En los trece relatos que conforman Mágico, sombrío, impenetrable (Alfaguara) —la más reciente entrega al español de Joyce Carol Oates— se paladea, sin tregua concedida, la existencia dilatada por el dolor. Presentamos una de esas historias, ejemplo del sobrecogedor universo al que la narradora estadunidense tiene acceso ilimitado.

magico-sombrio


Kevie te echamos de menos te queremos
Kevie que Dios te acompañe

A veces, al oírlo, me dan ganas de gritar. A veces, lo reconozco, me revienta que no sean capaces de decir cinco putas palabras sin mentar a Dios.
Como si al condenado Dios de los cojones le importase una mierda lo que me sucedió a mí ni lo que les ha sucedido a todos ellos, que es algo que acabarán descubriendo por sí mismos. Jesús bendito, tengo que reírme o gritar, basta con mirarles la cara a esas chicas.
¿Nos oyes Kevie? Kevie te echamos de menos te queremos
¿Kevie?

Lo primero que se ve desde la carretera es la condenada cruz. Una cruz casera de un metro de alta pintada de blanco fosforescente.
Y en esa cruz, escrito en letras rojas, con una pintura que se corre como si fuera lápiz de labios, la siguiente inscripción:

D
E
S
C
A
N
S
E

KEVIN ORR
4 diciembre 1991-30 marzo 2009

E
N

P
A
S

(Puede que pas no esté bien escrito. Me parece que está mal, ¡coño!)
(Una vez que eres un difunto es posible decir de ti las cosas más estúpidas sin que puedas defenderte.)
Ese material brillante en torno a la cruz es papel de plata, al menos lo parece, del tipo que se pone en un árbol de Navidad. Y hay enredaderas de plástico verde y flores blancas como la nieve, también de plástico, y con forma de trompeta. Al pie de la cruz, fotos (plastificadas), en su mayoría las que Chloe me hizo con el iPhone, otras en las que estamos los dos, también con mis amigos, de mi mamá conmigo, etcétera. Hay macetas con flores —flores de verdad— que hace falta regar para que no se mustien y mueran a toda velocidad. Y colgado de uno de los brazos de la cruz está una de mis zapatillas, talla 46, Nike.
Debieron de presentarse en casa y mamá les dijo que se llevaran lo que quisieran de mi cuarto. Cualquier cosa que necesitaran para poner en el santuario de Forked River Road. Mamá ya estaba del todo ida para entonces gracias al Xanax o al OxyContin o a cualquier otro medicamento de todos los demonios que el gilipollas del médico le ha prescrito y que se supone que no debe tomar cuando bebe, de hecho para poder tomarlos tiene que dejar de beber, aunque no hay la menor duda de que no lo hace. Aaah, chicos, ¿qué os estáis llevando de Kevie? y Chloe dice Solo una de sus zapatillas, señora Orr.
No son más que suposiciones: tan pronto como se supo que Kevie Orr había muerto en Lenape Point, se reunieron en mi casa. Empezaron a abrazarse, llorando y gimiendo, y algunos de ellos hasta se pusieron histéricos y se desmayaron como hizo Chloe, a causa de la hiperventilación, y mientras mi madre miraba llena de asombro, como si la hubieran golpeado en la cabeza con un mazo. Daba lo mismo que mamá estuviera de mí hasta las mismísimas narices, o que Chloe no fuera, ni mucho menos, la imagen de la felicidad en su relación conmigo, ni que yo no le cayera bien a nadie de la familia de mamá, porque una vez que se supo que me había muerto, todos quisieron recordarme como alguien mejor de lo que había sido en realidad.
Cielos, me alegro de no haber estado allí para verlo.

Kevie, te queremos.
¿Ke-vie? ¿Nos oyes? ¿Nos ves?
Somos Chloe y Jill y Alexa y…

Caray, traen más porquerías para el santuario. Lirios de plástico. Rosas y tulipanes de plástico. Narcisos también de plástico.
Esas velitas muy bajas, ¿cómo las llaman? Velas votivas.
En la cruz junto a la carretera ya no quedaba sitio, de manera que están empezando a poner cosas en un tronco de árbol a muy poca distancia. Se trata del haya con la que tropezó el todoterreno al rodar pendiente abajo, y que le arrancó el lado izquierdo del parachoques como se rompe en dos un hueso de la suerte; el tronco del árbol está rayado, igual que si lo hubiera arañado un tigre enloquecido.
Josh, que anda con muletas, está con ellos, la cara hecha polvo y parte de la cabeza afeitada, pero el muy hijo de puta está vivo, y ahí vienen Casey y Fred, que traen cerveza Michelob, y latas de Red Bull y de Coca-Cola para colocarlas en la base del árbol. Teddy, mi hermano pequeño, con cara de no haber dormido desde el accidente y, ¿qué es lo que va a poner junto al árbol? ¿Mi palo de hockey? Y todos los episodios de la serie Video Game High School, que veíamos juntos.
Cada vez que vienen traen más fotos. Estoy yo con mis amigos, y con mi familia (pero sin mi padre). Fotos, hechas con el móvil, de Chloe en mi regazo, los dos riendo. Los ojos de Chloe húmedos de lágrimas, los míos de un rojo brillante como los de un demonio, aunque entornados a causa del flash. Cielos, me gustaría recordar cuándo fue eso, querría dar marcha atrás en el tiempo, hasta ese momento.
Es como si estuviera perdiendo la cabeza, como si ya no supiese quién era yo. Quienquiera que Kevie Orr fuese.

