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Fabio Morábito manifiesta que la normalidad de lo cotidiano es sólo aparente. Presentamos uno de los desconcertantes cuentos incluidos en Madres y perros (Sexto Piso).


Del taxi que se detuvo en la carretera a la altura de la parada del camión interestatal bajó un hombre que vestía un saco de pana. Cuando el taxi arrancó, vio que al otro lado de la carretera había un hombre con maletín de médico, esperando el camión que iba del valle a la sierra. El calor era intenso. El hombre del saco de pana cargaba un pequeño paraguas negro, que abrió para protegerse del sol. El otro puso su maletín en el suelo, se sentó sobre él, dándole la espalda al sol, y se tapó la cabeza con un pañuelo. Los dos se miraron fugazmente. Estaban solos, separados por la cinta de asfalto, esperando dos camiones que iban en dirección contraria.

El del saco de pana, resguardado bajo su sombrilla, encendió un cigarro. Minutos después apareció al fondo de la recta el camión que se dirigía a la sierra, el que esperaba el hombre del maletín, pero éste no podía verlo porque se había sentado dándole la espalda al valle. El camión se fue acercando a la parada, y a pesar del ruido del motor, el del maletín no pareció advertirlo. El tipo del saco de pana exclamó:

—¡Hey, su camión!

Pero el otro no se inmutó.

—¡Hey! —repitió más fuerte el del saco de pana. El camión se siguió de largo y el hombre del maletín, al verlo pasar a su lado, se levantó y corrió para alcanzarlo, sólo para ver cómo desaparecía detrás de la curva. Se quedó estático unos segundos, luego giró la cabeza hacia el hombre del saco de pana, que sacudió la suya en un claro gesto reprobatorio. En respuesta a ese gesto, el hombre del maletín se llevó un dedo a la oreja y después a la boca y, cruzando ambos dedos, hizo una señal de clausura, para dar entender que era sordomudo. A continuación se sentó sobre su maletín, esta vez mirando hacia el llano, y volvió a cubrirse la cabeza con el pañuelo. Veinte minutos después apareció al fondo de la recta otro camión que se dirigía a la sierra. Se fue acercando, pero el sordomudo no dio señales de moverse. El del saco de pana vio el pañuelo en el suelo y comprendió que se había dormido. Gritó para llamarle la atención, pero se acordó de que era sordo. Buscó una piedra del tamaño adecuado, la recogió y se la tiró, sin acertar. El camión disminuyó la velocidad a pocos metros de la parada y, al no recibir ninguna señal de detención por parte del hombre del maletín, volvió a acelerar y se perdió detrás de la curva. El del saco de pana buscó una piedra más grande, la encontró y esta vez le pegó al otro en una pierna. El sordomudo se puso de pie de un salto; miró al del saco de pana, que se había agachado para agarrar otra piedra, y se agachó a su vez, cubriéndose con el maletín. En eso, apareció el camión que bajaba de la sierra. El hombre del saco de pana levantó el brazo para que se detuviera, unos momentos antes de que una piedra que le lanzó el sordomudo se estrellara contra una de las ventanillas del camión. El chofer, que iba a frenar para detenerse, aceleró de inmediato y el camión se siguió de largo. Los dos hombres lo vieron alejarse hacia el valle y se miraron. El del saco de pana le hizo un gesto de reclamo al del maletín, explicándole con señas que le había tirado la piedra para sacudirlo de su sopor (pegó ambas manos a la mejilla, inclinando la cabeza y cerrando los ojos). El hombre del maletín respondió abriéndose de brazos, en un gesto que era de disculpa y al mismo tiempo de reproche por la pedrada recibida y, levantándose la pernera del pantalón, le mostró al otro la herida en la tibia. El del saco de pana, molesto por haber perdido su camión, soltó una patada a una piedra, que le arrancó un grito de dolor; dio unos pasos cojeando y se sentó en el suelo a sobarse el pie. El del maletín volvió a sentarse sobre el maletín para mirarse la herida. Los conductores de los pocos autos que pasaban pudieron ver a dos hombres sentados a la altura de la parada del camión interestatal, separados por la cinta de asfalto, frotándose sus extremidades inferiores.

