Hay en mi casa un árbol grande. No viejo porque los árboles viven tantos años que no se sabe cuándo envejecen. También hay en mi casa un hombre bueno, una luz de bengala, una linterna, un andariego inamovible que poco a poco se ha ido volviendo sabio.

01-vela

Ilustración: Gonzalo Tassier

Lo conocí de niño: tenía treinta años, aunque a veces cargaba a un viejo. Empezamos a trajinar juntos cuando palabras como imposible y destino aún no entraban en nuestro diccionario. Hemos andado bajo mil augurios, dos mil obsesiones, cuatro mil doscientos cincuenta partidos de futbol. Para mí, los primeros tres mil un ruido indiferente; los demás, una fiesta.

Lo he visto escribir treinta libros, durmiendo trece mil noches. Hemos pasado por cinco mudanzas, por al menos cuarenta viajes trasatlánticos, por dos horas al día de comentar las noticias, por algunos desvaríos. Hemos tenido tres hijos. A una la encontré al mismo tiempo que a él. Una niña preciosa que lo sigue siendo. Los otros dos los hicimos juntos. Tras sobrevivir a la certeza de que tener hijos en esos años podría acarrearles todos los infortunios que no se merecían. Parece que no les ha ido mal con esta vida y que encuentran al mundo más un tesoro que una pesadilla. Sacaron de su padre la testaruda vocación de razonar y de su madre el gusto por el cine y el horizonte. Puras cosas del aire he puesto yo en su corazón, pero importa lo que ha puesto él, porque de él hablo ahora, cuando de él querría contar todo lo que sé, mientras lo considero tan imposible como decir lo que no sé.

Tiene los ojos oscuros, y largos los dedos de las manos. Desde joven se le notaban las venas bajo la piel de esos dos instrumentos con los que acompaña las palabras cuando las arranca el fervor, que es casi siempre.

Pensar es su pasión, escribir su alivio.

Los años le trajeron una serenidad con la que no contaba. Ni él, ni casi nadie. Yo podría decir que sí, como se lo dije a mi madre hace casi cuarenta años, que era cosa de tiempo. Pero la verdad es que a veces llegué a dudarlo. No entonces, pero sí cuando él ya había enamorado a su suegra con la letanía de pensamientos como punzones que suelta a un lado y otro, se lo pidan o no.

A mi madre le había tocado ver hombres poco confiables a mi alrededor. Él usaba una camisa de manta oaxaqueña, azul, bajo un rompevientos guinda con el escudo de la Universidad de Chicago. Frente a ella era más bien callado. Cosa que ahora es imposible que alguien imagine. Aunque ni yo lo crea, parecía triste. Y como creí siempre, era de una inteligencia precoz y perpetua.

Si regreso a ese tiempo tendré que escribir una novela. Larga novela esta que empezamos como si pusiéramos grafitis en una pared para que alguien o los días la borraran.

Al poco rato de andar juntos bailando y visitando hoteles, a veces muy baratos y a veces no muy caros, él tuvo una ocurrencia fugaz. Ya entonces habíamos abandonado el Hotel Monarca, un lugar para damas de noche, capaces de huir por la ventana cuando el cliente dormía tras haberles pagado toda la oscuridad. Estábamos en un amanecer del Milán. No era malo el Hotel Milán, tenía el escudo de la primera patria de mi abuelo, así que un día lo elegí entre los que ofrecía la calle Álvaro Obregón, emparentada con el historiador por lo mucho que aprendió sobre él, cinco años antes, cuando vivió en Sonora indagando las extravagancias con las que escribió La frontera nómada, su tesis de doctorado.

Aquí mi suegra apuntaría con gran orgullo lo que ahora digo yo recogiendo el legado. Cuando su hijo hizo su examen en el Colegio de México, tuvo como primer sinodal al bien querido y célebre don Daniel Cosío Villegas quien meses antes, como lector de su tesis les dijo a otros maestros que ya podía morir tranquilo, pues dejaba tras sí a un historiador cumplido.