Lo que sucedió fue una especie de explosión cegadora con todo al rojo vivo… y después nada.
Parecido a un placaje, como aquella vez en el instituto, a los quince años: conmoción cerebral, dijeron que era. Estaba en plena forma y un minuto después me llevaban a rastras de rodillas, me estaban arrancando el casco de seguridad, tenía tierra en la boca abierta y… después nada.
Y esta vez cuando desperté el silencio era mayor… un olor a algo dulce y familiar (¿lilas?).
La grúa se había llevado el vehículo siniestrado, a trozos. Mi cuerpo había desaparecido y ya estaba enterrado. Todo concluido. Todo lo que solo eran cosas materiales.
Únicamente quedaba yo, yo. Y estaba más solo que la una, mis amigos se habían marchado… Alcé la mano para ver la gravedad del asunto, para ver si el brazo estaba roto o torcido, que era la sensación que tenía, y lo que vi fue… nada.
Más tarde miré y vi algo así como un brazo, un brazo de persona mayor, un brazo izquierdo, creo que tenía que ser el de papá.
Aquel brazo lo tenía añadido, en el sitio donde mi brazo había desaparecido. Y era un brazo musculoso y allí estaba la araña tatuada de papá, con los ojos rojos, eso era un consuelo.
¿Papá? Oye, papá, soy Kev…, Kevie… ¿Me puedes ayudar, por favor?
Papá, estoy muy asustado. Y tengo frío y… supongo que me he quedado ciego…
No era mi padre, sino gente del instituto. Pateaban la hierba y hacían fotos con los móviles. Esa chica, Barbara Frazier, la de los dientes grandes que es presidenta del último curso, estaba atando cintas alrededor del árbol, con nudos y lazos. Y otras chicas, conocía las caras pero los nombres no, ¡coño! Esa clase de chicas que no eran nadie con quien yo hubiera salido, o por las que sintiera el menor interés, ahora que Kevie Orr está muerto cualquiera puede venir en coche al santuario y dejar flores y mensajes y toda clase de estupideces que me avergüenzan, pero no hay manera de pararlo.
Chicas arrodilladas para ocultar la cara mientras rezan entre la hierba estropeada y los escombros, donde la herramienta hidráulica de rescate (las Mandíbulas de la Vida) abrieron el todoterreno para liberarme cuando ya era demasiado tarde, joder, porque el cuerpo atrapado bajo el salpicadero se había desangrado.
Sangre mezclada con aceite y gasolina. La peste de la gasolina.
Aaah, este árbol es muy hermoso. (¿Qué clase de árbol es?)
Vamos a poner aquí los globos.
Quería gritarles ¡Largo de aquí, por el amor de Dios! No quiero condenados globos de niños, ¿en qué coño estáis pensando?
(Son globos de plástico duro que más parecen almohadas que globos. No se deshinchan con tanta facilidad como los globos corrientes rellenos de helio. Y de feos colores brillantes para que se vean desde la carretera, como malditas gónadas o algo así, órganos internos que algún cretino puede pensar que son las entrañas de Kevie Orr atadas a un árbol.)
Hay además una estrella y un ángel, adornos navideños, un crucifijo de plástico e imágenes de Jesucristo (aunque no soy católico ni lo es ninguno de los Orr).
Una banderita de los Estados Unidos clavada en el suelo: mi abuelo Joe, que estuvo en la guerra de Corea, es quien la ha traído.
Pobre chico. Tirarlo todo por la borda. ¡Dios santo!
Diecisiete años. Con toda la puta vida por delante.

Si alguien les preguntase Por qué hacer aquí un santuario, por qué, cuando su cuerpo no está aquí sino enterrado en el cementerio del pueblo, tendrían que pensárselo unos segundos de manera que (casi) se les podrían ver los pensamientos subiéndoles a la cabeza como burbujas y luego dirían Sí, pero el espíritu de Kevie está aquí. Porque aquí es donde murió.

No estoy seguro de qué es lo que se quiere decir con murió.
Allí estaba el cuerpo que se desangró.
Estaba el cuerpo atrapado debajo del salpicadero del todoterreno.
Estaba el cuerpo roto, destrozado, vacío, desaprovechado.
Estaba el cuerpo como un saco de piel, goteando por mil heridas.
Estaba el cuerpo que había sido Kevie Orr, atrapado entre los restos del automóvil.

