Mi familia llegó a Berkeley cuando yo tenía siete años. El año era 1964. De niño vi de reojo el Free Speech Movement, y luego ya de media cara el florecimiento del jipismo. La llegada de Bob Dylan y del rock. La edad de oro de la avenida Telegraph, con su pulular de bellas drop-outs en faldas largas, mezclillas acampanadas y melenas al aire. La luz negra sobre pósters fosforescentes anunciando conciertos de Jimmy Hendrix en el Filmore. La llegada de los hare krishna y del incienso. La disquería Leopold’s, y Cody’s Books. Amé siempre a Berkeley.

En diciembre de 1964, mientras mis hermanos y yo descubríamos la televisión a colores —inexistente en Chile en ese entonces— en un bellísimo televisor de marca Sylvania, Mario Savio dio su famoso discurso contra la mecanización y serialización de la universidad: “There’s a time when the operation of the machine becomes so odious, makes you so sick at heart, that you can’t take part!”. Fue el comienzo del quiebre generacional, y de la lucha contra aquello que se conoció como “el establishment”.

Mis padres compraron una vieja casona en los cerros de Kensington (calle Cambridge número 250, teléfono 524 6447) donde jugamos interminablemente, pero pasé también bastante tiempo en el campus de la universidad, porque luego íbamos a recoger a mi padre a su oficina, y sobre todo porque mi mamá, que había comenzado a estudiar, nos llevaba a veces a los jardines para que jugáramos mientras leía. Hace dos años di una conferencia en Berkeley y reconocí los jardines en que jugábamos: el riachuelo con su puente volado, el roble enano con un tronco hueco, la sombra de los redwoods gigantes…

Fueron años para mí de muchísimos descubrimientos… Mis hermanos y yo estudiábamos en el Kensington Hilltop School. Por lo empinado del cerro, caminábamos la bici buena parte de la subida al colegio, y flotábamos ya libres de regreso a casa, oliendo la hiedra mojada y las coníferas de los jardines. En casa mis padres veían los noticieros de Walter Kronkite que mostraban la guerra en Vietnam en vivo, y por ahí de 1968 mi hermano Jorge, que tendría 14 años, comenzó a dejarse el pelo largo y trajo a casa el primer disco de Jefferson Airplane, Surrealistic Pillow.

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Ilustración: Patricio Betteo

Mi padre trabajaba en el Departamento de Geofísica, que compartía edificio con Paleontología. Tenía a la entrada fósiles de megafauna del mesosoico, y me parece que también algo de pedacería de dinosaurios. Aquello me fascinaba. Desde chico mi hermano Jorge me había introducido a la indagación obsesiva: una pasión por los insectos, por ejemplo; la fascinación por el fuego, la pólvora y los cohetes; modelos de plástico para armar de aviones, coches y buques de guerra, y la pasión por los héroes de la Ilíada, por el regreso de Odiseo, por Tintín, Babar y los Hardy Boys. Construimos una plataforma arriba del pino de atrás de la casa, y Jorge diseñó un sistema de cuerdas y poleas para transmitir recaditos con una cuerda que, como tantos de nuestros inventos, sirvió para bastante poco —pero ahí estaba, por si acaso.  Armamos colección de estampillas… Todo eso.

Un día mi padre le pidió a un colega que le recomendara un buen sitio para buscar fósiles. Sugirió un lugar no demasiado cercano —más allá de Walnut Creek— donde había un tajo en el cerro para una vía de tren. Era un sitio perfecto para buscar fósiles porque podías caminar a lo largo de la vía inspeccionando la pared cruda del cerro y luego ponerte a rascar donde quisieras. Mi padre escogió una estrecha cueva que encontramos y comenzamos a rascar. Hubiéramos estado felices de haber hallado ahí el fósil de alguna almeja, pero dimos sorpresivamente con un hallazgo mayor: los restos de un caballo prehistórico. Un mesohippus. Tardamos horas en rescatar su cráneo, lleno de muelas, del cerro. Rescatamos también algunas vértebras, y volvimos a casa ya tarde, con nuestro tesoro metido en bolsas de plástico. Lo estuvimos limpiando y quitándole tierra con cepillos de dientes durante meses. Gracias a Cinna, el afán paleontológico que latía en nuestros corazones infantiles dio en un verdadero descubrimiento que nos remitió a la evolución del caballo.

Mi generoso padre murió este pasado julio. Mi educación científica estuvo mayormente a cargo de Jorge, que fue también el que metió el rock y la contracultura a casa. Pero el mundo encantado en que crecimos tuvo a mi padre como condición y referencia. Hoy pienso que su actitud poco intervencionista hacia nuestras desordenadas indagaciones tuvo influencia del espíritu libertario de los Mario Savios de Berkeley, y quizá también de una inolvidable oración de Dylan, que es como si fuera una bendición de mi padre:

May God bless and keep you always
May your wishes all come true
May you always do for others
And let others do for you
May you build a ladder to the stars
And climb on every run
May you stay forever young…

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es El regreso del camarada Ricardo Flores Magón.