Es casi (y hasta sin casi) un aventón simbólico. El mismo día que muere Dario Fo, a las pocas horas se le concede el Nobel a Bob Dylan. La antorcha de la protesta queda en buenas manos.

Debo confesar que la noticia del Nobel a Dario Fo, el jueves 9 de octubre de 1997, nos agarró con la guardia baja y bastante de improviso, y que no fuimos pocos quienes resentimos, a) que si lo que se quería era galardonar a un dramaturgo no lo hubieran hecho en la persona de un Arthur Miller, o de un  Harold Pinter; y b) que puestos a premiar a Dario Fo, no lo hubiesen premiado ex aequo con su esposa Franca Rame, sin la cual la obra de Dario Fo no sería lo que era, lo que es. Y en honor a la verdad hay que decir que el propio Dario Fo estuvo batallando hasta el final para que el Premio se le entregase a los dos. Pero no hubo caso, la Academia Sueca, cuando quiere, hace oídos sordos a tirios y troyanos.

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Fotografía: William Domenichini. Bajo licencia de Creative Commons.

Debo añadir que nuestras reservas al Nobel en solitario para Dario Fo no tenían en absoluto nada que ver con el valor intrínseco de su obra, por todos reconocido, y que, al menos en Alemania, se le considerase el digno heredero de la gran tradición teatral italiana. En este país era raro el año en que no subían a la escena una o dos de sus comedias, y siempre con éxito de crítica y de público, refrendado a renglón seguido por la edición de sus obras en soporte libro.

Lo que pasa es que creo que no estábamos mentalmente preparados para un Nobel a un autor de teatro satírico, de comedias entretenidas, de piezas que hacían reír al espectador. La lista de los dramaturgos a quienes premiaron en Estocolmo antes que a Dario Fo puede leerse como una declaración de amor al drama, cuando no a la tragedia: Bjørnson, Echegaray, Maeterlinck, Hauptmann, Benavente, Yeats, Shaw, Pirandello, O’Neill, Beckett… Cierto, las obras de Shaw muchas veces nos hacen sonreír, pero el Nobel lo ganó sobre todo por Santa Juana, que es una tragedia con todas las de la ley, incluyendo la cruenta muerte de la protagonista.

Nada de ello en la vasta producción escénica de Dario Fo, que incluye título tan programáticos como Muerte accidental de un anarquista, Pum, pum, ¿quién es? ¡La Policía!, Misterio Bufo, ¡Aquí no paga nadie!, Séptimo, roba un poco menos, La mueca del miedo, Monólogo de la puta en el manicomio, Alicia en el país sin maravillas, La mujer sola, El despertar, Un día cualquiera, El Zen o el arte de follar [que en España se tituló Tengamos el sexo en paz], a las que me gustaría añadir su puesta en escena de La violación, la obra de Franca Rame donde ella llevó a cabo su catarsis después de haber sido raptada, violada y apaleada por un grupo fascista.

No resisto la tentación de traducir aquí el comienzo del monólogo Yo, Ulrike, grito, con el que Dario Fo traspuso las fronteras de Italia para enfrentar a cuerpo limpio un tema que laceraba el alma de Alemania: “Nombre: Ulrike. Apellido: Meinhof. Sexo: femenino. Edad: 41 años. Sí, casada. Sí, vivo separada. Dos hijos, cesáreas. Profesión: periodista. Nacionalidad: alemana. Desde hace cuatro años encerrada aquí; en una prisión moderna de un Estado moderno. ¿Delito? Ataque a la propiedad privada y a las leyes que defienden dicha propiedad, así como al derecho de los propietarios, basándose en ellas, de aumentar sin medida su propiedad. Quieren poseerlo todo. Todo, incluso nuestros cerebros, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros sentimientos, nuestro trabajo, nuestro amor. Para decirlo pronto: toda nuestra vida. Por eso decidieron ustedes destruirme, ustedes, los señores del Estado de Derecho. Vuestra ley es realmente igual para todos, sólo no para aquellos que rechazan vuestras santas leyes. Han llevado a cabo la emancipación de la mujer sin limitaciones, puesto que a mí, mujer, se me castiga como a un hombre”.

Baste con este botón de muestra.
Uno de los dramas del gran Pirandello, su antecesor en el Nobel, se titula Vestir al desnudo; lo que Dario Fo se propuso fue siempre lo contrario, desnudar lo vestido, lo tapado con el manto de purpurina (no de púrpura) de la respetabilidad burguesa, de la beatería meapilas, del tácito contubernio entre la política y la Mafia, amén del Vaticano, ese cónclave de payasos que quiso anatemizarlo como bufón, ¡tan luego ellos!… Jamás cejó en su batalla contra los molinos de viento a sabiendas de que lo eran, y no gigantes disfrazados, nunca bajó la guardia a pesar de los procesos a que le sometieron y las amenazas que hubo de sufrir y que culminaron en el secuestro, violación y tortura de su esposa.

A título personal recuerdo su conferencia de prensa en la feria del libro de Fráncfort del Meno, el miércoles 15.10.1997, una semana después de la concesión del Nobel. Nuestro compañero mexicano Enrique López Magallón nos representó en ella, y he pasado parte de la tarde oyendo la grabación, interrumpida a cada rato por llamadas telefónicas. Una frase extraigo de sus respuestas, cuando le preguntaron en qué creía. Dijo: “Yo en lo que creo es en la solidaridad. La lucha de clases no ha terminado. Los patrones lo saben, ellos no lo olvidan nunca. Son los intelectuales de izquierda los que creen que la lucha de clases ha terminado; es una imbecilidad”.

Descanse en paz el luchador sin tacha. Franca lo estaba esperando desde hace tres años, cuatro meses y quince días

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

Un comentario en “La antorcha de la protesta.
Dario Fo (13.10.2016)