Zack: Wow, este lugar es impresionante. ¿Dónde tienen a los Archies?
Sheldon: En los dormitorios de las niñas de diez años, donde pertenecen.
Zack: ¡Oh, no, tú estás pensando en el Archie tradicional. Ahora es mucho más sofisticado. Como que hay dos universos, y Archie se casa con Betty en uno y con Verónica en el otro. Magda incluso termina su relación con Gorilón.
La Teoría del Big Bang, “La recombinación de La Liga de la Justicia” (2010)

 

Uno de los triángulos amorosos más famosos de la cultura popular es, sin duda, el formado por el afortunado Archibaldo Gómez, Verónica del Valle y Beatriz Rosas,1 también conocidos como Archie Andrews, Verónica Lodge y Betty Cooper. Perseguido eternamente por dos chicas, disfrutando del amor de ambas y sin decidirse nunca por una u otra, tuvieron que pasar setenta años, desde la primera vez que atravesamos con él los pasillos de la Preparatoria Riverdale, custodiados por su director, el Sr. Aristeo Paz —o, si lo prefieren, Mr. Weatherbee— y la Srita. Canuta —es decir, Miss Grundy—, para enterarnos que, en el número 600 de octubre de 2009, la poseedora del anillo de compromiso sería la multimillonaria Verónica. Las protestas de incontables lectores no se hicieron esperar y la editorial Archie Comics tuvo que aclarar que únicamente se trataba de la primera parte de un futuro hipotético y que, en el número 601, Betty sería quien contrajera nupcias con el pelirrojo galán.

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El personaje de Archie nació en 1941 gracias a John L. Goldwater, editor y fundador de la compañía MLJ Cómics, rebautizada después como Archie Cómics, y al artista Bob Montana, quien se inspiró para crearlo, por un lado, en Henry Aldrich, quien era el supuesto adolescente estrella del programa de radio The Aldrich Family –el adjetivo se debe a que el actor Ezra Stone, quien era la voz de Aldrich detrás del micrófono, a sus 20 años de edad era todo menos un adolescente cuando inició esta comedia radial—; la segunda fuente de inspiración, bastante menos etérea, fue el actor Mickey Rooney en su papel de Andrew “Andy” Hardy, personaje principal, y en esos años más que famoso, de dieciséis películas realizadas a lo largo de más de 20 años. Es evidente que Goldwater y Montana no se devanaron demasiado los sesos para bautizar a Archie Andrews —si bien Goldwater asegura que fue un amigo de la escuela quien le dio la idea—, como tampoco lo hizo Montana al basarse en la actriz Verónica Lake para introducir dos años después a Verónica Lodge.

Con el paso de los años el éxito de Archie y la creciente demanda de sus aventuras obligaron a Montana a dejar el cómic de Archie en manos de un grupo de artistas y escritores que cambiaba con frecuencia, aunque siguió trabajando en las tiras cómicas de Archie publicadas en los periódicos. Al terminar la II Guerra Mundial, durante nueve años los estadunidenses de la posguerra pudieron sintonizar por la radio el programa de Archie y, a partir de 1968, verlos bailar y cantar, cada sábado por la mañana y durante una década, en una caricatura que, seguramente, nuestros vecinos del norte habrían agradecido que contara con más que el total de 17 episodios que se repitieron, suponemos, casi tanto como los 30 episodios de Don Gato y su pandilla en México.

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Treinta años antes que la banda virtual Gorillaz, la igualmente ficticia banda de Los Archies alcanzó la cima del Hit Parade con la canción “Sugar, Sugar”, en la que besos con hechizos eran vendidos por Sabrina, la bruja adolescente de pecas y pelo blanco que por la magia de la televisión sería canalizada por la pelirroja Melissa Joan Hart en su propia serie de 1996.

En el mundo de los cómics, hoy dominado en ventas y popularidad por el género de superhéroes, en 1969 cada mes se vendían alrededor de un millón de ejemplares de cada cómic de Archie, mientras que sus competidores de mallas y capa se consideraban exitosos si llegaban a los 300,000. Sin más superpoder que el contar historias divertidas, en un lenguaje sencillo —demasiado para el gusto de más de un maestro de primaria, ya no digamos de niveles de enseñanza media y superior, pero sobre esto regresaremos más adelante—, con personajes que, aunque el mundo cambiaba, se mantenían en una especie de cápsula de tiempo que permitía que sus modas variaran ligeramente —los vestidos, trajes de baño y cortes de Betty y Verónica han cambiado, pero Archie y Carlos Marín o, si se prefiere, Reggie Mantle, para no confundirlo con el periodista homónimo, siguen cortándose el pelo en la misma peluquería y con el mismo estilo, desdeñando a hippies y hípsters por igual— y que artilugios tecnológicos como computadoras y celulares los alcanzaran, pero por sus pensamientos y acciones los habitantes del Riverdale de los cuarenta habrían podido convivir y conversar sin mayor contratiempo con los del Riverdale del siglo XXI, disfrutando de hamburguesas y malteadas en la cafetería de Pop. O, al menos, eso era cierto hasta hace algunos años…

