Como suele ocurrir en períodos de atonía económica, la discusión sobre cómo recuperar el crecimiento tiende a centrarse históricamente, en los distintos países, en revivir a Keynes y soltar el gasto público; adoptar políticas contracíclicas; cambiar los tratados de libre comercio para reintroducir medidas proteccionistas  que a corto plazo produzcan aliento en la actividad económica, o usar el tema, como pasa ahora en las campañas en Estados Unidos, como bandera electoral.

En parte por algunas de esas razones, y en particular tras la crisis financiera internacional de 2008-2009, los esfuerzos por profundizar la liberalización comercial en distintas partes del mundo mediante nuevos esquemas como el Trans-Pacific Partnership (TPP);  el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) o la Alianza del Pacífico (AP), han sido vistos con optimismo, si se trata de sectores económicos públicos y privados, o con escepticismo si la discusión es política e  ideológica.

Por consecuencia, para los países que desde hace tiempo abrieron sus economías, como es el caso de México, la coyuntura es especialmente propicia para hacer una evaluación del impacto que han tenido los acuerdos de libre comercio suscritos desde principios de los años noventa del siglo pasado, en especial el Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (TLCAN); revisar las lecciones a lo largo de este tiempo e identificar los desafíos que deben afrontarse en el diseño, la formulación y la ejecución de las políticas públicas relevantes para impulsar tasas elevadas y sostenidas de crecimiento y productividad.

El proceso de liberalización mexicana

En esa dirección, hay tres temas de gran importancia en la perspectiva mexicana en materia de liberalización comercial y, en la práctica, de lo que podría llamarse una nueva etapa en las relaciones económicas de México con el resto del mundo. El primero de ellos consiste en analizar la experiencia adquirida tras más de dos décadas de apertura comercial en México, ejemplificadas principalmente por el TLCAN. El segundo aspecto es puntualizar lo aprendido en este periodo que sirva para entender de manera más precisa la importancia del libre comercio. Y el tercero reside en la necesidad de proponer algunas ideas sobre cómo utilizar esquemas de este tipo para incrementar la productividad, la complejidad económica y el valor agregado de lo que el país produce y cómo hacerlo más competitivo en el contexto de una economía global. Veamos.

resultados

Aunque la decisión de México de firmar un acuerdo comercial con Estados Unidos (al que poco más tarde se unió Canadá) tuvo en esencia una racionalidad económica, la singularidad histórica de ser vecinos de la principal potencia mundial hizo que fuera también un hecho político, práctico y, en cierto modo, psicológico.

Cuando la administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-94) se plantea negociar un instrumento de este tipo, México era ya, ciertamente, un país formalmente independiente y soberano. Pero a principios de los años noventa, las nociones convencionales de esos conceptos habían cambiado radicalmente, entre otras cosas porque el país empezó, con lentitud e incredulidad, a comprender que buena parte de la manera en que se mueve en el escenario internacional, específicamente en la relación con Estados Unidos, estaba determinada, y, en la práctica, condicionada a un tejido normativo, diplomático, económico, comercial, ambiental, financiero, migratorio o energético supranacional distinto y más complejo.

En ese sentido, el TLCAN supuso un viraje de proporciones históricas. Una lectura detenida de las fases por las que ha atravesado la política exterior mexicana desde su independencia como nación muestra que fue, en efecto, una política de principios –con notables éxitos diplomáticos- pero también que, de manera a veces instrumental, dicha política fue utilizada por los distintos regímenes para ensanchar primero los márgenes de negociación en la compleja, variada y difícil agenda bilateral con Estados Unidos; para cobijarse, más tarde, bajo el paraguas de  seguridad norteamericano en el hemisferio y evitar que México se viera contaminado por los brotes de insurgencia que proliferaron en América Latina en la década de los sesenta y principios de los setenta, y, finalmente, para neutralizar a la disidencia interna y a los grupos de izquierda, entonces ilegales en México, que supuestamente amenazaban la estabilidad política encarnada en el régimen de partido hegemónico. Hasta finales de los años ochenta, medida contra esos objetivos y bajo una concepción elástica del “interés nacional”, ese diseño funcionó con eficacia razonable pero no podría decirse lo mismo en cuanto a los resultados que arrojó en otras variables de importancia para el país. Algunos datos son reveladores.

