Margaret Mead llegó a Samoa en noviembre de 1925. Joven, ambiciosa, entusiasta, llevaba un programa de trabajo inmenso. Franz Boas le había propuesto que estudiase el peso relativo de los factores genéticos y culturales sobre las pautas de conducta durante la adolescencia. Necesitaba información acerca de un grupo humano absolutamente ajeno para mostrar que mucho de lo que se atribuía a la naturaleza era en realidad producto de la cultura. Pero también le preocupaba la juventud norteamericana, las ansiedades, las tensiones, la crispación de la adolescencia. Mead, por su parte, quería estudiar la vida sexual de las mujeres jóvenes de Samoa. Mucho, incluso para Margaret Mead.

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Ilustración: Estelí Meza

No tuvo mucha suerte al principio. Un huracán barrió las islas el día de Año Nuevo. La estancia además le resultaba incómoda. No hablaba bien el samoano. Y en las casas de los nativos no se encontraba a gusto, estaban llenas de gente, de animales: no le resultaba nada fácil trabajar así. Por eso decidió trasladarse a la casa del farmacéutico de la base naval norteamericana. En marzo de 1926 hizo una breve excursión a las islas de Ofu y Olosega, junto con sus amigas samoanas (“merry companions”, las llama), Fofoa y Fa’apua’a. Y un día, sabemos que era un sábado, 13 de marzo de 1926, tuvo una larga conversación con ellas. Y hablaron de sexo. Allí surgió el que sería su libro más famoso: Coming of age in Samoa (1928), que se convirtió en un clásico instantáneamente porque tenía la respuesta no sólo para las preguntas de Franz Boas, sino del Occidente de los años treinta.

Las primeras páginas son conmovedoras. Amanece en Samoa: sombras pobladas de fantasmas, palmeras, voces de jóvenes, amantes que vuelven a casa… Estamos de pronto en un cuadro de Gauguin, brillante, colorido, ingenuo (con una voz que recuerda a Dylan Thomas, Under the Milk Wood). Nadie viaja a los mares del Sur por primera vez. Todos hemos estado ya allí, antes, con Bouganville, con Diderot, con Robert Louis Stevenson —algunos habrá que con Walt Disney. Y bien: Mead encontró todo eso, todo lo que había ido a buscar. Encontró una sociedad feliz, pacífica, sin dramas y sin violencia, sin apegos emocionales, una sociedad que vivía con ligereza, con naturalidad. La clave estaba en una adolescencia libre y desprejuiciada, con una vida sexual activa, alegre, desinhibida, sin culpa, en la que se podía disfrutar cotidiana y felizmente del “amor bajo las palmeras”.

El libro de Mead ofrecía el acompañamiento perfecto para leer a Freud, a Bertrand Russell, a Havelock Ellis. Estamos en los años treinta. Samoa era un lugar “sin neurosis, sin frigidez, sin impotencia” (la conclusión es de Havelock Ellis).

Otros investigadores viajaron a Samoa en las décadas siguientes. Se tropezaron con cosas muy diferentes de las que había descrito Margaret Mead. Lowell Holmes encontró una sociedad jerárquica, competitiva, violenta, de un cristianismo fanático. Eleanor Gerber describió otra moralidad sexual, con una preocupación casi obsesiva por la virginidad. Cincuenta años después Derek Freeman publicó Margaret Mead and Samoa (1983). En resumen, el libro dice que Mead estaba equivocada en todo. Y retrata una sociedad rígida, ritualista, jerárquica, enamorada de las ceremonias, una sociedad belicosa, aficionada a la guerra como las demás sociedades del Pacífico Sur, incluyendo prácticas de canibalismo y de crueldad nauseabunda, y una sociedad cristiana, devota, de exigentísima moral sexual.

La explicación, la única que se le ocurre a Freeman, es que sus informantes engañaron a Margaret Mead. Por lo visto, una de ellas, Fa’apua’a, se lo dijo personalmente en los años ochenta: habían querido gastarle una broma a su amiga norteamericana. Y por eso le hablaron de sus conquistas y sus romances y sus noches de amor bajo las palmeras.

Desde luego, podría ser. Pero también podría ser que la anciana de noventa y tantos años, abuela de muchos nietos, quisiera presentar otra imagen de sí misma. En realidad, no importa mucho. Los felices habitantes de Samoa, la Samoa de Margaret Mead, cumplieron con una función cultural de enorme importancia. Igual que los persas de Montesquieu, o los iroqueses de Voltaire. Son parte de la conversación del siglo XX. Gracias a ellos sabemos que la sociedad occidental de los años treinta cultivaba la fantasía de un orden sin coacciones, sin apegos, sin violencia —y que se entusiasmaba con otra posible sexualidad.

Me encuentro en el periódico, como noticia, una reseña publicitaria de un libro sobre la longevidad. El titular: “Una almeja vivió 507 años, y tú también puedes”. La nota anuncia, con un raro entusiasmo, que “envejecer no es obligatorio.” Y el ejemplo es esa almeja de Islandia, nacida en 1499. Se me ocurre que es un equivalente de la Samoa de Margaret Mead. Salvo que nuestra fantasía es tecnológica, individual, perfectamente vacía. Y ofrece un espejo un poco triste: una almeja.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.