Estábamos haciendo una carrera por Forked River Road. Los tíos del Dodge Ram perdían terreno. El acelerador apretado a fondo, una loca sensación como de fuego desbocado que me arrastra, una sensación tan maravillosa que me hace pensar ¡ya iba siendo hora! —casi siempre estoy harto, jodido, enfadado, resentido—, porque el cristal que hemos estado fumando hace que el corazón te lata fuerte de verdad y eso hace también que te sientas mejor que bien, como ráfagas de aire levantándote, como si fueras una cometa hecha con algún material pesado de desecho, lona mojada, por ejemplo, y eso te levanta, ¡Jesús bendito!
En el campo de detrás del instituto nos habíamos preparado con unos cuantos tiros y algunas cervezas y la idea era ver quién era capaz de llegar más deprisa a Lenape Point y luego a la playa.
El cielo nocturno estaba lleno de nubes, pero la luna brillaba detrás, de manera que se veía luz a través de las grietas, porque las nubes eran como telas rasgadas. Una emoción muy extraña que parecía bajar directa del cielo. De la luna que era como un ojo, ¡extrañísimo!
La costa de Jersey en Lenape Point. La playa es pedregosa y está muy sucia y además la marea deja allí toda clase de porquerías, algunas hasta se retuercen y desde luego huelen mal. No se te ocurre que la costa de Jersey esté en el océano Atlántico, y es que cuando ves el océano en un mapa, te quedas con la boca abierta, porque es jodidamente grande.
A toda velocidad en el todoterreno hasta Lenape Point. Mamá dijo: puedes usarlo si no derrochas gasolina. De acuerdo, mamá, le dije, eso es razonable. En el fondo soy un buen tipo, lo sé. Sé que tengo que proteger a mi madre, que no tiene ni puta idea de nada de lo que pasa. Parece que siempre estoy tratando de probarlo. La gente se fija en mí en el instituto, chicos más jóvenes de Forked River que miran a Kevie Orr, Josh Feiler y Casey Murchison como si estuvieran dispuestos a dar cualquier cosa por ser nosotros. Y las chicas. Y este es nuestro último año de secundaria, joder. Graduación dentro de tres semanas. Y no estaba nada claro lo que íbamos a hacer durante el verano y mucho menos aún el año que viene o el resto de nuestras vidas, por lo menos no estaba claro lo que iba a hacer yo: puede que algún trabajo en la cantera, si mi tío Luke todavía era capaz de meterme allí, aunque lo más probable era que nos alistásemos en el ejército de los Estados Unidos, donde te enseñan un oficio. Se suponía que la guerra en Afganistán —era seguro que nos mandarían allí— se estaba acabando. Eso era lo que la gente decía. Y nosotros respondíamos Quizás haya otra guerra: ¿Irán? Siempre habrá otra guerra. Estábamos colocados y nos reíamos de cómo las “fuerzas armadas” son una manera de ver el jodido mundo, porque en Forked River, Nueva Jersey, no hay futuro que valga, de eso estamos más que seguros.
Al entrar en la curva a ciento veinte por hora, aunque el cartel al borde de la carretera señalaba sesenta y cinco, yo ya sabía sin lugar a dudas (imagino) que la carretera de Forked River (asfalto lleno de grietas) tuerce aquí con brusquedad, en dirección a la estrecha rampa del puente de Lenape Point, que es uno de esos condenados puentes viejos de Lenape County con suelo de tablas y una sola dirección y que más allá se encuentra la entrada a Lenape State Park y, a algo menos de un kilómetro dentro del parque, la orilla del mar en Lenape Point.
Tendría que haber sabido que allí estaba la curva. El puente. Ira de Dios, llevábamos toda la vida yendo en coche a Lenape Point, incontables veces desde que teníamos recuerdos, críos en vehículos como los todoterreno conducidos por nuestros padres o hermanos mayores u otros fulanos de más edad, aunque en aquel momento, a tres semanas de graduarnos en el instituto de Forked River, éramos nosotros las personas de más edad y lo peculiar es que ese trozo de la carretera de Forked River no nos resulta tan familiar de noche, hay una niebla que se alza desde la hierba al borde de la carretera o desde la estrecha franja de un río que no se logra ver desde la calzada. Grandes rocas de color arena, pedruscos y guijarros en la orilla, donde el agua ya no forma más que charcos o se ha secado por completo. Los faros del coche que venía detrás del nuestro nos estaban cegando por el retrovisor, aunque por fin se iban quedando atrás, nuestro todoterreno se distanciaba de la furgoneta que conducía Jimmy Eaton, propiedad de su padre. Incluso en aquel momento, con el acelerador puede decirse que apretado al máximo, yo estaba más bien distraído por alguna jodida cosa en el salpicadero, no era capaz de apartar la mano del aire acondicionado o del dial de la radio o del ventilador o de lo que fuera, bajar un cristal, subirlo, de manera que al entrar en la curva sentí la enfermante sensación de deslizamiento incluso antes de que el todoterreno empezara a desviarse sin posibilidad de controlarlo, el todoterreno matriculado a nombre de mi madre, es decir a miles de dólares de estar pagado por completo, por lo que en el fondo de mi cerebro, justo antes del momento del golpe contra la barrera de protección me percaté avergonzado de que
Ya nunca terminará de pagarse.

Neumáticos que se deslizan. El todoterreno impacta con la barrera, la atraviesa, da una vuelta de campana, cae de costado y rueda de nuevo por la pendiente (de más de dos metros) hasta el borde del cauce seco de Forked River, estrellándose contra arbustos y árboles, arrancándoles la corteza, hasta quedar volcado en el cauce seco, las ruedas girando, vapor de agua saliendo del radiador. El conductor está atrapado detrás y debajo del volante, aplastado bajo el salpicadero. El conductor no llevaba puesto el cinturón de seguridad. Ni ninguno de los pasajeros. Muy malheridos, Josh, Casey y Flynn consiguen salir arrastrándose, con múltiples fracturas y ensangrentados como serpientes pisoteadas (es posible pisotear a una serpiente hasta llegar a creer que el bicho está destrozado, rotas todas las vértebras, de manera que es como un trozo aplastado de manguera, pero una serpiente te puede engañar, una víbora te puede engañar, incluso puedes pisotear ese cerebro mínimo que tiene dentro del cráneo con una bota de suela bien gruesa y el condenado animal aún no está muerto y si no andas con cien ojos puede saltarte encima y clavarte en la pierna los venenosos colmillos) y cuando llega la ambulancia los recoge y los lleva al servicio de urgencias (de Atlantic City) lo bastante deprisa para salvarlos, pero no a Kevie Orr que ha estado conduciendo en malas condiciones y demasiado deprisa, se calcula que a más de cincuenta kilómetros por encima del límite de velocidad en una carretera estrecha y con muchas curvas, sin cinturón de seguridad, atrapado dentro del vehículo y liberado por la herramienta hidráulica de rescate pero demasiado tarde ya.

