El Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México inauguró este verano, en el contexto del año dual México-Alemania, una exposición sobre un escritor alemán y mexicano a la vez, uno de los más enigmáticos de todos los tiempos, a partir del material disponible en el B. Traven Estate. Hay cartas, manuscritos, fotos, máquinas de escribir: los objetos que lo rodearon en su vida, heredados a su muerte por su esposa, Rosa Elena Luján. En todos ellos está Traven. ¿Quién era? ¿Es posible saberlo al fin? La exposición ofrece pistas, pero no responde a la pregunta, que sigue todavía sin tener una respuesta clara, a no ser la de Paul Theroux: “El más grande misterio literario de este siglo”.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Existen al menos veintiséis biografías que tratan de resolver ese misterio, todas en vano. Nadie sabe con certeza dónde nació ni cuándo nació ni quiénes fueron sus padres: él mismo probablemente no lo supo nunca. Nadie sabe tampoco, con seguridad, en qué lugar pasó su niñez, qué cosas le sucedieron durante su juventud, cuál era su nombre de verdad, quiénes fueron sus amigos durante todos esos años. En su biografía no hay tíos ni primos ni abuelos ni hermanos. No hay nada.

Hace algunos años tuve el gusto y el honor de conocer, gracias a una de sus hijas, a la viuda de Traven: Rosa Elena Luján. Estaba ya grande, aunque conservaba todavía el aura de la belleza que la había hecho célebre en la década de los cuarenta. Platicamos en la sala de su casa sobre su marido. “Casi nunca le hacía preguntas”, me dijo, “porque sabía que a él no le gustaban”. Las preguntas eran además inútiles. “No creo que haya podido decir la verdad incluso si lo quería”, había dicho ella misma en otra entrevista, reproducida por Karl Guthke, el biógrafo de Traven. “Estaba todo tan hecho bolas en su cabeza que él mismo ya no sabía la verdad”. Un mes después de la muerte de su marido, sin embargo, ella confirmó, de acuerdo con su voluntad, lo que ya muchos sospechaban: que Traven era de verdad Ret Marut. No sabemos con certeza quién era Marut, pero sabemos que Traven era Marut.

 

La vida de Traven está documentada, por vez primera, en septiembre de 1907, bajo el nombre de Ret Marut, un actor que trabajaba en el teatro municipal de Essen, en Alemania. Marut reaparece después en Berlín, en 1910, como miembro del grupo de teatro Neue Bühne y, más tarde, en 1912, como tesorero del sindicato de actores de Danzig. La guerra de 1914 lo sorprende junto con sus compañeros en Dusseldorf, que deja meses después para llegar a Munich, la capital de Baviera. Ahí tiene que llenar, por orden de las autoridades, un cuestionario con datos sobre su biografía.

Según el cuestionario de la policía, Ret Marut nació el 25 de febrero de 1882 en la ciudad de San Francisco, hijo de William Marut y Helene Ottarrent. El padre desapareció muy pronto de su vida y la madre, que era actriz y cantante, zarpó con él hacia Europa, con el propósito de residir en Alemania. Marut tuvo ahí una niñez muy bohemia —caótica, en verdad— aunque no totalmente descuidada, pues aprendió a tocar el piano y el violín. A los diez años hizo algo que marcó su vida para siempre: abandonó su casa para nunca más ver a su madre, a quien detestaba. Es difícil imaginarlo en ese momento de su vida: solo, frágil, vagando sin rumbo por Europa. ¿Qué comía? ¿Qué ropa vestía? ¿Cómo viajaba de un lugar a otro? ¿Dónde dormía cuando llegaba la noche? En 1892 encontró trabajo como mozo de cocina en un barco que zarpó, ese verano, al fin del mundo: Oceanía. Llegó a Sydney, al este de Australia, y luego de cinco semanas procedió a Singapur y a la India, al parecer a Madras, para regresar luego de tres años de viajes al puerto de Rotterdam. Entre 1895 y 1897 volvió a la India. Más tarde, en 1899, cruzó el Atlántico para conocer América. Zarpó de Hamburgo a Río de Janeiro, bajó por el Cabo de Hornos, subió hasta San Francisco, regresó después por el Atlántico para recalar en Nueva York. En 1900 tornó a Rotterdam y más tarde, en 1902, llegó por tren a Viena, donde estudió literatura para ser actor de teatro en Alemania.

