Los libros y la lectura son una presencia notable en El Periquillo Sarniento. Hay listas y reflexiones al respecto. En cambio ha sido más difícil percatarse de las obras impresas que se leían en la capital de la Nueva España durante las horas convulsas en las que José Joaquín Fernández de Lizardi escribió los folios de su novela.

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Ilustraciones: Alberto Caudillo

Elizene, hija de Ozmán, gran sacerdote mahometano, impresa en Madrid en 1808 y de venta en la librería de la Gaceta del Gobierno de México aún en 1815, circulaba en ese tiempo. En su versión original formó parte de la obra de Louis d’Ossieux, Le Décameron français, impresa en Mastricht en 1775, pero su traductor español transformó Élizene, anecdote ottomane en otra novela para “no ofender los delicados e inocentes oídos de la juventud”, según él, cortó las “sangrientas y sediciosas disensiones tumultuarias, que de continuo agitan los infelices pueblos mahometanos” y le dio un final conforme con las “sanas ideas de religión y patriotismo”. Además, el mismo traductor le advertía al lector que el espíritu de libertad que toleró Francia en sus imprentas y escritores había sido el “origen de los horrorosos desórdenes que hicieron en nuestros días correr tantos arroyos de sangre humana, en las tristes escenas que en las calles de todos sus pueblos presenciaron todos sus habitantes”.

En el tercer tomo del Periquillo Sarniento, impreso en julio de 1816, hay evidencias de que Fernández de Lizardi tuvo a la mano El desengaño del hombre, el libelo de Felipe Santiago Puglia contra la Corona española. Nada tiene de raro. El relato autobiográfico de Pedro Sarmiento lo aprovechó Fernández de Lizardi para filtrar observaciones sobre todo tipo de abusos, entre ellos los del poder absoluto. La burocracia literaria del Santo Oficio conoció el libelo de Puglia en 1794, el mismo año en que salió de la imprenta en Filadelfia, emitió de inmediato una carta prohibiendo su circulación en Nueva España, se enteró en cosa de meses de que pasaban de mano en mano otros ejemplares en un par de obispados, pero a saber si para la segunda década del siglo XIX los ex calificadores del Santo Oficio tenían cabeza para otra cosa que sus actos en el pasado inmediato —durante el juicio que en 1811 condenó a Miguel Hidalgo, en el caso de Bernardo de Prado y Obejero, o durante el de José María Morelos en 1815, en el caso de Antonio Bergosa y Jordán, obispo de Oaxaca—. Fernández de Lizardi, a quien los años transcurridos en las imprentas hicieron de su sombra un manchón de tinta sobre un pliego de trapo, conocía el pulso de la censura. El tono de las alarmas ya era otro entonces y a él respondían las Cartas sobre nuestro sistema gubernativo, escritas en 1813 por el capitán Ramón Roca e impresas bajo el seudónimo Marón Dáurico a mediados de 1815, pues se trataba de un “cuaderno muy curioso”, según se lee en una gaceta, “por la claridad de su estilo y doctrinas selectas, propias en el día para ilustrar a los fascinados con el brillo de la falsa libertad, e instruir a los buenos realistas sobre los principios políticos más acomodados a nuestro actual sistema gubernativo”.

A la rebelión popular en el campo, a los acuerdos constitucionales en la metrópoli, y sobre todo a los impresos surgidos del Congreso Mexicano en Apatzingán, la heterogénea República de las Letras de la Nueva España opuso una especie de resistencia cultural por medio de la construcción de un discurso patriótico que hacía énfasis en el amor a la paz, a la justicia, a la religión y al rey, así como en la exposición de los rebeldes. Uno era el tono del bando real publicado el jueves 25 de mayo de 1815 por el virrey Félix Calleja en el que ordena la quema de todos los papeles de los rebeldes y traidores —a los que en adelante no se llamaría insurgentes, según este bando— e impone la pena capital a los defensores, simpatizantes y promotores de sus máximas y principios. Otro, en cambio, el tono de papeles como el titulado Excitación a los realistas fieles contra los rebeldes, escrito por Agustín Fernández de San Salvador y a la venta desde junio en la librería de Mariano Ontiveros. En las alacenas de la capital circulaban materiales en la misma cuerda, como la primera carta pastoral que Bergosa y Jordán diera como obispo de Oaxaca, en la que a finales de 1811 abordaba el tema de estos rebeldes, y como la Plática moral con la que apenas en mayo de 1815 el cura de Amecameca, Manuel Toral, aspiraba a desengañar a quienes aún militaban bajo las banderas de la rebelión. La obra del canónigo José Julio García de Torres, Desengaño a los rebeldes, impresa en el suplemento de La Gaceta del Gobierno de México de julio del mismo año, asimismo buscó trasladar su monárquica prédica del púlpito y del confesionario a un espacio ilustrado. Estos y otros papeles aspiraban a llegar al tribunal de un invisible directorio letrado al que se suele creer con autoridad y agudeza suficientes para someter todas las pasiones humanas, por una parte, y para atender con seriedad cualquier proposición racional concerniente a asuntos del mayor interés público, por otra, como la paz del territorio de Nueva España. García de Torres veía pruebas por todas partes de la adhesión al catolicismo y sumisión a sus reyes de parte de los españoles radicados tanto en la península como en América, pero a este ex rector de la Universidad, originario de la ciudad de México, le concernían particularmente las trampas de los propios enemigos del orden: los rebeldes de América.

