La historia es perfecta como materia para una gran tragedia romántica, o para una serie de televisión. A fines del siglo XII, el rey Alfonso VIII de Castilla se enamoró de una doncella judía, y la hizo su amante. Como es lógico, Dios lo castigó con la derrota de la batalla de Alarcos (1195). La primera noticia está en los Castigos de Sancho IV, escritos alrededor de 1292. Ahí explica a su hijo, para que le sirva de escarmiento, que Alfonso padeció la ira divina “por siete annos que visco mala vida con una judia de Toledo”.

En la Crónica de Castilla, pocos años más tarde, hay más detalles. No sabemos el nombre, pero sí que era “una judía muy hermosa” (alguna versión dice que en realidad se llamaba Fermosa), y que el rey “non se podié partir d’lla por ninguna manera”, de modo que no prestaba atención a ninguna otra cosa, y “permaneció encerrado con ella siete meses”. Finalmente, “los condes, barones y hombres ricos”, en vista del peligro que corría el reino, decidieron matarla: y así “entraron donde estaua aquella judia… e degolláronla”. La historia es inolvidable. Tiene además algunos trazos de cuento de hadas. El amor del rey era obra de “encantamientos y magia de amor”. Muerta su amada, don Alfonso no quería otra cosa, sino morir con ella, hasta que se le apareció un ángel para decirle que todo era voluntad de Dios (y al irse dejó la estancia con “un gran olor, límpido y bueno”). La historia de la judía de Toledo inspiró a Lope de Vega, Vicente García de la Huerta, Mira de Amescua, Grillparzer, Feuchtwanger.

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Ilustración: Estelí Meza

Todo parece desmedido: ese amor incandescente, y que fuese por una judía, el encierro, la visita del ángel. Pero sobre todo llama la atención que los barones se atreviesen a sublevarse por ese motivo, y que asesinaran a la amante del rey (a ella, y no a él). Bien pensado, es muy posible que lo único real haya sido la rebelión de los nobles. Aunque acaso el relato se refiera a otra rebelión, a otras rebeliones, de otro siglo. Y acaso nunca haya existido esa hermosa judía, ni ese amor. Siete años, decía el texto de Sancho IV, siete meses, dice la Crónica: está claro que lo que importa para la narración es el número siete.

Me encuentro la explicación de la historia, varias explicaciones de la historia, en un libro emocionante de David Nirenberg, Religiones vecinas (Crítica, Barcelona, 2016).

Cristianos, judíos, musulmanes, no eran sólo comunidades religiosas concretas, sino categorías teológicas, eran las piezas básicas de un orden que hacía inteligible el mundo, y en el que el amor y el matrimonio tenían un enorme peso simbólico, como recursos de representación alegórica de la relación entre Dios y sus fieles. Por eso las relaciones sexuales entre cristianos, judíos y musulmanes estaban rigurosamente limitadas, casi siempre prohibidas, en ocasiones incluso bajo pena de muerte: era un modo de asegurar la existencia de los límites.

Los amores de los reyes son siempre un asunto político. Los amores ilícitos del rey Alfonso eran una afrenta a Dios y a su iglesia, a sus vasallos, el ejemplo modelo de la deslealtad —una metáfora transparente de la traición, que justificaba la traición de los nobles (Dios mediante).

Las primeras noticias aparecen cien años después. Y con diferencias notables en los textos, salvo que está siempre en el centro la judía de Toledo. Da la impresión de que el relato fuese una elaboración legendaria de un asunto más prosaico, un asunto del día. En la Edad Media ibérica los judíos tenían una posición peculiar: eran “los judíos del rey”. Sujetos a todo tipo de limitaciones, pero libres de otra jurisdicción, eran particularmente útiles como funcionarios reales, como recaudadores de impuestos, por ejemplo. Los judíos eran la representación material más clara de la soberanía real —y por eso objeto de animadversión general, especialmente de los nobles. No los judíos personalmente, sino los judíos como categoría política.

La mayor transgresión imaginable en un rey era que amase a los judíos. La más frecuente también. La historia de Alfonso y la judía de Toledo era la representación ideal de muchas otras cosas: una alegoría del poder soberano como transgresión, y por eso servía como explicación de la rebeldía aristocrática.

En 2003, para poner en contexto la noticia de la muerte de Idi Amín, el corresponsal de la BBC contó que el antiguo dictador de Uganda practicaba el canibalismo, y que guardaba refrigeradas las cabezas de sus enemigos. Nadie vio nunca las cabezas, ni el refrigerador. Pero era algo que sencillamente se sabía, y que se repite como sabido. No es extraño. La imagen del dictador caníbal es hoy la alegoría perfecta del poder sin límites: lo inaceptable. El relato es verdadero, porque es necesario.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.