Tanto la inversión extranjera directa como el comercio exterior de México, por ejemplo, siguieron siendo modestos y muy concentrados con los Estados Unidos; la llamada “relación especial” entre los dos vecinos, que tuvo algunos éxitos en los años cincuenta y sesenta como los programas de trabajadores migratorios, se deterioró como consecuencia del activismo verbal de algunos gobiernos; la deuda externa mexicana con los bancos norteamericanos, al amparo de la aparente riqueza proveniente del petróleo en los años ochenta, creció aceleradamente, y las discrepancias políticas con los vecinos, por las posiciones encontradas en los conflictos centroamericanos durante los rescoldos de la guerra fría, llevaron a complicar más aún las relaciones con Estados Unidos y a represalias directas como la Operación Intercepción, que cerró las fronteras a los productos mexicanos por varios días, o la imposición de sobretasas arancelarias a las exportaciones de nuestro país. Y todo ello, por cierto, en un contexto de vulnerabilidades estructurales y de crisis económicas recurrentes en México.

En suma, la acción exterior de esas décadas se tradujo en decisiones políticamente acertadas y de clara autonomía, pero  difícilmente podría sostenerse que contribuyeron en sentido estricto a fortalecer la soberanía nacional, a disminuir la dependencia económica externa o a otorgarle a México un papel más relevante en el escenario internacional. De hecho, ninguna de esas tres cosas ocurrió.

Las lecciones derivadas de esa historia  –más la consolidación de EEUU como la gran superpotencia económica, militar y política; la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación; la globalización económica y financiera; el desplazamiento de los flujos de inversión extranjera hacia los países de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín, y la emergencia de nuevos actores y temas en la agenda internacional–  llevaron a México a reconocer que la política exterior es una función de la política interna, a darle a la diplomacia un acento económico innovador, y a aceptar que en nuestra política exterior la relación con Estados Unidos tiene y tendrá un papel fundamental.

Este cambio conceptual fue sin duda significativo. México empezó a construir a finales de los años ochenta una manera distinta de vincularse con su vecino del norte y con el resto del mundo. Firmó el tratado comercial con EEUU y  Canadá en 1992, cuando apenas seis años antes todavía se discutía acaloradamente si entrar o no al GATT. Suscribió después una importante batería de otros acuerdos comerciales; ingresó a la Organización  Mundial del Comercio y a la OCDE; abrió nuevas embajadas y consulados en lugares inéditos como Singapur, Sudáfrica o Nueva Zelandia, y siguió teniendo algunas diferencias con EEUU pero la manera de procesarlas varió considerablemente sin costos  para el país. En otras palabras, México parecía comprender que las condiciones necesarias para que una política exterior sea funcional para el interés nacional son el pragmatismo, la eficacia y el realismo. Ese fue el contexto en el que se produjo la firma del TLCAN.

El TLCAN y sus resultados

Al firmar México el TLCAN se propuso cinco objetivos. El primero fue promover el acceso creciente y estable de las exportaciones mexicanas a los Estados Unidos. El segundo, establecer un mecanismo ordenado, racional y atractivo para la inversión extranjera y de esta forma generar más y mejores empleos. El tercero pretendía apoyar la estabilidad macroeconómica del país, ante una historia de reiteradas crisis cambiarias desde mediados de los años setenta, mediante la apertura comercial y el crecimiento del sector exportador, entre otras políticas ortodoxas. El cuarto era tratar de lograr una convergencia macroeconómica con los indicadores de los principales socios comerciales, particularmente Estados Unidos. Y el quinto, un objetivo indirecto pero dentro de este enfoque, fue estimular una amplia red de tratados de libre comercio.

Si se mide específicamente en función de estos objetivos concretos, el TLCAN fue, razonablemente, un importante éxito para México, y los datos  lo corroboran.

