El éxito editorial de El capital en el siglo XXI del economista francés Thomas Piketty se explica por múltiples razones. Una de ellas tiene que ver con el uso que hace de grandes novelistas del siglo XIX. Piketty ve en la literatura un recurso pedagógico para ilustrar y hacer más accesibles sus argumentos.

Los dos autores que más utiliza son Jane Austen y Honoré de Balzac. Pasajes de sus novelas aparecen a lo largo del libro y Piketty recurre a ellas para retratar la desigualdad del siglo XIX y su semejanza con la que reaparece a finales del XX y principios del XXI en el Reino Unido y Francia, sus dos principales casos de estudio.

Sin embargo, un mismo nivel de desigualdad puede ser interpretado y justificado de distintas formas. Tanto Mr. Darcy, héroe de Orgullo y prejuicio de Jane Austen, como Gordon Gekko, héroe de la película Wall Street de Oliver Stone, podrán formar parte del 1% más rico y pertenecer a sociedades igual de desiguales, pero moralmente hablando habitan mundos ajenos en los que su riqueza es entendida de forma muy distinta. Estas diferencias son relevantes si queremos combatir la desigualdad y también pueden ser ilustradas utilizando a los grandes novelistas del siglo XIX.1

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Ilustraciones: Adrián Pérez

 

Al inicio de su libro Piketty señala que si bien la distribución de la riqueza merece ser estudiada de modo sistemático utilizando marcos teóricos y métodos estadísticos es “…un tema demasiado importante como para dejarlo sólo en manos de los economistas”.2 Para ponerle “carnita” a la teoría y humanizar las estadísticas, recurre a la literatura. En particular, Austen y Balzac, nos dice el autor de El capital en el siglo XXI, “…poseían un conocimiento íntimo de la jerarquía de la riqueza en sus respectivas sociedades [y] desarrollaron sus implicaciones con una veracidad y un poder evocador que no lograría igualar ninguna estadística, ningún análisis erudito”.3

Lo que encuentra Piketty en la obra de estos novelistas es el retrato de una sociedad patrimonial clásica en la que existe una alta concentración de riqueza y predomina la heredada. Se trata de un “…mundo en el que sólo la propiedad de un patrimonio importante permitía alcanzar la verdadera holgura… [E]ste umbral tanto material como psicológico se situaba en torno a 20 o 30 veces el ingreso promedio de su época. Por debajo de ese umbral, los héroes de Balzac o Jane Austen vivían con dificultad, sin dignidad”.4

En un mundo sin inflación y de bajo crecimiento, nos recuerda Piketty, el dinero adquiere un significado muy concreto y los escritores del XIX explotan este hecho. En sus novelas hablan con detalle “…de los niveles de ingreso y fortunas de los diferentes personajes, no para aturdirnos con cifras, sino porque esas cantidades permitían fijar en la mente del lector estatus sociales muy determinados, niveles de vida por todos conocidos… De este modo, esos montos permitían en pocas palabras esbozar con agudeza un entorno, modos de vida, rivalidades, una civilización…”.5

Por ello, en la mayoría de estas historias “…el marco indisociablemente monetario, social y psicológico se planteaba desde las primeras páginas… En Sentido y sensibilidad, el meollo de la intriga… se establece en las primeras 10 páginas, en el marco del terrible diálogo entre John Dashwood y su esposa Fanny. John acaba de heredar la inmensa propiedad de Norland, que producía un ingreso de cuatro mil libras por año, es decir, más de 100 veces el ingreso promedio de la época…” y tiene que decidir cuánto le dará a sus medias hermanas. “En cambio, con 600 libras (20 veces el ingreso promedio), John Willoughby se encontraba realmente en el límite inferior de la holgura…” y sin duda ello “…explica por qué abandona pronto a Marianne, desamparada e inconsolable, por la señorita Grey y su dote de 50,000 libras de capital (2,500 libras de renta anual, 80 veces el ingreso promedio)”.6