 

La dieta sobria del Periquillo Sarniento no se dirigía a los sabios, tal y como José Joaquín Fernández de Lizardi lo asienta en sus primeras páginas. Él mismo se sabía leído por algunos altos funcionarios del gobierno y la Iglesia en la capital novohispana, si acaso por una muy pequeña parte de la burocracia de la universidad y de las armas, pero en realidad se debía a unas cuantas centenas de lectores entre las que había empleados, bajo y mediano clero, comerciantes, médicos y abogados más bien modestos. Pero en medio de una atmósfera entintada de menosprecio a los rebeldes y de exhortos a la serenidad y el patriotismo entre los súbditos de Fernando VII llaman la atención, por decir lo menos, los silencios de la novela sobre la hora de los rebeldes.

Los primeros lectores del Periquillo Sarniento deambulan por la historia de la literatura como almas en pena. Semana a semana recogieron los avances de la novela en la oficina de Alejandro Valdez, por los rumbos del convento de San Francisco, y en sus capítulos sueltos, que debían recordarles a los cuadernos mismos en los que Pedro Sarmiento contaba su vida para edificación de sus hijos, en el transcurso de 1816 conocieron los detalles del lento e inexorable descenso del narrador a los bajos fondos de la sociedad novohispana. El deán José Mariano Beristáin fue parte de esta primera ronda de lectores, además de las personas que suscribieron la impresión de la novela. El primer tomo en la edición de Valdez informó a estos lectores del nacimiento del personaje central de la novela en la rica y populosa Ciudad de México en 1755, ocurrido en la cuna de “unos padres no opulentos, pero no constituidos en la miseria, al mismo tiempo que eran de una limpia sangre, lo que hacían lucir y conocer por su virtud”. Enseguida transitaron de la mala educación de Periquillo —jaloneado entre un padre que se inclinaba por darle un oficio y el chiqueo de una madre que fantaseaba con el alto destino de un canónigo, médico o abogado— a su paso fugaz por la teología, su resolución aún más fugaz de tomar los hábitos hasta llegar a la muerte del padre, donde al cabo de doce capítulos concluía originalmente el primer tomo de la suscripción. En la siguiente tanda ven al joven e ignorante héroe quitarse la máscara —tal y como apunta Fernández de Lizardi en el prospecto del Periquillo Sarniento—, comportarse de día en día peor, matar de pena a su madre, descubrir el juego entre vagos y cargadores, ser estafado entre gente común y aprender a estafar a la gente común, darse al robo y acabar en la cárcel de corte, en cuyo pestilente infierno conoce al benefactor que termina devolviéndole su libertad. En el tercer tomo siguieron el derrotero de las imposturas de Periquillo, haciéndose pasar por barbero y médico en la ciudad, huir a Tula, en donde continúa su farsa como galeno, liarse en la calles con un locero y un trapiento, contraer matrimonio al cabo de un golpe de suerte, meterse a sacristán antes de sumarse a una cofradía de mendigos, llegar a juez, embarcarse rumbo a Manila, a donde arriba finalmente al cabo de un incidente marítimo de la nao.

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Beristáin sólo llegó hasta aquí en su lectura del Periquillo Sarniento, al igual que los demás lectores que en 1816 leyeron sus capillas inconclusas, pero con las páginas que tenía vistas dijo percibir una “semejanza con el Guzmán de Alfarache” —un amistoso apunte, sepultado en la Biblioteca hispano-americana septentrional, con el que más adelante se confeccionó parte del paño que aún hoy arropa esta obra como novela picaresca.

