En 1960 Yukio Mishima publicó la novela Después del banquete (traducción de Guillermo Solana Alonso, Alianza Editorial, España, 2009). La historia de un encuentro esperanzador, un amor reposado y las tensiones connaturales a biografías y cuadros de valores divergentes que desembocan en la ruptura de dos personas que hoy serían de la tercera edad.

Kazu Fukuzawa “ya había cumplido los cincuenta” y era la propietaria de un restaurante al que se dedicaba con esmero y entusiasmo. Mujer experimentada, era difícil que algo la sorprendiera. En su restaurante se reunía cada año un pequeño club de embajadores retirados al que pertenecía el ex ministro de Asuntos Exteriores, Yuken Noguchi. Un hombre idealista, correcto, tradicional, consejero del Partido Radical, al que no le gustaba hablar del pasado porque “era el único —del grupo— que aún seguía con vida”. Mishima narra con paciencia y detalle el acercamiento paulatino entre ambos hasta la celebración de su boda. Y yo, en esta nota, no quiero detenerme en esa parte del libro. Quien se interese por ella podrá encontrar la edición que circula sin contratiempos.

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Ilustración: Jonathan Rosas

A Noguchi, sus compañeros de partido, lo convencen para que se presente como candidato a la gubernatura de Tokio. Duda pero al final acepta. Sueña en una campaña honorable, con planteamientos que ayuden a la vida de sus conciudadanos. Es un hombre estudioso, serio, modelado a la vieja usanza. Es “víctima de las ilusiones que él mismo crea”. Un intelectual probo, buen argumentador, juicioso. Durante la guerra “Noguchi había solicitado del emperador que iniciara negociaciones de paz”. No había sido escuchado, pero gracias a ello estaba rodeado de una aureola de sensatez y visión de futuro.

Kazu, que en su restaurante había atendido a grupos de la elite del Partido Conservador, adquirió una idea singular de la política. Esa actividad “significaba pretender que uno se dirigía al lavabo y luego desaparecer por completo, poner a un hombre de espaldas contra la pared mientras cordialmente se comparte el mismo fuego, reír a mandíbula batiente cuando uno está furioso o estallar en cólera cuando no se siente alterado en lo más mínimo… en suma, comportarse de un modo muy semejante al de una geisha. El exagerado olor a sigilo que la política despide le confirmaba su semejanza con el negocio del romance; política y amoríos eran en realidad tan iguales como guisantes de una misma vaina”.

Él sueña con hacer una campaña informada, reflexiva, con propuestas. Ella, con el afán de ayudar a su marido, desata una cruzada por su cuenta. Un asesor del Partido le explica que “lo único que importa en unas elecciones es el dinero y los sentimientos”. “Los argumentos lógicos sólo pueden llegar a un determinado sector. Necesitamos armas emocionales para atraernos a los cinco millones de posibles votantes”. “Noguchi, verdaderamente imbuido de un respeto por la ley, pretendía abstenerse de realizar campaña alguna hasta que se convocaran oficialmente las elecciones”. Kazu, por su parte, aparece antes del tiempo legal por todos lados: lo mismo en fiestas que en concursos de belleza. Hace donativos, distribuye tarjetas de visita, canta en eventos públicos, asiste a reuniones de amas de casa. “Su objetivo era invariablemente el mismo: utilizar a las gentes para ganar las elecciones”. “Cuanto más trataba de explotar a la gente vulgar, más la quería ésta”. Popularidad era el nombre del juego.

Noguchi es “la encarnación de las viejas virtudes morales”. Su esposa está poseída por un pragmatismo sin límites. Y la campaña avanza no gracias a él, sino a la energía y la decisión de ella. Noguchi pronuncia discursos en lugares escogidos. Kazu va a sitios que su marido jamás pisaría. Pero ante la posibilidad del triunfo de Noguchi, sus adversarios deciden publicar un libelo sobre su esposa. El título: “La vida de la señora de Yuken Noguchi. Por uno que sabe lo que se pesca”. En él retrataban a Kazu como una mujer ambiciosa, ninfomaníaca, monstruosa. “La actitud de Noguchi en relación con el folleto fue en verdad admirable… Jamás aludió, ni tan siquiera con una palabra, al procaz documento”. Pero a continuación descubren la compra de votos, la destrucción de propaganda y volantes que de manera falsa propagan la idea de que Noguchi está a punto de morir (sí, en Japón, según Mishima). Al final son derrotados.

Mishima continúa con la historia. Y el desenlace, el eventual lector, debe buscarlo en el libro. Pero las páginas dedicadas a las campañas, ejemplificadas por dos personalidades extremas y excluyentes, hacen que Kazu extraiga una conclusión lapidaria: “la esencia de la política es la perfidia”. Bueno, quizá hay una conseja alternativa: idealismo y razón, sin un poco de pragmatismo, es posible que no lleguen muy lejos. Pero pragmatismo sin horizonte ni moralidad llevará al triunfo al más fuerte, al más inescrupuloso.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo)