“Antes de que los líderes de las masas se hagan del poder para
hacer encajar la realidad en sus mentiras,
su propaganda se halla caracterizada por su extremo
desprecio por los hechos como tal”,

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

 

Policía. Policía por todos lados. Al menos 10 en cada esquina. Algunos con camuflaje. Otros a caballo. Algunos californianos, otros texanos, la mayoría locales. Helicópteros dando vuelta las 24 horas; su señal no aparece en ningún radar por cuestión de seguridad. Un perímetro que abarca gran parte de la ciudad, marcado con vallas metálicas y protegido por la élite de seguridad federal. Las rejas dividen las zonas restringidas de las free-speech zones, “áreas de libertad de expresión”. No es el futuro, no es una novela, no es distopía. Es julio de 2016. La ciudad es Cleveland, el evento la convención republicana. Al final de estos cuatro días sucederá lo que hace un año era impensable: Donald Trump será candidato a la presidencia de Estados Unidos.

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Ilustración de DonkeyHotey, bajo licencia de Creative Commons

Los elefantes y la carpa

La gente de la ciudad de Cleveland, cuya población es cercana a los 400,000,1 se esfuerza al máximo por ser amable. En el aeropuerto hay grupos de voluntarios que ofrecen agua gratis a quien llega, que señalan la dirección al transporte más cercano y en el más simple de los casos dan una palabra amable de bienvenida a quien claramente viene a la convención republicana. Para ellos es una oportunidad de aparecer en el mapa nacional e internacional. Les urge aliviar su imagen, el sobrenombre no oficial de la ciudad es The Mistake on the Lake, “El error en el lago”, por  sus malos resultados económicos, sus peores equipos deportivos   –hasta el campeonato de los Cavs en 2016, los tres equipos locales, Cavs, Browns e Indians sumaban 166 años sin triunfos– y su pésima reputación después de que sucedió hasta lo increíble: el río Cuyahoga, que atraviesa la ciudad, se incendió a finales de la década de los 70.

Los letreros y placas que informan de hechos relevantes muestran lo poco histórico de la ciudad misma. El más grande informa que en la avenida Euclid, una de las principales arterias, se instaló el primer sistema de semáforos eléctricos en el mundo. Para contrarrestar la poca oferta, Cleveland es sede del salón de la fama de Rock and Roll, y Canton, una ciudad cercana, del salón de la fama de futbol americano. Si la historia no sucede en tu ciudad, te aseguras de que venga a la fuerza.2

Cleveland está desierta. Es verano, las escuelas están de vacaciones. Los organizadores esperan un flujo de decenas de miles de personas, de las cuales al menos 10,000 son periodistas nacionales e internacionales. Por ello los locales se alejan durante la semana. El radio y la policía advierten: habrá bloqueos en las grandes avenidas, las rutas principales serán desviadas y el acceso a la ciudad entera será limitado. A varias zonas sólo se podrá ingresar con un gafete aprobado por el servicio secreto.

Los hoteles, los cafés, los restaurantes que permanecen abiertos –menos de la mitad– están abarrotados de personas que con toda claridad vienen de otro lado. La mayoría de la población de la ciudad, 53% para ser exactos, es afroamericana. Pero uno los puede contar con los dedos en estos momentos. Cleveland está ocupado por hombres y mujeres blancos, de pelo rubio, la mayoría con blazers azules de botones dorados y pines en forma de elefante: por cuatro días los republicanos son la raza dominante de Cleveland.

Otro contingente principal: los periodistas. Tripiés en cada calle, cámaras colgadas del hombro. Los propios republicanos se esconden. Saben que si se separan de la manada, serán acorralados por la prensa hasta que declaren algo que se pueda controvertir. Más porque sus gafetes dicen con toda claridad de qué estado vienen. Ya adentro del Quicken Loans Arena –el estadio de basquetbol donde se celebra la convención, también conocido como The Q–, la dinámica de poder cambia: los republicanos están en su terruño y ellos deciden con quién y cuándo hablan.

