Melancolía. La melancolía es un recuerdo que se ignora: Gustave Flaubert.

 

Stendhal. La parte final del libro de Stendhal Recuerdos de egotismo se titula “Proyectos de autobiografía”. Son dos textos y el primero termina así: “Triste a menudo por causa de sus pasiones desde el momento que iban mal, adoraba la alegría. No tuvo más que un enemigo: madame Tr[aversi]; podía vengarse de una manera atroz, pero resisitió por no contrariar a Leonora. La campaña de Rusia le dejó unos violentos dolores nerviosos. Adoraba a Shakespeare y sentía una repugnancia insuperable por Voltaire y por madame de Staël. Los lugares que más amaba en la tierra eran el lago de Como y Nápoles. Adoró la música e hizo una pequeña obra sobre Rossini, llena de sentimientos verdaderos, pero acaso ridículos. Amó tiernamente a su hermana Pauline y aborreció Grenoble, su patria, donde había sido educado de una manera atroz. No quiso a nadie de su familia. Estaba enamorado de su madre, que perdió a los siete años”. (Editorial Cabaret Voltaire, traducción e introducción de Juan Bravo Castillo, 2008.)

 

Luces. El sello Tusquets acertó al reeditar el libro Del cuerpo. Ensayos de pie y de cabeza de Mauricio Ortiz, pionero en editar libros sobre el dolor y la enfermedad con sus Cuadernos de Quirón. Del cuerpo es un libro que interesó y entusiasmó a Antonio Tabucchi, autor del prólogo. Escribe Ortiz en “Luces de los ojos”: “La mariguana potencia las luces de los ojos y uno hasta mareado sale con sólo cerrar los párpados. Las alucinaciones visuales que provocan el peyote, los hongos o la dietilamina del ácido lisérgico son espectaculares; luces de colores dentro de los ojos aunque estén abiertos, una furia pirotécnica de grecas y arabescos, redes multicolores, ondas, nudos, oleadas; rubíes en el techo, esmeraldas en la pared, un río de diamantes en el piso. Las iluminaciones orgasmasmales son otra cosa, más parecidas a la aurora boreal. A veces no es más que un lánguido resplandor blanquecino y a veces es un espectáculo magistral, todos los colores en uno palpitando de luz y fosforizaciones. Es de notar que esos días el penacho amanece particularmente frondoso y brillante”. (Segunda edición revisada.)

 

Abuela. “A esa abuela ensoñada/ venida de Constantinopla/ A esa mujer malvada/ que me esquilmaba el pan/ A ese monstruo mitológico/ con un vientre crecido/ como una calabaza gigante/ Yo la odié en mi niñez// Y sin embargo vuelve/ en esta noche aciaga/ con algo de hermosura/ Por algo se dice/ que con el tiempo uno perdona casi todo// Vuelve con sus cicatrices en el alma/ de fugada de un harem/ con sus ‘mierda’ en árabe y en español/ Con su soledad en esos dos idiomas/ Y ese vago destello en su espalda/ de alta espiga de Siria”: Raúl Gómez Jattin. (Amanecer en el Valle del Sinú. Antología poética, selección y prólogo de Carlos Monsiváis, FCE, 2004.)

 

Educar. En la colección Siruela/Policiaca aparecen dos títulos nuevos y originales: Madrid Negro y Barcelona Negra. Ambos editados por Ernesto Mallo. El cintillo de ambos libros dice: “Los autores más destacados de la novela negra en castellano nos proponen un recorrido criminal por los  barrios emblemáticos (de ambas ciudades). Y lo criminal también existe en lo cotidiano. En el Madrid Negro Vanessa Montfort (“I don’t like mondays”) cuenta la historia de una niña pequeña que tortura a su hermano menor y atemoriza a sus padres. Y el especialista al que acuden reflexiona: “Educar… piensa el médico mientras guarda su bolígrafo grabado, primero en el bolsillo de su camisa, aunque luego opta por dejarlo en un lugar que esté más alejado de su corazón. ¿Por qué no habría un carné de madre y de padre? Quizá porque si lo hubiera no aprobaría casi nadie. El insigne y nunca bien ponderado profesor Población solía decir que el proceso de educación era el que convertía a un salvaje sano en un educado neurótico… Y allí estaban, tres adultos neuróticos dándole vueltas a cómo soportar su fracaso encarnado en una niña de seis años que había roto sus cadenas”.

 

Despertar. “Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y que sin embargo todos dormimos desde la matriz hasta la sepultura, o no estamos enteramente despiertos. Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo”: Ernesto Sabato.

