Quiero tener la voz más rápida del mundo. Y la más serena. Quiero contar historias como quien ensarta las piedras de un collar. 

Quiero pedirle al cielo que me permita no pedirle nada.

Quiero patear un bote, quiero jugar al toro. Quiero dormir diez años, despertar con diez menos.

Quiero ir a un mar que no conozca, a la Isla de la pasión, a la Garganta del diablo.

Quiero entender a mi país, quiero salvarlo. Quiero que se salve, saber que no está en mí salvar a nadie.

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Ilustraciones: Gonzalo Tassier

Quiero apretar las ideas que ruedan en el desorden de mi cabeza. Quiero comerme un camaleón y digerirlo hasta que me salgan estrellas por los ojos. Quiero ser buena como el pan, culta como la sal.

Quiero hacer poesía como si fuera yo cantante y cantar como si yo fuera poeta. Quiero saberme en buen inglés todas la canciones de los Beatles y al menos cuatro versos de  T.S. Eliot hablando de los gatos:

The Naming of Cats is a difficult matter,
It isn’t just one of your holiday games;
You may think at first I’m as mad as a hatter
When I tell you, a cat must have THREE DIFFERENT NAMES.

Suena a campanas. Lo mismo que decir en español: “Con dulce voz y pluma diligente/ Y no vestida de confusos caos”, como empieza un poema de Lope. 

Así quiero decir la odisea de sus gatos. Quiero recitar la Gatomaquia, pensando en que todo aquel pleito del que hablan la Academia y la fábula, entre Góngora y Quevedo, Lope y Góngora, se resumió en dos palabras: Siglo de Oro. Siglo que casi duró dos. ¿Quién mejor? ¿Cuál más grande? “¿Mariposa en cenizas desatada?”, “¿Letras de luz, misterios encendidos?”. Se parecen. Son de dos que se creyeron enemigos.

Siglos después, no hay que elegir. A ellos les da ya igual. Viven entre el XVI y el XVII. Viven también ahora. Están en paz.

Me disculpan entonces cuando quiero reverenciar a Lope diciendo algunos de sus versos. De los que no se consideran los mejores pero son fiestas en las fiestas.

Vosotras, musas del castalio coro,
Dadme favor en tanto
Que, con el genio que me distes, canto
La guerra, los amores y accidentes
De dos gatos valientes;
Que, como otros están dados a perros,
O por ajenos o por propios yerros,
También hay hombres que se dan a gatos,
Por olvidos de príncipes ingratos,
O porque los persigue la fortuna
Desde el columpio de la tierna cuna.

Yo soy de las que a perros está dada. Por eso quiero, como perro, agradecer los elogios y no penar los insultos. Quiero la memoria como un tren de vagones afilados. Uno tras otro, en un orden que sólo ella conoce.

No vi a mi padre desatar los cordones de sus botas de guerra. Pero lo recuerdo. Está en un vagón sin puertas, yendo de Stradella a Génova, diez horas en penumbra hasta llegar al mar por el que habría de salir rumbo a México. Mi padre que vivió en la guerra, aunque dijo su novia que no fue a la guerra, que en la guerra estaba, como estaban todos en Italia. Temblando. Igual que estuvo la tierra de Nuncia y Amatrice, Accumoli y Arquata, hace un mes que tembló en el centro mismo, de la misma Italia. Nombro los pueblos porque son pequeños, para no olvidarlos como a todo lo grande. Como a todo el todo que vivimos olvidando. Al final del rescate, cuando la escasa luz de los escombros dijo ya no hay nadie, tras nueve días brotó, entre las tejas y los techos rotos, un perro olfateando las ruinas que lo tuvieron encerrado tantas noches.

Lo he visto en el video. No sabe qué hace ahí, ni en dónde están sus dueños. Sabe que estuvo a oscuras mucho tiempo, pero que ahora está vivo y tiene hambre. Él no sabe que hay siglos, ni que hubo guerras, ni que las sigue habiendo en donde no está él, resucitando entre las piedras.

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Los vagones de la memoria pasan en desorden. Teníamos una gata de nombre Casiopea y una perra llamada Campana. No recuerdo sus ruidos. Imagino que cuanto animal he conocido aceptaría decir de sí en amores anduvo, con la misma lealtad de los humanos. Esto que algunos aprendimos en la secundaria y otros no saben porque cambiaron los planes de estudio:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Yo andaba enamorada y en Metro, diciendo este soneto como quien en anda por un río dócil. Andaba en los vagones naranja cuando la estación de Chapultepec tenía un piso con mármol de Santo Tomás y esta ciudad que ahora veo hecha de rutina y ruidos, me parecía una musa, “del castalio coro”.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

6 comentarios en ““Vestida de confusos caos”

  1. Gracias estimada señora. En estos tiempos en que el mundo padece sequía espiritual y empobrecimiento intelectual, sus palabras son
    como fresco rocío en el desierto.

  2. Qué cosa, qué verso, qué cosas tan bellas, como un cuento de niño para grandes de grandes para niños….luminoso y oscuro, triste y alegre y tantas cosas juntas y diversas. Gracias mil.

  3. Me salvas constantemente. Tu cielo se queda en mi infierno, y al cielo ya no le tengo que pedir nada. Me desmayo, pero, gracias a ti, me atrevo también.