 

El cielo se había cubierto de nubes y cayeron las primeras gotas. Cuando el aguacero arreció, el hombre del saco de pana le hizo señas al hombre del maletín para que se guareciera debajo de su paraguas. El del maletín cruzó la carretera y los dos se apretujaron bajo aquel resguardo, contemplando el aguacero sin moverse. En cierto modo era más fácil estar así que uno frente al otro, mirándose de reojo. De pronto el sordomudo hizo un gesto al del saco de pana para indicarle que le urgía hacer una necesidad y, tapándose con el maletín, se alejó por el camino de terracería, hacia una zanja llena de arbustos. El hombre del saco de pana sopesó el percance que significaba defecar bajo aquel aguacero, teniendo como única protección un maletín, y fue tras él, lo alcanzó y le cambió el maletín por el paraguas, cosa que el otro le agradeció con un gesto. El del saco de pana regresó a la parada con el maletín sobre su cabeza, miró hacia el valle y vio que se acercaba el camión del sordomudo. Le gritó al sordomudo que se diera prisa, pero se acordó de que era sordo. Cuando el camión llegó a la parada, levantó el brazo, el camión se detuvo y se abrió la puerta. Le pidió al chofer que esperara un momento y corrió hacia la zanja, donde estaba el sordomudo cagando debajo del paraguas; levantó el paraguas y, al ver que el otro no había terminado, le hizo seña al chofer para que aguantara un poco, pero el chofer no podía demorarse y cerró la puerta, el camión arrancó y el del saco de pana lo vio doblar la curva, apenas un minuto antes de que apareciera su camión que bajaba raudo de la sierra, demasiado lejos para alcanzarlo. Maldijo al sordomudo y aventó el maletín al suelo. Con el golpe, el maletín se abrió. Se agachó para cerrarlo y vio dos ojos abiertos que lo miraban. Retrocedió unos pasos, incrédulo. Volvió a acercarse y miró la cabeza humana. En los bordes del cuello cercenado la sangre seca había formado unos grumos negros. Sintió el impulso de huir, pero se contuvo, porque el sordomudo, atrás de los arbustos, se estaba incorporando. Cerró el maletín. Había dejado de llover. El otro le devolvió el paraguas y alargó la mano para que le diera el maletín. Se lo entregó, procurando disimular su pánico, luego echaron a andar hacia la carretera, el sordomudo adelante y él unos pasos atrás, sin quitar los ojos del maletín negro.

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Había anochecido y los pocos coches que transitaban por la cinta de asfalto tenían las luces prendidas. Estaban de nuevo uno frente al otro, aguardando cada uno su camión, pero esta vez el sordomudo no se sentó sobre el maletín. Al fondo de la recta brillaron los faros de su camión. Cuando estuvo cerca, levantó el brazo para detenerlo y se despidió con un gesto del hombre del saco de pana, que respondió con un movimiento de la cabeza. El camión arrancó, llevándose al sordomudo, y el hombre del saco de pana respiró aliviado. Entonces vio el bulto en el suelo. Lo miró, maldijo al sordomudo, cruzó la cinta de asfalto, agarró el maletín y miró a ambos lados de la carretera. Pensó que podía ir a ocultarlo en la zanja, pero corría el riesgo de perder su camión, que iba a llegar de un momento a otro. Desechó la idea de dejarlo donde estaba. El chofer con quien había cruzado unas palabras bajo el aguacero lo había visto sostener el maletín sobre su cabeza y era probable que recordara no sólo el maletín, sino también su cara. Escuchó el ruido de un motor y apareció su camión en la curva. Decidió llevar el maletín consigo, cruzó rápidamente la carretera e hizo la señal de parada. El camión se detuvo, se abrió la puerta y él subió. El chofer le preguntó:

—¿Es usted doctor?

—¿Cómo dijo?

—Que si es usted doctor —repitió el hombre, señalando el maletín.

El del saco de pana dudó un momento y contestó que sí.

—Hay una mujer atrás que se siente mal. Vaya a verla, luego le cobro —dijo, y arrancó.

 

Fabio Morábito
Escritor. Ha publicado El idioma materno y También Berlín se olvida, entre otros libros.

 

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