 

Fanatismo. En la reciente novela La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vázquez, el escritor colombiano que es a la vez autor y protagonista, revisa la historia violenta de su país, en el pasado y en el presente, y define así al fanático: “¿Qué es un fanático, Vázquez?”, dijo Benavides. “Un fanático es una persona que sólo sirve para una cosa en la vida, que descubre cuál es la cosa y le dedica todo su tiempo, hasta el último segundo. Esa cosa le interesa por alguna razón especial. Porque puede hacer algo con ella, porque le servirá de instrumento para algo, porque le ayudará a conseguir plata, o poder, o a una mujer, o a varias mujeres, o para sentirse mejor consigo mismo, para alimentar su ego, para ganarse el cielo, para cambiar el mundo. […] A veces el fanático hace lo que hace por razones más misteriosas, razones que no entran dentro de ninguna de las categorías que nos hemos inventado. Con el tiempo estas razones se mezclan, se confunden y se convierten en una obsesión que bordea lo irracional, un sentido de misión profesional e inevitable, de haber nacido para algo. De cualquier modo, esta persona se distingue por muchas cosas, pero una de ellas es clarísima: hace lo que haya que hacer. Elimina de su vida todo lo que no le sirva. Si algo le sirve, lo hace o lo consigue. Sea lo que sea”. (Alfaguara, 2015.)

 

Carta. Joseph Roth y Stefan Zweig llevaron una larga amistad en pleno nazismo. Zweig lo apoyó económicamente durante años y Roth tenía siempre relaciones conflictivas con el dinero y con sus editores. Zweig era paciente, pero en ocasiones la amargura y el alcoholismo de su amigo lo desesperaban. La correspondencia entre ambos revela algunas de estas situaciones. Le escribe Zweig a Roth desde Londres, en marzo de 1936: “Querido amigo: Veo que guarda usted una inconsciente cólera contra mí porque no le doy ningún consejo razonable. […] si de verdad quiere ver claro tiene que reconocer que para usted no hay más salvación que una vida completamente retirada en algún sitio, el más barato posible. No más París, no más Foyot, nada de grandes ciudades, un enclaustramiento voluntario.[…] No olvide que vivimos en un fin del mundo y que podremos vernos contentos sólo con sobrevivir a esta época. No acuse a los editores, no culpe a sus amigos, no dé golpes en su propio pecho, y tenga por fin el valor de confesarse que, con todo lo grande que es usted como escritor, es en cuestión material un pequeño judío pobre, casi tan pobre como otros siete millones y tendrá que vivir como nueve de cada diez de los hombres de esta tierra, en estrechez y restricción exterior. Ésa sería para mí la única prueba de su prudencia, que no se defendiera usted contra eso, que no lo llamara injusto, que no hiciera comparaciones con cuánto ganan tantos escritores que tienen menos talento que usted. Ahora le toca demostrar eso que usted llama humildad. […]”.

 

Respuesta. Contesta Joseph Roth a Zweig desde Ámsterdam, en abril de 1936: “Mi querido, caro amigo: Si en su última carta no estuviera la frase de que yo le guardo una ‘inconsciente cólera’, no le hubiera contestado. ‘Inconsciente cólera’ tienen los demonios, no los hombres. Ésa es una especie de concepción religiosa. Los hombres no son nunca ‘inconscientes’ salvo en lo sexual, en lo criminal y en sueños. Y también eso es pecado, al menos sospechoso. No estoy encolerizado con usted. ¡Soy su amigo! ¿Qué es eso de la ‘cólera’? No necesita usted explicarme, precisamente a mí, que soy un pequeño judío pobre. Lo soy desde 1894 y con orgullo. Un judío oriental, creyente, de Radziwillow. ¡Deje usted eso! Pobre y pequeño fui treinta años. Soy pobre. Pero no está escrito que a un judío pobre no le sea lícito intentar ganar dinero. Y yo sólo le he pedido un consejo. Si no sabe darlo, dígalo. Yo pensaba que usted me podría facilitar algún tipo de relaciones cinematográficas, o aconsejar”. (Joseph Roth y Stefan Zweig, Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938), edición de Madeleine Rietra y Rainer Joachim Siegel, epílogo de Heinz Lunzer, traducción de J. Fontcuberta y Eduardo Gil Bera, 2014.)

 

Breve. “La certeza es una duda/ de la que sólo sabemos/ el naufragio”. Este poema del poeta argentino Ricardo Pochtar, nacido en Buenos Aires en 1942, se titula “Saber precario” y está incluido en La doble sombra. Poesía argentina contemporánea (edición de Antonio Tello y José di Marco, Vaso Roto, 2014).

