Este 13 de octubre, Soledad Loaeza, miembro de nuestro comité editorial, fue condecorada en grado de Caballero en la Orden de la Legión de Honor por el gobierno de Francia. A continuación reproducimos el discurso con el cual aceptó la insignia, la máxima distinción otorgada por la república francesa.

Quiero en primer lugar expresar mi reconocimiento al presidente Hollande por la distinción que hoy recibo. Representa para mí un gran honor que acepto con orgullo, aunque también me intimida. Pocos momentos en la vida me han provocado esta sensación desconcertante de humildad y envanecimiento: obtener el doctorado, publicar un libro, oir a mi nieta decir papá. Cuando así me ocurre, busco alguna máxima de La Rochefoucault, el moralista que a mi mamá tanto le gustaba citar. Recordé que “El orgullo tiene remedio, no pierde nada, ni siquiera cuando renuncia a la vanidad“ y recuperé la serenidad.

Esta roseta acrecienta mi deuda con Francia. Crecí y fui educada en la admiración de la cultura francesa. Estudié en un colegio originalmente fundado por monjas francesas. Seguí cursos de bachillerato en un internado en la France profonde en una pequeña ciudad de los Alpes Marítimos y en el Liceo Internacional  de Saint Germain en Laye. En El Colegio de México recibí una formación que le daba amplio espacio al pensamiento y a la historia de Europa. Escribí una tesis de licenciatura sobre la política exterior del Presidente de Gaulle; hice el posgrado en Francia; en Sciences-Po, cuando la autoridad tutelar en esa institución seguía siendo Raymond Aron.

Nunca creí que mi vocación fuera estudiar el poder y la política. Cuando empecé mi carrera eran poquísimas las mujeres, si alguna había, que discutían los asuntos públicos, y cuando lo hacían eran vistas como rara avis. Créanme, cuando una mujer hablaba de política la miraban como si estuviera violando el artículo primero de la constitución. Ahora, me da mucho gusto decirlo, no hay mesa de debate, programa de radio o de televisión, que no incluya al menos a una mujer. Aún así creo que igual que antes hay más tolerancia a que las mujeres hagan política, a que hablen de política, y no sé muy bien porqué.

Cuando escribí estas palabras de agradecimiento, me di cuenta de que mi  interés por el poder y la política nació del entusiasmo que me despertaban las preguntas, los razonamientos y las explicaciones que proponían los politólogos e historiadores de la política con quienes tuve la buena fortuna de estudiar. Antes de conocer personalmente a Georges Lavau, mi director de tesis,  había leído un artículo suyo en el que proponía la noción de partido tribunicio para estudiar al Partido Comunista Francés. La propuesta de Lavau hacía referencia al tribuno de la plebe en Roma, que la representaba ante el Senado. Me gustó la metáfora y pensé que podía aplicarse  al Partido Acción Nacional. No le di importancia al hecho de que una organización fuera de derecha y otra de izquierda; lo relevante era que ambas eran portavoz y testimonio de minorías permanentes de oposición cuyas expectativas de triunfo eran cercanas a cero. Lavau y yo, nos equivocamos: él no anticipó la desaparición del PCF, y yo no ví que el PAN llegaría al poder, y menos todavía con quién. En descargo de Lavau he de decir que siempre advertía que la predicción no es el fuerte de la ciencia política, y cada elección por lo menos las encuestas de opinión le dan la razón  Entre otros maestros que tuve en París cuyas lecciones definieron mi vocación profesional, René Rémond merece una mención especial. Su curso de historia y su estudio clásico sobre las derechas en Francia me ayudaron a pensar el caleidoscopio de las derechas mexicanas. Sus mitos, los de otros y los propios; sus ambiciones y su pequeñez esencial.

Llegué a desarrollar una auténtica pasión por todo aquello que me ayudara a entender el poder y la política, tal vez porque los veo, primero, como laberintos de la naturaleza humana que son un reto a la imaginación. Parto del presupuesto de Georges Burdeau, de que “El poder es como la belleza, está en los ojos de quien lo mira”. Y de Maurice Duverger, retomo la interpretación de que la política es como el dios Jano, posee dos caras: la de la cooperación y la del conflicto, el rostro de la confrontación, y el de la reconciliación. La política puede unificar, pero también dividir profundamente. Nada despierta mi interés y mi curiosidad como el juego de espejos en que desemboca toda relación política.

Ahora permítanme pasar a otro tema. Hace unas semanas leí un ensayo sobre la ciencia política en México escrito por un joven colega. Al igual que muchos de su generación, desconoce el origen francés de la disciplina que practica y cree que nació en Estados Unidos. (Me recordó a los estudiantes que me ponen los pelos de punta cuando me preguntan sobre la obra de Raymond Aron) Olvidan que Alexis de Tocqueville es el padre fundador de la ciencia política y que la Democracia en América es el primer texto politológico que se lee en las universidades americanas. Seducidos por la engañosa claridad de los modelos formales, estos jóvenes politólogos también olvidan, o no saben, que La Democracia en América  y El Antiguo Régimen y la Revolución inauguraron un método de análisis. No son trabajos especulativos, sino empíricos; producto de la observación directa y de la investigación documental. La obra de Tocqueville combina conocimiento histórico, rigor analítico, imaginación, creatividad y buena pluma. Todo eso que hace de la ciencia política francesa el modelo que ha sido.