En primer lugar, México cuenta hoy con una red de 12 Tratados de Libre Comercio con 46 países, 32 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones y nueve acuerdos de comercio (Acuerdos de Complementación Económica y Acuerdos de Alcance Parcial) en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración, sin incluir la Alianza del Pacífico. La segunda variable a destacar es que el crecimiento del comercio exterior de México ha sido notable en estas dos décadas. El total del comercio exterior aumentó en 540% como resultado de que las exportaciones lo hicieran en 614% y las importaciones en 467%. Expresado en cifras: mientras que en 1993 las exportaciones mexicanas tenían un valor cercano a los 52 mil millones de dólares (mmdd), en 2015 fueron de 380 mmdd, y las importaciones se fueron de 65 mmdd a 395 mmdd en el mismo lapso. El tercer elemento, quizás el más significativo desde lo que Ricardo Hausmann1 llama la “complejidad productiva”, es el hecho de que la apertura comercial y la suscripción de los tratados modificaron de manera muy importante la composición de la canasta exportadora. En 1985, por ejemplo, México tenía un sector exportador muy localizado en los commodities, básicamente petróleo, hidrocarburos y minerales, que representaban el 57% de lo que México comerciaba con el exterior. Esto, en una economía cuyas finanzas públicas dependían fuertemente de los precios internacionales del petróleo, produjo entre otras cosas dos efectos: contribuyó de manera significativa a estimular los altos déficits fiscales, el endeudamiento excesivo y con ello otros problemas macroeconómicos y, en segundo lugar, desalentó la diversificación de la producción industrial y manufacturera del país y una mayor competencia en el mercado doméstico.

En este sentido, el TLCAN ayudó a invertir la composición de esa canasta. Para 2015 el 90% de las exportaciones mexicanas son manufacturas y el resto exportaciones agrícolas y productos petrolíferos y mineros.2 Es interesante observar que en la actualidad México es el primer proveedor de EEUU y Canadá de algunos productos primarios como oro, plata, fluoruros de aluminio, tomates, aguacates, mangos, pepinos o fresas, pero también de autopartes, motores de vehículos para el transporte de mercancías, tractores, refrigeradores, televisiones, lavadoras, computadoras, partes para asientos y cables eléctricos para automóviles, aparatos de ortopedia o cerveza de malta, lo que sugiere el florecimiento de una producción industrial que gradualmente incorpora ya mayor valor agregado. Como es evidente, esa transición supuso en paralelo un cambio en el aparato productivo sin el cual no se entiende el papel que hoy juega el sector manufacturero ni, desde luego, los desafíos de competitividad que México tiene por adelante.

El cuarto objetivo del TLCAN –acelerar los flujos de inversión extranjera– también se cumplió a cabalidad. Entre 1999 y 2015, México recibió alrededor de 400 mil mdd de inversión extranjera directa de los cuáles el 54% provino de sus socios en el TLCAN, y fueron principalmente hacia el sector manufacturero creando de esa manera un círculo virtuoso como se observa al revisar la variedad de las exportaciones. En este aspecto cabe recalcar dos aspectos que  la literatura académica ha mostrado con evidencia empírica. Uno es que buena parte de la inversión extranjera que llegó desde terceros países fuera de la zona TLCAN lo hizo atraída –entre otras cosas- por la necesidad de cumplir con las reglas de origen y los grados de integración nacional para poder exportar dentro del mercado regional. Éste fue por ejemplo el caso del sector automotriz: hoy México es el octavo armador de vehículos y cuarto exportador en el mundo3 y esto tuvo que ver con el proceso de relocalización de las grandes armadoras y de sus proveedores directos (el llamado tier 1) hacia México para alcanzar los grados de integración regional exigidos en el tratado. El otro es que al fortalecer las cadenas de suministro también mejora la inserción en las cadenas de valor en la región; el ejemplo de Estados Unidos es significativo: de las importaciones que hace Estados Unidos desde México y Canadá el 40% y el 25%, respectivamente, contienen insumos producidos en los propios EEUU; en cambio, ese mismo contenido es de apenas 4% y 2%, respectivamente, en el caso de las importaciones provenientes de China y Japón.4

Ahora bien, hay un dato en el que conviene detenerse. Es cierto que, dadas las peculiaridades del nacionalismo económico mexicano, es recurrente la insistencia, idealmente válida, de diversificar mucho más los destinos para la exportación, lo que explica la red de tratados comerciales existente, y decir que en ese sentido el TLCAN favoreció más bien una mayor concentración. Los datos disponibles, sin embargo, indican en realidad que desde finales del siglo XIX la vinculación económica de México con Estados Unidos ha representado más del 80 por ciento, lo que se mantuvo a lo largo de todo el siglo XX y hasta la fecha, si bien el volumen se incrementó de manera espectacular.

Ello no obstante, el dinamismo del comercio en el espacio TLCAN es abrumador. El TLCAN creo un mercado regional que es hoy de 19 mil millones de millones de dólares (19 trillones en la terminología usada en inglés) con 470 millones de consumidores. México, Estados Unidos y Canadá comercian entre sí tres mmdd al día, lo que quiere decir que las exportaciones mexicanas a esos dos socios son de unos 35 millones de dólares por hora y las importaciones son de 370 mil dólares por minuto procedentes de sus socios TLCAN.

