En una escena de la película 500 Days of Summer, Tom Hansen, interpretado por Joseph Gordon-Levitt, nos advierte que: “Un chico y una chica pueden ser sólo amigos, pero en un momento u otro, van a enamorarse uno de otro… Quizás temporalmente, quizás en el momento equivocado, quizás demasiado tarde, o quizás para siempre”. Y es que, cuando de amor y romance hablamos, el problema para el género humano radica, como bien sabe Tom Hansen y la enorme mayoría de nosotros por experiencia directa, en la dificultad de que la ocurrencia del enamoramiento sea simultánea, biunívoca y sempiterna.

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Ilustración: Oldemar González

Ejemplos de amor no correspondido abundan dentro y fuera de la ficción, algunos tan hirientes y cargados de rencor, como el de Pip y Estella en las Grandes esperanzas dickensianas; algunos tan largos y frustrantes, como el imaginado por Kazuo Ishiguro entre el mayordomo Stevens y el ama de llaves Miss Kenton en Los restos del día; y otros tan mágicos, como el de Severus Snape hacia Lily Evans, que de haberse consumado nos habría privado de Harry Potter y su saga.

Si bien los escritores de ficción —y las incontables representaciones y adaptaciones de sus obras en teatro, radio, cine y televisión— se han encargado desde hace siglos de describir de manera más que minuciosa el comportamiento y los diferentes tipos de amores imposibles, rechazados, no correspondidos… en definitiva: no consumados, es —aunque parezca extraño— muy poco lo que, en comparación, la ciencia conoce sobre un fenómeno tan descorazonador como común en nuestra especie.

Adicto al amor: neurobiología del rechazo amoroso

‘Cause I can’t make you love me if you don’t
You can’t make your heart feel something it won’t
Here in the dark, in these final hours
I will lay down my heart and I’ll feel the power
But you won’t, no you won’t
‘Cause I can’t make you love me, if you don’t

“I can’t make you love me” (Bonnie Raitt, 1991)

Si bien es posible que experimentar uno o, peor aún, varios rechazos amorosos no nos sea, por desgracia, nada ajeno, tal vez sí lo sea experimentar con el amor no correspondido en el laboratorio con ayuda de herramientas tecnológicas que nos permitan ver qué es lo que pasa, no ya en nuestro corazón —un órgano que es más útil como figura literaria para escritores, poetas y divulgadores al internarse en terrenos amorosos— sino en nuestro cerebro, pues es ahí donde los científicos, al identificar cuáles son las áreas que se activan cuando pensamos en la arpía o el gañán que desdeñó el más puro de nuestros sentimientos —aunque en realidad éste, buena parte de las veces, estuviera bastante alejado del ideal platónico: la carne es débil-.

Helen Fisher, científica que durante más de tres décadas ha hecho del amor su objeto de estudio, determinó que el rechazo amoroso es “una forma específica de adicción”1: sus estudios muestran que el cerebro de un enamorado rechazado y el de un cocainómano responden de manera muy similar ante la falta de su droga correspondiente.

Antes de continuar por el sendero de los enamorados despechados, quien crea que el amor romántico es un invento cultural reciente, tiene en contra la evidencia antropológica, biológica, psicológica y fisiológica que, vía muy diversos y numerosos estudios tanto observacionales como experimentales, demuestra que, si bien el concepto de “romance” no necesariamente es universal, el amor romántico sí está presente en prácticamente todas las culturas. Por ejemplo, los resultados de una encuesta realizada por David Buss, psicólogo evolutivo  de la Universidad de Texas, y en la que participaron diez mil personas de 37 culturas de todo el mundo, mostró que tanto hombres como mujeres consideraron al amor como el criterio más importante al elegir una pareja.2

En otro estudio, William Jankowiak y Edward F. Fischer3 analizaron datos provenientes de 166 sociedades humanas (sí, también hay sociedades no humanas), 147 de las cuales comparten la idea de amor romántico y, posiblemente, lloran en escenas como la del matrimonio de ancianos de Titanic que comparten cama/tumba mientras se hunde el barco. De las 19 sociedades restantes consideradas por Fischer y Jankowiak, los resultados no fueron conclusivos debido a que estos antropólogos no pudieron advertir conductas que evidenciaran sin lugar a dudas que los miembros de estas sociedades compartían la idea de amor romántico de historias tan clásicas y famosas como las de Romeo y Julieta o, si se prefiere, de la enésima versión de Muchacha italiana viene a casarse.

En definitiva, por lo menos a través de los ojos  de la antropología, el amor romántico es un fenómeno que abarca a la humanidad entera. Falta zanjar la cuestión de si se trata de una más entre las variopintas emociones que experimentamos (¿padecemos?), o si es más bien un comportamiento que forma parte del proceso mayor de la reproducción humana y que, como parte de una estrategia que busca perpetuar nuestros genes, ha sido condicionado por la evolución. Este “darwinismo romántico” no implica —por fortuna para más de un émulo de Sheldon Cooper, el nada romántico y, hasta el episodio 11 de la novena temporada, asexual protagonista de la serie de televisión The Big Bang Theory— que sólo los más románticos sobrevivan, pero a la hora de elegir entre Don Juan Tenorio y un simple Juan Pérez, ¿quién culparía a doña Inés por preferir al primero?