Nadie sabe si son ciertos todos estos datos, que sobreviven aún en el cuestionario de la policía de Munich. El apellido Marut, por ejemplo, que es polaco, no aparece en los registros de San Francisco. Traven, por lo demás, fantaseaba con facilidad y con frecuencia. Afirmó ser americano, noruego, croata, sueco, lituano, inglés y nicaragüense, y fomentó la idea de que era el heredero del empresario Emil Rathenau (fue dicho también que era el hijo no legítimo del kaiser Wilhelm II).

Su carrera en el teatro terminó en 1915, en Dusseldorf, donde conoció a la actriz Irene Mermet, con quien editó después la revista que publicaban los anarquistas de Baviera, idealista, incendiaria, que tenía el color y la forma de un ladrillo: Der Ziegelbrenner. Es el final de su vida como actor y el comienzo de su vida como revolucionario.

Marut vivió con intensidad los sucesos que desencadenó la derrota de su país en la Primera Guerra. En noviembre de 1918 fue proclamada en Munich, donde residía, la República de los Consejos. Ese mes los Wittelsbach, soberanos de Baviera, salieron exiliados de su reino, y el escritor Kurt Eisner, líder de los socialdemócratas, asumió por consenso la jefatura del gobierno de la República. Sobrevino después el desconcierto. En febrero Eisner cayó asesinado frente al Parlamento; en abril los comunistas tomaron el poder en Munich; en mayo la revolución de Baviera terminó aplastada por las tropas de Berlín. Sus líderes fueron entonces perseguidos sin tregua, entre ellos Marut, acusado de trabajar en el Comité de Propaganda de la República de los Consejos. Fue apresado, interrogado y condenado a muerte, pero logró escapar de la prisión con ayuda de sus guardias. Entre 1919 y 1923 vivió en la clandestinidad, al parecer en Viena, Berlín y Colonia. Viajaba muchas veces a pie, de ciudad en ciudad, durmiendo en el campo bajo las estrellas. Con ayuda de su compañera, Irene Mermet, hacía muñecas de juguete con retazos de tela para vender en los mercados de Alemania. En el verano de 1923 consiguió por fin escapar a Canadá, donde las autoridades lo deportaron a Londres, ciudad en la que fue arrestado el 30 de noviembre por violar la ley de migración del Reino Unido. Permaneció casi tres meses en la prisión de Brixton, aunque no la pasó tan mal, pues sus custodios le dieron, además de techo y comida, la tranquilidad necesaria para escribir en inglés el borrador de El barco de los muertos. El libro, publicado después en alemán, sería con los años un best-seller en todos los idiomas. Narraba con lujo de detalle las aventuras que el autor vivió de joven —sin papeles, al garete— en los buques que surcaban las aguas del Atlántico.

A principios del verano de 1924, Ret Marut desembarcó en el puerto de Tampico, al noreste de México. Son desconocidas las razones que lo llevaron a vivir ahí. Tal vez trataba de llegar a Estados Unidos con Irene Mermet, que lo dejó poco después para cumplir su deseo de residir en Nueva York; tal vez soñaba con aquel país desde sus noches en Londres, cuando leía sobre la Revolución en las páginas de Freedom, la revista que publicaban sus camaradas del East End; tal vez recordaba lo que le decían, cegados por el optimismo, los sindicalistas que frecuentaba en la clandestinidad de Berlín, uno de los cuales era representante de la Confederación General de Trabajadores de México. Eso no lo puede saber nadie con certeza. Al llegar al país, como quiera, Ret Marut desapareció para dar lugar a Traven, el pseudónimo del autor más enigmático del siglo XX. Así tuvo lugar la parte final de su metamorfosis.

 

La gente de Tampico lo conocía con el nombre de Traven Torsvan. Era un tipo solitario, no muy diferente al resto de los americanos que trabajaban en el negocio del petróleo: rubio, quemado por el sol, con los ojos azules y claros deslumbrados por la luz del trópico. Todos lo reconocían por su nariz, que era descomunal. Había nacido —según reveló más tarde, en su testamento— el 3 de mayo de 1890, en Chicago, hijo de Burton Torsvan y Dorothy Croves. Sus padres eran norteamericanos, aunque descendían de familias originarias de Noruega. Los años de su niñez, que fue solitaria, transcurrieron en el norte de Estados Unidos. Nunca asistió a la escuela, pues desde pequeño tuvo que trabajar en oficios muy diversos, entre ellos boleador de zapatos, panadero, voceador de diarios y ayudante del repartidor de leche. En 1900, a los diez años, llegó de casualidad a los muelles de Nueva Orleáns, donde fue reclutado como grumete por un barco de carga que tocaba los puertos del Golfo de México. Con el paso de los años tuvo la oportunidad de conocer el resto del mundo, sobre todo los países del oriente de Asia. En 1911 puso fin a su vida de marino, disgustado con el trato que le daban —así señalaría después, en una carta— los oficiales de un buque que navegaba con la bandera de Holanda. Vivió por unos años en el puerto de Mazatlán, al oeste de México. Más tarde residió también, por momentos, en los estados del sur de la Unión Americana. En 1914 cruzó de nuevo la frontera, esta vez por Ciudad Juárez. Desde entonces vivía en México, donde trabajaba en la pizca de algodón en Tamaulipas.