El tercer y último contingente no es un contingente como tal: son los que vinieron a Cleveland a protestar y a ser vistos. La protesta en Cleveland es una especie de ready-made performance; un espectáculo para las cámaras y el entretenimiento más que para la política. El mensaje es lo de menos, la forma de presentarlo lo importante, lo importante es la forma de presentarlo, diría  McLuhan. Por eso aparecen los fundamentalistas religiosos –que predican la versión cristiana de la sharia– con sus letreros gigantes de GAY (abreviatura para Got Aids Yet? “¿Ya te dio sida?”) o la camioneta que gira alrededor de Public Square, la plaza central de la ciudad, y que trae fotos, en ampliación al grado de distorsionarse, de fetos muertos.

También circula otra camioneta, ésta con altavoces: el mensaje que repite –y que será central adentro de la convención– son tres palabras, Lock her up! A Hillary Clinton hay que encerrarla, porque a juicio de los republicanos, su manejo de correos electrónicos cuando fue secretaria de Estado, es una ofensa criminal.3 Quienes protestan afuera lo repiten como mantra. Sean republicanos que vienen a difundir su extremismo religioso, sean republicanos que vienen a difundir el derecho a portar todo tipo de arma en todo tipo de lugar, sean neo-nazis que acusan a Barack Obama de ser un keniano comunista, el factor que los une no es Donald Trump. Es su odio hacia Hillary Clinton.

Trump les da permiso de expresar lo que tienen guardado, lo que siempre han querido esconder, su racismo. Hay que dejar de lado lo “políticamente correcto”, que domina la discusión pública en Estados Unidos. Está bien ser racista, está bien odiar al otro. Es el otro el que está mal, y por venir a Estados Unidos tiene que subyugarse a la estructura dominante, que no lo quiere como igual.

Los manifestantes desfilan. Algunos con cuernos de chivo y escopetas automáticas, otros con navajas y machetes enfundados. Están para difundir su mensaje pero también para posar frente a las cámaras. Para salir en las noticias y para tapar el mensaje contrario, cuyo objetivo es el mismo. Por eso vemos mujeres vestidas de rosa como princesas de Disney, en apoyo al derecho a decidir. O a los queer parados frente a los cristianos, intentando bloquear el paso de las cámaras. Para los medios es, como dicen allá, similar a dispararle a peces en un barril. Con alzar una grabadora llega alguien a decir algo polémico. La free-speech zone de Public Square y sus alrededores, es una de las pocas zonas designadas como tal, son un lugar donde cualquiera puede opinar lo que quiera, y, salvo que haya violencia, nadie los detendrá. Pero hay otros lugares que no son tal. El país que se precia de ser el faro de la libertad la limita a su conveniencia.

Los reporteros estadunidenses con veteranía en las protestas llevan police scanners, o radios que utilizan la frecuencia policiaca. Saben el código y no saltan por cualquier cosa. Pero cuando escuchan los números mágicos, 10-15, que en lenguaje policiaco significa “disturbio civil”, corren a la dirección que se oye en el radio. Con sólo seguir al enjambre uno está al tanto de lo que sucede afuera de la convención.

Algunos reporteros, ante falta de notas o contenido que enviar, azuzan a los antagonistas. Si, como sucedió el segundo y tercer día, los anarquistas y los comunistas se acercaron lo más posible a la reja para intentar prenderle fuego a una bandera de stars and stripes, los reporteros se encargan de pasar el mensaje para que los bikers o los fundamentalistas se abran paso y los confronten. Nada de esto sucede. La policía, montada a caballo o en bicicleta, hace una barrera humana entre los oponentes. La tensión se vuelve palpable: el departamento de Policía de Cleveland es uno de los peor calificados a nivel nacional. Fue aquí donde, en 2014, dos policías blancos le dispararon a quemarropa a un niño negro, de 12 años, Tamir Rice.4 Pero, al final, nada sucede. Es adentro de la convención donde, curiosamente, se deja el performance. Ahí se asoman la realidad y el miedo verdadero. No en los rifles ni en los neo-fascistas. El peligro más grave está adentro.