De vuelta con los experimentos amorosos de Helen Fisher, ella y sus colegas analizaron imágenes de resonancia magnética funcional —una técnica que permite observar qué regiones cerebrales son activadas ante ciertos estímulos— del cerebro de diez hombres y cinco mujeres que recientemente habían sido rechazadas por sus parejas, para determinar qué sistemas mentales estaban involucrados en este estado negativo del amor romántico. El estímulo que activaba el rechazo en el cerebro de los participantes consistió en una fotografía de la persona por la que habían sentido una intensa pasión romántica, comparada con la respuesta —clasificada como neutra— obtenida al ver una fotografía de algún conocido de la misma edad y sexo que el objeto de su afecto, pero por quien en este caso no sentían enamoramiento alguno.

Mientras veían la foto del rechazante, los rechazados tenían que pensar en eventos relacionados con aquél (“lo invité a bailar… ¡y me dejó plantado!”,  “le pedí que fuera mi novia, y me dijo que siempre me había considerado como un hermano, que no podía enamorarse de un hermano, pero que podíamos ser amigos”, o cosas por el estilo. Posiblemente al lector ya se le ocurrieron algunas más).

Asociado al rechazo amoroso hay, como evidenció nuevamente el experimento de Fisher, no uno sino un coctel de sentimientos que incluyen intensa pasión romántica con ingredientes/testimonios muy parecidos a la mezcla de algunos de ellos que aquí presentamos en paréntesis, como: (“¡la amo demasiado! ¡La amo, la amo, la amo!”), obsesión (“pienso en él desde que me despierto hasta que me duermo”), protesta (¡es que no puedes terminar conmigo así como así! ¿Quién te crees que eres?”), enojo (“¿quieres terminar? ¡Atrévete a decírmelo de frente, estúpido!”), esperanza (“no me rendiré hasta que agote hasta la última posibilidad de regresar con ella”), arrepentimiento (“¿por qué lo presioné tanto? Debí haber sido más paciente”) y desesperación (“¿y ahora, qué voy a hacer sin ella?”) e, inclusive, emociones opuestas (“la odio por lo que me hizo… ¡Pero aun así la amo!”).

Más allá de las declaraciones —amorosas y no tanto— de los amantes rechazados, las imágenes de sus cerebros mostraron actividad en áreas involucradas en la motivación/recompensa de conductas, algo que se esperaba dado que otros estudios han determinado que la adversidad tiende a intensificar los sentimientos relacionados con el amor romántico: cuando nuestros esfuerzos amorosos —y de cualquier otro tipo— se demoran en ser premiados, nuestro sistema mental de recompensa prolonga su actividad.

En el caso de las víctimas del rechazo amoroso, sus sistemas de motivación/recompensa se activan para evaluar la situación y ajustar su comportamiento en consecuencia, todo esto como parte de una respuesta adaptativa en la que el premio mayor no es nada menos que, aunque no suene muy romántico, el poder reproducirse.

El cerebro de los rechazados también exhibió actividad en la corteza insular, que está asociada con el dolor físico y mental, por lo que, cuando las víctimas del rechazo amoroso aseguran estar “sufriendo en cuerpo y alma” no es que esté surgiendo su vena poética: se trata en verdad de una rigurosa descripción de lo que está pasando en su mente. Esta es también la razón de que varias de las víctimas tengan dificultades para dormir, se estremezcan y lloren de angustia mientras recuerdan sus experiencias de rechazo.
           
Menos esperado fue observar la activación de aquellas zonas del cerebro conocidas como el giro subcalloso y la corteza orbitofrontal, dado que estas áreas están asociadas a la adicción a la cocaína. En otras palabras: experimentar un rechazo amoroso es una forma específica de adicción.

Como conclusión, Fisher y su equipo consideran que la pasión del amor romántico, más que una emoción específica, es un estado de motivación orientado a un fin: ser rechazado por nuestra posible pareja activa sistemas cerebrales de motivación/premiación que son determinantes para poder reproducirnos, sistemas que son difíciles de controlar de manera racional y que, de acuerdo con Fisher y sus colegas, podrían explicar la presencia en todas las culturas de los altos índices de acoso, homicidio, suicidio y depresión clínica asociados con la experiencia de amar sin ser amado.

