Alejandro García Abreu: En Zurbarán. El pintor del misticismo recuerda que el artista español leyó a san Juan de la Cruz y a Teresa de Ávila. ¿Cómo relaciona su propia espiritualidad con la obra de Francisco de Zurbarán y la de los otros dos místicos?

Cees Nooteboom: En la novela Rituales planteo que el misticismo es posible también sin fe. Se puede decir que algunos compositores también son místicos. Hubo compositores religiosos como Bach quien, para mí, fue un místico. Pero también es posible la trascendencia sin un credo definitivo. Mi educación fue con monjes. Zurbarán es trascendente, al igual que Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Vermeer también es un místico, tiene otro tipo de trascendencia.

AGA: Evoca los interiores de Johannes Vermeer en El enigma de la luz. Un viaje en el arte.

CN: Es verdad. El de Vermeer es un mundo diferente, es difícil describirlo. He descubierto algo similar en la obra de Edward Hopper. Los dos tienen temas novelísticos, imaginan a personas en una habitación. La del joven que está tocando música con un señor es una escena de una intimidad increíble. Lo mismo pasa con Hopper: una mujer en su habitación tomando el sol en su cama es una escena sobre la soledad.

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Ilustración: Sergio Bordón

AGA: En “Confusión antigua”, discurso pronunciado en el Auditorium Maximum de la Universidad de Munich en 1991 incluido en Cómo ser europeos, afirma que “la historia es una sustancia que se autosegrega, una concatenación que se dispara a sí misma de causas y efectos, de azares y fatalidades”. ¿De qué manera percibe los años que median entre el discurso dictado en Alemania y la actual realidad europea, en función del devenir histórico?

CN: Se puede contestar de diversas maneras. Lo que he dicho sobre la máquina de la historia es variable. Soy un ciudadano decepcionado. Hemos sido engañados porque los políticos piensan que con lo económico —lo monetario, lo bancario— se puede hacer una unión. Hay personas que ven que de esa manera no es posible. No es una cuestión de filosofía. El mecanismo de control desde Bruselas habría sido más grande. No todos lo quieren porque muchos hablan de su soberanía. La soberanía es un bien pero los países soberanos no quieren que las reglas valgan para ellos, no se puede competir con la Latinoamérica emergente ni con Asia, que no tienen los problemas éticos que poseen los europeos. No soy un experto en finanzas, por eso digo “engañado”. He estado en Japón y en China. Percibo lo que sucede allí. También he viajado por Latinoamérica. Tienen terribles problemas políticos. En los viajes he leído los periódicos. He estado en Chile, Argentina, Uruguay, Colombia y México, entre otros países. Veo cómo los países reaccionan ante los asuntos poco democráticos. Leí El Tiempo, La Nación, El Mercurio, y en todos había algo positivo, pero también mencionaban los problemas relacionados con la democracia. Lo que ocurre en Europa es una decepción. Se afirma que no queremos aceptar la dictadura de Bruselas, pero si vas a Estados Unidos en todas partes la gente dice: “Washington esto, Washington aquello”. Pero tienen las reglas establecidas, aunque haya problemas. En Europa tenemos problemas sin tener las reglas establecidas. La gente política siempre habla del espíritu europeo, como menciono en Cómo ser europeos. Me invitan a coloquios porque vengo de un país no tan grande que no es peligroso, y también porque hablo los idiomas de los otros países. Por eso los franceses y los alemanes me invitan. Después de unos años dije basta. Los libros de Voltaire impresos en Ámsterdam llegaron en su mayoría a París. La Europa espiritual siempre estuvo allí, era un valor común. Así que la gente política no lo inventó. Es un espectáculo patético.

AGA: El apartado “Primeros viajes” de Lluvia roja contiene fragmentos de su diario de 1952, escritos cuando tenía 19 años. ¿Cómo ha sido el desarrollo de su dietario?

