En el verano de 1776 la ciudad de Nueva York se encontraba sitiada por 32 mil tropas británicas. Al mando de la defensa de la ciudad estaba el general George Washington. Sus tropas, diezmadas por la viruela, eran menos de la mitad de las inglesas. Asustados, los habitantes de Manhattan huían de la ruina inminente. Después de revisar las fortificaciones y arengar a sus hombres, Washington se deshizo de sus generales y en su vivac se sentó a escribir a la luz de la vela una larga carta a su primo. Lund Washington era a la sazón el administrador de Mount Vernon, su plantación en Virginia. Mientras los británicos se preparaban para el asalto, Washington redactaba instrucciones sobre dónde se debían plantar árboles florales y rododendros. La conducta de Washington parecería excéntrica, sugiere Andrea Wulf, pero no lo era.1 Como muchos otros padres fundadores de Estados Unidos, Washington veía en los jardines y en la agricultura vehículos orgánicos de la construcción nacional. En su carta sólo mencionó árboles nativos. Y esa selección no era fortuita. El jardín de Washington sería americano. Un epítome de la nacionalidad. Ahí no habría lugar para especies exóticas, en particular inglesas. Los árboles eran para el Cincinato del norte tanto una expresión de la “gloriosa belleza de América como un tema político”. Después de la guerra el sueño del jardín americano continuó en Mount Vernon. Washington estuvo involucrado en cada aspecto de la planeación y ejecución de su jardín: eligió especímenes de árboles de los bosques adyacentes y trazó bosquejos para un nuevo invernadero. En pleno invierno de 1785 le ordenó a sus esclavos que despejaran la nieve del suelo para cavar los hoyos. No deseaba esperar a la primavera para plantar sus árboles.

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Ilustración: Belén García Monroy

Washington no estaba solo en su obsesión con los jardines. Jefferson en Monticello, Madison en Montpellier y John Adams en Peacefield la compartían. No es por eso una sorpresa que haya sido Joel R. Poinsett, el primer embajador de Estados Unidos en México, quien bautizara a las mexicanas flores de Nochebuena como Poinsettias. Para Jefferson la botánica era una escuela de paciencia. Madison sabía tanto de plantas que sus vecinos lo buscaban para que les dijera el nombre científico de las diferentes especies. La idea de que el futuro de la nación se encontraba en la tierra y en sus frutos era un lugar común entre los hombres de esa generación. Cuando, en el verano de 1787, la convención que redactó en Filadelfia la Constitución federal se encontraba en un impasse sobre el diseño del poder legislativo, un grupo de convencionistas, entre ellos Madison, Hamilton y George Mason hizo una excursión al célebre jardín de John Bartram, en las afueras de la ciudad. Ese jardín contenía la colección más extensa de árboles y arbustos americanos y era un invernadero que proveía de especímenes al resto del país y el mundo. Tal vez, especula Wulf, los tres votos necesarios para que la Constitución fuera aprobada se obtuvieron a las sombra de los árboles de Bartram.

Es cierto que la nación norteamericana, vista a través de sus jardineros fundadores, es básicamente una empresa aristocrática. Era, también, la materialización del sueño del poeta inglés Joseph Addison, un Whig. Addison escribió un ensayo sobre los placeres de la imaginación. El ensayo describe un sueño que tiene lugar en un jardín; una alegoría del honor y la virtud. Ocupaba el centro un templo al honor, lugar de retiro de los hombres que hubieran servido a su patria. Tanto Adams como Jefferson conocían el famoso ensayo de Addison y en el transcurso de un viaje diplomático a Inglaterra hicieron un espacio para conocer el jardín de Stowe, creación de Lord Cobham. A mediados del siglo XVIII Cobham, un Whig, había diseñado Stowe como una declaración política. El propósito del jardín era celebrar la libertad, el honor y el deber cívico. Era, también, una crítica a la corrupción de la Corte y el despotismo del gobierno centralista de Walpole. Cobham abandonó el diseño rígido; las líneas rectas y la geometría de lugares como los jardines del palacio de Versalles, para abrazar lo orgánico y naturalista. La irregularidad de la naturaleza se convirtió así en un “símbolo de la libertad”. Los senderos de Stowe obligaban al paseante a elegir entre diferentes caminos: unos llevaban al vicio y otros a la virtud. Jefferson y Adams, con mapa en mano, recorrieron el jardín una mañana. Ambos quedarían muy impresionados por la experiencia. En particular, Jefferson tomó nota de una estructura llamada el Templo de los Beneméritos Británicos, lugar en el cual se inscribían los nombres de los prohombres ingleses ejemplo de virtud pública. Jefferson haría lo mismo en Monticello años después. En su lista estarían, entre otros, John Locke, William Shakespeare, Walter Raleigh, Magallanes, Américo Vespucio y… Hernán Cortés.

Es una ironía que como tercer presidente de Estados Unidos, Jefferson, jardinero excelso, se opusiera con vigor a que la Casa Blanca, sede del poder ejecutivo, tuviera unos jardines dignos de su importancia. Se negó a realizar los planos que para ese efecto habían sido comisionados por Washington al arquitecto francés L’Enfant. Mientras que construía los jardines privados de Monticello con gran esplendor quería que los de la casa pública del presidente de Estados Unidos fueran insignificantes. La razón de ello no era estética sino política: los gobernantes en una república debían estar desprovistos del lujo, el boato y la ostentación de los reyes. Y sus jardines debían reflejar la grisura de la investidura republicana. Eso era porque los jardines nunca han sido sólo jardines.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos. 


1 Andrea Wulf, Founding Gardeners. The Revolutionary Generation, Nature and the Shaping of the American Nation, Nueva York, Knopf, 2011, p. 14.