Pero además de usarlos para retratar una sociedad patrimonial clásica, Piketty echa mano de autores como Austen y Balzac para ilustrar aspectos específicos de su mundo. Por ejemplo, al hablar de la forma en que las leyes de herencia afectan la distribución de la riqueza, Piketty nos recuerda cómo la primogenitura está en “…el origen de la desgracia de Elinor y Marianne en Sentido y sensibilidad: la propiedad de Norland pasó directamente de su padre a su medio hermano John Dashwood… En Persuasión, el patrimonio de Sir Walter pasó directamente a su sobrino, esta vez en perjuicio de sus tres hijas”.7

Otro ejemplo del uso de novelas del XIX para aterrizar aspectos específicos de su argumento lo vemos en el análisis que hace Piketty de la relativa importancia que tiene la riqueza heredada frente al ingreso generado por trabajo. Para ello cita el famoso sermón que Vautrin le dirige a Rastignac en El pobre Goriot como la más clara introducción al tema. En este intercambio Vautrin le explica a Rastignac que “…el éxito social por medio de los estudios, el mérito y el trabajo es una ilusión. Le presenta una visión detallada de las diferentes carreras posibles si prosigue sus estudios, por ejemplo en derecho… Vautrin indica con mucha precisión a Rastignac los niveles de ingresos anuales a los que entonces podría acceder. La conclusión es definitiva: aun formando parte de los graduados en derecho con más méritos… tendría que contentarse con ingresos mediocres… En comparación, la estrategia de ascenso social que Vautrin propone a Rastignac es mucho más eficaz. Al desposar a la señorita Victorine… de inmediato se apoderaría de un patrimonio de un millón de francos”.8

En suma, el principal uso que Piketty le da a Jane Austen y Balzac es descriptivo y pedagógico. Las novelas de estos y otros autores del XIX le permiten explicar e ilustrar su argumento con algo más que ecuaciones y gráficas. Y la estrategia funciona de maravilla; su argumento se entiende mejor y la lectura es más placentera.

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Sin embargo, en estas mismas novelas, sobre todo las de Jane Austen y los autores ingleses que la siguieron como Thackery, Dickens, Trollope y George Elliot, nos topamos no sólo con la descripción de una sociedad patrimonial clásica, sino también con un retrato de distintas posturas morales frente a la desigualdad que las caracteriza. En particular, encontramos el esbozo de una de ellas que se podría llamar “la moral del caballero”.9

Los llamados “novelistas de sociedad”, de Jane Austen a George Elliot, pasando sobre todo por Anthony Trollope, nos ofrecen una minuciosa descripción del caballero como agente moral. Sus libros pueden ser vistos como tratados que analizan su conducta en múltiples contextos y su postura sobre temas centrales como el amor, el trabajo, la religión, la ambición y el dinero.

En cada una de estas novelas el héroe o heroína enfrenta algún dilema y tiene que decidir qué hacer desde un punto de vista moral. Los conflictos son genuinos y la respuesta correcta nunca es obvia. No son, por lo general, situaciones extremas de vida o muerte, grandes dilemas existenciales como encontramos en las novelas rusas del XIX, sino escenarios que un lector de la época hubiera reconocido como comunes y corrientes. Precisamente esta cotidianidad es lo que permite mapear el terreno moral que habita el caballero y hacerlo para un público que de entrada le era familiar el territorio.

La moral del caballero

El ser un caballero, según estos autores, no depende de pertenecer a una familia de abolengo, ni está vinculado a un cierto rango o estatus social. Tampoco resulta de la riqueza o educación del individuo, ni de una vida de ocio o del tipo de profesión que se ejerce. Menos tiene que ver con reglas de etiqueta o vestimenta.