El show está por comenzar

Las convenciones partidistas comenzaron a mediados del siglo XIX, pero no fue sino hasta 1932 que el postulado –Franklin D. Roosevelt, único candidato en ganar cuatro elecciones presidenciales consecutivas– asistió para aceptar la nominación. Según Jill Lepore, en una extensa e interesante historia de las convenciones publicada en The New Yorkerhace unas semanas, cuando el presidente Grover Cleveland fue nominado por los demócratas por segunda vez, se sorprendió al recibir el telegrama: “Cielos, lo había olvidado por completo”, dijo.

Desde la época de Roosevelt y más en las últimas décadas del siglo pasado, las convenciones fueron volviéndose espectáculos más que debates; de discutir en serio los ideales y las plataformas partidistas pasaron a ser un despliegue de unidad frente al oponente. Con el advenimiento de la televisión, las reuniones de ambos partidos tomaron un nuevo tono: los discursos eran más cortos y solían ser aprobados por los líderes; a cambio de un mensaje pro-partido y pro-candidato, los oradores se garantizaban un lugar en la transmisión en horario prime-time, con el cual asegurarían cobertura y reconocimiento nacional. Es en ese horario que Barack Obama, en campaña para ser senador por Illinois en 2004, saltó a la fama política. Cuatro años después regresaría, pero para aceptar la nominación presidencial.

Al “desinfectar” las convenciones para convertirlas en productos de consumo masivo televisivo, la gente dejó de verlas. En los últimos años los ratings bajaron tanto que en 2012 varias de las cadenas nacionales optaron por no dar cobertura a los primeros días de ambos eventos. A la gente le importaba tan poco la plataforma política –a pesar de que el país tenía al primer presidente afroamericano– que a los anunciantes y a las cadenas les dejó de importar también. La democracia ya no era un espectáculo. Era tan cotidiana como aburrida.

En cambio, dice Lepore –el texto fue publicado antes de las convenciones de este año–, lo preocupante sería que las convenciones se volvieran entretenidas otra vez. En un mundo en el que el principal entretenimiento televisivo son los reality shows, un candidato como Donald Trump –cuyo programa The Apprentice es eso, un reality que consiste en despedir personas– atrae a todo aquel que quiere volver la democracia un concurso en el que los que pierden son los ciudadanos.5

Y ya hay visos de lo que viene. Las vallas de metros de altura, y negras, son una advertencia. Hay un estado de excepción cuando Trump pisa tu ciudad. Si es en un evento suyo, la prensa queda acorralada en una zona donde él, sin falta, los señala como los principales responsables de los problemas del país. Acá, ante el miedo de que alguien haga algo, de un lado o del otro, la seguridad impera. Estamos ante una convención partidista, donde se supone que la democracia es el primer punto del orden del día. Pero ahora la envuelven tintes totalitarios, tanto en los discursos como en la realidad.

Las fauces del león

Los reporteros sólo pueden atravesar las vallas tras una extensa revisión de seguridad. El centro de prensa está a un kilómetro de la convención, aislado de las protestas y del candidato. Las pocas entradas, aquellas no valladas por metal y concreto, son monitoreadas las 24 horas por ejército y servicio secreto. Para ir a la convención hay que tomar un autobús que hace un recorrido de carril confinado entre reja y reja. A los lados se ve Cleveland: desierta salvo por policías y partidistas republicanos. Al descender, en el estacionamiento de The Q, el ambiente es otro: hay gente otra vez. Los representantes estatales, los encargados de emitir el voto de sus representados, están de fiesta. Toman cerveza, escuchan música country y charlan entre ellos. Se toman fotos. Están en la fiesta más exclusiva del mundo. No hay nadie a kilómetros a la redonda que les pueda quitar la sonrisa. Una valla y miles de policías se encargan de asegurar que la celebración se mantenga.

Al hablar con los delegados republicanos, no parece que Estados Unidos esté tan mal como dicen sus discursos. Los delegados del estado de Washington, que traen gorros de plástico en forma de pino –al momento de emitir su voto en público, como el resto de los 50 estados y territorios asociados, anunciarán que lo hacen para recordarle al mundo que Washington produce la mayoría de los árboles navideños estadunidenses–, sonríen ante la cámara. Los de Hawaii, con camisas… hawaianas, platican animadamente en la fila de la comida. Siete dólares los nachos, cinco dólares un hotdog pequeño. 6.50 el agua embotellada. Son precios de concierto, de espectáculo.