La leyenda lenape de la canción de la muerte que se sueña dentro del vientre materno.
El festival del sueño de los lenape. La ceremonia del gran enigma.
Indios lenape de todas las edades se adelantan para contar sus sueños. La tradición vale tanto para los hombres como para las mujeres. Tanto para los jóvenes como para los viejos. Un jesuita anotó en 1689 que los lenape eran paganos, que no tenían otro dios que el sueño. Los lenape siguen a pies juntillas el sueño en todas las cosas. Cualquier cosa que el sueño les pide que hagan, tienen que hacerla.
A los quince años nos enseñaron historia de Nueva Jersey. ¡Es tanto lo que hemos olvidado de todo lo que aprendimos! Como viento silbando a través de nuestras cabezas vacías igual que agita las hierbas altas del cementerio detrás de la iglesia de Cristo de Forked River, edificada con ladrillos rojos. Pero yo recordaba la canción de la muerte. No sé por qué cojones, después de haber olvidado tantas cosas, me acordaba de la canción de la muerte de los lenape. De cómo, antes de que el bebé indio naciera, se le presentaba en el vientre materno la canción de la muerte que para él era distinta de las de todos los demás. Al nacer el bebé, la canción de la muerte se olvidaba. Abrías los ojos, respirabas muy hondo la primera bocanada de aire y la canción de la muerte se olvidaba.
Los jóvenes lenape ayunaban, cazaban hasta el agotamiento; los guerreros de más edad, sus mismos parientes varones, les apaleaban por añadidura. Bailar junto al resplandor de las hogueras, torturados por el fuego, privados de alimentos hasta que los huesos les asomaban a través de la piel, sudar a mares eran maneras de hacer regresar el sueño, pero maneras incompletas. La canción de la muerte es la que se canta al morir, la revelación especial que es tu canción de la muerte. Nadie la conocerá excepto tú.
Oh, Jesús, nadie conoce esto excepto tú. Y tú, tú estás ya borrado. Te has ido.

Y mi madre llora y dice que es asqueroso y cruel que la gente me culpe, como si no fuera bastante horrible cómo he muerto, que me haya desangrado dentro del todoterreno volcado que ella no había ni de lejos terminado de pagar ni tampoco estaba al día en el pago de los seguros. Dios santo, ojalá mamá y Stace y Claire, sus hermanas, no vinieran hasta al santuario llorando, enfadadas, dando traspiés por la hierba y mamá diciendo Cómo se atreven a juzgarnos, qué están pensando porque sus hermanas le han contado lo que dice ahora la gente del pueblo, personas que antesfingían ser amigos de mamá, cretinos que ella conoce de casi todala vida y nunca los ha juzgado. Cómo se atreven a juzgar a mi hijo, cómo se atreven a decir que alguien merece que le pase una cosa así, cuando Kevie era tan buen chico y no tenía ni dieciocho años, con toda la vida por delante.

Viento húmedo que viene del Atlántico, fortísimos chaparrones. Días de lluvia.
Partes del santuario están anegadas, echadas a perder. Algunas de las fotos se las ha llevado el aire y yacen entre la hierba. El ángel navideño ha desaparecido. Los geranios sobreviven, a duras penas. Como las enredaderas y las flores de plástico. La zapatilla solitaria también, aunque se ha caído al suelo, empapada y plomiza. La banderita americana está tirada sobre la hierba. Pero sale el sol, de repente; siempre aparece el sol. Ruido de portezuelas de coche al cerrarse. Voces emocionadas.
¿Tú crees que Kevie nos oye? ¿Será posible que su espíritu esté aquí?
Caminar por la arena cansa enseguida. Eso lo recuerdo. Tratar de correr por la playa, que es una verdadera porquería de “playa”… Los pies se te hunden en la arena, un tipo de arena maloliente y como pantanosa. Grandes árboles derribados por algún huracán, hace mucho tiempo. Debíamos de tener quince años. Habíamos estado bebiendo cervezas, fumando porros en la orilla. Hacía calor y soplaba el viento, olas altas en el océano, imponentes y llenas de espuma blanca, algo así como una amenaza en un videojuego contra la que tienes que combatir a toda velocidad con una metralleta, antes de que te atrape.
Un sol al rojo vivo que se deslizaba y se escondía detrás del pinar de Lenape State Park.
A veces quien viene es mamá. Mamá con Stace y Claire, sus hermanas; o mamá con Teddy, mi hermano menor, que parece enfermo y asustado y resentido por estar aquí contra su voluntad.
El santuario necesita mantenimiento. Está muy estropeado después de cinco o seis semanas. Mamá se arrodilla en la hierba, tratando de arreglar los desperfectos. Teddy se queda atrás, mirando. Inquieto, con los ojos muy abiertos, que resbalan, sin ver, sobre los míos. ¡Qué tal, Ted! ¡Escucha, chaval! Soy yo.
Supongo que me detestaba. El cretino de su hermano mayor siempre tomándole el pelo, dándole golpes. ¿Por qué haces eso, Kevin? Duele.
Porque tienes una cagarruta en lugar de cerebro, ese es el porqué. ¿Te enteras?
Teddy ha traído copias nuevas, plastificadas, de algunas de las fotos del santuario que se habían estropeado o perdido. Ayuda a mamá a clavarlas con tachuelas en el tronco del árbol. Y vuelve a atar la zapatilla a la cruz.
Mamá está diciendo con voz de borracha, llena de amargura, Kevie no se merecía morir. Los de las “Mandíbulas de la Vida” se lo tomaron con calma. A los otros chicos los llevaron a urgencias en Atlantic City y los salvaron, pero no se lo merecían más que mi hijo. Malditos sean por haberle dejado que se desangrara, atrapado como un perro.
¡Qué alivio cuando mamá se marcha, cielo santo! Querría no tener que volver a verlos nunca.
De acuerdo, mamá, no te imaginas cómo siento lo que hice. Cosas que hice y que ni siquiera sabes. ¿De acuerdo, mamá? Ha sido culpa mía, joder. De verdad que lo siento muchísimo, ¿sabes? Así que vamos a dejarlo.

