John Lukacs, al escribir sobre el triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, dijo con tino: “El honor final correspondería a Estados Unidos y Rusia. Pero en mayo de 1940 fue Churchill quien no perdió la guerra” (Cinco días en Londres, mayo de 1940, FCE/Turner).

Y en efecto, Winston Churchill había asumido como primer ministro el 10 de mayo de 1940 y la situación era y parecía catastrófica. En 1938 Hitler y sus ejércitos habían ocupado y anexado Austria y parte de Checoslovaquia. En 1939, gracias a un pacto con la URSS, se apoderaron de Polonia, dando inicio oficial a la guerra. En 1940 los nazis invadieron Dinamarca y Noruega, y el mismo día que Churchill fue investido como primer ministro “se inició la invasión alemana de Europa Occidental”. “Holanda capituló. Bruselas fue abandonado. En diez días los alemanes alcanzaron el Canal de la Mancha… en muchos frentes los franceses declinaron por completo el combate” (ídem.).

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Ilustración: Jonathan Rosas

El pacto nazi-soviético mantenía a la URSS fuera del conflicto. Y en los Estados Unidos las corrientes “aislacionistas” parecían predominantes. Sólo quedaba Gran Bretaña para hacer frente a la Alemania nazi. Churchill armó un gabinete de unidad nacional y en su primer discurso ante la Cámara, el 13 de mayo, presentó “un gobierno representativo de la unidad y de la inflexible voluntad de la nación de proseguir la guerra contra Alemania… Nos encontramos en el estadio preliminar de una de las mayores batallas de la historia… No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, sudor y lágrimas” (John Lukacs, Sangre, sudor y lágrimas, Turner).

Imagino que basada en la obra de Lukacs (1999) y en el diario de John Colville, secretario de varios primeros ministros incluyendo a Churchill, Ben Brown escribió y estrenó en 2011 en Londres la obra de teatro 3 días en mayo. Y ahora se le pudo ver en la Ciudad de México, en el Teatro Helénico, actuada por Sergio Zurita, Luis Miguel Lombana, José Carlos Rodríguez, Fernando Bonilla, Pedro Mira, Miguel Conde, Nicolás Sotnikoff y Juan Carlos Beyer, dirigidos por Lorena Maza.

Trata de los tres días de debates en el minúsculo Gabinete de Guerra en el que se valoró la posibilidad de arribar a un pacto con Hitler bajo la “intermediación” de Mussolini o continuar la guerra. Además de Churchill integraban el Gabinete: Neville Chamberlain —ex primer ministro quien había firmado la “paz” de Munich para observar con posterioridad cómo Hitler incumplía sus promesas; Lord Halifax, ministro de Asuntos Exteriores y miembro del Partido Conservador; Clement Attlee del Partido Laborista, quien sucedería después de la guerra a Churchill y Arthur Green-wood, también del Partido Laborista. “Los únicos que tenían derecho a perder la cabeza si no ganábamos”, escribió Churchill, no sin una negra ironía, en La Segunda Guerra Mundial (La esfera de los libros). Entre el 26 y el 28 de mayo —eso es lo que ilustra la obra— el péndulo osciló del eventual acuerdo con Hitler a la imperiosa necesidad de continuar la guerra, costase lo que costase. Halifax, con “realismo”, apuesta por una salida negociada que no es más que una capitulación disfrazada, mientras Churchill acabará logrando la adhesión de todos para mantenerse en guerra contra Alemania. Por la tarde del día 28 Churchill pudo acudir a la Cámara de los Comunes y decir al final de su discurso: “El Parlamento debe prepararse para recibir duras y terribles noticias. Sólo puedo añadir que nada de cuanto pueda ocurrir en esta batalla nos exonera de seguir defendiendo la causa a la que nos hemos comprometido, la de defender el mundo; ni podrá destruir la confianza en nuestra fuerza para seguir labrándonos el camino, a través de catástrofes y dolor, hasta la derrota final de nuestros enemigos” (Lukacs, Sangre, op. cit.).

No fue sino hasta el 22 de junio de 1941 —más de un año después— cuando las tropas alemanas invadieron a la Unión Soviética que ésta entró en guerra contra el Eje. Y no fue hasta el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, que los Estados Unidos hicieron lo propio. A partir de esos momentos la guerra dio un giro. El multicitado Lukacs escribió: “Churchill no ganó la Segunda Guerra Mundial en 1945. Pero gracias a él no se perdió en 1940, y esa es su grandeza histórica… En 1940 Inglaterra pudo haber recibido una oferta de paz de Hitler, que quería que Gran Bretaña aceptase su dominio sobre Europa y que dejase de resistirse a Alemania. Churchill nunca contempló esa posibilidad. Sabía que con ello Inglaterra se convertiría…en un ‘estado esclavo’. En 1940 estaba solo: constituía el único obstáculo para que Hitler ganara la Guerra” (Historia mínima del siglo XX, El Colegio de México). 

La perturbadora plasticidad de la historia. ¿Y si Halifax —y no Churchill— hubiese convencido al Gabinete de Guerra?

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo)

 

Un comentario en “La perturbadora plasticidad

  1. Cabe señalar la relevancia de un carácter de la cultura inglesa, su voluntad y espíritu de lucha, esa cultura es una demostración de lo que puede lograr la voluntad de poder. Las culturas pueden caracterizarse por una multitud de datos singulares, pero los valores de mayor relevancia se refieren a la construcción de una subjetividad, valores difundidos por sus clases dirigentes. Y no se trata sólo del papel de Winston Churchill, sino de una línea de conducta que venía de tiempos lejanos. Los británivos se han distinguido por ser grandes descubridores, exploradores, científicos, deportístas (hay que ver el futbol que se despliega en la Liga Premier). en suma los ingleses se caracterizan por la fuerza de espíritu, la reciedumbre de sus conductas en todo combate, su ferrea voluntad y disciplina, en suma, sociedades que han construido un espíritu, una subjetividad, que los constituye en un conjunto social capaz de resolver grandes problemas y emprender difíciles retos. Es una sociedad que tiene y ha tenido unas clases dirigentes que nunca han dejado atrás a sus integrantes, luchan por todos y cada uno de ellos. esa sociedad debería de constituir, como otras sociedades, un ejemplo para las clases dirigentes de México que sólo piensan en enriquecerse y tienen una visión hedonista y una existencia carente significado…