En septiembre de 2010 comenzó a publicarse el cómic Life with Archie, en el que se contaban historias que partían de las premisas de que Archie se había casado con Verónica y, en un universo paralelo, con Betty (quién fuera Archie), destinadas a lectores de mayor edad —en todo caso, no a lectores preadolescentes, que son los principales seguidores de Archie. Ese mismo mes y año, en las páginas del ejemplar número 202 de Verónica nos enteramos de la mudanza a Riverdale de Kevin Keller, el primer personaje abiertamente gay del mundo de Archie —aunque mucho se ha especulado sobre Torombolo/Jughead, al parecer tiene más bien inapetencia sexual, dado su casi completo desinterés por cualquier cosa que no sea comestible. Un año después, Kevin Keller tendría su propio cómic y en julio de 2014 Archie sacrificaría su vida para salvarlo de una bala disparada por un opositor de la campaña de Keller para senador. En su honor, la escuela desde entonces se llama Archie Andrews High School.

Otros cambios algo más radicales en el tono y contenido de las aventuras de Archie han sido la publicación de las series de horror Afterlife with Archie  (2013) y Chilling Adventures of Sabrina (2014) —y cuando escribimos “tono”, lo hacemos en todos los sentidos: a diferencia de en los comics “tradicionales” de Archie, en estas historietas dominan el negro, el naranja y el verde oscuro. En la primera de estas aterrorizantes sagas, Sabrina es responsable de una epidemia de zombis al intentar resucitar, a petición de Torombolo, a su perro Hot Dog; en la segunda, presenciamos los orígenes, bastante más siniestros que los que hasta el momento conocíamos, de Sabrina y su diabólica familia. Sin abandonar el género del terror y añadiendo un poco de ciencia ficción a la mezcla, Archie viaja a Costa Rica en abril de 2015 y, de regreso a Riverdale, es seguido por el monstruo de la película Predator —y no, no nos referimos a Schwarzenegger, sino al extraterrestre—, quien a la primera oportunidad le vuela la cabeza al servicial Pop en presencia de Archie y sus amigos.

Y, para que no haya duda de que la actualización de Archie va en serio, aprovechando el éxito de la película Sharknado —en la que un tornado asesino transporta a tiburones aún más asesinos a las calles de Los Ángeles— y el estreno de Sharknado 3 en julio de 2015, Riverdale enfrentó estas fuerzas de la naturaleza en Archie vs Sharknado. ¿No es suficiente? ¿Qué tal entonces un nuevo cómic de Archie, en el que por primera vez en verdad todos los personajes parezcan estudiantes de una preparatoria de este siglo y no de la época de nuestros abuelos? Julio de 2015 fue también el mes en que debutaron el escritor Mark Waid y la artista Fiona Staples recreando a este personaje y al elenco completo para las generaciones Y, Z y posteriores, en “Archie No. 1”.

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El atractivo de Archie ha ido más allá de Betty, Verónica y de los seguidores habituales de sus aventuras. En el ámbito académico ha habido numerosos investigadores que han aprovechado el impacto que más de medio siglo de publicación continua ha tenido la historieta entre sus lectores. Uno de estos expertos es Russell W. Belk, de la Universidad de Utah, quien hizo un análisis en números y en contenido de los cuatros cómics estadunidenses que, en su opinión, ponían especial énfasis en el tema de la riqueza extrema.2

En otras palabras, Belk analizó el comportamiento de cuatro multimillonarios personajes de ficción: Rico Mac Pato, Ricky Ricón, Archie y La Zorra —esta última, protagonista del extinto cómic La Zorra y el Cuervo, aunque, siendo justos, debemos aclarar que La Zorra no era tan adinerada, más bien clasemediera—, para lo cual, en el caso de Verónica Lodge, tuvo que leer 716 historietas de Archie. 

A la mayoría de nosotros nos basta con leer un solo cómic para averiguar que, al igual que Paris Hilton, Verónica debe su fortuna no a su trabajo y mucho menos a su talento, sino a su padre, quien le consiente todos sus caprichos. De acuerdo con Belk, Verónica es el estereotipo de la hija egoísta —una tercera parte de los cómics analizados por Belk así la retratan— que espera que todo se haga a su manera y que usa el dinero para asegurarse de que así sea. A pesar de ello, en 30 por ciento de las aventuras de Archie leídas por Belk es el bienestar de la comunidad el que está por arriba del interés personal de Verónica o de cualquiera de los otros personajes.

Cuando están presentes y comparados con los ricos, son los pobres los que en un mayor porcentaje exhiben rasgos de amor, amabilidad y trabajo duro, en tanto que el comportamiento de los ricos es, en comparación, más agresivo, ostentoso, envidioso y manirroto, si bien los celos son más frecuentes entre los pobres, lo que significa, en especial, que en varios números Betty está celosa de Verónica y Archie de Carlos. Comparado con los otros cómics estudiados, es en el Archiverso donde los ricos son vistos de manera más positiva, debido principalmente a Mr. Lodge, cuya riqueza ha sido bien ganada —o eso es lo aparente— y, en el sistema de valores conservadores de Riverdale, eso lo convierte en alguien respetable y digno de emulación.