El Quicken Loans tiene cinco pisos. Hasta abajo el espacio está reservado para los delegados. En medio es para los invitados VIP. Arriba, en gayola, están los periodistas. El escenario sólo se ve de un lado, por lo que la parte posterior está desierta, aunque pantallas gigantes muestran lo que sucede en el templete. Ni cuando habla Donald Trump la última noche se llena por completo. Al venir de una cultura de acarreo en estadios, monumentos y plazas, es complicado entender que esto suceda. La nominación presidencial de uno de los dos partidos de la democracia más grande del mundo se lleva ante un estadio medio vacío.

La gente viene y va. Nadie les ordena estar en el sol horas en lo que aparece el candidato. Será poco el disenso –algunos miembros de la delegación texana y los representantes de Alaska, ambos en su mayoría partidarios de Ted Cruz–, pero no pasa de algunos abucheos aislados. La gente que está aquí –tenga las creencias que tenga– lo hace por voluntad propia. Y por eso no está lleno el estadio.

La lista de oradores no está disponible al momento de iniciar la convención. Se han filtrado algunos, pero no se sabe el orden. Días antes se habló de que Mike Tyson –recordado por siempre por morder la oreja de Evander Holyfield– o Hulk Hogan –mítico luchador de bigote y melena decolorados, envuelto en un escándalo mediático por su reciente sextape– podrían ser oradores clave dentro de la convención.

El partido republicano, ausente en su mayoría por no querer asociarse en público con Donald Trump, ha cedido el control de la lista de invitados al candidato. Su gente será la responsable de conseguir aplaudidores. ¿Quién conoce a Donald Trump en verdad? ¿Quién puede convencer a los republicanos, y a las millones de personas que siguen en televisión la convención de que Trump es algo más que su peinado estilo queso Oaxaca y su bronceado color Cheeto? Estrellas de telenovela y de series viejas que nadie recuerda son los   encargados de darnos algunos cuantos detalles más sobre quién es Trump. Y su familia. Porque son las únicas personas que pueden hablar bien de él.

Uno de los primeros en hablar es Scott Baio, un actor que participó en sitcoms –programas de comedia cuya característica es la risa pregrabada para avisarle al televidente dónde reír– durante los setenta y ochenta. Baio, cuyo Twitter está lleno de memes e insultos a Hillary, recibió la invitación de Trump unos días antes. El propio actor explica cómo lo eligió el ahora candidato: “Él [Trump] dio un discurso e iba saliendo, lo volteé a ver y le dije ‘Señor Trump, Scott Baio…’ y me dijo ‘¡Santo cielo!’ y me dijo ‘¿Quieres hablar?’ y le dije, ‘¿Aquí?’ y me dice ‘No, no, ¡en la convención!’ y le digo ‘Uhh, oh, ok’”.

Después viene Antonio Sabato Jr, exmodelo de calzones. Y le sigue Natalie Gulbis, la golfista número 363 a nivel mundial. Al escuchar a estas personas, uno piensa que la convención se convierte en una broma pesada. Más cuando la primera noche, Melania, la tercera esposa de Trump, toma el micrófono y da un discurso bueno, que resalta el esfuerzo y el trabajo para conseguir ser alguien en la vida. Horas después, cuando la gente comienza a irse a sus hoteles, alguien en redes sociales nota lo familiar de sus palabras. Al menos un párrafo, casi palabra por palabra, ha sido plagiado del discurso de Michelle Obama de 2008, cuando le tocó convencer a los demócratas y al mundo que su esposo Barack era el hombre indicado para liderarlo.

¿Es parodia? ¿Nos está trolleando? ¿Qué sucede? Otra persona, minutos después, descubre algo más impresionante aún: el discurso contiene una referencia a Never Gonna Give You Up, la canción más famosa del internet.6 Algunos comentaristas dicen que esto huele a sabotaje. Otros que muestra el poco interés de Trump en su campaña y en la presidencia, al permitir tal desastre con su esposa.