En suma, es cierto que el libre comercio se trazó objetivos muy concretos como se mencionó previamente y medido contra esos objetivos ha sido muy exitoso, pero también generó otros efectos igualmente relevantes que probablemente no se estimaron cuando entró en vigor el TLCAN y que hoy forman parte de una nueva agenda de políticas públicas mexicanas. Destacan dos: los efectos sobre el aparato productivo y sobre el desarrollo regional.

Por un lado, el TLCAN introdujo una competencia y una presión muy positivas sobre las empresas y más específicamente sobre la cultura empresarial. Entre 1991 y 1993, mientras se llevaban a cabo las negociaciones del TLCAN, uno de los temas más discutidos y examinados en México era si las empresas nacionales podrían sobrevivir a la apertura frente a aquellas de la economía más poderosa del planeta. Los industriales mexicanos, en ramas tan disímbolas como maquinaria y equipo, textil, acero, confección y vestido o productos agroalimentarios, vieron en el TLCAN, en general, un poderoso riesgo al marco bajo el cual habían operado, con mayor o menor éxito, hasta entonces: un mercado cerrado, protegido y cautivo que no creó incentivos adecuados para irse habituando a un mundo que, tarde o temprano, se veía venir en el comercio global. Los principales argumentos que se escuchaban era que las empresas locales no estaban preparadas para competir, que serían arrasadas y que el gobierno debía de dar un tiempo prolongado para su adaptación, cosa que en realidad sí se hizo mediante los diversos períodos de desgravación arancelaria establecidos en el propio TLCAN.

La realidad es que hubo empresas que no solo sobrevivieron al TLCAN sino que lo aprovecharon con un enorme éxito y consolidaron su posición de liderazgo a nivel regional y en algunos casos global; otras, sin embargo, no pudieron operar con éxito dentro del nuevo escenario. Lo más significativo, sin embargo, fue que, tanto en un caso como en el otro, la diferencia central no la hizo el tratado mismo, cuya esencia fue abrir oportunidades inéditas, sino la eficacia con que cada empresa enfrentó la apertura. 

El otro efecto importante y no necesariamente detectado desde el inicio, fue que las asimetrías regionales previas, dada la estructura federal de México, hicieron que solo unos estados aprovecharan el impacto del TLCAN y se produjera una geografía económica e industrial muy heterogénea. Algunas entidades como el estado de México, Jalisco, Coahuila, Nuevo León, Aguascalientes o Querétaro obtuvieron mucho más ventajas del tratado, se convirtieron en economías muy vinculadas a sectores productivos de punta y al mercado norteamericano que aquellas del sur-sureste del país que observan condiciones económicas e industriales similares a las que tenían antes de la entrada en vigor del TLCAN. Nuevamente en este caso, no fue el tratado el que provocó tales asimetrías sino que éstas se vieron agudizadas por las condiciones preexistentes, entre ellas la pobreza, la escasa diversificación de sus economías o la muy baja productividad total de los factores en esos lugares.

En tercer lugar, desde el punto de vista de la creación de empleo, el tratado tuvo también un impacto favorable. Según datos de la Secretaría de Economía y del Banco Mundial, el TLCAN ha permitido crear aproximadamente más de 10 millones de empleos, de los cuales la mitad ha estado directamente relacionado con la actividad exportadora. Más aún: se observa un excedente salarial de 40% cuando la empresa está vinculada con el sector exportador, mientras que en Canadá ese excedente es de 35% y en EEUU de 18%.

Finalmente ¿qué hubiera ocurrido de no haberse suscrito el TLCAN? Un estudio del Banco Mundial5 hizo una especie de ejercicio contrafactual y la conclusión principal a que llegó es que

El tratado ha acercado a México a los niveles de desarrollo de sus socios comerciales. La investigación sugiere, por ejemplo, que las exportaciones globales de México hubiesen sido alrededor de 25% menores y la inversión extranjera directa (IED) 40% menor sin el TLCAN. Así mismo, la transferencia tecnológica desde los EE.UU. a México se aceleró a tal punto que el tiempo requerido para la adopción de nueva tecnología se redujo a la mitad del que tomaba antes del TLC. Probablemente también contribuyó a… la generación de empleos y mejora de su calidad. En conjunto… el ingreso por habitante en México hubiese sido entre 4 y 5% menor a fines del 2002 si no se hubiera implementado el acuerdo.

