Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”.  Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables


[…] Dos días antes de abandonar Moscú sacrificamos un almuerzo para arriesgar una última tentativa. Nos instalamos en la cola sin decir nada y el agente encargado de ella nos hizo una seña cordial. Ni siquiera nos pidió las credenciales. Media hora después penetramos al pesado bloque de granito rojo del Mausoleo, por la puerta principal sobre la Plaza Roja. Es una puerta estrecha y baja, con portones blindados, guardada por dos soldados en posición firme y bayoneta calada. Alguien me había dicho que en el vestíbulo se encontraba un soldado con un arma misteriosa escondida en el cuenco de la mano. Allí estaba. El arma misteriosas era un aparato automático para contar los visitantes.

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Ilustración: Pablo García

El interior, completamente cubierto de mármoles rojos, estaba iluminado por un resplandor difuso, espectral. Descendimos por una escalera hasta un punto situado evidentemente bajo el nivel de la Plaza Roja. Dos soldados guardaban un conmutador telefónico: un tablero rojo con media docena de teléfonos. Entramos por otra puerta blindada y seguimos descendiendo la escalera lisa, brillante, del mismo material y el mismo color de las paredes desnudas. Por último —en una última puerta blindada— pasamos entre dos guardias firmes, rígidos y nos sumergimos en una atmósfera glacial. Allí estaban las dos urnas.

[…]

La cola dio la vuelta en torno a las urnas, de derecha a izquierda, tratando de acumular en aquel minuto fugaz hasta los últimos matices de la visión. Es imposible. Uno recuerda aquel minuto y se da cuenta de que nada es evidente. […]

Lenin está en la primera urna. Lleva un sobrio vestido azul profundo. La mano izquierda —paralizada en los últimos años— está apoyada sobre el costado. Sufrí una desilusión: parece una figura de cera. Después de 30 años están apareciendo las primeras manifestaciones de momificación. Pero la mano produce todavía la impresión de parálisis. No se ven los zapatos. Desde la cintura el cuerpo desaparece bajo una cobertura de paño azul, igual al vestido, sin forma ni volumen. Lo mismo ocurre con el cadáver de Stalin. Es imposible eludir la suposición macabra de que sólo se conserva la parte superior de los cadáveres. A la luz natural deben ser de una palidez impresionante pues aun a la luz roja de las urnas son de una lividez sobrenatural.

Stalin está sumergido en un sueño sin remordimientos. Tiene tres barras de condecoraciones sencillas en el lado izquierdo, los brazos estirados de una manera natural. Como las condecoraciones tienen pequeñas bandas azules, se confunden con la chaqueta y a primera vista se tiene la impresión de que no son barras sino una serie de insignias. Tuve que hacer un esfuerzo para verlas. Por eso sé que la chaqueta es del mismo azul profundo que el vestido de Lenin. El cabello —completamente blanco— parece rojo al resplandor de las urnas. Tiene una expresión humana, viva, un rictus que no parece una contracción muscular sino el reflejo de un sentimiento. Hay un asomo de burla en esa expresión. A excepción de la papada, no corresponde al personaje. No parece un oso. Es un hombre de una inteligencia tranquila, un buen amigo, con un cierto sentido del humor. El cuerpo es sólido, pero ligero, con vellos suaves y un bigote apenas staliniano. Nada me impresionó tanto como la fineza de sus manos, de uñas delgadas y transparentes. Son manos de mujer.

Fuente:  Gabriel García Márquez, “En el Mausoleo de la Plaza Roja Stalin duerme sin remordimientos”, De viaje por los países socialistas, Editorial La Oveja Negra, 1981 (1958 es el año original de los artículos).

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.