48 horas más tarde su equipo publica un comunicado redactado por la supuesta escritora del discurso. Al día de hoy no se sabe si esa mujer en realidad existe o fue un invento más de la campaña.7 Es caótico y uno no puede evitar reírse. El problema es que si uno va más allá de los calzones de Sabato, comienza a escuchar un mensaje preocupante. La xenofobia hace que la risa desaparezca.

Los gritos inundan el Q. Lock her up! al igual que afuera en las protestas. Build that wall!, en referencia al no tan metafórico muro.8 El ambiente se enrarece con el paso de las horas. Para las 10, en el cenit de cada día de la convención, los ánimos son virulentos. Hasta los reporteros estadunidenses, que se precian de ser objetivos y neutrales, aplauden ante ciertos comentarios. La multitud se desenfrena. Es una mezcla entre sermón de iglesia en Tennessee y rally de Nuremberg. El coro USA! USA! USA!, envuelve lo demás.9

Pero no es nada más eso. No son sólo los gritos. El miedo proviene del ambiente, de la teatralidad de Trump. Tiene gestos similares a Mussolini, mueve la boca igual. Hace pausas parecidas. Se vanagloria en los gritos, lo alimenta el odio. Mientras más fuerte es la respuesta, más tiempo tarda en hablar. Sólo cuando le gritan Lock her up! hace señas de que no lo hagan. Posa como si fuera magnánimo: vamos a ganarle, dice. No es necesario encerrarla.

Al escuchar todas las frases hechas, es inevitable pensar en todos los que podrían ser perseguidos si gana Trump. En los mexicanos que serán deportados, en los afroamericanos que tendrán todavía más miedo cuando vean a un policía. En los gays que, aunque Trump jura protegerlos, serán ciudadanos de segunda clase. En las personas con discapacidad de las que se ha burlado en público. En la pesadilla que se puede convertir el país.

Hay salvedades, claro. El sistema de gobierno estadunidense se basa en lo que se conoce como checks and balances, en una distribución equitativa del poder. Pero Trump trae consigo una consecuencia fundamental: el justice de la Suprema Corte que inclinará la balanza conservadora/liberal en el futuro. Sus dichos tendrán consecuencias. Y Trump es tan impredecible que nadie sabe a qué tipo de persona nominaría a la Suprema Corte. ¿A un extremista? ¿A alguien sin la menor experiencia? ¿A un familiar?

Esos dichos, de hecho, ya tienen consecuencias. Hay gente aferrada a lo que dice Trump, que cree a ciegas en él. Ya no puede echarse para atrás. Así como los británicos que votaron Leave en el Brexit, los votantes de Trump esperan que se cumpla todo lo que la campaña promete. Aunque a la larga termine por lastimarlos, ellos quieren ver acción. Resultados. Y los quieren ya.

Por eso la convención es el mejor lugar para obtener pistas de cómo gobernará, de qué hará para cumplir todas esas ideas extravagantes, que cada día son superadas por ocurrencias más esquizofrénicas. (Al momento de escribir esto, Trump ha sugerido que hackers rusos espíen a Hillary Clinton y obtengan sus correos electrónicos; entiéndase, que un poder extranjero intervenga en la elección presidencial.)

Pero nada de esto sucede. De hecho, si es posible, Trump hace todo lo contrario. Su mensaje se vuelve más vago aún.

Dado que es un magnate de casinos, cada noche es temática. Make America Work Again, Make America Safe Again, Make America First Again y Make America Great Again, en ese orden. Pero ningún orador se enfoca en el tema. Al contrario, cada uno da su visión del mundo, y la pontifica como si fuera la verdad, no una opinión. El sesgo es muy marcado: tanto oradores como público desestiman datos y hechos. No les importan los números y menos las estadísticas. El director de campaña de Trump, Paul Manafort, que en su trabajo pasado fue asesor de comunicaciones del expresidente ucraniano pro-ruso Viktor Yanukovich, dice que no se le puede creer al gobierno. Que manipulan cifras. Que esconden la verdad.10