La influencia francesa en la ciencia política mexicana llegó a la UNAM a principios de los años sesenta vía Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero y Porfirio Muñoz Ledo que habían asistido a los cursos de Maurice Duverger, el autor del gran estudio sobre: Los partidos políticos. El libro fue muy influyente en la reflexión y en la práctica política en los años sesenta, tal vez que el PRI aparece como pilar de una tipología. Rafael Segovia, formado en SciencesPo y discípulo de su escuela de estudios electorales, lanzó desde El Colegio de México el análisis del voto en México en 1973, cuando nadie reconocía su importancia. Hoy un gran porcentaje de politólogos se ocupa de este tema, pero la escuela dominante tiende a ser la elección racional, que ha llevado a muchos a sustituir la reflexión informada con  regresiones estadísticas, pero sin esa reflexión o sin historia, el número puede ser tan banal como una opinión.

Por favor, no crean que para mi el análisis y la historia política son sólo un ejercicio académico. Entiendo bien que la ciencia política también debe promover la cultura cívica, proveer un marco de explicación de los problemas de la realidad inmediata, transmitir ciertos valores, contribuir a que todos vivamos y, sobre todo convivamos mejor. Hoy en México esta necesidad es apremiante. Los graves problemas que nos aquejan se levantan como los muros con los que nos amenazan, y no nos dejan ver más allá del horror que nos causa la violencia criminal, la corrupción en la administración pública, la extinción de la fe en la democracia, el olvido de los valores republicanos.

La democratización mexicana fue un éxito. Un partido de oposición derrotó al legendario PRI, llegó al poder y el cambio se produjo sin que hubiera un colapso institucional ni una desestabilización generalizada; el sistema político se transformó radicalmente gracias al voto democrático, se instaló el multipartidismo y la opinión pública influye sobre las decisiones del poder, aunque todavía no lo suficiente.

La sociedad mexicana ha mostrado una diversidad política insospechada; los valores democráticos se han extendido y tienen hoy un alcance sin precedentes, pero el precio de esas ganancias lo han pagado los valores republicanos, en particular la igualdad. Nuestros políticos de la democracia pretenden legitimar la desigualdad de condiciones y de oportunidades, en la medida en que se muestran satisfechos con la igualdad política que representa el sufragio universal. Pero hay que recordar la observación de Tocqueville de que se equivocan grandemente quienes creen que de manera impune se puede introducir la igualdad extrema que representa el sufragio universal, al mismo tiempo que se permite la desigualdad extrema en las otras dimensiones de la vida del individuo.

Creo que en México estamos ante una peligrosa disyuntiva. En esta era el tema de la democracia son los derechos humanos, cuyo principal enemigo es el Estado. En México esta oposición ha adquirido dimensiones dramáticas, la preminencia de los derechos humanos ha mantenido el combate a la también dramática desigualdad en el plano secundario, en el que escandalosamente ha estado por siglos, y ésa no la resuelve el Estado ausente.

No sé hacia dónde iremos, pero creo que no podemos seguir la ruta que nos marca el comercio, sino que tenemos que atender al llamado de la política y de la cuestión social que está pendiente desde la Colonia. En esa dirección la experiencia europea, ya lo sabemos, es más relevante que  la experiencia de Estados Unidos.

Quiero terminar esta ya larga intervención expresando el deseo de que mantengamos abierta la alternativa intelectual europea, que la veamos como un contrapeso al poderoso atractivo de la academia americana, de sus vastos recursos y de sus prejuicios. A lo largo de mi carrera he buscado fomentar el interés de los estudiantes por Europa, multiplicar los intercambios académicos  con instituciones europeas. Me da gusto decir que encontré una actitud muy receptiva en mi instituto en París, pero también en Inglaterra, en Alemania y en España.

Lo hice porque creo que la diversidad de ideas, de experiencias, de sensibilidades es una fuente de enriquecimiento, y también porque la pluralidad de opiniones y de interpretaciones de la realidad libera la energía de los jóvenes. Lo hice porque cuando el presidente De Gaulle se despidió de su embajador en México al término de la visita oficial de 1964, le instruyó que estableciera lo que para mi es un prometedor programa de cooperación binacional: “Póngame una bandera francesa aquí, en la puerta de Estados Unidos.”

Muchas gracias.

 

2 comentarios en “El poder y la política

  1. Por suerte Mexico queda en America y America tiene esperanza. Europa, bueno ya paso su tiempo, ahora es solo un gran museo.

  2. Me gustaría que Soledad desarrollara la afirmación que hace de que en México “el principal enemigo” de los derechos humanos es el Estado. Esto porque yo “siento” que es más probable que mis derechos humanos sean violados por el crimen organizado que por el Estado.