Lo que distingue al caballero es su carácter, que se ve reflejado en un comportamiento que va mucho más allá de saber con qué tenedor empezar a comer qué platillo. Así, Plantagenet Palliser, duque de Omnium y uno de los héroes de las “novelas Palliser” de Trollope, le enseña a sus hijos que “…lo que determina la calidad de una persona no era su origen familiar sino su carácter. El rango o dinero que un hombre poseía podía hacer de su vida una más o menos fácil, pero lo que importaba era aprender aquellas lecciones sin las cuales no es posible vivir como un caballero”.10

No es posible resumir el comportamiento que se espera de un caballero en una máxima, ya que la aplicación de las reglas relevantes siempre depende del contexto en el que se encuentra la persona, así como de su motivación al actuar. Precisamente por ello la novela es un instrumento ideal para ilustrar esta moral, al permitir la descripción a detalle de las circunstancias relevantes, así como explorar las motivaciones de los personajes de una manera que no es posible en un libro de texto. Las seis novelas de Jane Austen nos ofrecen un esbozo de esta conducta y en las 47 de Trollope encontramos un retrato aún más acabado de la “moral del caballero”. Una lectura del conjunto de estas obras permite concluir que los caballeros no nacen sino se hacen y se hacen al conducir su vida de acuerdo con una serie de virtudes como la discreción, la valentía y la honestidad que les permite vivir con integridad y dignidad.

Claramente la moral del caballero no es una postura única en el mundo que habitan los héroes de Austen, Thackery o Trollope, ni tampoco genera un total consenso entre los personajes de sus novelas. Gordon Gekkos operan hombro con hombro junto a los Mr. Darcys en estas historias, al igual que hoy nos topamos con uno que otro Mr. Darcy entre los muchos Gordon Gekkos. Sin embargo, la moral del caballero sí es una ética con una importante presencia dentro de la elite inglesa de los siglos XVIII y XIX e incluso se podría argumentar que fue una postura dominante dentro del 1%. Y es esta moral, presente en las novelas inglesas citadas a lo largo de El capital en el siglo XXI,  que vale la pena contrastar con posturas actuales a la hora de comparar la desigualad en 1815 con la de 2015.

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Si bien la sociedad que retrata Jane Austen y la nuestra a principios del siglo XXI son profundamente desiguales, ese mismo nivel de desigualdad es interpretado de forma distinta en cada una de ellas en, por lo menos, tres dimensiones que es posible ilustrar echando mano de autores del XIX.

Dinero como medio y como fin

En primer lugar, para Mr. Darcy el dinero es un medio para un fin, mientras que para Gordon Gekko el dinero es un fin en sí mismo. En el universo de Jane Austen se necesita dinero para vivir como un caballero, pero el dinero no te hace un caballero. En el mundo de Wall Street el dinero sí da estatus y por ello es un fin.

En Sentido y sensibilidad, por ejemplo, cualquier lector de la época hubiera detectado que Edward Ferrars, futuro pastor de la parroquia de Deliford, con sus 200 libras de renta anual (entre seis y siete veces el ingreso promedio de la época) es un verdadero caballero, mientras que John Willoughby, con sus dos mil 500 libras anuales (80 veces el ingreso promedio), renta que obtiene al dejar a la pobre Marianne vestida y alborotada para casarse con la señorita Grey, no lo era. Willoughby sacrifica su amor —queda claro que está enamorado de Marianne y no de la señorita Grey— y lo hace por dinero, mientras que Edward, si bien reconoce la importancia del dinero y las dificultades que enfrentará al no tenerlo, no está dispuesto a hacer lo mismo. Willoughby no es, tal vez, un malvado y perfecto aventurero como, por ejemplo, George Wickham en Orgullo y prejuicio, pero tampoco es un caballero y no lo es por tener la actitud que tiene frente al dinero.