Y la gente en la convención les cree a ellos. Uno les puede decir: esto no es cierto, aquí están los datos corroborados. Pero no les importa. Si Trump lo dice, tiene que ser cierto. De lo contrario cómo podría ser alguien tan exitoso. No llegó a donde llegó a base de engaños y mentiras. Es un self-made man.11

Más allá de que las opiniones se presentan como hechos incontrovertibles, el problema es hacia dónde apuntan. Durante las cuatro noches de la convención se dice una y otra vez que los inmigrantes indocumentados cometen más delitos que los ciudadanos estadunidenses. (Falso.) También se repite que el crimen ha aumentado en las últimas dos décadas. (Falso otra vez.) Trump mismo agrega que los tratados comerciales con México perjudican más de lo que benefician a la economía nacional. (Falso una vez más.) Pero en Cleveland, y en la mente de muchos de los delegados, lo que dice Trump es el evangelio.

Las quejas abundan, Estados Unidos se ha vuelto el peor país del mundo. Los medios mienten. Las cosas no van bien, sólo están ahí para hacer ver bien a Obama. Y nada más una persona, aquella que al final envolverá su discurso en la frase “I am your voice”, o “Yo soy su voz”, es capaz de resolverlo.12 Nunca hay cómos, ni fechas, ni presupuestos. Hay que dar por hecho que lo hará. Como en Corea del Norte, o en Rusia, o cualquier otro país autocrático o dictatorial, al líder no se le cuestiona. Se le cree lo que dice por ser quien es.

Otra pregunta natural surge de los discursos. Si el lema es Make America Great Again, ¿cuándo lo fue específicamente? ¿A qué momento se refieren Trump y compañía? ¿A qué época quieren regresar al país? Tampoco se sabe pero se intuye. La Great America es la de la homogeneidad racial.

Si uno mira alrededor, el número de afroamericanos es mínimo. La campaña intenta mostrarlos para defender su diversidad, pero es una mentira más. La delegación de California elige a una mujer, afroamericana y republicana para hablar. A nombre de los latinos habla un representante local de Kentucky, hijo de padre costarricense y madre argentina. Si ellos nos apoyan, no podemos ser racistas, es el mensaje. No se menciona que los letreros en español están mal escritos (“Latinos para Trump”, dicen), o que las personas que lo sostienen no parecen ni de cerca latinos: son hombres y mujeres de ojos azules que provienen de estados donde los latinos son casi tan rara avis como las personas que creen en el calentamiento global.13

Pero en todo mensaje negativo tiene que haber una contraparte positiva: el cambio prometido. En una cultura como la estadunidense, que se precia del lenguaje deportivo en la cotidianidad, los términos son simples: ganar o perder. Estados Unidos no puede ser el perdedor frente a los demás países. Tiene que ganarles, que dominarlos. Trump lo sabe. Su entrada triunfal, imprevista, el primer día de la convención es acompañada por “We Are The Champions” de Queen.14 El dominio internacional y el dominio racial son conceptos clave: si los demás se subyugan a la civilización occidental, America regresará a su lugar natural en el mundo. A dictar el curso de la historia. No por nada Steve King, representante de Iowa, dice lo siguiente en televisión nacional durante la convención: “Where did any other subgroup of people contribute more to civilization?”; o lo que es lo mismo, “¿Qué otro grupo aparte de la gente blanca ha contribuido tanto a la civilización?”.

Los representantes de los estados están de acuerdo. Y lo dicen de la forma más amable. Nunca son agresivos con la prensa. Responden las preguntas con thank you y dicen please al dejar pasar. No ven discordancia entre el mensaje de odio y sus valores fundamentalistas –porque muchos, muchos de ellos son fundamentalistas en su religión–. La civilización está en decadencia, y sólo el dictador, que repite una y otra vez que el día que tome posesión regresarán “la ley y el orden” al país (¿De qué forma? ¿Legal o ilegal? ¿Qué implica? Nadie se lo pregunta), puede enderezar el rumbo.

