casar. “¡Yo sí me quiero casar!”, le dije, “¡me quiero casar ya y nada más me hará feliz!”. Y mientras se lo iba diciendo, pensaba: “Yo creo que esto no es verdad, la neta no es tan verdad, muchas otras cosas me harían feliz. Pero no me habrá de ganar un argumento esta pinche vieja. Encima de que vengo a contarle mi vida privada”.

—Pues si te quieres casar, cásate, amiga —dije, dándole tiempo de agarrar aire.

—¿Me hinco y me pongo el anillo yo sola? Ni que fuera yo tú.

—Yo no me pongo ningún anillo.

—Es culpa de la cabrona de Sandra que le sigue negando el anillo de la bisabuela a Pancho, que porque no se lo vaya a dar a alguien que no es de la familia.

—El anillo de la bisabuela será tuyo, no te preocupes.

—Sí, a ti se te hace fácil porque tienes el matrimonio ya, no necesitas el anillo. Yo necesito saber si Pancho va a ser el papá de mis hijos, ¿me entiendes? Ése era mi punto con la psicóloga, antes de que empezara a intensear con lo de los ideales. Tú ya sabes que Emiliano va a ser el papá de tus hijos, el compromiso ya está. A mí el pinche gordo me la está poniendo difícil.

Pancho pesa máximo tres kilos más de lo necesario, pero Paloma deriva gran placer en llamarlo el pinche gordo.

—No creo que Emiliano sea papá de mis hijos.

—Ay, ya, porque cuáles hijos, ya sé. No te me pongas literal.

—Emiliano se fue —dije por primera vez. La cosa se me puso literal a mí. Paloma contó hasta cinco en silencio, así le había enseñado a hacer su abuelita cuando no sabía qué decir y no quería decir barbaridades.

—¿Adónde?— preguntó por fin.

—Pues a su casa —solté—. O sea, a casa de su mamá.

***

El asunto se había terminado la semana anterior, pero Emiliano se fue en la madrugada de ayer. Veníamos de una fiesta de disfraces, cosa ideal, dado que andábamos en el esfuerzo de parecer puras cosas que no éramos, felices para empezar, ¿por qué no agregarle una capa y una máscara a la simulación? Emiliano se había vestido de Darth Vader con una tela de terciopelo negra y un casco que apenas lo dejaba respirar.

—Asfixiante —me dijo con una sonrisa—, para sentir como que estás cerca hasta cuando te me alejes.

Yo me había embutido en un traje de Gatúbela que nos dio los únicos quince minutos de euforia que tuvimos en toda la fiesta. Emiliano se cansó de verme el cuerpo de lejos y me metió al cuarto de La Pobre Chica de la Casa para separarme del plástico negro que se había pegado a mi piel como una calcomanía. La falta de química no era uno de nuestros múltiples e inasibles problemas, llevábamos casi diez años de desvestirnos a la primera oportunidad, casi nueve desde que nos habíamos hecho de una misma casa y una misma cama en la que desvestirnos sin problemas de logística. De todos modos vivíamos buscando rincones en los que tocarnos como si no hacerlo fuera a dejarnos secos. Teníamos un ansia por el otro realmente sospechosa, digna de lo que la abuela de Paloma llamaba “gente de no fiar”. A últimas fechas, encima traíamos un mandato como probatorio. Como que era a fuerza lo de no soltarnos, lo de dejar nuestras manos marcadas en los brazos del otro, para recordarnos quiénes éramos. Ese día (Cuando Terminó) nos dejamos marcados cada centímetro. Ejecutado el mandato, volver a meterme en mi traje, entre el sudor y los múltiples cierres, se convirtió en la última aventura que tuvimos juntos.

El resto de la noche fuimos dos villanos bebiendo diligentemente de nuestros vasos de plástico rojo, haciendo conversación con la misma gente del año anterior y el anterior, bebiendo como un deber de adulto que se está dando permiso de portarse como niño que se viste de cosas. Nosotros habíamos decidido ir vestidos de dos entes negros y cabrones. “¡Somos malos!”, nos dio por gritar cuando salimos del cuarto de La Pobre Chica de la Casa. “¡Somos malos!”, mientras corríamos de la mano de rincón en rincón. Malos para estar juntos, malos para crecer juntos, malos con el otro.