Nadie tenía motivos para poner en duda la palabra del señor Traven Torsvan. Era una persona que parecía seria. En el curso de 1925, mientras escribía sin parar en su casa de Tampico, agachado sobre las teclas de su Smith Premier, exploraba también los pozos de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila. El contacto con los petroleros le deparó la sorpresa de conocer a quien sería después el general Augusto César Sandino, que por esas fechas trabajaba como mecánico para la Huasteca Petroleum Company. Su relación con él fue muy estrecha, al grado de que, pasados los años, organizó varias colectas para mandar a sus tropas, hasta las montañas de Nicaragua, los fondos recaudados en la ciudad de México. Traven estuvo también vinculado con otros personajes de la izquierda, como el pintor Diego Rivera, que por esas fechas terminaba los murales de la Secretaría de Educación. Los frecuentaba en la capital, donde radicaba desde principios de 1926 en un cuarto del Hotel Pánuco, en la calle de Ayuntamiento. El éxito de sus libros, que firmaba ya con el nombre de B. Traven, le permitía vivir, finalmente, sin problemas de dinero. Acababa de terminar una novela que, transcrita después al inglés, John Huston habría de llevar a Hollywood con un nombre de leyenda: El tesoro de la Sierra Madre.

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En el verano de 1926 Traven participó en una expedición a Chiapas organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. En la lista de los participantes, todos mexicanos, aparecía con el título de “fotógrafo noruego”. No mentía, al menos no por completo: entre sus maestros en el arte de la fotografía —que conocía: hay fotos suyas en la exposición del Museo de Arte Moderno— estaban sus amigos Edward Weston y Tina Modotti. La expedición a Chiapas tenía la pretensión de recorrer todo el estado, pero llegó nada más hasta San Cristóbal, donde Traven la dejó para tomar imágenes de las comunidades de los Altos. Ahí fue donde escuchó hablar por vez primera de la selva.

Traven volvió a Chiapas a principios de 1928. En Ocosingo conoció a Enrique Bulnes, quien lo invitó a pasar un tiempo en la finca de su familia, El Real, situada en los linderos de la Selva Lacandona. Bulnes era todavía por esas fechas, a pesar de vivir con modestia, un hombre bastante rico, gracias a la explotación de la caoba que abundaba en la cuenca del Jataté. Era también un hombre culto, que hablaba bien el inglés, pues había vivido de joven en Estados Unidos. Llegó a ser muy amigo de Traven, a quien le escribía durante sus viajes a la capital (“muy señor mío y amigo”) para decirle que no tuviera cuidado, que sus caballos estaban bien atendidos en El Real. “Bulnes pertenecía a la vieja escuela”, escribió un explorador que lo conoció por esos años, “todavía bien conservado, a pesar de los vuelcos de fortuna que siguieron a la caída del general Díaz. Era rubio, de nariz aguileña, con un pequeño bigote dorado tocado de gris”. No fue nunca un ejemplo de benevolencia con sus trabajadores. A pesar de sus modales, amables y refinados, tenía la costumbre de castigar con azotes a sus peones, hombres o mujeres, al igual que la mayoría de los finqueros de Chiapas. “Don Enrique decía que era absolutamente la única manera de mantener en orden a la gente”, explicó en una carta a su familia el arqueólogo Alfred Tozzer, uno de sus huéspedes en El Real.

La finca estaba consagrada a la producción de café, que cortaban los peones que trabajaban en sus tierras, por lo general indígenas oriundos de los Altos. Sus corredores, divididos por columnas, donde colgaban las hamacas, estaban llenos de macetas con rosas. Eran uno de sus lujos. Había otros. La casa tenía, por ejemplo, una máquina para hacer hielos, donde don Enrique guardaba los vinos de La Rioja que mandaba traer de España por barco, para después hacer llegar a lomo de mula desde Veracruz. En aquella finca Traven intimó con un mestizo que había trabajado de joven en las monterías de la selva, un hombre llamado Amador Paniagua que estaba destinado a ser el principal informante de las novelas que formaron el llamado Ciclo de la Caoba, entre las que destaca La rebelión de los colgados.

