Hace casi 30 años emprendí un viaje fallido a la sierra de Chihuahua. Abandoné la carrera de biología a mitad del primer semestre convencido de que no sería biólogo. Era cetrero, es decir, practicaba el noble y antiguo arte de cazar con aves de presa entrenadas. Quería dedicarme a estudiar rapaces, pero en la universidad me pusieron en cambio a calcular el tiro parabólico y me dije que artillero no sería. Se me ocurrió entonces estudiar relaciones internacionales en El Colegio de México, pero debía esperar un año para participar en el concurso de admisión, que se abría cada dos. Entre los cetreros de esa época, jóvenes y autodidactas casi todos, había un ave que todos codiciábamos por rara y porque los libros y manuales escritos en Europa (los únicos a los que teníamos acceso) la mencionaban con una especie de reverencia casi religiosa: el azor, Accipiter gentilis. Los azores son gavilanes de ojos amarillos y de carácter nervioso, algo histéricos, que habitan los bosques nórdicos. Eran notoriamente difíciles de entrenar, decían todas las fuentes. Nosotros sabíamos que había azores mexicanos en algún lugar de la Sierra Madre Occidental, pero jamás habíamos visto uno. Los locales, supimos, les llamaban los “acuchillados”, seguramente por su ferocidad en la caza. En la primavera de 1987 Harry McElroy, un veterano cetrero norteamericano avecindado en México por esos años, Javier López King, veterinario y halconero y yo nos subimos a un viejo Volkswagen modificado para la ocasión y viajamos cientos de kilómetros hasta el lugar donde supuestamente habitaban los acuchillados. El sitio —un pueblo maderero en medio de la sierra— se llamaba La Mesa del Huracán. Y ahí estuvimos por días recorriendo en auto y a pie parajes de bosques de pino, mirando con ansiedad en las copas de los árboles, deseando descubrir algún atisbo de los azores. Pero no encontramos nada. Ya entonces era bastante temerario adentrarse en esa región, y un gringo de barbas blancas y dos chilangos despistados llamaban poderosamente la atención de los lugareños que no creían una jota de nuestra historia de andar buscando acuchillados, así que un buen día tuvimos que bajarnos de la sierra con las manos vacías. Habíamos visto enormes gavilanes de Cooper, pero de azores, nada.

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Ilustración: Belén García Monroy

Este artefacto de la arqueología de mi juventud volvió de sopetón cuando leí el libro de Helen Macdonald, H is for Hawk (Grove Press, 2014). El libro de Macdonald, una cetrera, escritora e investigadora asociada a la Universidad de Cambridge, se volvió un best seller del New York Times. Es un texto autobiográfico y algo más; un diálogo literario con otro escritor, Terence Hanbury White (1906-1964), autor del libro infantil de 1938 La espada en la piedra, una fábula sobre la niñez del legendario rey Arturo que Disney llevó al cine y que todos hemos visto. Antes de volverse famoso White escribió un libro autobiográfico, The Goshawk, sobre el predicamento de un novato halconero que intenta infructuosamente entrenar un azor.

H is for Hawk narra el viaje de la autora por el dolor que desea ser conjurado a través de entrenar una rapaz y de manera paralela cuenta la historia literaria del ahora olvidado T. H. White.  La súbita muerte de su padre, narra Macdonald, la dejó devastada y desorientada. Era ya una mujer crecida, pero lo inesperado de la partida abrió un duelo que no encontraba cierre. Fue el dolor el que, de manera oblicua, la llevó a entrenar un azor. La autora, cetrera avezada, había evitado a esos pájaros que son los psicópatas de las rapaces. Ahora, sin embargo, veía en esa tarea la clave para comprender y elaborar su pérdida. Simultáneamente, Macdonald descubrió en el libro de White no el testimonio de un cetrero triste e incompetente, sino otra cosa, algo que le resultaba íntimamente familiar: una batalla metafísica. El libro de White —y el suyo propio— es el encuentro literario entre bestia y humano, como ocurre en Moby Dick. En juego estaba la salvación del alma. Cazar con su azor llevó a Macdonald al borde de su humanidad. Creyó que para escapar de su dolor debía dirigirse a ese territorio salvaje e inhumano que habitaba Mabel, su azor. Estaba equivocada, reconoce al final. Esa era una seductora pero falsa salida, una mentira. Contra una tradición —en la que participan lo mismo gurús New Age que terroristas ecoanarquistas— que ve la redención en la naturaleza salvaje Macdonald concluye que lo salvaje no es ninguna panacea para el alma: “demasiadas cosas en el aire pueden corroerla hasta no dejar nada”. Esa es la lección que la autora le debe a Mabel: “he aprendido”, dice, “cómo te sientes más humano una vez que has conocido, aun en la imaginación, cómo sería no serlo”. La inhumanidad de los azores debe atesorarse porque “lo que hacen no tiene nada que ver con nosotros”. Y esa certeza me hizo recordar el aire delgado que respirábamos mientras anhelábamos ver un pequeño atisbo de un azor en La Mesa del Huracán.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.