 

Humillación. En Árboles de largo invierno. Un ensayo sobre la humillación, L. M. Oliveira expone: “William Ian Miller escribe en su libro Humiliation que, de acuerdo con el Oxford English Dictionary, el primer registro del uso de humillar en el sentido de mortificar o degradar la dignidad o el autorrespeto de alguien, sucedió en 1757. Hasta entonces su uso común se relacionaba con la posición física de la reverencia, con el sentido de hacerse menos, de acercarse al piso: recordemos que humillación viene de humus, que es ‘tierra’ en latín. Humiliare es hacer menos. La humildad es tener una opinión modesta de uno mismo. Hasta entrado el siglo XVIII, el uso de humillación y el de humildad no eran muy distintos. Según podemos constatar en el Diccionario de la Lengua Española, en el español actual, humillar todavía significa, al menos en un par de acepciones, inclinar la cabeza o la rodilla, en señal de sumisión o acatamiento, y también hacer actos de humildad. Es decir, hoy día humildad y humillación siguen, en algún sentido, juntas”.

 

Galápagos.No preguntarme nada. He visto que las cosas cuando buscan su curso encuentran un vacío. García Lorca. ‘Dijeron que había que reparar. Que a eso me trajeron. Pero el desierto avanza. Ya son seis las islas que visito y aún no lo diviso, pero sé que está ahí, vestido de palabras.// Dunas y donnas y señoritos varios también en el jolgorio. ¿Qué voy a reparar en esta fiesta? Las cañerías funcionan, el agua corre fresca y, a veces, hasta enciende la luz’”. (Malva Flores, “Reparaciones”, Galápagos, Ediciones Era, 2016.)

 

Nabokov. Treinta y seis años pasaron antes de que pudiéramos tener en español el Curso de literatura europea que Vladimir Nabokov impartió en la universidad estadunidense de Cornell. Las lecciones, reconstruidas por Fredson Bowers a partir de los apuntes del escritor, son análisis de las obras de Jane Austen, Charles Dickens, Gustave Flaubert, Robert Louis Stevenson, Marcel Proust, Franz Kafka y James Joyce. En el prólogo, una joya dentro de otra joya, John Updike nos cuenta: “Los años de Cornell fueron fecundos para Nabokov. […] Nabokov contaba casi cincuenta años cuando llegó a Ithaca, y tenía sobrados motivos para encontrarse artísticamente agotado. Había sido exiliado dos veces, de Rusia por los bolcheviques y de Europa por Hitler; y había escrito un brillante conjunto de obras en lo que no era ya sino una lengua moribunda, destinada a un público de emigrados que iba desapareciendo inexorablemente. […] Es grato suponer que las relecturas a que le obligó la preparación de este curso a comienzos del decenio, y las amonestaciones y entusiasmos repetidos en las explicaciones de cada clase, contribuyeron espléndidamente a redefinir la fuerza creadora de Nabokov […]. Las clases son unas ventanas asomadas a siete obras maestras, tan llamativas como ‘el diseño adoquinado de los cristales de colores’ a través de los cuales Nabokov, de niño, en la época en que le leían en el porche de su casa de verano, se asomaba al jardín familiar”. (Ediciones B, 2016.)

 

Policiaco. Edmund Wilson el gran crítico estadunidense del siglo XX, escribió en octubre de 1944 el artículo “¿Por qué la gente lee novelas policiacas?”, donde expone su desinterés por el género y anota: “Aun así, la novela policiaca ha mantenido su gancho, incluso se ha hecho durante dos décadas, entre las grandes guerras, más popular que nunca; y existe, según creo, una profunda razón para esto. El mundo durante esos años estaba regido por un sentimiento de culpa absolutamente penetrante y por un temor al desastre inminente, que parecía inútil tratar de impedir, ya que nunca parecía concluyentemente posible restringir la responsabilidad. ¿Quién había cometido el crimen original y quién iba a cometer el próximo? Ese segundo asesinato que siempre —en las novelas— ocurre en un momento inesperado, cuando la investigación va bien encaminada.[…] Nadie parece libre de culpa, nadie parece seguro y entonces, de pronto, el asesino es descubierto y —¡qué alivio!— no es, después de todo, una persona como usted o como yo. Es un villano y ha sido atrapado por un poder infalible —el arrogante y omnisciente detective— que conoce exactamente dónde centrar la culpabilidad”. (Obra selecta, edición y prólogo de Aurelio Major, Lumen, varios traductores, 2008.)

 

Tino. “Las mentiras tienen piernas cortas”: Refrán popular suizo.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.