Durante las siguientes semanas, una vez que Paloma dejó de preguntar, hubo que explicarle a mucha más gente qué había pasado. Cuando se separa una relación que se ve tan estable a todo mundo le urge tener una explicación. Te miran con la cabeza gacha, como a un cachorro abandonado: “¿Terminaron? ¿Cómo crees? ¿Qué pasó?”. Algunos hasta reclaman: “¡Ay, no! A mí me gustaba tanto esa pareja”, como que tu estabilidad es un placer que les estás negando por cabrona, para molestarlos. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Como si yo supiera. “Bueno, por nada, a veces las cosas ya no funcionan, se acaban”, explicaba. Y veía cómo los preguntones se decepcionaban de que no fuera yo capaz de darle un final más satisfactorio a mi propia película. “Fue por un bote de Ajax quita grasa”, le dije a una amiga de una amiga cuando se me arrastró a mi primer evento social post Cuando Terminó. Y ahí encontré la respuesta ganadora: simpática y autocrítica, aderezada con un poco de verdad, como sal en buen guiso. Fue por un bote de Ajax. Emiliano se fue el día que exprimí una esponja para lavar trastes llena de Ajax quita grasa sobre su somnolienta cabeza. A primera vista esta explicación me deja mal parada y pone toda la razón en el campo enemigo. Pero como dios, mi argumento está en los detalles.

Emiliano es una de esas excepciones de la especie: un hombre limpio. Es de una pulcritud que da asco, y vivir con él es como vivir con un primo del Maestro Limpio que en lugar de dar gritos cuando ve el piso sucio, ejerce un chantaje poniendo cara de decepción. No es tu culpa, María, que tu cepillo esté lleno de pelo, no es tu culpa, pero podrías hacer un esfuerzo. ¿Por mí? Lo decepcionaba que yo, María, tuviera los hábitos de una persona que no había crecido bajo el tutelaje de la Señora Sandra, madre en toda regla, que impidió que sus niños crecieran con los malos hábitos que a mí me inundan, como comer en la cama o, peor, meterse en ella sin haberse lavado los pies y fregado hasta el último traste que se usó en la cena. La mala maña responsable del pleito inicial de Cuando Terminó también me la hubiera evitado la Señora Sandra: dejar un café a medio beber en el portavasos del coche semanas y semanas.

Saliendo de la fiesta de disfraces, Emiliano se subió a mi coche completamente borracho y muerto de sed (irónicamente los borrachos siempre están muertos de sed) y antes de que yo lo detuviera, le dio un trago al café con leche agria que yo había dejado cocinándose al rayo del sol por lo menos once mañanas con sus noches. Pegó un grito y escupió, eso sí, con mucho decoro. La Señora Sandra también les había enseñado a sus hijos a no perder el estilo ni borrachos.

—¿Qué es esto?

—¿Te lo tomaste?

—¡Qué asco!

Yo no pude más que carcajearme y mientras más me reía, más furia se le iba acomodando a él entre las cejas.

—¿Por qué te bebes lo primero que encuentras? —dije, porque la mejor defensa es el ataque.

—No es de risa esto —contestó, limpiándose la lengua con un kleenex.

Y más carcajadas mías y más indignación suya. Tras de que lo subo a mi coche y se pone de metiche a beberse mis cosas sin preguntar, se da el lujo de perder el sentido del humor.

—¿Cómo puedes ser tan descuidada?

Eso me cortó la risa de golpe. Descuidada no era el gran insulto, pero era uno de esos que se van gestando entre dos personas que han aprendido a atacarse con especificidad. No dije una palabra más el resto del camino.

Una mujer vestida de Gatúbela tiene que hacer como sesenta y tres cosas antes de irse a dormir. Hay que quitarse las pestañas postizas, despintarse la boca y las cejas con solvente industrial, cepillarse el spray del pelo, cambiarse los calzones y ponerse una piyama de algodón. Para el paso de la crema uno, dos y seis: limpiadora, aclaradora, humectante, Emiliano se había arrancado el casco y llevaba una hora babeando la almohada sin haberse lavado los dientes. Mientras yo me revolucionaba, repasando todos los agravios, chicos y grandes, haciendo mi mejor esfuerzo por ponerme furiosa por puras cosas que Emiliano hubiera pretendido no entender. Descuidada, me dijo. Qué cinismo. Decirme descuidada a mí que no he hecho más que pasar los días encargándome de que todo lo que el nene toque sea perfecto, incluyéndome. Decirme descuidada, si yo soy la que se acuerda de pagar la renta, la que llama al contador, la que se sabe el nombre del señor de la basura y del carnicero que dizque mata con humanidad y del plomero que arregla la llave de la cocina cuando gotea. Decirme descuidada, cuando él no sabe ni cómo pedir en Starbucks sin llamarme, cuando es él quien se lava los pies pero yo soy la que sabe de qué color es el bote del jabón que le gusta y la que suma en el súper para no gastar lo que no tenemos. Porque a él le habrán enseñado de todo, pero no a sumar. Decirme descuidada si soy la que lo cuida desde que se enamoró de mí y se dejó arrastrar a lo único que yo he querido hacer y él hu­biera podido evitar: volverse un adulto.

