Hacia finales de 1943 George Orwell escribía una fábula que le produciría muchos dolores de cabeza. Se trataba de una novela corta en la cual ocurría una rebelión en una granja. Las vacas y los pollos, las cabras y los caballos, hartos de la explotación del granjero Jones deciden sacudirse su yugo y expulsarlo. Los animales festejan su libertad y se proponen autogobernarse de una manera muy distinta a la de los humanos. El experimento de autogestión animal funcionó hasta que un buen día los cerdos se hicieron del control de la granja; su líder, un verraco llamado Napoleón, se convirtió en un tirano. Esta era, por supuesto, una sátira de la revolución rusa y Napoleón no era otro que el mismísimo Josef Stalin. Criticar a los rusos en Inglaterra en esos años era sumamente inoportuno. Gran Bretaña luchaba por su supervivencia con uñas y dientes. La alianza con la URSS era clave en esa pelea a muerte con Hitler. Así que publicar libritos que equipararan a su líder máximo con un puerco maloso era una imprudencia que podía, se suponía, comprometer el esfuerzo de guerra. Pensaban de igual manera tanto “compañeros de viaje” como intelectuales no afectos particularmente a los soviéticos. El gobierno inglés, por supuesto, no deseaba ver publicado el libro. Debido a ello cuatro editoriales declinaron publicar Rebelión en la granja, al grado que el autor estuvo a punto de autopublicarse. Al final el editor Warburg valientemente se arriesgó y publicó la fábula en 1945.

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Ilustración: Belén García Monroy

Tan frustrado quedó Orwell de esa experiencia que escribió un prólogo a su libro intitulado “la libertad de prensa”. De último momento decidió omitirlo: el texto le restaría universalidad e intemporalidad a una fábula que podía aplicarse a todas las revoluciones y a todas las tiranías. El prólogo permaneció perdido hasta que el profesor Bernard Crick lo descubrió traspapelado en 1971. Una frase de ese texto se ha vuelto canónica: “si la libertad significa algo, es el derecho de decirle a los demás lo que no quieren oír”. Pero hay más; Orwell da cuenta del riesgo para la libertad que significa la opinión pública cuando ésta se manifiesta tiránicamente. Esa opinión mayoritaria permite que las ideas impopulares sean silenciadas. Así expone el novelista la génesis de la corrección política: “en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bien pensantes y aceptadas sin discusión alguna. No es que se prohíba concretamente decir ‘esto’ o ‘aquello’, es que ‘no está bien’ decir ciertas cosas… Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia”.1

Para muchos en México la corrección política significa un avance democrático, acompañado por su propia institucionalidad: el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). Sin embargo, hay suficiente evidencia para aseverar que esta institución no representa un avance democrático, sino una regresión autoritaria. El Conapred revive prácticas y usos de nuestro pasado autoritario, como la censura estatal. De lo que hablamos no es de la problemática autocensura de autores y editores de la que hablaba Orwell en Inglaterra, sino de la añeja restricción de la libertad de expresión ejercida por el gobierno. La censura estatal es incompatible con una sociedad libre. Esto quedó de manifiesto en la recomendación que recientemente emitió contra Nicolás Alvarado, en la cual, entre otras cosas, ordenaba: “evitar realizar manifestaciones que pudieran considerarse contrarias a la dignidad de las personas de la diversidad sexual y clasistas… que refrende su compromiso para que en lo sucesivo, las publicaciones que realice en sus notas periodísticas se desarrollen en el marco del respeto a los derechos humanos de las personas, en particular de los grupos de población que históricamente se han encontrado en una situación de discriminación por estigmas y prejuicios socialmente construidos y que tome un curso de sensibilización sobre el derecho de las personas a la no discriminación con el compromiso de que en su quehacer público y privado observe su contenido. Asimismo, se abstenga de utilizar un lenguaje que pueda ser considerado discriminatorio en sus notas o escritos periodísticos y en su quehacer como servidor público”. Poco tiempo después el Conapred bajó de su página este ofensivo documento. En su lugar podía leerse una simpática nota sobre el avance que significaba que en los Emiratos Árabes Unidos una mujer de 25 años fuera ministra. Y ponía una foto de la afortunada, completamente embozada, pero muy bien maquillada.

La recomendación del Conapred implica la negación de la pluralidad de opiniones esencial en una sociedad democrática. Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Una institución de esta naturaleza debería transformarse o de plano desaparecer. Es urgente una reforma radical de ese ente estatal que ahora es, claramente, un obstáculo al proceso de consolidación democrática de México. El Conapred es el pasado autoritario, disfrazado con el ropaje de la corrección política. Es la Inquisición embozada. Como tal debe ser exhibido y abiertamente combatido.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 George Orwell, “La libertad de prensa”, en Rebelión en la granja, Destino, México, 1987, p. 30.

 

4 comentarios en “Crítica de la Inquisición vergonzante

  1. Entiendo que usted se refiere exclusivamente a los pronunciamientos del Conapred que pueden coartar la libertad de expresión; sin embargo, vea el caso de Axan para recordar por qué el Conapred sí importa (o al menos en qué debería seguir involucrándose).

  2. Claro que la libertad de prensa es fundamental, pero podrían argumentar con otros casos y no seguir empeñados en defender al clasista, esnobista y supuesto intelectual de Nicolás Alvarado. que pena que exista una “intelectualidad” así en México.

    • podré no estar de acuerdo con lo que digas pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo ¿recuerdas?

    • Qué fácil es defender a las personas con quien estamos de acuerdo o en el peor de los casos no nos importan sus opiniones, lo difícil es defender la libertad de expresión de quienes opinan diferente a nosotros.