Probablemente el mejor ejemplo de lo opuesto a un caballero en las 47 novelas de Trollope es la bella e inteligente Lady Eustace, protagonista de The Eustace Diamonds. Y lo es porque “…la única e inflexible realidad que aceptaba era el dinero”. Su postura contrasta con la del perfecto caballero, Madame Goesler, la cual Trollope captura con gran sutileza al describir los muebles de su casa: “si bien los sillones eran elegantes y suntuosos, estaban ahí para ser usados y eran cómodos como asientos”.11

Lo que distingue al caballero no es su indiferencia frente al dinero o un desprecio por quien trabaja para ganarse la vida. Para Austen y Trollope no tiene nada de malo, moralmente hablando, ser rico o trabajar para hacer dinero. Precisamente por ello los personajes de sus novelas, incluyendo caballeros ejemplares, no dejan de hablar del tema.

Lo que importa al hablar de dinero y ambición profesional es la motivación y el comportamiento específico de la persona. Como escribió a principios del siglo XVIII el político y ensayista Sir Richard Steele, “[l]a etiqueta de caballero nunca debe de ser impuesta por las circunstancias de una persona, sino afijada en función de cómo se comparta una persona dadas sus circunstancias”12 o como señala hoy en día la filósofa Shirley Robin Letwin, “…[l]o que define a un caballero es su comportamiento bajo cualquiera que sean sus circunstancias. Robinson Crusoe, solo en su isla, es un caballero”.13

Una novela que ilustra esta postura frente al dinero es The Way We Live Now de Trollope, que narra una historia de avaricia en el mundo de las finanzas y uno de cuyos personajes centrales, Melmotte, es un Gordon Gekko decimonónico. Pero Trollope no sólo no atribuye la inmoralidad de Melmotte a su profesión o su deseo de hacer dinero, sino que el principal blanco de la condena moral del novelista no es este financiero, sino los supuestos caballeros que se enriquecen gracias a él, sabiendo que en el fondo es un hombre corrupto. Estos personajes, todos ellos ricos aristócratas, no son víctimas de un fraude ni de la avaricia de otro, según Trollope, sino cobardes cómplices de Melmotte. Más que anunciar un nuevo mundo en el que el caballero se ha vuelto obsoleto, The Way We Live Now es un argumento de por qué la moral del caballero es más necesaria que nunca precisamente como resultado de los cambios en la economía y las finanzas.

Sin duda, la mayoría de los caballeros en las novelas de Austen y Trollope suelen tener un ingreso más que razonable. Pero la importancia del dinero para ellos tiene que ver con la independencia que les da. Un ingreso por arriba de cierto nivel facilita ejercer las virtudes del caballero y, a su vez, el no ejercerlas teniendo ese ingreso se vuelve algo imperdonable. Es decir, el dinero ayuda, pero no es necesario y menos suficiente.

En cuanto a las distintas profesiones que uno puede ejercer, todas son en principio compatibles con la moral del caballero y no tiene nada de malo tener que trabajar para ganarse la vida. Lo que importa es la forma en que el trabajo refleja el carácter de una persona. Por ejemplo, en la novela Rachel Ray de Trollope, tanto Luke Rowan como el Sr. Tappitt son productores de cerveza, pero Luke es un caballero y Tapitt no. El joven Rowan muestra que es un caballero, no por su indiferencia respecto al trabajo necesario para sacar adelante su negocio y las consecuentes ganancias que éste genera, sino al contrario, al tomar con gran seriedad su profesión y valorar la destreza y maestría necesarias para hacer buena cerveza. Su cachucha de comerciante no define a Luke; él es quien es, un caballero, además hace cerveza.