Como habíamos mencionado, en el número 600 de Archie éste decide desposarse con Verónica, evento que inspiró al economista Robert J. Oxoby, de la Universidad de Calgary, Canadá, a proponer un modelo matemático para predecir si el pelirrojo había tomado la mejor decisión.3 Oxoby daba diferente peso a las variables del modelo partiendo de tres asunciones:

1) La habilidad de Archie para meter la pata y echar todo a perder, lo que es mucho más evidente en la recreación del personaje hecha por Mark Waid;

2) Los miles de millones de dólares de la fortuna Lodge, que incapacitaban a Verónica a acabar con su presupuesto, por más que ella se empeñara en derrochar, lo que, en otras condiciones de igualdad —belleza, inteligencia, simpatía, etcétera—, hacen de Verónica un mejor partido que Betty; y

3) La, al parecer, mucho mayor preferencia de los lectores por Betty, lo que a final de cuentas termina perjudicando a ésta si consideramos los costos emocionales de un divorcio, que serían mayores para Archie si se separara de Betty por infidelidad, por pasar más tiempo con Torombolo que con esta rubia o por alguna otra estupidez: más de un lector jamás se lo perdonaría.

Una vez alimentada la fórmula con todos estos datos, Oxoby concluyó que la mejor opción para Archie era, efectivamente, contraer nupcias con Verónica.

Materialismo y economía aparte, en el año 2003 Bonny Norton, profesora de Literatura de la Universidad de British Columbia, Canadá, publicó un estudio sobre Archie en el que destacaba el poder que los cómics tenían para motivar a niños y adolescentes a la lectura como una actividad completamente placentera.4 En su artículo, Norton señalaba que el placer que los preadolescentes —el mayor porcentaje de los lectores de Archie son niñas de alrededor de 11 años de edad— obtenían de los cómics en general, y de Archie en particular, está asociado con un sentido de apropiación del texto, lo que les da la confianza de discutir los temas de estos cómics de manera crítica y enérgica.

Esto significa que, mientras que es bastante común que, cuando a un niño se le asigna la tarea de leer un fragmento de Don Quijote, de inmediato lo etiquete como “trabajo” y, al leerlo, en lugar de disfrutarlo no deje de pensar en qué será aquello que el maestro querrá que entienda con la lectura y qué le preguntará en el examen, paso lo opuesto cuando se trata de leer, por su propia voluntad, una aventura de Archie —o, a fin de cuentas, cualquier otro cómic— en este caso la lectura cambia de clasificación a “entretenimiento”, lo que, entre otras cosas, permite al niño concentrarse en verdad en el significado de lo que lee, en entender por qué cada personaje se comporta de cierta manera, en divertirse y, al final de cuentas, disfrutar más de la lectura.

“¿Cómo es que, al igual que los niños en este estudio”, se cuestiona Norton, “[los maestros] gradualmente aprenden que un ‘buen’ lector es uno que lee capítulos difíciles de libros, consultan los diccionarios y evitan los cómics, pero rara vez se divierten?”. La pregunta es pertinente para todos aquellos que, al igual que los maestros a los que hace referencia el autor, consideran que los cómics son sinónimo de pseudoliteratura o, peor aún, simplemente basura.

Pero para quienes, sin importar edad ni género, y ni siquiera que de antemano sepamos que los esfuerzos de Betty y Verónica sean los de modernos Sísifos, empeñadas en conquistar una y otra vez el corazón de Archie, aunque sea tan sólo por el tiempo que tarde su rival en que el eterno adolescente se arroje a sus brazos gracias a un comentario, una mirada, un nuevo vestido o por culpa de Carlos. Para todos sus seguidores, una sola y cursi imagen basta para evocar al pequeño universo de Riverdale: Betty, Archie y Verónica, sentados muy próximo uno al otro, sorbiendo con popote de la misma malteada en la fuente de sodas de Pop, acompañados —¿cómo podían no estar presentes?— por decenas de corazones flotantes.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Ignoramos las razones que tendrían los traductores del siglo pasado —en este caso, en particular, quienes trabajaban en la extinta Editorial Novaro, que en México publicaba los cómics de Archie— para rebautizar a pleno arbitrio a la pandilla completa de Riverdale. Tal vez las mismas que los responsables de convertir a Bruce Wayne en Bruno Díaz, a Dick Grayson en Ricardo Tapia, a Mickey Mouse en el Ratón Miguelito y al Pato Donald en el Pato Pascual, entre muchos otros personajes de ficción.

2 Belk, R.W., 1987, “Material values in the comics: A content analysis of comic books featuring themes on wealth”, The Journal of Consumer Research, 14(1), pp. 26-42.

3 Oxoby, R., 2014, “Archie Comics #600 and the choice between marriage candidates”, Working Papers, Department of Economics, University of Calgary. 3 pp.

4 Norton, B., 2003, “The motivating power of comic books: Insights from Archie comic readers”, International Reading Association, pp. 140-147.