El 2 de septiembre de 1792 París amaneció con la noticia de que los prusianos habían tomado Verdún. Ese día, era un domingo, Danton pronunció en la Asamblea uno de sus discursos más famosos: “hace falta audacia, siempre audacia, más audacia ¡y Francia se habrá salvado!”. El pánico se extendió por la ciudad conforme se alistaban los voluntarios para ir al frente, porque en la retaguardia quedaban miles de presos, que desbordaban las cárceles de la capital, y que no habían dejado de conspirar con los enemigos de Francia. En una noche, movido por la ira, la angustia, el miedo, el pueblo en masa se reunió frente a las cárceles para exigir que se castigara a los traidores —y en medio de la agitación, decidió ejecutarlos. Así lo explicó la Comuna de París: “una parte de los conspiradores feroces detenidos en las prisiones ha sido muerta por el pueblo”, que marchaba a la guerra, y no quería dejar a sus familias expuestas a ser masacradas. Violentamente, cruelmente, se hizo justicia. O no.

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Ilustración: Estelí Meza

La verdad es que París estaba tranquilo ese día. Verdún no había caído. El complot de las prisiones era un fantasma impreciso, que agitaba de vez en cuando la prensa patriota. No había alarma. Y no había esos 10 mil presos. Al mediodía alguien ordenó el traslado de 24 detenidos, la mayoría religiosos refractarios, a la cárcel de la Abadía, en el centro de París. Una aglomeración detuvo el convoy en la calle Buci. La escolta, de voluntarios marselleses, irrumpió en el comité de sección reclamando que se juzgase de inmediato a los “fanáticos”. Los prisioneros fueron interrogados sumariamente, y entregados a la multitud. En media hora había 19 cadáveres. A las cuatro de la tarde otro grupo invadió la cárcel del convento del Carmen, y comenzó a masacrar a los prisioneros; el comisario de la sección de Luxemburgo, improvisado como juez, comenzó a interrogar a los detenidos de dos en dos: en unas horas había ordenado la muerte de 115 de ellos.

Esa tarde hubo motines similares en las prisiones de Conciergerie y Châtelet. Al día siguiente, en las de Grande Force, Saint-Firmin, Bernardinos y Bicêtre, y el 4 de septiembre en la de Salpêtriere. En Grande Force las masacres continuaron tres días más. En promedio los juicios duraban entre 10 y 15 minutos en la Abadía y Force, tres o cuatro en Bernardinos, minuto y medio en Bicêtre, Conciergerie y Saint-Firmin, no más de un minuto en Châtelet y Salpêtriere, 45 segundos en el convento del Carmen.

El Consejo de la Comuna de París envía una comisión para informarse. La Asamblea Nacional manda a unos cuantos diputados, sin una misión concreta. Nadie se aventura a nada más. La prensa del 4 de septiembre vuelve a hablar del complot de las prisiones, y aprueba de manera más o menos entusiasta las masacres: el pueblo ha hecho justicia, “una justicia terrible pero necesaria”. Nadie se atreve a oponerse. Danton, Roland, Pétion, Robespierre, están en otra cosa. Las masacres son sólo un recurso más en el conflicto que enfrenta a la Asamblea y la Comuna, nadie puede perder cara ni arriesgarse a que se le asocie con los traidores. El virtuoso Billaud-Varenne se presenta en la Abadía: “Respetables ciudadanos, habéis degollado a los fanáticos, habéis salvado a la patria…”. Desde el día 3 se discute en la Comuna la petición de pagar un salario a quienes han participado en las ejecuciones populares. No es el pueblo, sino unos cuantos cientos de individuos —pero eso lo saben todos. Y todos coinciden en que conviene correr un piadoso velo sobre todo el episodio. El miedo queda.

Es imposible saber en qué medida fue algo orquestado, en qué medida un arrebato. Tampoco hay una cifra exacta de víctimas. Según lo más probable, alrededor de mil 300 muertos, más de la mitad de la población de las cárceles, la inmensa mayoría presos comunes (ladrones, falsificadores de moneda, “hambreadores”).

Me vienen a la memoria las masacres de la Revolución Cultural china. La mayoría de las víctimas eran campesinos, familias enteras, asesinadas por sus vecinos: igualmente pobres, hambrientos, asustados, sin que nadie lo hubiera ordenado. Eran los enemigos de clase: hijos, a veces nietos de campesinos ricos o funcionarios del antiguo régimen. En 1966, los más pobres, marginados, indefensos, castigados una y otra vez. 239 muertos en Daxin, 630 en Tiandeng, 580 en Mianyang, mil 991 en Guangxi, y así. Yang Su (Collective Killings in Rural China Turing the Cultural Revolution) dice que coincidieron la deshumanización de los enemigos, una retórica beligerante, violenta, el imperio del miedo, y la expectativa de la impunidad. Eso y que encabezar la lucha contra los traidores era el único modo de sobrevivir en el partido.

Y me vienen a la memoria los disparates de Goya.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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