A principios de 2007 un grupo de vecinos de Toronto: activistas, estudiantes, pequeños empresarios, organizaron una campaña para pedir más variedad en la comida de los puestos callejeros. Querían lo que puede querer cualquiera para comer en la calle, es decir, burritos, kebabs, falafels, bagels rellenos, gyros, suvlakis, quesadillas, arancini… El Toronto Star apoyó la iniciativa en un editorial titulado “Incluir en el menú la diversidad”. El problema era que en Toronto no había más que carritos de hot-dogs. Y que la ley no permitía que se vendiese en la calle otra cosa sino hot-dogs.

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Ilustración: Estelí Meza

Toronto es una ciudad ordenada: limpia, moderna, eficiente, de modo que el reglamento sobre el uso de la vía pública lo prohíbe casi todo —o lo prohibía entonces. En particular, la venta de comida. Sólo se hacía una excepción para “productos de carne previamente cocinados, congelados, bajo la forma de salchichas, para comer entre dos panes”. Desde luego, la excepción es igual de rara que la regla. Hay para pensar que obedecía a la idea de que una docena de carritos de hot-dogs dispersos, con su sombrilla, podían contribuir a darle a la ciudad un aire absolutamente norteamericano, juvenil y popular, de película. O algo así.

Las autoridades formaron una comisión para estudiar el problema, con infinito respeto hacia los gustos de todos. En menos de dos años se aprobó un nuevo reglamento para que pudiera venderse en la calle cualquier tipo de comida. Los interesados sólo tenían que adquirir un permiso de unos cinco mil dólares, aparte de pagar la licencia anual, recibir aprobación de un panel de catadores, y comprar un carrito especial, diseñado bajo la supervisión de las autoridades de salud. La comida, eso sí, tendría que ser toda ella preparada íntegramente en un restaurante establecido, con una cocina debidamente equipada, supervisada y autorizada. O sea, que en realidad no permitía que se vendiese comida en la calle.

De los varios cientos de solicitudes que se habían presentado en un principio sólo se mantuvieron ocho. Y seis de los negocios quebraron en menos de un año, por los impuestos. El programa (que, ingeniosamente, se llamaba: “À la cart”) se canceló formalmente en 2011.

Sigo la explicación, fascinante, de Mariana Valverde, en Law of the Street. En el fondo, el impedimento no eran los intereses de los McDonald’s ni los riesgos más o menos imaginarios para la salud pública, sino el miedo de que la profusión de puestos de comida callejeros diese a Toronto la imagen de una ciudad del Tercer Mundo. El miedo al desorden.

En 1850 Henry Mayhew comenzó a publicar una serie de crónicas sobre los oficios ambulantes en Londres. El conjunto, una obra monumental, se editó poco después en cuatro volúmenes: London Labour and the London Poor (1862). Aparecen allí, ordenados y clasificados, verduleros, fruteros, deshollinadores, barrenderos, chamarileros, vendedores de leche recién ordeñada, de pasteles de carne, dulces, helados, sándwiches, pan de jengibre, de grabados, de textos obscenos, de comida para gatos, romances de ciego, alfileres y agujas, peines, botones, telas y tabaco de contrabando, de ralladores y embudos, de muñecas, cantantes, carboneros, payasos, voceadores, exterminadores de ratas, charlatanes, aboneros, fotógrafos, vendedores de café, de medicinas milagrosas y pliegos de literatura de cordel —eso aparte de rateros, prostitutas y mendigos. Es un cuadro espectacular: abigarrado, proliferante, ruidoso y colorido, excesivo, alegre, conmovedor.

La explicación que hace de su negocio cada uno de ellos, de su negocio y de su vida, y de la calle, es para llenar páginas enteras de Dickens. Son cientos de historias. Nadie vendía sándwiches de jamón diez años atrás, dice Mayhew, hasta que al dueño de un puesto de café, arruinado, buscando el modo de ganarse la vida, se le ocurrió ponerse con una canasta a la puerta del teatro; la idea tuvo tanto éxito que se multiplicaron los vendedores, hasta que al pobre hombre no le quedó más que anunciar los suyos como “los auténticos” sándwiches de jamón —cosa que no tenía mayor importancia para los compradores.

La mirada de Mayhew es alternativamente compasiva, curiosa, distanciada, temerosa. Algunas páginas, los verduleros en el teatro por ejemplo, son una pura pesadilla. Los vendedores de comida son, según Mayhew, la porción menos educada del comercio callejero. Son criaturas que viven en estado de salvajismo y que actúan movidas por el instinto, con la misma combinación de virtudes y vicios que los beduinos, de impulsos generosos y predatorios, vengativos, agradecidos e indiferentes al dolor, como los pieles-rojas, y con la misma insensibilidad hacia el honor de las mujeres que los bosquimanos o los caribes.

Los oficios de la calle han inspirado siempre miedo. Ese miedo inconcreto, que se adivina en la mezcla de moral, higiene y disciplina de que está hecha nuestra fantasía de un orden de calles limpias y vacías como pasillos de hospital.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

5 comentarios en “Ambulantes

  1. El problema es que la Ciudad de México es sucia, desordenada, corrupta e ignorante de las mínimas normas de convivencia. ¡Uffff! Casi nada.

  2. Buena definiciòn de los paìses del tercer mundo, vivimos en completo desorden y asì seguiremos. Vale.

  3. Vender en la calle, es toda una experiencia, una aventura .. es como un salto al vacio. Yo lo hice por 8 años y nunca me falto dinero en el bolsillo .. lo que si, es que hay que venserse a si mismo