Lo que no se sabe es si Trump mismo cree sus palabras. Interrumpe la transmisión de una convención que es sobre él para dar una entrevista; se va de Cleveland y regresa a Nueva York. Aparece en el canal de golf durante el segundo día, mientras algunos miembros del partido, otras tantas pseudocelebridades y oftalmólogos de extrema derecha15 defienden su candidatura frente al público. Ante las acusaciones de que su esposa plagió un discurso, no responde. Ante las preguntas sobre cómo ha cambiado de parecer desde antes de ser candidato, no da una respuesta clara. Siempre regresa a las frases hechas, a la filosofía del éxito: lo que sea que tenga que hacer, lo hará muy bien. Ganará la elección “por mucho”. Hará “las mejores” renegociaciones de tratados en la historia. El objetivo es “lo mejor”. ¿Para quién? Eso es lo de menos. Mientras tenga el apoyo republicano, no importa que “lo mejor” se lleve al traste al mundo moderno, a las minorías y a los demás países.

El circo se va del pueblo

La convención es un hoyo negro a la mitad de Cleveland, que jala todo para sí. Es difícil saber qué opinan los locales o si se dan cuenta de la magnitud de lo que ocurre a unos cuántos kilómetros de donde viven.

Afuera de la ciudad, en una de las zonas conurbadas, de nombre Westlake, el verano transcurre como si nada. Los cines se llenan de niños que quieren ver la nueva película animada, otros tantos juegan en las fuentes para amainar el calor que ronda los 35 grados centígrados. Ahí las personas hablan poco o nada de la elección. Una empleada de tienda departamental, Rachel, de 26 años, cuenta que las cosas van bien en Ohio y que hay empleo. ¿Por quién va a votar? No sabe si lo haga. Trump y Clinton se le hacen lo mismo, sólo Bernie Sanders le llamaba la atención.

Pero Trump es un fascista, su discurso es el de un futuro totalitario. ¿Ni así votaría por Clinton?
“Tal vez”, responde.

Al terminar la semana, varias cosas quedan en el aire. Hubo un mensaje de odio, repetido hasta el cansancio. Hay riesgo de que las cosas cambien para peor. Es posible, tal vez no probable, que Trump pueda ganar.

En el shuttle de regreso al aeropuerto, una delegada de Texas habla de los valores cristianos. De cómo incluso cuando Trump saca lo peor de la gente, cuando miente, cuando insulta, hay que perdonarlo, aceptarlo y apoyarlo. Es la elección de los republicanos para esta campaña. Se despide con un apretón de manos amable y desea suerte.

Al verla bajar su maleta del autobús, resulta inevitable pensar en el poema de Martin Niemöller, “Primero vinieron por los comunistas […] Luego vinieron por mí”. Habría que agregarle un asterisco: cuando vinieron por mí lo hicieron con una sonrisa, y entonces no pareció tan malo como en realidad fue.

 

Esteban Illades
Editor y periodista.


1 Ese número aumenta hasta 3,500,000 si se toma en cuenta la población del condado y las ciudades satélite que componen el área metropolitana.

2 El ejemplo más claro de esto es Federico I, emperador romano, que llevó los supuestos restos de los Reyes Magos a Colonia –ahora Alemania–, para apuntalar la economía de la ciudad.

3 La acusación más repetida contra Clinton es que, durante la primera presidencia de Barack Obama, utilizó su correo personal en lugar del correo gubernamental –encriptado y protegido– para comunicar mensajes confidenciales sobre la seguridad nacional de Estados Unidos. El FBI dijo hace unos meses que, por más descuidado y negligente que haya sido su actuar, no había elementos para enjuiciar a Clinton por un delito. Sin embargo, los republicanos están convencidos de que Clinton debería estar tras las rejas.

4 El caso de Tamir Rice es uno de tantos en los que policías blancos disparan y matan a jóvenes negros. Como en la mayoría de los casos, un jurado decidió que no había evidencia suficiente para enjuiciar a Frank Garmback y Timothy Loehmann. Sin embargo, en un juicio de materia civil, la ciudad de Cleveland aceptó indemnizar a la familia Rice con seis millones de dólares. Sobre este tema en particular recomiendo leer el libro Between the World and Me de Ta-Nehisi Coates.