Las asignaturas pendientes

A pesar del gran éxito que los diversos tratados de libre comercio han supuesto en el caso mexicano, hay por lo menos cuatro indicadores que vale la pena examinar brevemente y que tienen que ver tanto con las lecciones aprendidas después de dos décadas de apertura como con el diseño, la formulación y la ejecución de una nueva agenda del crecimiento para México. 

El primero de ellos es que, no obstante la transformación productiva mexicana y el notable aumento de su coeficiente de apertura y de su comercio exterior, en la última década y media el país ha tenido un crecimiento económico muy modesto de apenas una tasa media de 2.4% anual. El segundo factor, ya comentado líneas atrás, es que el desarrollo regional resultó heterogéneo. Muchos estados, la mayor parte de los del norte del país, que son los más cercanos a la economía norteamericana, se diversificaron enormemente con resultados muy importantes. El ingreso per cápita en uno de los estados más industrializados del país, como es Nuevo León, es comparable al de Corea del Sur, pero algunos del sur del país son comparables al de algunos países de Centroamérica.  Tercero: si bien los datos muestran una composición con mayor valor agregado en algunos sectores como automotriz, autopartes, aeroespacial, electrónico o equipo de cómputo, aún son insuficientes como para competir de manera más eficaz con el resto del mundo, lo que significa que hay un área de oportunidad enorme para generar una producción de mayor valor agregado y mayor innovación, con más investigación y desarrollo tecnológico y mejor calidad educativa para afrontar los desafíos del Siglo XXI.

Algunos de los críticos del TLCAN6 aún sostienen que ésta arrojo saldos mixtos o bien, de plano, que no produjo ni elevados crecimientos, ni el número de empleos suficientes para atender la demanda laboral, ni mejoró radicalmente el ingreso per cápita en términos reales. La conclusión académica y técnica más aceptada es que los resultados en esas tres variables, efectivamente insuficientes, no fueron por el proceso de liberalización sino por los problemas de productividad y de inversión a lo largo de todo ese período, muchos de los cuáles son crónicos, y esto es parte de las lecciones aprendidas y por supuesto del diseño de la agenda de reformas estructurales que promovió el actual gobierno mexicano.

Es decir, para diversos efectos analíticos, pareciera que en materia económica e industrial existen en realidad muchos Méxicos7 y la idea es exacta. Hay estados, sectores y empresas que aisladamente calificarían muy bien en casi todos los indicadores globales de competitividad. Pero hay otros cuya situación es claramente la opuesta. En el promedio nacional, lógicamente, la suma de ambos arroja una situación crítica como es el renglón específico de la productividad. Por ejemplo, entre 1981 y 2011 el crecimiento anual de la productividad en Chile, Irlanda y Corea fue de 1.1, 1.9 y 2.4%, respectivamente; y sus tasas de crecimiento real en el mismo período fueron en promedio de 4.9 para Chile, 4.2 para Irlanda y 6.2 para Corea del Sur. En cambio, en igual lapso, la evolución de la productividad en México fue negativa: 0.7%, y su tasa media de crecimiento fue de 2.4% ¿Por qué?

La evidencia ofrece básicamente dos razones. La economía mexicana creció a tasas muy por abajo de otras naciones latinoamericanas por una muy débil formación bruta de capital fijo en comparación con varios países y porque la inversión ha sido improductiva. Por ejemplo, un grupo de economistas mexicanos8 encontró que en las últimas décadas el coeficiente de inversión ha permanecido relativamente constante pero su contribución al crecimiento ha disminuido notablemente. Entre 1960 y 1979 la inversión fue cercana al 20% del PIB y el crecimiento promedio fue del 6.5%. Entre 1980 y 2002 la inversión se mantuvo en niveles semejantes pero el crecimiento promedio fue menor al 3%. De 2003 a 2007 el porcentaje de inversión era casi 22% del PIB y el crecimiento estuvo ligeramente por arriba del 2% anual. 