Don Daniel tomó demasiado en serio sus palabras porque murió al poco tiempo, mientras dormía, después de trabajar hasta empezada la noche. Mucho querría ser como su maestro este hombre del que algo sé, pero en esto de la muerte siempre se quiere idéntico.

Piensa en la muerte más de lo que debería, tal vez por eso trabaja tanto, para comérsela viva, para que ella no se coma su nombre. Y sonríe. Ahora de un modo apacible que encontró cuando hizo las paces con su infancia y escribió el libro que más quiere.

Estaba yo en que un amanecer de hace mil años aquel muchacho tímido como un árbol en mitad de su propia hoguera puso en el aire unas frases diciendo que él y yo deberíamos tener un lugar en el que escribir y el otro verbo clave que rima con llover. A mí eso me pareció casi una solicitud de matrimonio. No del todo porque ni se usaba casarse en el planeta en que vivíamos, como si el universo no pesara. Pero tenerse sí que era uso entonces, como ahora. Así que yo me puse a buscar.

Durante dos semanas subí y bajé las escaleras de muchos edificios viejos, pero a veces promisorios. Toda la colonia Roma, la mitad de la Cuauhtémoc y sin duda, de punta a punta, la Condesa que, como bien se sabe y para nuestra buena estrella, entonces no estaba de moda. Cuál no sería su falta de gloria que en su haber sólo tenía dos restoranes y dos fondas. Eso sí: el parque y las jacarandas.

Claro que hallé lugares encantados, pero nosotros teníamos para uno barato y en tal precio casi todos parecían inconvenientes, porque estaban llenos de mugre o perdidos en un rincón de la nada. Por fin, traído por el azar, apareció uno. Dicen bien, quienes saben decir, que el amor no se busca, se encuentra. Así con el departamento de Cadereyta 17. Quedaba justo enfrente de ese al que llegamos porque ahí vivían don Pepe y doña Alicia Pérez Gay, los papás del mejor amigo.

Rentaba cinco mil. Y tenía un balcón. Yo lo quise como se quiere la sola idea de una primera casa. Él dudó. Sin duda con razón. No me ofendí. Lo renté con más de la mitad de mi sueldo. Tampoco tenía mucho en qué gastar. Y le dije que a él podría invitarlo algunas veces, pero que llave y entrada libre no tendría.

¿Cómo llegamos de ahí hasta aquí? Sumando un día con otro, tramados uno en otro, sin más alianza que esa palabra no dicha de tan sabida. Al principio sin pensar en el futuro, luego entrados en él con menos cuenta que los hijos y los libros creciendo a nuestro alrededor como una realidad infalible. Los hijos, con sus alas, yéndose y arraigándonos. Los libros que él escribe sin tregua mientras juzga mis treguas sin decirlo. Porque nadie respeta más el silencio, ni lo acompaña mejor. Quizás también por eso es que aquí vivo y que ya no sé, ni me importa saber, de qué otro modo sería la vida en cualquier otra parte.

Antes imaginaba que podríamos pasar un rato en Puebla, una tarde en Venecia y dos meses al año en Cozumel. Ahora sé, como sabe la música de plegarias, que si de él depende, su rezo diario no tendrá otro lugar en qué decirse. Y como mi parecer entiende, si este hombre vive aquí, como hasta ahora, tampoco el mío tendrá lugar en ningún otro sitio que esta casa, porque ceñida estoy por la bondad, la palabra, los amores, la risa y sin duda las entrañables manías de nuestros años.

Digo entrañables porque después de tanto tiempo las manías del otro son también las nuestras y cuando no se comparten se acompañan, como le pasa a él cuando amanezco y sigo el día cantando sin tregua el mismo estribillo de la misma canción. Una y otra vez sin que se inmute su cavilar en cosas más cruciales que mi tonada.