El último tramo y el desenlace del Periquillo Sarniento se conocieron hasta el inicio de los ochocientos treinta. De ahí que muchos de los primeros lectores originales de la novela, como el citado Beristáin, quien murió en 1817, no llegaron a saber ni de las peripecias de Perico en Manila, ni de sus infortunios en el viaje de regreso a Nueva España, ni de su redención y muerte en 1813, ni de la manera en la que sus cuadernillos pasaron a manos de “un tal Lizardi… escritor desgraciado… y conocido del público con el epíteto con que se distinguió cuando escribió en otros amargos tiempos, y fue el de Pensador Mexicano”, quien hizo llegar su relato a las manos de un impresor. Hasta entonces se supo de cierto que Fernández de Lizardi hizo coincidir la “insurrección que se suscitó en el año de 1810” con la hidropesía general que invade a Periquillo desde el inicio de la novela y que ha de acabar con su vida, una época fatal para este último, no obstante que en ella forma el relato de su vida, y de horror, crimen, sangre y desolación para Nueva España. Hasta entonces se supo también que Fernández de Lizardi no omitió mencionar la insurgencia en México, así fuera en un solo aparte que puso ya cerca del final de la novela en boca de Periquillo. “¡Cuántas reflexiones pudiera haceros sobre el origen, progresos y probables fines de esta guerra!”, escribe Perico en uno de los últimos cuadernos para sus hijos:

Muy fácil me sería hacer una reseña de la historia de América, y dejaros el campo abierto para que reflexionarais de parte de quién de los contendientes está la razón, si de la del gobierno español, o de los americanos que pretenden hacerse independientes de España; pero es muy peligroso escribir sobre esto y en México el año de 1813. No quiero comprometer vuestra seguridad, instruyéndoos en materias políticas que no estáis en estado de comprender. Por ahora básteos saber que la guerra es el mayor de todos los males para cualquiera nación o reino; pero incomparablemente son más perjudiciales las conmociones sangrientas dentro de un mismo país, pues la ira, la venganza y la crueldad, inseparables de toda guerra, se ceban en los mismos ciudadanos que se arman para destruirse mutuamente… Sólo en este caso [el del bien común de la patria] se debe empuñar la espada y embrazar el broquel, y no en otros, por más lisonjeros que sean los fines que se propongan los comuneros, pues dichos fines son muy contingentes y aventurados, y las desgracias consecutivas a los principios y a los medios son siempre ciertas, funestas y generalmente perniciosas…

Pero apartemos la pluma de asunto tan odioso por su naturaleza, remata en su cuaderno. Aunque ahora tal vez no sea tan sencillo evitar que las páginas de la historia de Perico Sarmiento se mezclen con la de una época teñida con sangre americana.

 

José Joaquín Fernández de Lizardi llegó a contar que cuando a finales del año de 1816 se supo que quedaría trunca la impresión del Periquillo Sarniento, por orden suprema del virrey Juan Ruiz de Apodaca, creció tanto la demanda por los tres únicos tomos en circulación que su precio pasó de doce hasta sesenta pesos. Más aún, el propio Fernández de Lizardi hizo un resumen del último tomo, encargó la realización de varias copias y así circuló en forma manuscrita.

En enero de 1825 la oficina de Mariano Ontiveros abrió una nueva suscripción para sufragar la segunda edición del Periquillo Sarniento, a razón de dos pesos cuatro reales por tomo, pero en los hechos Fernández de Lizardi murió sin ver una tirada íntegra de esta novela pues la magra respuesta de los lectores apenas dio para imprimir un solo tomo. A la tercera vino la vencida. Fechada en 1830 y 1831, la novela transitó de la Imprenta de Galván a la alacena de libros en la esquina del portal de Mercaderes y Agustinos en busca de sus lectores, ya no en Nueva España, sino en un espacio político radicalmente distinto. Tanto así que el editor Mariano Arévalo juzgó prudente incluir una “advertencia precisa” en las páginas preliminares para apercibir a los lectores sobre la novedad imposible del Periquillo Sarniento —según esto escrita e impresa en 1816— y sobre la muy comprometida situación de su autor: “mal visto de su gobierno por patriota, sin libertad de imprenta, con sujeción a la censura de oidores, canónigos y frailes; y lo que es más que todo, con la necia y déspota Inquisición encima”.

