Es sin duda una ironía que en el verano de 2016 la mitad de los estados de la Unión Americana hayan legalizado el uso medicinal de la marihuana. No le habría sorprendido, sin embargo, a un veterano proponente del uso de sustancias psicotrópicas, Timothy Leary (1920-1996), profesor de Harvard, pionero de la experimentación con el LSD, promotor de la psicodelia en los sesenta, contrincante de Ronald Reagan a la gubernatura de California, inspirador de una canción de John Lennon (“Come Together”) y, last but not least, padrino de Wynona Ryder. En los setenta Leary fue declarado el “hombre más peligroso” de Estados Unidos por el presidente Richard Nixon al comienzo de la nefasta guerra contra las drogas.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

Una de las primeras justificaciones para el uso de drogas que alteraban la conciencia fue precisamente terapéutica. Leary sostuvo que el LSD (ácido lisérgico) podía disminuir conductas antisociales. Así, llevó a cabo un experimento en prisiones para demostrar que el ácido podía contribuir a que los convictos no reincidieran una vez liberados. Pero su utilidad iba mucho más allá de la terapéutica y el tratamiento psicológico: tenía una dimensión espiritual. Leary se veía a sí mismo como miembro de una antigua cofradía de maestros espirituales, cuyas enseñanzas se impartían fuera de las aulas. Creía que en el futuro sería recordado como un benefactor de la humanidad, como un Sócrates psicodélico. Leary estaba embarcado en la misión de liberar a los jóvenes de las ataduras de las costumbres y las convenciones sociales. Buscaba emancipar su potencial de autoconocimiento; quería, literalmente, que los muchachos “se prendieran”, que exploraran las diferentes dimensiones de la conciencia. En una grabación realizada en 1966, “Turn on, Tune in, Drop Out”, Leary se dirigió a un público ideal, menor de 25 años.1

Leary se veía a sí mismo como un peregrino moderno, un descendiente espiritual de los cuáqueros y otros disidentes que abandonaron Inglaterra en el siglo XVII debido a la intolerancia y la ortodoxia. Los argonautas del LSD eran perseguidos religiosos. El problema era que, a diferencia de los peregrinos del Mayflower, los modernos pilgrims que buscaban experimentar pacíficamente con drogas, no tenían ningún santuario a dónde ir, no había ninguna tierra prometida donde pudieran establecerse para poder viajar en santa paz. Eso, reflexionaba Leary, no tenía precedentes en la historia. Sin embargo, había percibido un atisbo de lo que podría ser la nueva Jerusalén de la psicodelia y la libertad. En 1962 fundó en Boston una organización, la Federación Internacional para la Libertad Interior (IFIF), que lanzó el Proyecto Zihuatanejo. Ese año Leary rentó los rústicos bungalows del Hotel Catalina en ese pueblo mexicano de pescadores. Ésa sería su ciudad en la colina. Más de cinco mil personas solicitaron un lugar en el programa de verano que Leary condujo y que incluía, además de hospedaje y alimentos frescos de la aldea, sesiones diarias con LSD. Las sesiones nocturnas, recuerda, usualmente terminaban con los participantes en el agua al amanecer. No era barato: los 35 asistentes pagaron 200 dólares de entonces por un verano iniciático. El experimento se financiaba solo. En 1996 Leary recordaba con nostalgia esos días de calor veraniego, en los cuales la brisa marina llevaba el aroma de las flores. No había relojes y sólo el romper de las olas marcaba el paso del tiempo inmemorial. Una empinada y sinuosa escalera conducía a la playa de La Ropa (la escalera se preserva). En las noches las tormentas eléctricas iluminaban la bahía y los acantilados. Tan bien le fue a Leary que la aventura se repitió el verano siguiente. Sin embargo, rumores de que un grupo de gringos marihuanos hacían cosas indebidas en el Hotel Catalina llegaron a oídos de las autoridades en la Ciudad de México. Y la fiesta se acabó, pues la Secretaría de Gobernación clausuró el Proyecto Zihuatanejo y deportó a los gringos. Leary, con todo, no recuerda el episodio con destemplanza. Un día, recuerda, llegaron tres policías “del servicio secreto” a clausurar ese centro de “amabilidad y armonía”. Eran hombres de más de 40 años, menos uno, que tendría menos de 30 y que mostró una inusual curiosidad en lo que hacían esos peculiares turistas. “Tenía”, dice Leary, “una novia cubana y solía fumar marihuana con ella”. El agente resultó ser hermano del gobernador de otro estado mexicano. Después de revisar sus registros y entrevistar a los participantes, el policía llevó a Leary aparte y le dijo: “señor Leary, tiene usted aquí la mayor mina de oro que el negocio turístico haya visto. Todos sus huéspedes creen que les cobra muy poco y ninguno quiere irse de su hotel”. Y acto seguido le propuso: “véngase al estado de mi hermano, déjeme ser su socio y hallaremos un hotel apropiado”. Así terminó el verano de la peregrinación del LSD en México.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 https://www.youtube.com/watch?v=78WvMFKc4hM