Aunque las causas pueden ser variadas -ineficiencia del sistema de intermediación financiera, escaso aprovechamiento de la apertura comercial, debilidad del mercado interno, mala calidad educativa o insuficiente innovación tecnológica- ese conjunto de economistas concluyó, con razón, que buena parte de esa inversión fue a parar a proyectos ineficientes y, por tanto, “para aumentar la tasa de crecimiento no se puede contemplar únicamente un incremento en la inversión como instrumento, sino su contribución a la productividad factorial global en México”.

La experiencia mexicana permite extraer algunas lecciones que podrían ser útiles no solo para aprovechar a plenitud el libre comercio sino también para fortalecer nuevas iniciativas de integración. La primera de ellas es que el esfuerzo de integración y de apertura comercial mexicana arrojó un buen resultado en términos de crecimiento de las exportaciones, de atracción de inversión extranjera, de estímulo a la complejidad productiva y de impulso al ecosistema de emprendimiento en el país; modificó también la geografía económica, industrial, urbana y regional, e introdujo o incentivó mejores prácticas en materia ambiental, empresarial, laboral y social. Pero todo ello no equivale automáticamente a lograr una sofisticación productiva de tal alcance que permita competir a nivel global vis à vis otras regiones cuya economía produce bienes y servicios de alta tecnología, de mayor valor agregado o de más elevada innovación. La segunda es que el libre comercio no es un fin en sí mismo, no sustituye ni reemplaza lo que cada país tenga que hacer en materia de políticas públicas más efectivas en los aspectos institucionales, regulatorios, de infraestructura,  educativos y de desarrollo tecnológico e  investigación científica, que son los que normalmente explican el crecimiento de la productividad. La mayoría de los expertos coinciden en que este objetivo involucra al menos cuatro elementos: una reforma educativa centrada en la calidad; el diseño de un sistema universal de protección social; un mayor esfuerzo redistributivo por la vía fiscal, y un aumento de la competencia en los mercados económicos.

Es decir, se trata de entender cómo funcionan los nuevos mercados del trabajo en el mundo del siglo XXI y de alinear las políticas públicas relevantes hacia la innovación, la transición económica y el desarrollo de talento. ¿Por qué? Porque los relativos crecimientos económicos y del ingreso per cápita, y el aumento de las clases medias, esto último algo que ha sucedido en México, pueden prolongar los incentivos al estancamiento en eso que los economistas llaman “la trampa del ingreso medio”,9 es decir, cuando se observan crecimientos económicos y salariales rápidos basados en determinados insumos y materias primas o en el desarrollo de una tecnología muy específica pero luego se vuelven muy lineales o muy lentos, principalmente porque la productividad no se incrementa a la misma o mayor velocidad ni, por ende, promueve una economía más sofisticada y diversificada.

Y la tercera lección es que una economía abierta y un grupo de empresas y sectores exitosos en determinados mercados internacionales no es lo mismo que construir una cultura empresarial globalmente innovadora y competitiva. Un reporte reciente del Banco Mundial10 señala que si bien la actividad exportadora ha sido impresionante en América Latina gracias a “las ventajas comparativas, los acuerdos comerciales recientes y las políticas bien focalizadas de promoción de las exportaciones… y al surgimiento de empresas multinacionales —las multilatinas—, cuya influencia más allá de las fronteras de sus países es cada vez mayor, especialmente en los países vecinos”, hay todavía una

debilidad flagrante… la escasez de innovación. Existe una brecha sustancial y crónica en términos de innovación entre LAC y los países y regiones comparables. Esta brecha existe no solo en el ámbito de la I+D y las patentes, sino también en el contexto de la innovación de productos y procesos; además, la sufren las empresas grandes y pequeñas por igual.

Todas estas lecciones ofrecen una pauta muy sugerente para abordar y enfocar la discusión sobre el TLCAN y otros mecanismos de liberalización e integración en el contexto de las reformas emprendidas por la administración Peña Nieto.

A pesar de que la coyuntura política y la bajísima calidad analítica han producido una atmósfera enrarecida que impide ver las cosas con una mayor sofisticación y claridad, lo cierto es que la agenda de reformas estructurales internas ha ofrecido un marco propicio para que, con el tiempo adecuado y la persistencia en su ejecución, México mejore sus  niveles de crecimiento, productividad y competitividad. En ese contexto,  relanzar el TLCAN no quiere decir revertirlo sino, más bien,  profundizar la complementariedad de la economía mexicana con la de sus socios en ese tratado mediante un mayor desarrollo, por ejemplo, del modelo de production sharing, que hasta ahora ha sido notable, una mayor integración energética, mejores prácticas comunes en la actividad agrícola que explote las ventajas comparativas de cada país, la solución de problemas prácticos como la ineficiencia en las aduanas o las dificultades para el transporte mexicano y, finalmente, encontrar una fórmula para aprovechar óptimamente la movilidad laboral, entre otras cosas. Lo que no puede pasar, como ha dicho recientemente Jaime Serra, secretario de Comercio en la administración Salinas y arquitecto del TLCAN, es volver a un proteccionismo que genere obstáculos al interior de América del Norte y reste competitividad frente al mundo: “es el equivalente a que los tres países nos demos un balazo en el pie”.<