Quizás fue una equivocación. Nací. Quizá mi madre no me quería en realidad, ese era su secreto. Dicen que los bebés no quieren nacer, que están en “su casa” en el vientre materno y que durante toda la vida uno se acuerda de “haber sido arrancado de su hogar”. Con las metanfetaminas esas visiones vienen tan deprisa que no te haces cargo, no las puedes digerir, es como conducir a mucha velocidad, con todas las ventanillas abiertas de manera que el pelo se te arremolina, sudas y tienes la piel grasienta y una sensación ardiente como de haber tomado el sol más de la cuenta. El cerebro se te ha jodido y está hecho papilla pero tú te encuentras bien. ¡¡¡De maravilla!!! ¡¡¡Como nunca!!! Todo te pasa volando como los cometas enloquecidos al final de aquella película… 2001. Volando hacia Júpiter o algo así… fabuloso.
Los días pasan, no viene nadie al santuario.
Luego, de pronto, se presenta todo un cargamento. Chicas muy jóvenes que no conozco. No sé cómo se llaman. Las he visto en el instituto, chicas corrientes, a las que no miras dos veces. Chicas con sus móviles para hacerse fotos en el santuario de Kevie Orr junto a la carretera de Forked River, en Lenape Point.
Una de ellas.
Una de ellas, que parece ser Janey Bishop, siente los pensamientos que salen de mí y alza la vista como si le hubieran dado una patada.
¿Kevie? Kevie, ¿estás… aquí?
¿Dónde cojones crees que estoy? Aquí es donde mis sesos salpicaron el todoterreno y acabaron en el cauce del río. Los que venían con la ambulancia tuvieron que raspar por todos los matorrales y las rocas para reunir lo que quedaba de mí y echarme a paletadas en la puta camilla, quizá no lo sabías.
Las chicas están tiritando y dicen Kevie no parece tan simpático ahora, ¿verdad que no? Es como si hubiera… cambiado…
Tal vez se haya trasladado a algún otro lugar. Nos ve y nos oye, pero nosotras ni lo vemos ni lo oímos.
¡Yo siento lo que piensa! Noto hostilidad en sus pensamientos.
¿Por qué tendría Kevie que mirarnos mal?
No es más que una sensación que tengo.