Esta postura respecto al dinero y el trabajo la vemos aún más claramente al contrastar al “caballero” con su antípoda, el “snob”. Uno es un snob, según Thackeray, otro autor del XIX citado por Piketty, si “…te apena tu pobreza y te sonrojas por tu profesión”, si “presumes tu pedigrí y te enorgulleces de tu riqueza”.14

Meritocracia y dinero

Una segunda diferencia entre el universo de Jane Austen a principios del siglo XIX y el que retrata Oliver Stone en Wall Street a finales del XX, es que para Mr. Darcy no había mérito alguno asociado con tener o hacer dinero. Mr. Darcy, Mr. Knightly y Mr. Ferrars reconocen y valoran las ventajas de un buen ingreso, pero el dinero no es algo que les da identidad e integridad. Pero en el mundo que habita Gordon Gekko las personas, sobre todo las personas con dinero, sí piensan que merecen el dinero que tienen. Además, el dinero sí es visto como un indicador de carácter e incluso se ha vuelto, para muchos, la medida de todas las cosas.

El surgimiento de este nuevo discurso sobre el mérito y su relación con la riqueza fue analizado en su momento por Michael Young, ideólogo del Partido Laborista inglés de la posguerra, quien inventó para ello el término de “meritocracia” como algo negativo. Su argumento es que la vieja “aristocracia” había sido reemplazada por una nueva “meritocracia” que justificaba la desigualdad en función de un supuesto mérito. Este nuevo régimen, según Young, seguiría siendo tan desigual como el viejo, con el agravante de que la inequidad sería ahora justificada moralmente.

Piketty hace referencia al libro de Young en un pie de página y al hablar de la desigualdad retratada por los novelistas del siglo XIX nos dice que “…[e]sta visión de la desigualdad tenía por lo menos el mérito de no describirse como meritocrática… Nadie intentaba pretender que dicha minoría era más merecedora o más virtuosa que el resto de la población… La sociedad meritocrática moderna… es mucho más dura con los perdedores, pues pretende justificar su predominio en la justicia, la virtud y el mérito, así como en la insuficiente productividad de quienes están hasta abajo”.16 Pero si bien Piketty habla del “mérito” en el siglo XX, lo hace brevemente y no lo contrasta con la forma en que el mérito era interpretado por caballeros como Mr. Darcy en el XIX.

La diferencia entre el mundo de Mr. Darcy y el de Gordon Gekko en cuanto al mérito y su relación con el dinero puede ilustrarse contrastando la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens con su adaptación cinematográfica al siglo XX en la película del mismo nombre dirigida por Alfonso Cuarón. El guionista de la cinta transforma al héroe de esta historia, el joven Pip, en un talentoso pintor que puede estudiar e iniciarse como artista gracias a la ayuda de un misterioso benefactor, el ex convicto Magwitch. El Pip del siglo XX tiene que trabajar, tiene que tener talento y todo ello se debe ver reflejado en fama y fortuna. ¿Por qué? Porque en un mundo en el que el dinero es la medida de todas las cosas y la moral dominante es la meritocracia, el talento y esfuerzo se deben ver recompensados con una merecida fama y fortuna. En cambio, el Pip de la novela del siglo XIX ni trabaja, ni muestra gran talento, ni piensa que merece el dinero que tiene. Se “transforma” en un caballero, pero no por tener dinero y menos por merecer el dinero que tiene. Lo que hace al Pip del XIX un caballero es su conducta, mientras que lo que al parecer le da dignidad al Pip del siglo XX es su talento, que se ve reflejado en una fama y fortuna que él se merece, por más que algo le debe a un viejo ex convicto que, en el pasado remoto, le dio un empujoncito.

Asimismo, las diferencias en ingreso no son vistas por los Mr. Darcys como indicadores de un mayor o menor valor moral. Un claro ejemplo de ello es la discusión en la novela Emma de Jane Austen, entre la heroína Emma Woodhouse y su vecino Mr. Knightly sobre las respectivas virtudes del granjero Robert Martin y el párroco Mr. Elton. Para Emma la profesión e ingreso de un párroco son, en automático, dignas de un caballero y lo colocan por encima de un granjero. Para Mr. Knightly lo que importa es cómo cada uno ejerce su profesión y bajo esta métrica, en este caso particular, el verdadero caballero resulta ser el granjero.