Después del rompimiento: duelo pos-relación

His message was brutal but the delivery was kind
Maybe if I get this down I’ll get it off my mind
It serves to condition me and smoothen mi kinks
Despite my frustration for the way that he thinks

“You sent me flying” (Amy Winehouse, 2003)

Una segunda contribución de Fisher a la ciencia de los descorazonados es la identificación de lo que ella bautizó en 2004 como duelo postrelación o DPR —en inglés, Post-Relationship Grief o PRG—. Sus estudios muestran que quienes sufren de DPR pueden tener problemas para recordar cosas, dificultad para concentrarse y un sentimiento de pérdida de propósito en sus vidas. Pero esto no es todo: el DPR viene frecuentemente de miedo, enojo, pánico, preocupación, tristeza e insensibilidad emocional, son comunes ataques de ansiedad, pérdida del apetito, debilitamiento del sistema inmune e inhabilidad para trabajar o tener un desempeño académico adecuado. Para todo efecto práctico, los aquejados con DPR se convierten en una especie de protagonistas de la película Mi novio es un zombi.

Aunque a primera vista aparenta lo contrario, el DPR puede tratarse de una respuesta a una situación en la que una pérdida personal es inevitable: si bien el objeto de nuestro afecto no está muerto, para nosotros es como si lo estuviera y, en este sentido, el uso de la palabra “duelo” no es una exageración. De acuerdo con los psicólogos evolucionistas —¿los recuerdan?— que estemos deprimidos o desmotivados nos da una ventaja selectiva porque evita que desperdiciemos recursos que es mejor conservar para cuando aparezcan nuevas oportunidades —traducción: posibles parejas— ante nosotros. Por supuesto que, según esta explicación biológica, aquellos individuos que puedan recuperarse de manera más rápida y eficaz de este DPR y estén de vuelta en el “juego del apareamiento” serán favorecidos sobre aquellos que continúen semanas, meses y hasta años anclados en un amor no correspondido.

Los antropólogos Craig Eric Morris y Chris Reiber, de la Universidad de Binghamton, Nueva York, determinaron en un estudio publicado en 2011 que la frecuencia e intensidad de DPR en hombres y mujeres es muy similar; la única diferencia notable fue entre quienes terminan con la relación, que al parecer experimentan un trauma mucho menor que quienes son rechazados.4

Sin embargo, sí hay diferencias en la forma en que se manifiesta en uno u otro género. Por ejemplo, tanto la pérdida de peso —en un rango de 4 a 20 kilogramos—, como la pérdida de autoestima, fue casi el doble de común en mujeres que en hombres, mientras que estos últimos recurrieron al alcohol y otras drogas para aliviar el DPR casi tres veces más que las mujeres: “Por mujeres como tú, hay hombres como yo… que se pueden perder en el alcohol por una decepción”, diría el experto en rupturas amorosas, charrería y canciones, Pepe Aguilar.

Fueron también los hombres quienes tardaron más en recuperarse de la ruptura: su DPR duró típicamente un año o más, lo que, según Morris y Reiber, es de esperarse a partir de lo que se conoce como teoría de estrategias sexuales; de acuerdo con ésta, como los machos deben competir entre ellos por la oportunidad de aparearse con una hembra, mientras que las hembras pueden darse el lujo de elegir entre todos los machos disponibles, para la mayoría de los machos el término de una relación es mucho más costoso en términos de recursos, pues se ven en la necesidad de competir nuevamente y emplear tiempo, dinero y esfuerzo para conquistar otra hembra.

En síntesis, un rompimiento amoroso es más traumático para la mayoría de los hombres, si bien no se descarta que haya alguno que, como Florentino Ariza —el amante imaginado por García Márquez en El amor en los tiempos del cólera— pueda esperar más de medio siglo a que su enamorada cambie de opinión.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Fisher, H.E., L.L. Brown, A. Aron, G. Strong y D. Mashek, 2010, “Reward, addiction, and emotion regulation systems associated with rejection in love”, Journal of Neurophysiology, 104, pp. 51-60.

2 Buss, D., 1989, “Sex differences in human mate preferences: Evolutionary hypotheses tested in 37 cultures”, Behavioral and Brain Sciences, 12, pp. 1-49.

3 Jackowiak, W.R. y E.F. Fischer, 1992, “A cross-cultural perspective on romantic love”, Ethnology, 31, pp. 149-155.

4 Morris, C.E. y C. Reiber, 2011, “Frequency, intensity and expression of Post-Relationship Grief”, The Journal of the Evolutionary Studies Consortium, 3(2), 1-11.

 

3 comentarios en “Amar sin ser amado

  1. Un título popular para atrapar al lector y así incitarlo a leer; interesante la manera en que va uniendo los estudios de Helen Fisher que se han realizado respecto del rechazo amoroso y la comparación con una adicción, me fue agradable leer este articulo y en automático reír de los ejemplos populares que expone en su publicación, aprender conceptos como el DPR, duelo de pos-relación que me sorprendió que existiera.

  2. una buena ración de hormonas combinado con un sintetico opiaceo sería el remedio ; pero otros prefieren el limón con tequila y algunas de jose alfredo o de pepe o alejandro , no??