Cómo no querer a un tipo así. Cómo no celebrar que esté cerca desde cuando pierde los anteojos, igual que si perdiera el alma, hasta cuando encuentra una verdad y la nombra sin miedo. Cómo no afligirse con él, si lo miro elucubrar a diestra y siniestra el devenir de nuestro país como si de él dependiera. Cómo no estar orgullosa de su vida cuando veo que una parte crucial del mundo que lo rodea sí depende de él y confía en lo que cree y lo que crea.

Cumple setenta años, es más joven que el árbol. No se le notan, porque ha dejado de cargar al viejo y es este niño que ignora el temor, que cuida sus certezas.

No digo más, aunque sé mucho más. No conozco a un hombre que sea tantos hombres. Aunque no se le den ni el mar, ni los veleros, ni el aire libre, ni los paseos sin rumbo. A él le gusta su vida como es, su trabajo al que trata como la gran aventura. No conoce ni el ocio ni el tedio. Por eso es divertido y alegra tenerlo cerca. Yo lo sé porque soy esta mujer que lo mira de cerca mientras sigue diciendo que se quiere ir al mar, cuando en realidad no le interesa ni salir a la calle. Menos si va a llover o si él anda en la casa.

No diré más aunque sepa cuánto bien hace mirarlo y cuánto bien va haciendo por donde anda. Aunque me gustaría cantarlo como quien enciende una vela.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

15 comentarios en “Como quien enciende una vela

  1. Cómo no sentirse a gusto y feliz junto a alguien que respeta y acompaña el silencio como nadie. Junto a alguien así, yo me quedaría eternamente. Sin duda, eres una mujer afortunada. Enhorabuena. Besos

  2. Héctor es sensacional, excelente persona, amigo y compañero de muchos años durante nuestra vida. Felicidades por tan hermosa pareja. Les mando un abrazote.

  3. Muchas Felicidades a los dos por ése amor y a cada uno por tener de compañero de vida al otro….dan Luz.. Felíz Cumpleños al Sr. de la casa..

  4. Qué historia de amor más hermosa. Gracias a Angeles por compartirnos a Héctor cada lunes. Me encantan sus manos, y confío plenamente en lo que cree y en lo que crea. Como ella sentía a Mastroianni, lo siento un poco mío.

  5. Una bella semblanza y un reconocimiento muy personal, escrito con la emoción del corazón y prosa impecable, Felicidades

  6. Describir al amor de tu vida con lenguaje objetivo y veras, sin perder la poesía y el sentimiento de admiración es lograr algo único. Felicidades por este escrito, por ese amor, por esa vida juntos…

  7. Con que sutileza, amor y comprensión se describe una relación basada en el respeto, la libertad y el crecimiento de cada uno. Una vida compartida llena de anécdotas donde lo importante no son los hijos, ni las vivencias, lo importante es El, a quien en silencio ha sido el mejor compañero de su viaje, descrito con los ojos de la admiración, del amor y con una pluma que deja caer el sentimiento de una mirada que brilla por El.

  8. Me encanta tu palabrear, tu forma de describir el amor, la ternura, todo. Gracias por este texto.

  9. Qué escrito tan exquisito, tan bello, tan sugerente, Es toda una declaración de amor bueno,,. Es una connivedora historian de amor qué fluye, que subyuga, qué asombra

  10. Ángeles
    acaso lo más hermoso
    es que tu prosa está a la par
    del amor que tienes por Héctor
    Mil gracias
    pero mil

  11. Bella manera de describir el amor de pareja que sobrevive a toda circunstancia y el reconocimiento a la monotonía y diario sentir que puede transformarse en una aventura con imaginación y creatividad y sobre todo, voluntad y agradecimiento a querer seguir juntos quizá para siempre.

  12. Una bella historia de amor hermosamente escrita, exquisita, conmovedora y qué se palpa cuando están juntos…emociona, encanta y reconcilia …saber qué existe un amor asi.