CN: Existen dos tipos de diarios. Michel Leiris, el escritor francés, tenía un diario con sus notas filosóficas y otro sobre su vida privada. Yo no tengo ninguno de los dos tipos de diarios. Doy noticias. De cuando en cuando no puedo evitar pensar algo y plasmarlo. Pero no escribo en el diario todos los días. Si viajo —visité recientemente el desierto de Atacama— es posible que escriba un artículo sobre la travesía, pero si pongo todo en mi diario ya no voy a escribir un texto sobre el viaje. A veces hay un pensamiento que plasmo en el dietario; algunos años le dedico más tiempo que otros, escribo sobre la gente que he conocido. Me gusta la idea de conservar secretos y no quisiera publicar mi vida privada en un libro. Cuando releí esas páginas del diario no vi rastros de talento. Pienso en Rimbaud, quien a esa edad ya había escrito poesía increíble, y también en Mozart. El talento llega después a algunas personas.

AGA: En el primer intermezzo de Lluvia roja escribió: “El lector lee, el lector escoge. En la librería, en la biblioteca, el lector escoge un libro y no otro. El lector es libre”. ¿De qué manera contrasta la libertad del lector con la del escritor?

CN: Soy libre como escritor. Un par de veces acepté el encargo de escribir libros, pero siempre dispuse de mi libertad. La historia siguiente fue una comisión. Pero escribí el libro tal y como quise desarrollarlo. Tal vez no lo hubiera escrito si alguien no me lo hubiera pedido. Lo mismo pasó con ¡Mokusei! Un amigo pintor estaba enamorado de una mujer japonesa y quería regresar a Japón. Me dijo que podía hacerlo si yo le pedía a la revista en la que trabajaba ir a ese país y llevarlo como ilustrador. Tenía que convencer al editor y él se negó. Me dio pena porque sabía que iba a decepcionar a mi amigo, quien realmente quería ver a esa mujer. Y luego, cuando salía de la oficina, el editor se volteó y me dijo: “ni siquiera mencionaste qué querías hacer en Japón”. Yo no sabía qué decir. Le dije que iba a dar un paseo por un bosque en el otoño y me dijo que estaba bien y que podía decirle a mi amigo que me acompañara para hacer las ilustraciones. Llegué a casa media hora más tarde y el editor me llamó y me dijo que tenía que ser una pieza de ficción. Acepté. Lo que realmente conté fue la historia del pintor, porque se había enamorado de la mujer y fue patético, estaba emocionado más de la cuenta. Y le dije que si estaba tan emocionado nunca lograría nada con ella. Eso ocurrió y convertí al pintor en un fotógrafo.

AGA: Recuerdo al personaje: Arnold Pessers, un fotógrafo holandés.

CN: Es correcto. Fui libre a pesar de que era una comisión. Nadie me dijo que debía ser una historia en la que eso tenía que suceder. En ambos casos acepté el encargo y fui libre. ¿Qué tan libre es el escritor? Depende del sistema en el que vives. Hoy en día es muy precario. ¿Deseas escribir el libro que anhelas o quieres ganar dinero y hacer feliz a tu editor? Se trataba de dos tipos de dictaduras, por así decirlo: estaba el comunismo soviético, en el que tenías que escribir una clase especial de novela realista social, y el mundo capitalista, en el que tenías que escribir un libro que vendiera, de lo contrario el editor te dejaba. Nunca he estado en una u otra situación.

AGA: Su obra es traducida profusamente. ¿De qué manera ve los lazos entre las lenguas y los mercados?