Dicho de otra forma: el objetivo central ahora tiene que ver con formularse una pregunta en apariencia simple: si México quiere participar de manera más potente y competitiva dentro del mecanismo del TLCAN y otros tratados o, de hecho, en la economía global ¿puede hacerlo con su actual estructura productiva o bien con otra más sofisticada donde genere bienes y servicios de mucho mayor valor agregado, mayor desarrollo tecnológico y científico y mayor capacidad de innovación basada en el conocimiento, de manera tal que logre insertarse eficientemente en las cadenas globales de valor? Ese es el desafío crucial.

Por lo tanto, la gran oportunidad consiste justamente en organizar, de manera integrada y coherente, un círculo virtuoso mediante la instrumentación más eficiente de las políticas públicas clave –fortalecimiento institucional, infraestructura competitiva, educación de gran calidad, generación de talento especializado, innovación basada en el conocimiento y desarrollo científico y tecnológico, entre otras- que le permitan a México no solo alcanzar altas tasas de crecimiento sostenido sino, sobre todo, que éstas se funden en una estructura económica e industrial más compleja y sofisticada que produzca y exporte bienes y servicios de clase mundial.

Para facilitar que suceda, hay que profundizar en las reformas y trazarse un mapa de navegación de mediano y largo plazo que establezca sus prioridades económicas estratégicas,  defina cuáles son los sectores productivos donde México quiere ser altamente competitivo en el mundo, articule sus políticas en materia de educación superior, ciencia y tecnología, emprendimiento e investigación de suerte que todo ello permita  formular una agenda dirigida a transformar positivamente su economía y, de esa forma, asegurar un crecimiento realmente innovador y productivo y una posición más potente en el cambiante mundo del siglo XXI.

 

Otto Granados
Actualmente Subsecretario de Planeación, Evaluación y Coordinación de la SEP. En los años noventa participó en el equipo del gobierno federal que promovió la estrategia de comunicación social del TLCAN.


1 Ver Ricardo Hausmann, César A. Hidalgo et al. The Atlas of economic complexity. Mapping paths to prosperity, Center for International Development at Harvard University, 2011. Ver En línea: http://bit.ly/2auHFrT

2 Todas las cifras de intercambio comercial e inversión extranjera directa para México provienen de la Secretaría de Economía y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

3 Cifras de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz, El Economista(México), enero 9, 2014.

4 Carla A. Hills, “NAFTA´s economic upsides. The view from the Unites States”, Foreign Affairs, January 2014, p. 122-127. Ver también “NAFTA at 20. Deeper, better, NAFTA”, The Economist, January 4th 2014

5 D. Lederman, W. Maloney y L. Servén, Lessons from NAFTA for Latin America and the Caribbean, The World Bank, 2005.

6 Véase, por ejemplo, Jorge G. Castañeda, “NAFTA’s Mixed Record. The View From Mexico”, Foreign Affairs, January 2014, pp. 134-141.

7 Véase una discusión de esta idea en Abraham F. Lowenthal et al., Mexico Transforming,  Pacific Council on International Policy, 2000

8 Consenso de Huatusco, ¿Por que no crecemos? Hacia un consenso por el crecimiento de México. Reflexiones de 54 economistas, México, 2004.

9 Véase una discusión interesante acerca de este concepto para el caso de México en Claudio Loser y Harinder Kohli (Coords.), Futuro para todos. Acciones inmediatas para México, México, The Centennial Group Latin America, 2012, así como en Alejandro Foxley, La Trampa del Ingreso Medio. El desafío de esta década para América Latina, Santiago, CIEPLAN, 2012

10 Daniel Lederman, Julián Messina, Samuel Pienknagura, y Jamele Rigolini,  El emprendimiento en América Latina. Muchas empresas y poca innovación, Banco Mundial, 2014.