Traven visitó por vez primera las monterías que todavía quedaban en la selva de Chiapas durante la primavera de 1930. Acababa de conocer en San Cristóbal al contador de la Casa Romano, un tal Yarela, quien le proporcionó una carta de introducción para Sergio Mijares. Traven estaba interesado en platicar con él sobre su tío, ya fallecido, un hombre siniestro, Fernando Mijares, así como también en visitar los restos de la central que dirigiera a sangre y fuego, San Román, en el corazón de Tzendales. Al llegar a El Real, sin embargo, cambió de planes: optó por explorar con apoyo de unos guías la región del Usumacinta. En enero pasó con ellos, en mula, por un caribal de lacandones, cerca de Nahá. Luego recorrió la laguna de Santa Clara, el cañón de Anaité, las ruinas de Yaxchilán, en el lodo, bajo los árboles, hasta llegar al cabo de varias semanas a la central de Nueva Filadelfia. Ahí permaneció unos días. Llevaba con él una cámara de bolsillo marca Leica, con la que tomó fotos de las trozas de caoba que esperaban en el tumbadero del Usumacinta. La central pertenecía desde hacía diez años a la Agua Azul Mahogany Company, una empresa basada en Canadá, cuyas instalaciones eran las más lujosas de la Selva Lacandona. La casa del administrador, por ejemplo, estaba hecha de madera, con techo de lámina para resistir las lluvias. Su baño tenía ducha y excusado y su recámara, cosa increíble, estaba todas las noches iluminada con bombillas de luz. Los trabajadores, de hecho, usaban tractores en vez de bueyes, a pesar de la dificultad que significaba llevar la gasolina tan lejos de la civilización.

Un año después de su viaje por la selva, Traven empezó a publicar en Alemania las novelas del Ciclo de la Caoba. En 1936 apareció la más brutal de todas, la quinta, con un título enigmático: Die Rebellion der Gehenkten. Fue traducida al español (a partir de su versión en inglés) por la hermana de quien sería el presidente más popular de México, la señora Esperanza López Mateos, entonces secretaria, delegada y confidente del autor que firmaba con el nombre de B. Traven. Por razones poco claras, Esperanza se quitó la vida en 1951, meses después de publicar La rebelión de los colgados. Al conocer la noticia, un periódico del gobierno reportó: “Murió B. Traven”.

La rebelión de los colgados contaba la tragedia de los peones que trabajaban en una montería de la Selva Lacandona llamada La Armonía. Estaba claramente basada en la historia: La Armonía es una copia de la central de San Román y su dueño, Don Acacio, es un retrato de Fernando Mijares, célebre por su crueldad, muerto a mediados de los veinte en una cárcel de San Juan Bautista de Tabasco. Así también, la insurrección que describe hacia el final está inspirada en un conato de rebelión que en 1908, parece ser, estalló entre los trabajadores de Tzendales, la zona de la central de San Román. La realidad fue pues la fuente de la ficción, aunque con el paso de los años los papeles acabaron invertidos: el impacto del libro resultó tan profundo, en efecto, que la historia terminó por imitar a la novela. Es imposible no ver hoy la vida de las monterías a través de Traven. La novela resultó un éxito de público sin precedentes, que muy pronto, como reguero de pólvora, propagó la historia de la crueldad de los madereros hasta los confines de Chiapas. Los Bulnes no sabían aún —nadie lo sabía— que el autor del libro era su amigo, el señor Torsvan. Cuando lo descubrieron, años más tarde, quedaron sorprendidos de que les pagara con esa moneda las amabilidades que con él tuvieron en El Real. La rebelión de los colgados tenía una fuerza narrativa considerable, desarrollaba una trama que era fácil de comprender. Pero desde el punto de vista de la historia era criticable por generalizar a partir de la experiencia de un caso que había sido excepcional, el de Fernando Mijares en la central de San Román. Para quienes conocían el tema, además, tenía detalles que le restaban credibilidad, como situar a los tzotziles de los Altos —protagonistas de la rebelión— en las explotaciones de caoba de la Selva Lacandona. Los monteros tenían en realidad un origen distinto. Eran por lo general mestizos, hacheros de Bachajón y vaqueros de Ocosingo, así como también hombres de río de Cabecera, Balancán y Comalcalco.