CN: Actualmente la comercialización en Estados Unidos es increíble. El país traduce sólo 2.3% de lo que se ha escrito en todo el mundo. De la literatura japonesa, india, latinoamericana, europea y africana sólo se traduce ese porcentaje en el mercado estadunidense de libros. En esencia nunca sabrán lo que somos. Sabemos mucho acerca de su mundo ya que todos los traducimos. Por ejemplo, siempre encontramos libros de Philip Roth y John Updike. Los traducimos amable y obedientemente y nos traducen poco. Hay muchos textos escritos en España y en Francia que no se traducen, sólo los grandes nombres. Mi libro El día de todas las almas fue un éxito en Alemania y está traducido al español. Me encontré con gente que habló del libro. Pero en Estados Unidos no tuvo éxito porque no están acostumbrados a esa forma de pensar. Dijeron que el libro era “demasiado europeo”. Ellos no nos necesitan, ese es el punto. Los chinos también me traducen, ahora tengo cinco libros en esa lengua. No sé cómo funcionan, ya que no obtengo reacciones, pero algunos de ellos se reimprimen. Pregunté si habían sido reseñados y me dijeron que sí. Luego me enviaron un texto en chino, que no entiendo, pero es interesante que suceda. Se imprimieron cinco mil ejemplares de uno de mis libros en China, lo cual se asemeja a una gota de agua en un océano, pero sigue ahí.

AGA: ¿Qué lo condujo a intercalar sucesos históricos con las 23 misivas destinadas al dios del mar en Cartas a Poseidón? En el libro contrasta la noción del dios del mar con la idea del cosmos, expresada en los apartados “Lunas de sangre”, “Verde”, “Orión” y “Challenger”.

CN: Estas cartas eran personales. Tratan de las cosas que me importan y quería contar a Poseidón lo que me interesaba. Puedes cuestionar la idea porque no está respondiendo, tal vez ni siquiera las lee. Por ejemplo, cuando escribo sobre Orión —hijo de Poseidón—, pienso en la figura mítica; la historia es bien conocida. En cierto modo no soy religioso, pero cuando veo su imagen en el cielo es la más reconocible. Diviso la estrella llamada Betelgeuse. En el transcurso del tiempo, en cientos de millones de años, las estrellas se apartarán unas de otras, dejarán de ser una imagen. Tiene que ver con la mortalidad en cierto sentido.

AGA: ¿Cómo recuerda sus primeras lecturas de Roberto Juarroz y de Jorge Luis Borges, escritores a los que les dedicó poemas incluidos en Así pudo ser?

CN: Juarroz me dejó una impresión cuando lo leí. Borges es otra cosa, es un cosmos. He sido feliz al exprimir mis pensamientos sobre estos poetas. Sobre todo los relativos a Wallace Stevens, quien para mí es el más importante. Juarroz era un hombre interesante. Borges es una influencia mayor.

AGA: Rituales implica la idea de que el tiempo es “el padre de todas las cosas”.

CN: El tiempo es antes de nosotros y después de nosotros.

AGA: En un fragmento de “El tiempo detenido” incluido en Tenía mil vidas y elegí una sola —libro editado por Rüdiger Safranski— plantea que las fotografías son “instantes de alquimia, el tiempo y el destino se han deslizado entre nosotros”. ¿Cómo percibe el trabajo de su pareja, la fotógrafa Simone Sassen?

CN: Hablar es mucho más difícil que escribir, porque lo escrito es la esencia de algo que se produce después de mucho pensar. Vivo con una fotógrafa y he viajado mucho con Eddy Postuma de Boer, un amigo fotógrafo. Yo no tomo fotos, yo debo escribir. Los fotógrafos capturan un segundo, un momento, una parte del tiempo, y a veces esto hace que todo sea claro. Roland Barthes tenía una palabra para eso: punctum. Se cuestionó si una fotografía tenía punctum. Dijo que ese punctum tiene que ver de alguna manera con la alquimia: con la traducción se pueden hacer las mismas cosas que con la alquimia. Si la traducción es buena se trata de la alquimia por la cual el oro de un idioma se convierte en el oro de otro, y lo mismo ocurre con algunas fotos, que capturan todo y puedes asirte a ellas si así lo deseas.

AGA: Previamente mencionó a Rimbaud. Recuerdo un pasaje de “Delirios II. Alquimia del verbo” perteneciente a Una temporada en el infierno del poeta de Charleville: “Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos”.

CN: Me gusta que cites a Rimbaud. Pienso en la imagen y en la palabra. Tengo un ojo fotográfico. Pero los fotógrafos conocen las posibilidades alquímicas de la imagen. Saben lo que hacen.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción del inglés de Álvaro García.