A partir de aquí El Periquillo Sarniento se convirtió en una novela visible, contó con todas las recomendaciones, y su autor, no obstante ser tuerto, anticlerical y tuberculoso, al fin se granjeó un gran aprecio en México. Y desde entonces se le suele tratar como una novela que vive al margen del tiempo en el que fue escrita, esto es, el de los años de lucha de Independencia.

Fernández de Lizardi no combatió en las filas de los insurgentes. Y a la postre se fortaleció en la verdad de sus motivos. La ignorancia de la plebe era escandalosa, sostenía, lo que lo llevó a ver los asuntos de la educación popular como una de sus prioridades como escritor público. Así, al amparo de la Constitución de Cádiz, fundó El Pensador Mexicano en octubre de 1812, publicación semanal desde cuyas páginas escribió sobre la urgencia de desembrutecer e ilustrar a la población, multiplicar las primeras escuelas y que no quedara muchacho por pobre o desarrapado que fuera sin ir a ellas. No de otra cosa estaba hecha la devastación horrorosa de la Ciudad de México, decía. Por otra parte, también desde El Pensador Mexicano abogó ante el virrey Francisco Xavier Venegas por la revocación del bando que acababa de privar de fuero a los eclesiásticos insurgentes. En lo que el escándalo de esta última petición escalaba en la corte, antes que darse a la fuga, como se lo aconsejó Carlos María de Bustamante, arrostró las consecuencias de su osadía y pasó ocho meses en la cárcel. En el encierro concibió, según algunos, la idea central de una larga narración; según otros, ahí empezó a formar tal manuscrito. Para cuando recuperó su libertad, El Pensador ya era su sobrenombre, el régimen absolutista estaba en plena restauración, el virrey era Félix María Calleja y Fernando VII ocupaba de nueva cuenta su trono. A la luz de estos hechos y del resplandor agónico de la antorcha insurgente volvió a la carga en defensa de la educación popular, esta vez desde Alacena de Frioleras: “Hay mucha ignorancia en este reino, y, a proporción, hay infinita en México. Si se discurre por los barrios y arrabales de esta ciudad, se verá cumplido al pie de la letra el proloquio del espíritu de verdad, que el número de necios es infinito”. Y en este interés compuso El Periquillo Sarniento, uno de cuyos ejes es la minuciosa descripción de una sociedad profundamente incivil y antojadiza, integrada por personas limitadas, de entendimiento somero y remiso, y organizadas en una sociedad encendida por la general corruptela o hasta por el socorro de las grandes palabras de la hora, como la igualdad, la fraternidad y la libertad. La prédica o las intenciones edificantes que Fernández de Lizardi depositó en el relato de la caída del Periquillo en los bajos fondos de la sociedad novohispana buscaban exhibir la portentosa incapacidad de esta misma sociedad no sólo para concebir algo derecho sino para realizarlo. Una cosa era su profunda fe en la educación, su escepticismo hacia las armas, y otra muy diferente la obligación de resistirse a convalidar con un mosquete o una coa los sueños de la impredecible razón iletrada.

Los primeros lectores del Periquillo Sarniento se nos escapan en buena medida. Es difícil saber, por ejemplo, si el apunte prematuro de José Mariano Beristáin en su Biblioteca hispano-americana septentrional tan sólo quería llamar la atención sobre la cuerda satírica de Fernández de Lizardi, antes que proponer una asociación irremisible entre sus páginas y la novela picaresca. En todo caso Jefferson R. Spell, el historiador que exhumó la obra del Pensador Mexicano, recuperó el espíritu de este apunte de Beristáin y lo amplió hasta el extremo en escritos que divulgó entre los novecientos veinte y cincuenta. La pleamar de esos primeros lectores no impide ver que al tiempo que los tropiezos editoriales del Periquillo Sarniento cancelaron su lectura puntual y oportuna, permitieron en cambio la elaboración de la mortaja del gracioso con la que se la ha hecho transitar desde hace doscientos años.

El Periquillo Sarniento, vista con detenimiento, es en efecto una novela de propaganda —mas no en favor de la causa de los insurgentes, quienes de haberse interesado en sus páginas habrían dado con delitos mayores que la mera aversión a las armas de Fernández de Lizardi—. A fin de cuentas, sin combatir en las filas de los insurgentes, llegó a ser jefe de prensa del Ejército Trigarante poco antes de su victoria final en 1821, editó la Gaceta de México durante 1825, y recibió la pensión correspondiente al grado de capitán en retiro que le concedió el presidente Guadalupe Victoria. “Estoy muy lejos de creer que he escrito una obra maestra y exenta de defectos”, escribió a mediados de los ochocientos veinte en la Gaceta del Supremo Gobierno de la Federación Mexicana; “muchos tiene que le conozco y tendrá otros que no le advierto; pero también tiene una particularidad innegable y es ser la única obra romancesca propia del país, que se ha escrito en su clase por americano, en trescientos años. Acaso a esto solo debió el aprecio que todos saben”.      