Nadie lo sabe. Teddy viene en bicicleta hasta Lenape Point.
Teddy, mi hermano menor, él solo.
Sería de lo más embarazoso si tuviéramos que vernos. Si tuviéramos que hablar.
Teddy está más alto y más flaco de lo que recuerdo. Gorra de béisbol calada que le tapa la frente. Como cualquier chaval que ves con una bici corriente, y que pierde el tiempo en un 7-Eleven o en uno de los patios del instituto. Cualquiera pensaría Un perdedor. Uno que esnifa pegamento. Me asusta pensar que Teddy pueda acabar así… como si fuera culpa mía.
La verdad es que trataba más bien mal a mi hermano, tengo que reconocerlo. Una vez lo empujé para que se cayera en el alquitrán recién vertido en nuestra calle. Me reí de él delante de otros chicos. Me había dicho con tono quejumbroso ¿Por qué te caigo tan mal, Kev? y fue de lo más violento. No me caes mal, ¿no te jode? Anda y quítate de mi vista.
Desde siempre Teddy se me pegaba, me seguía por todas partes. Videojuegos, televisión. Lo que fuese que Kevin estuviera haciendo, también quería hacerlo Teddy. Cuando mi padre se marchó de casa y vivía al otro lado del pueblo, venía a buscarnos a los dos para comer juntos más o menos todos los viernes, y yo lo pasaba bien pero Teddy no tanto, porque estaba siempre con el latiguillo de ¿Cuándo vas a volver a casa, papá? Papá quería que nos riéramos, a papá le gusta que la gente se ría, no que refunfuñe, nos reíamos de nuestra madre, que era lo que papá quería, estúpida, zorra, hija de puta, tomábamos sorbos de su cerveza y nos reíamos, pasábamos casi todas las veces muy buenos ratos, excepto si papá estaba de mal humor, y entonces daba lo mismo lo que le dijeras o cómo te comportaras. De acuerdo, sí, quizá —durante una temporada— tuve celos de mi hermano, Teddy el mocoso, tan flaco, que lloriqueaba y gimoteaba y como yo no lloraba, como no estaba dispuesto a llorar por nada del mundo, ni a suplicarle a papá que volviera a vivir con nosotros, a él se le metió en la cabeza que yo no le quería de verdad, al menos no tanto como Teddy. De manera que cuanto menos hablaba yo, más se lo creía. Algunas veces estaba más borracho que una cuba y yo pensaba Por qué no te mueres ahora mismo. Pero eso no sucedía nunca.
Hace solo unos pocos meses. Teddy se sorbía los mocos y quería entrar en mi cuarto, que no es más que una porquería, como para preguntarme algo. Consiguió sacarme de quicio y le dije que si no me dejaba en paz, iba a recibir un portazo en mitad de la cara. No hizo más que parpadear como si lo que yo había dicho fuese un chiste y no se apartó lo bastante deprisa y eso fue ni más ni menos lo que sucedió: la puerta le dio más o menos en toda la cara cuando la cerré de golpe. Chilló como si lo estuvieran matando y cuando volví a abrir, Dios, no sé por qué, la cerré otra vez, con más fuerza… Teddy gritaba, la caía la sangre por la cara, y mamá estaba en el piso de abajo y subió a ver qué pasaba… Agarré a mi hermano y le dije Miserable cabrito, ya está bien, eso no duele, como no te calles, hijo de puta, te voy a romper la cara en muchos más pedazos. No sé por qué estaba yo tan enfadado. Los saqué a los dos por las bravas de mi cuarto, a Teddy y a mamá. Di un portazo furibundo y grité que iba a matarlos si no se me quitaban de delante. Es como si me corriera por las venas un líquido incandescente. El pelo ardiendo. A las chicas les daba miedo con esos humores violentos. Chloe decía que la excitaba, pero también a ella le daba miedo. ¡Cielo santo, Kevie, tendrías que verte!
Nunca me vi, sin embargo. Juraría que no.
Según la salmodia del sueño indio, se fuma estramonio y se baila. Se llevan amuletos especiales para estimular determinados sueños. El olor en la noche. Amuletos para soñar. Hay un sueño que se canta cuando estás en una batalla y te enfrentas a la muerte. Tu canción especial, tu canción de la muerte.
En la radio del todoterreno sonaba música rap (rock duro) cuando el coche empezó a derrapar, se estrelló contra la barrera de protección y volcó, y todos nosotros chillando, como podría chillar Teddy, fue como si Dios alargara la mano, levantara el todoterreno y lo tirase. Críos imbéciles, a ver si os gusta esto. Mi justicia y mi misericordia, a ver qué os parece.
Era otra mañana. Como desechos procedentes del cauce de Forked River, que se iba quedando sin agua y se secaba al final del verano. Olor a peces en descomposición, a almejas. Conchas rotas. Insectos zumbadores. Mariposas. A menos de medio kilómetro, Lenape Point. El océano, cielo de color azul intenso, olas muy altas.
Arena como un mal sueño en el que tratas de correr y no consigues que las piernas se muevan. Siempre me ha gustado correr. Me gustaba jugar al fútbol, los otros agarrándome, riendo y gritando, éramos la misma persona, en esencia, cuando nos pasábamos el balón. Roland Chermierz me derribó, la cara por delante, su rodilla en mi trasero y la boca llena de tierra. Roland grita hasta desgañitarse como un imbécil enloquecido, el entrenador se acerca corriendo y lo abofetea con fuerza. Los otros jugadores corren por el campo. Trato de levantarme y correr con ellos, pero la arena me tira de las piernas. No consigo mantener el equilibrio.
Lo llamarán el santuario de Forked River. Durante los meses de otoño, a lo largo del invierno y en la primavera es increíble comprobar cómo me querían y cómo yo no lo supe nunca. No solo mamá y Chloe y mis hermanos y parientes, sino también chicos a los que apenas conocía. Y la hierba cada vez más alta y creciendo sin parar en la base del árbol. Un lugar santo. Hay velas votivas que encienden los visitantes (aunque no arden mucho tiempo, el aire se encarga de apagarlas), flores de plástico, geranios, lirios, lilas, las flores de verdad se han muerto, una maraña de cosas mustias y secas, macetas, geranios muertos durante el invierno. Botellas de cerveza caídas, bolsas de tacos mexicanos arrastradas por el viento, abiertas por animales salvajes. Todo deteriorado en el otoño, tan hermoso. Y después los primeros copos de nieve a medio derretir.
Quería que mi padre viniese aquí, joder, pero no ha venido, ni una sola vez. No que yo sepa; no ha venido, no. Para mi padre soy su hijo macarra, dijo que no quería saber nada de mí. Eso fue antes del accidente. Había tratado de conseguirme un trabajo durante el verano en la cantera y hubo un malentendido, no me enteré de que tenía que ir allí y presentarme al capataz, supongo que la cagué y mi padre dijo que había acabado conmigo, a tomar por culo Kevin dijo y yo pensé ¡y a ti que te jodan!, maldito cretino de todos los demonios. Como si a mí me importara un pimiento trabajar en la asquerosa cantera. Como si él me importase lo más mínimo, era lo que quería decirle, aunque no se lo dije. Me rompió la cara una vez con el revés de la mano, cuando tenía cinco o seis años. No cometes esa equivocación dos veces.
De todos modos es un hecho… yo quería que mi padre me mirase con mejores ojos. Incluso que me quisiera, no lo sé. Siempre quieres lo que no puedes tener. Lo deseas tanto que llegas a saborearlo. Mi madre y mi abuela… es verdad que me quieren, pero me importan mucho menos. Tu madre siempre te quiere, ¡vaya cosa! Es como cuando te metes la mano en el bolsillo y encuentras un pañuelo de papel con el que sonarte; te suenas y no vuelves a pensar en ello. No piensas Vaya suerte que tengo con ese pañuelo de papel, porque de lo contrario tendría que sonarme con los condenados dedos.
La verdad es que mi padre se avergüenza de mí. Ha visto las fotos en el periódico sobre el santuario de Forked River, un santuario en honor de Kevin Orr, que tenía diecisiete años cuando se murió. Mi padre aparta la vista, no lo quiere ver. No vino al funeral, no sabe dónde está enterrado mi cuerpo. No vendrá nunca al santuario porque no quiere hablar conmigo. Con mi muerte ve acercarse la suya. Creo que es eso. Juraría que es eso lo que le pasa. No lo reconocería nunca, desde luego. Se emborracha y dice Ese crío estúpido. No se le ocurrió ponerse el cinturón de seguridad, y ahora está pero que bien jodido. Hay una cosa que es un desastre entodo esto, una cosa de la que mi padre se da cuenta. Y explica quemi padre se emborrache cuatro noches por semana. El desastre deque un hijo se vaya primero. Eso está mal. Es una violación de lanaturaleza.
Es como si lo hubiera hecho aposta. Tirar su vida por la ventana.
Es como si lo hubiera hecho para darme en las narices. El muy imbécil.
Era muy joven, solo tenía diecisiete años. Hacía muy poco que había cumplido años, a final del verano.
Kevie no era más que un crío, un crío norteamericano. Se iba a alistar en el ejército, que lo habría zarandeado un poco, que le habría hecho madurar, si es que no lo mataba antes. Pero se ha matado él solo sin ayuda de nadie.