En el pináculo de esa ira me puse a lavar el vaso en el que todas noches tomo una dosis geriátrica de Metamucil para beneficio de mi intestino temperamental. Jamás lavaría este vaso cayéndome de sueño si no fuera porque no quiero despertar con la decepción bien educada del primo Maestro Limpio. “Mari, porfa, acuérdate de lavar los vasos antes de dormir, en buena onda”. No podía darle nada que reclamar cuando yo planeaba despertarlo con mi cofradía del santo reproche. Abrí la llave que ya no gotea, levanté el vaso y cuando estiré la mano toqué huevo revuelto frío y jabonoso pegado a la esponja de lavar trastes. La única cosa para la que el primo Maestro Limpio es laxo y la única que a mí me provoca arcadas. Con lo fácil que es exprimir una esponja para que el siguiente usuario la toque limpia y seca cuando venga a lavar un vaso que sólo está lavando para que no le notes lo descuidada. A esto se había reducido nuestra bonita relación: leche cortada y huevo revuelto con jabón.

Ése es el precio de vivir con alguien, de estar dizque enamorado: tener que lavar un vaso sólo para ganar el pleito de la mañana, un pleito que sólo es pleito entre esas dos personas dizque enamoradas. Y sí, en algún rincón oscuro de sus cabezas saben que no pelean por el vaso, sino por las mil erosiones que los mil vasos y las mil discrepancias en la manera en que crecieron y vivieron antes de crecer y vivir juntos van acabando con las entrañas del otro. Pelean por todas las cosas que se saben entre dos, pero no se pueden articular y no se incluyen en las explicaciones que das cuando la amiga de tu amiga pregunta qué pasó. Pequeñas grandes erosiones que terminan por desaparecer el pedazo de tierra en que habían clavado su bandera y declarado su espacio. Un espacio en guerra fría donde los dos dan y dan; y cambian y cambian; y hacen por el otro y hacen por el otro; y obligan al otro a hacer por ellos hasta que una esponja mojada en la cocina crea una crisis existencial y una de las partes corre a exprimirla sobre la cara incauta del compañero.

Me arrepentí en el instante en el que lo hice, pero exprimir una esponja mojada y llena de huevo baboso sólo puede volverse un acto más psicótico si está seguido de una disculpa. No. Ya había exprimido la esponja y Emiliano ya se había despertado tratando de entender qué pasaba. Ya me había visto con la esponja en la mano y la furia en la cara. Ya se había dado cuenta de que lo que le sucedía no era accidental sino alevoso. Lo único que podía hacer era llevar la cosa hasta sus últimas consecuencias.

—¿Yo soy descuidada? ¡Exprime las putas esponjas!

Di patadas de ahogado a babor y a estribor, hasta que logré que Emiliano me dijera enferma, dañada, cabrona y otros insultos más políticamente incorrectos que había aprendido en su colegio fresa y de los que sí se puede hacer un recuento a la amiga de la amiga sin dar más explicaciones. Ahí se termina la historia. La gente se ríe, se queda contenta y lo demás, lo que es de verdad y duele de verdad, ya no hace falta contarlo.

***

—Quiero irme a mi casa —dijo Emiliano cuando nos cansamos de decir todo lo demás—. Quiero irme a mi casa.

Mi casa era otra de esas erosiones irreparables. Quizá la peor. Después de años ésta todavía no es su casa. Ésta nunca va a ser su casa, haga lo que haga, yo nunca voy a ser su casa.

Emiliano se tambaleó hasta encontrar su celular. No tenía pila.

Recogió el mío de su lugar junto a la cama. No se acordaba del número del taxi.

—Me voy a ir caminando a mi casa —salió en piyama a la calle. Yo fui por las llaves del coche porque soy incapaz de dejar de cuidarlo, o de dejar pasar la oportunidad de que me deba un favor.

—Estás borracho, súbete al coche —lo alcancé en la esquina más negra de Tacubaya, a dos edificios del nuestro.