Acaso sí. Y es una lástima.

 

El relato de los nada raros sucesos de la vida de Pedro Sarmiento pasó en buena medida inadvertido, al igual que su misma existencia. Las alacenas y librerías de la capital estaban en realidad para materiales de lectura de otra naturaleza. Y a tal grado el mismo José Joaquín Fernández de Lizardi lo sabía que llegó a tomarlo a burla.

Si la alacena de libros del portal de Mercaderes ofrecía el Diccionario universal de física de Mathurin-Jacques Brisson, la alacena del Pensador su Diccionario de físicos y ridículos. Si la librería de Ontiveros anunciaba escritos de Manuel Abad y Queipo, la Alacena de Frioleras tenía un libro indispensable para “jugadores, fulleros, petardistas, coquetas, maridos prudentísimos, lenones y cuantos hayan cursado la Universidad de Uñate”: Arbitrios selectos para tener dinero sin trabajar, así como una “obra de raro gusto e invención para saber cuánto hay y disputar de cuánto se quiera con desembarazo”: La farándula hablantina. A Clara Harlowe de Samuel Richardson, Días alegres de Madama de Gómez y La huerfanita inglesa o Historia de Carlota Summers de Pierre Antoine de La Place, ofertados por la librería de la imprenta de José María Benavente, en su mundo paralelo el Pensador oponía unos Opúsculos de Craconi acerca de la utilidad de la coquetería para poblar los hospitales y un Arte de hipócritas y truhanes. Si en el almacén de papeles públicos del portal de Agustinos se podía encontrar La gimnástica o escuela de la juventud, en la Alacena de Frioleras los lectores podían ver el Prospecto sobre la extirpación de las dos tercias partes de los médicos y abogados que hay en el mundo. Nada tan pasajero como las novedades literarias, habría dicho el Pensador desde su perspectiva. ¿No ofertaba la librería de Jáuregui, en Santo Domingo esquina con Tacuba, la Carta imparcial sobre el fuero del clero de Francisco Estrada, tema por el que el Pensador dio con sus huesos en la noche innavegable de la cárcel?

De que la letra impresa era parte de la vida de Nueva España incluso al llegar a su cita con la historia dan cuenta numerosas colecciones documentales y bibliográficas, como la de Lorenzo Boturini, y algunos catálogos, como el del propio José Mariano Beristáin. Desde esta perspectiva se ve mejor la decisión de sacar a remate en plena calle la biblioteca del rebelde Carlos María de Bustamante, por auto del alcalde del Crimen en la Real Audiencia, el martes 10 de enero de 1815, o bien la de lanzar a la hoguera los papeles del Congreso Mexicano en Apatzingán. Pero esto sólo dice bien poco. De la amplia lista de lectores del Periquillo Sarniento a lo largo del siglo XIX con dificultad se encontrará uno solo que impida considerar que la historia bibliográfica de la novela es más importante que la de su recepción y crítica, fragmentadas en anécdotas. A la impecable edición de Luis G. Inclán corresponde la prueba de lectura de Benito Juárez en la expresión tan suya, “honrada medianía”. Juárez la empleó en el discurso del 2 de julio de 1852 y sólo pudo salir del Periquillo Sarniento, pero la misma expresión, célebre por la frase en la que aparece, delata la manera en que Juárez leyó el capítulo XIV de la última parte de la novela pues Fernández de Lizardi en realidad escribió “medianía honrada”.

Pedro Sarmiento en su enfermedad no tiene ojos para la agonía de Nueva España, y de hecho las guerrillas no son peores que la postración física y moral a su alrededor. Como ni la religión ni el rey le merecen confianza, deposita su vida en unos cuadernos para provecho de los suyos, mismos que encomienda publicar de manera póstuma al Pensador. Hasta aquí el arreglo de la ficción. Por encima de ella, un escritor sin aires de sabio, instruido ni erudito, al margen de la conspiración de los necios.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor, ensayista. Su más reciente libro es Diario de las cigarras.