5 Una de las citas más impactantes de esta campaña viene de un latino de Los Ángeles que dijo que votaría por Trump. “Mi lado oscuro quiere ver qué sucederá si Trump gana. Va a haber algún tipo de cambio, y aunque sea un cambio estilo Nazi, la gente quiere ver drama”. Las personas están votando por acción, explosiones y drama. No les importa que les perjudique, quieren vivir lo que ven en la tele. Ver: Alcindor, Yamiche, “Die-Hard Bernie Sanders Backers See F.B.I. as Answer to Their Prayers”, The New York Times, 27 de mayo de 2016.

6 Never Gonna Give You Up, de Rick Astley, es la parte fundamental de algo que se conoce como rickrollear; fenómeno que consiste en prometer una cosa interesante y que vale la pena ver, y que terminar por mostrar el video de Rick Astley en su lugar. (Nexos mismo rickrolleo a sus lectores un 28 de diciembre de hace varios años.) Es una de las bromas más gastadas del internet, por lo que no es descabellado pensar que, en efecto, alguien haya metido el rickrolleo al discurso con afán de torpedearlo.

7 Entre miles de cosas cuestionables que ha hecho Donald Trump en su vida, quizás la más extraña ocurrió en los 80, cuando le hablaba a periodistas desde su oficina y utilizaba un alias, John Miller Barron. Barron, supuestamente, era el vocero de Trump, y sólo decía cosas buenas de él a la prensa. Con este precedente, es posible pensar que la escritora del discurso fuera en realidad un personaje inventado para sacar a Melania del apuro.

8 Varios especialistas han dicho que Estados Unidos no tiene la capacidad de construir un muro de ese tamaño, y en ocasiones los allegados a Trump dicen que el muro es sólo una imagen que representa su política exterior. Sin embargo, el candidato insiste que sí planea construirlo.

9 Este último grito no es exclusivo de los republicanos. Los demócratas lo repitieron bastante en su propia convención.

10 Algo impresionante es que todo el equipo de Trump puede decir estas cosas sin romper expresión facial. A pesar de que ellos han manipulado los datos y han mentido más que cualquier otra campaña moderna, incluida la de Richard Nixon, pueden salir a dar entrevistas y decir lo contrario. Es una nota del libro de Josef Goebbels, o, por citar a alguien más moderno, George Costanza de Seinfeld: “No es una mentira si tú lo crees”.

11 Tampoco deja de ser curioso: si se compara lo que ha aumentado la riqueza de Trump desde que heredó dinero de su padre, Fred, la conclusión es que Trump ha ganado menos invirtiendo el dinero que si lo hubiera dejado en un fondo de inversión. Todo lo contrario al mito que propaga. Ni siquiera es un empresario exitoso; al contrario, se ha declarado en bancarrota seis veces. Pero no importa.

12 Como muestra del odio y la incompetencia de los medios al decir la verdad, Trump ha vetado a aquellos que le parecen deshonestos. Entre ellos está el ganador de múltiples Pulitzer, The Washington Post, uno de los dos periódicos decanos de Estados Unidos.

13 Bernie Sanders, uno de los precandidatos demócratas, al apoyar a Hillary Clinton en su convención, tuvo que remarcar que ella “escucha a los científicos”. Esto es Estados Unidos en 2016.

14 Al igual que varios grupos durante la convención, Queen emitió un comunicado de prensa exigiéndole a Trump que no volviera a utilizar su música sin permiso.

15 La directora de Korean-Americans for Trump, Lisa Shin, es una oftalmóloga de Nuevo México que piensa votar por Trump para que construya un muro fronterizo. La verdad, muchos de nosotros nunca nos hemos preguntado por las filiaciones políticas de los oftalmólogos, pero resulta curioso que el primero que uno conoce o que expresa sus posiciones, sea de extrema derecha.

 

4 comentarios en “El circo del miedo
La convención republicana

  1. el circo del populismo que conecta con el odio, racismo, inconformidad, coraje ante el sistema

  2. Este Trump es el Lopez Obrador que América necesita. Ojalá ganen ambos sólo para ver (con morbo) lo que harán.

  3. por que no reporto sobre la quema de la bandera yanqui, cuando hay cientos de informes y videos?