Groppel se presentó con tres chicas. Las trajo en coche a Forked River. Tres chicas, el pelo agitado por el viento. Pelo liso, rubio ceniza, rubio tirando a pelirrojo y castaño con mechas. Janey Bishop, Melanie Trahern y Maggie Jones. Groppel no era amigo mío, se creía superior a mí, supongo. El curso pasado nos llevábamos bien, luego algunos tipos se interpusieron. El entrenador nos hizo competir. No sé qué fue lo que pasó. Al ver aquí a Groppel, con su parka de nailon, las manos hundidas en los bolsillos y con la capucha tapándole la cabeza porque estaba tratando de que no se le vieran las lágrimas, sentí —imagino— algo así como amor… quería darle un golpe en el brazo, solo por divertirme, para que los dos nos sintiéramos a gusto. Quería aporrearlo y darle patadas, oye, Groppel, cabronazo, ¿qué coño estás haciendo aquí? Me traía algo, una figura de plástico, un superhéroe, Spiderman, de pequeños intercambiábamos eso tebeos. En el colegio Groppel iba con otra pandilla. Se preparaba para la universidad.
Estudiaba álgebra. Más o menos fingía no verme en las escaleras del instituto. En una ocasión hice como si yo tampoco lo hubiese visto y le di un buen empujón con todas las de la ley; se habría caído de bruces y roto esos dientes suyos de conejo de no ser porque estaba preparado, se agarró a la barandilla y consiguió no caerse. Medio rodó escaleras abajo, de todos modos, mientras la gente nos observaba sin perder detalle, emocionada, pero él se limitó a seguir adelante, salió disparado y solo dirigió una mirada por encima del hombro hacia donde estaba yo, a mitad de la escalera De acuerdo, Kevie. Tú vas por tu lado y yo por el mío. Las cosas pasaban así con mucha frecuencia —alguien de quien había sido amigo me dejaba plantado, como que yo le daba miedo— lo que de verdad me sienta como un tiro. A veces me daba cuenta pero no decía nada.
Se ha presentado también uno de mis profesores, el señor Cranden, de estudios sociales. Hizo fotos del santuario. Se arrodilló, examinó las fotos plastificadas. Las plumas, los espejos, las polveras de las chicas, espejos de mano con marcos de nácar. Tarjetas del día de San Valentín, tarjetas grandes de las que venden en los supermercados, corazones rojos de satén, desteñidos por la humedad y el sol, rasgados ya, casi sin color. Encaje de papel, cintas, cruces, cuadros de Jesucristo, botas de excursión (¿para que se pensara que eran mías? No lo eran pero se parecían), guantes, fotos de soldados del ejército de los Estados Unidos desfilando. El viento se lleva algunas de las cosas que no están sujetas al árbol. Hay una buena cantidad de basura junto a la carretera. Algunos chavales vienen aquí, retiran otras fotos y dejan las suyas. Chloe viene por lo menos una vez a la semana y me deja cartas. Las chicas me escriben cartas, rollitos de papel atados con cintas. Colgados de hilos.

¿Kevie? ¡Estás aquí? Hola, Kevie…
Oye, te echamos de menos, Kevie. Te echamos mucho de menos.

Puedes reducir tu vida a las equivocaciones que has cometido, esas que a la larga terminan por atraparte y acaban así, en el santuario de la carretera de Forked River. Con el viento existe el peligro de que la mayor parte de las cosas salga volando. Ráfagas con la fuerza de un huracán. Cielo oscuro hasta más no poder y lo mismo las nubes. Hubo un patinazo escalofriante, un ruido de neumáticos sobre el asfalto. Choque ensordecedor, pero yo ya me había ido, creo. Cristales hechos añicos, metal retorcido y la columna del volante agujereándome la tripa, la columna vertebral, aplastándome las vértebras. El cinturón de seguridad no hubiese cambiado las cosas, ciento veinte kilómetros por hora al iniciar el patinazo. Para chocar primero con el quitamiedos y después con los árboles. Y una vuelta de campana tras otra hasta llegar al cauce seco del río. Fue como un vídeo que se pudiera ver una y otra vez en YouTube, pongamos por caso. Un millón de visitas. Se puede ver ahora. Es siempre ahora. El todoterreno se dobla como algo hecho de hojalata. Las portezuelas se abren de golpe, mis amigos salen despedidos. Si no nos hubiera pasado nada, habría sido tan condenadamente divertido como la serie de televisión Jackass: No trates de hacerlo en casa.
Yo sangraba por mil heridas. No era capaz de gritar Dios, no quiero esto, no es esto lo que quiero, ayúdame, Dios. No era capaz de hablar, la boca llena de tierra y de sangre.
El cerebro lleno de sangre. Saliéndoseme por los oídos y por los ojos. Por la boca que nunca volvería a hablar.