Traven habría de volver a Chiapas una vez más, años después, en abril de 1954, para filmar La rebelión de los colgados. La película fue rodada en un paraje de la Selva Lacandona, con fotografía de su amigo Gabriel Figueroa. Traven asistió a la filmación sin dar a conocer su identidad, escondido tras el nombre de Hal Croves. Así lo llamaban todos. Era de hecho el autor del guión de la película. Unos años antes, en su rancho de Acapulco, donde vivía muy tranquilo, el periodista Luis Spota lo había sorprendido con la noticia de que él, Traven Torsvan, era en realidad B. Traven. Por aquellos años, para colmo, sus editores comenzaban a rumorar que su nombre de verdad era Ret Marut, el anarquista de Baviera. ¿Qué secreto guardaba su pasado? ¿Algo vergonzoso? ¿Por qué no quería que la gente supiera quién era? Quizá por haber sufrido la persecución del Estado durante sus años rebeldes y anarquistas en Europa. Las fotos lo muestran a menudo con la mirada nerviosa, como de perseguido, en las raras ocasiones en que mira de frente a la cámara. Por lo general la veía de lado. “Siempre se volteaba un poquito cuando le tomaban fotos”, recuerda una de sus hijastras, que lo conoció por esas fechas, “o se ponía un cigarro en la boca para esconderse la cara, a pesar de que no fumaba, porque odiaba el cigarro”. A veces recurría a tácticas más sofisticadas: “Se ponía zapatos especiales, con tacón, para verse más alto en la calle”.

Traven Torsvan vivió sin mayores sobresaltos el ocaso de su vida, acompañado por su esposa Rosa Elena Luján. Antes de morir, en el seno del hogar, dispuso que sus cenizas fueran regadas en el río Jataté, cerca de la finca El Real. El 19 de abril de 1969 una avioneta Cessna de una hélice salió de Ocosingo para esparcir las cenizas de Traven en la Selva Lacandona.

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Su más reciente libro es Porfirio Díaz, su vida y su tiempo.

 

15 comentarios en “Un misterio llamado B. Traven

  1. Excelente ! una de los mitos de la B. es que era como el lado B de su vida, como el lado ve de un disco de acetato…otro es que era por qué se llamaba Bruno.

  2. Excelente!!! Un hombre rodeo de tantos misterios como la selva. Su ultimo libro y sin traducción se llama “la tierra de la eterna primavera” libro que se encuentra en Na Bolom, casa del arqueólogo Frans Blom, con quien en algún momento de sus vidas se reunieron para charlas sus experiencias bajos la chimeneas de la vieja San Cristóbal de Las Casas.

  3. Los críticos de Traven decían que era incapaz de escribir una novela de amor, quedaron sorprendidos con la aparición de La Carreta, ya que trata el tema amoroso

  4. Se puede ligar en el tiempo “Juan Pérez Jolote” de Ricardo Pozas, con La Rebelión de los colgados” y la rebelión Zapatista del 94, y la volencia y discriminación a los pueblos nativos no ha terminado.

  5. MIs respetos senor Carlos Tello Diaz, una investigacion completa, llena de datos importantes y desde luego desconocidos para la plebe -de la que formo parte- que solamente nos concretamos a leer y disfrutar sus escritos y desde luego, los firmados por B. Traven. A mi edad, 73, pocas cosas me sorprenden o me entusiasman, usted es la excepcion, reciba un abrazo lleno de admiracion.
    Dr. P. Perezgrovas Garza
    Cuernavaca, Mor. MX

    • ¿Porquë menciona usted a la “plebe”, contemporáneo amigo? ¿Lo salpicó el honorable Sr. Tello, de ilustrísima estirpe presidencial?

  6. Interesante artículo; cierto que a B. Traven le rodea el misterio; me ha perecido muy interesante releer “La rebelión de los colgados”; por los años 60s escuché su lectura cada día a la hora de comer; ahora la podré comprender mejor. Vale la pena ver, en parte, la realidad que miró e interpretó B. Traven, del México que le tocó vivir en ese lugar tan especial que es Chiapas.

  7. Que artículo tan fascinante, este personaje desde pequeña fue un misterio para mi, algo me platicó mi papá, del personaje misterioso, no me dejaron ir a ver La Rebelión de los Colgados, así que a
    }escondidas leí el libro, luego supe que la traductora de su obra era hermana del Lic López Mateos y algín rumor sobre B. Traven que ni era Bruno ni era Traven,, luego vi El Tesoro de la Sierra
    Madre, terrible película , sobre personas terribles….
    Mil gracias por este maravilloso artículo y develar uno de los personajes misteriosos que desde niña
    me intrigaron.
    Mil gracias por este