—Llévame a mi casa —dijo llorando sin pudor.

Lo llevé. La entrada estaba tan bien iluminada que parecía estarlo esperando. Detuve el coche, Emiliano volteó a verme, empezó a decir algo que interrumpí abriendo el seguro de su puerta.

Me quedé estacionada sola un rato. Me daba horror la idea de regresar al departamento vacío, a dormir en una cama que olía a una mezcla de jabón para trastes y la piel de Emiliano. Que regrese a casa de nadie, su puta madre. Yo también crecí en una casa con mamá y hacia allá me encaminé. El problema, claro, es que yo me creo independiente y no tengo llaves de casa de mi mamá, así que le pegué la despertada de su vida. Bajó a abrirme con sus cinco llaveros, envuelta en una bata de seda azul que tapaba su pancita de pistachón y enseñaba sus piernas flacas. La abracé para no tener que contestar muchas preguntas. Aunque no eran horas, fui a la cocina a hacerme unas quesadillas, porque hay pocas cosas en el mundo que unas tortillas de harina no puedan curar. Oí a mi mamá hurgar en la despensa, me asomé y me la encontré parada de puntas tratando de sacar una almendra con chocolate de un tarro que le quedaba muy alto. Se veía tan chiquita, tan delicada; podría haberla guardado en un dedal y llevado conmigo a cualquier parte. Solté una carcajada enternecida que casi la mata del susto.

—Al rato te va a doler la panza —le dije bajando el tarro hasta sus manos.

—No. Juan me dijo que las almendras son buenas para la úlcera.

—¿Las almendras con chocolate?

—No especificó —contuvo una sonrisa de niña malcriada.

—Buenas noches, mami.

—Buenos días, hija —me miró, esperando. Como no dije nada, entendió todo. Mi papá se había encargado de volverla una experta en amores contrariados y huidas de medianoche. Le di tres besos y subí hacia mi viejo cuarto dándole mordidas a mi quesadilla, tirando migajas con un gusto: pras, pras, pras. Toma eso, Emiliano, soy una descuidada.

Me acosté en mi cama individual de la infancia. Creí que iba a llorar, pero nada. Estaba seca. Me sentí seca desde la cabeza hasta las rodillas. Los pies fríos, solos. Los estiré junto con mis manos hasta que sentí las orillas de la cama. Me acordé de la primera vez que esta cama me quedó chica. Ahí en esa cama había empezado el error. El error de crecer. La funda de mi almohada seguía siendo de Rosita Fresita, la única pieza que sobrevivía del juego de sábanas en el que me pasó todo lo importante: primera piyamada, primera mancha de la regla, primer niño desnudo. Cerré los ojos y tenía quince años. Sentí a Jaime chico, los huesos de leche y la sonrisa pintada, acostado junto a mí. Sentí cada milímetro de nuestra piel junta, sentí toda mi sangre amontonarse en mis mejillas, luego irse a donde fuera que fue yendo su manita. Jaime Chico le dijimos siempre porque su papá se llamaba Jaime y su mamá lo llamaba Jaime Chico, y como nos conocimos en el kínder lo llamábamos como lo llamaban en su casa. En esta cama me hice de un cuerpo que sentía —sólo con acordarme— como si tuviera superpoderes. Abajo mis papás estaban viendo una película juntos, durante una de las muchas treguas que le han dado al pleito en el que están trabados hasta la fecha. Arriba yo estaba viendo cómo Jaime Chico se peleaba con el empaque de un condón, como años antes lo había visto pelear con el empaque de sus galletas Oreo. Emiliano estaba en su casa, tan lejos como ahora.

Abracé a Jaime Chico, la curva flexible de sus hombros temblando. Los dos nos quedamos muy callados, él se acomodó encima de mí y de pronto exhalamos al mismo tiempo. Le puse un mechón de pelo detrás de la oreja, lo vi perderse y regresar, eufórico de encontrarme todavía ahí. Para siempre se quedó Jaime Chico en esta cama. ¿En dónde se irá a quedar Emiliano para siempre? ¿En dónde me habré quedado yo?

 

Catalina Aguilar Mastretta

 

2 comentarios en “Todos los días son nuestros

  1. Excelente,el tipo de literatura que a mí me gusta como caricaturista con buen humor y de lo que vivimos todos los días,yo conozco a varios”Emilianos” y “Sandras”Felicitaciones, la leeré y recomendaré,saludos cordiales.