Hoy es un día ventoso y soleado pero frío. La gente se siente bien viniendo aquí. Ya no son tantos como al principio pero no importa. Es una señal de que a Kevie se le quería. Las chicas vienen todavía y traen amigas que no me conocían. Mi padre sigue sin venir, se ha mudado al norte de Nueva Jersey. Mi madre y mi abuela, en cambio, perseveran. Rezan por mí en la iglesia…, es algo por lo que pueden rezar. Pero otras personas se sienten a gusto viendo las cosas simpáticas en el árbol, las flores de plástico, las cintas y los corazones. Corazón de papel de estaño, con encaje de plástico. Kevie te queremos. Descansa en paz Kevie que Dios esté contigo. Alzan la cara hacia las ramas más altas del árbol. Algunas de las chicas limpian los excrementos de pájaros. Y la lluvia mantiene bastante pulcro el santuario. Es como si vieran aquí lo mejor de sí mismas. En los espejos se miran a hurtadillas. A veces se dan un susto un poco extraño: tienen la impresión de que Kevie las está mirando desde el espejo.

Se olvidan de que yo era el chico que la cagó por todo lo alto. Todas las cosas serias que intenté las eché a perder. De eso ahora no se acuerdan. (La mayoría no recuerdan nada.) Es agua pasada. Ya no importa. Se están olvidando de mí, de cómo era en realidad. Se acuerdan del muchacho que se mató. Se acuerdan del muchacho para el que la gente ha hecho un santuario. Ha salido en la televisión y en los periódicos. Forked River crea un santuario junto a la carretera para un conductor de menos de veinte años que se mató en un accidente. Los adolescentes del instituto de Forked River mantienen un santuario para Kevin Orr, de la promoción de 2009.

En el amor auténtico, como en las relaciones sexuales, siempre hay uno que saca más provecho que el otro y se podría decir que está utilizando al otro, porque no le importa tanto. Yo erasiempre ese chico, y por eso mismo les gustaba a las chicas, meimagino: todas pensaban que eran las que habían logrado que KevieOrr se hiciera mayor. Me parece que estoy creciendo ahora,después de haberme “ido”. Ya sé que eso es endemoniadamenteraro, pero siento que mi espíritu se refina. Al igual que, en la cantera,el mármol se separa de la roca que lo rodea. Mis huesos, desintegrados,vuelven al polvo en el cementerio de la iglesia. Mi cráneo,con agujeros en lugar de ojos y con una boca como deHalloween. No es ahí donde estoy yo, sino aquí.
Tu cuerpo no es donde estás, después de que te hayas ido. Tu sitio particular es donde has muerto, “desaparecido”. Cuánto vaya a estar aquí depende de vosotros, del tiempo que vuestro cariño mantenga este santuario.

Mi vida de mierda. Casi toda ella nada más que una porquería, es cierto, pero la echo de menos. Pasaría tiempo con mi padre en la casa de los crepes, los viernes, y me limitaría a reír y a estar tranquilo, viendo partidos en la televisión. Fue una equivocación que quisiera conseguir más de él. Y Teddy, ¿por qué tendría que estar celoso de mi hermano menor? Va a tener que caminar algo así como torcido toda la vida, dijo el traumatólogo, por la manera en que se torció la rodilla y cayó encima con todo su peso y con parte
del mío.

Teddy me perdona. Supongo. Teddy no ha superado nunca la muerte de su hermano mayor. Se droga, fuma porros, se junta con perdedores, perdedores sin remedio.

Aquí pacen los ciervos. Al atardecer se acercan al árbol. Se han comido los tacos, las patatas a la inglesa. Hociquean buscando comida. Tienen ojos grandes, muy hermosos. Parecen verme sin perder la calma. Dan coletazos veloces con el rabo blanco. Espantan las moscas. No les doy miedo. Notan mi presencia pero como estoy muy quieto, soy tan transparente como un vapor y no huelo a nada, no me ven como enemigo suyo. Se acercan sin miedo. Es muy grande la felicidad que encuentro en eso. Solo hace un año hubiera querido cazarlos. Ahora su compañía me llena de paz. Nunca estaba quieto mucho tiempo, impaciente en mi pupitre en el instituto, tenía por fuerza que acelerar el motor de cualquier vehículo, necesitaba moverme. Mis fotos de niño están clavadas en el árbol, plastificadas. Fijadas al tronco con tachuelas. El sagrado corazón de Jesús brilla en la oscuridad.
Ahora soy feliz, creo yo.
Os quiero y os bendigo a todos.

 

Joyce Carol Oates
Narradora, poeta y ensayista. Entre su extensa obra figuran: Carthage, Mujer de barroBlondeLa hija del sepulturero y Memorias de una viuda

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