Otra historia que hace alusión al mundo premeritocrático de finales del “largo siglo” XIX es Downton Abbey. Lady Mary, hija mayor del Conde de Grantham, odia el proyecto reformista del nuevo gobierno liberal que encabeza el primer ministro Lloyd George. Pero la queja de Lady Mary no es que su familia merece todo lo que tiene, ni tampoco basa su defensa en el carácter sagrado de la propiedad privada. Su objeción tiene que ver con que las reformas propuestas amenazan un estilo de vida que facilita ejercer una serie de virtudes que ella valora.

En este contexto vale la pena recordar la distinción que hace el filósofo John Rawls entre “merecer” y “tener derecho” a una cosa. Si uno compra un boleto de lotería que resulta ganador, uno tiene derecho al premio, pero no merece el premio. Mr. Darcy y Lady Mary tienen derecho a su dinero, pero no se lo merecen, ni piensan ellos que se lo merecen. Sin embargo, Gordon Gekko sí piensa que merece su riqueza y que su gran fortuna refleja un carácter virtuoso.

Predominio del dinero y límites morales al mercado

Una tercera diferencia entre el mundo de Mr. Darcy y el de Gordon Gekko tiene que ver con los límites morales de lo que se puede comprar con el dinero y su creciente predominio. Si bien, como señala Piketty, “…en las novelas de los siglos XVIII y XIX, el dinero estaba por todas partes”,17 hoy también lo está, pero además es un bien más dominante.

A finales del siglo XX y principios del XXI no sólo se da una creciente desigualdad, sino que al mismo tiempo el mercado empieza a desplazar otros mecanismos y criterios de distribución; se pueden comprar y vender cada vez más cosas. Como resultado de esta creciente comodificación, un mismo nivel de desigualdad tiene ahora un mayor impacto.

Este fenómeno es analizado por Michael Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Límites morales al mercado.18 Sandel parte de la observación de que es posible comprar y vender cosas que antes no se podían ni comprar ni vender. Por ejemplo, es posible rentar la panza de una mujer en India para tener un bebé; comprar un “upgrade” de celda en una prisión; pagar por el derecho a inmigrar a Estados Unidos; pagarle a niños de primaria por sacar buenas calificaciones; comprar el derecho a saltarse la cola en parques recreativos; comprar el seguro de vida de una persona mayor, apostando que morirá antes en vez de después; comprar el derecho a matar especies en extinción, etcétera.

Como resultado, nos dice Sandel, pasamos de una “economía de mercado” a una “sociedad de mercado” en la que todo tiene precio. Una “economía” de mercado es una forma de organizar la actividad productiva en una sociedad, que permite lograr mayor eficiencia y riqueza. Una “sociedad” de mercado, en cambio, es un estilo de vida en el que los valores y lógica del mercado permean todos los aspectos de la actividad humana.

Mr. Darcy vivía en lo que empezaba a ser una economía de mercado, pero Gordon Gekko le tocó ya los inicios de una sociedad de mercado. Por tanto, al comparar el mundo del uno con el del otro, el creciente predominio del dinero y no sólo su distribución se vuelve un tema relevante que debemos atender. Precisamente estas dos variables están de tras de la distinción que hace Michael Walzer entre igualdad “simple” y “compleja” en su libro Esferas de justicia. La igualdad simple busca una distribución equitativa de bienes básicos, al mismo tiempo que combate cualquier intento de monopolizarlos. La igualdad compleja parte de una distribución de bienes en función del significado que tienen dentro de una comunidad y no permite que el estatus de un ciudadano en una esfera le permita invadir otra esfera y controlar los bienes asociados a ella. Es decir, más que combatir el monopolio de bienes básicos, bajo la igualdad compleja se busca evitar que alguno de ellos se vuelva dominante, que el dinero, por ejemplo, lo compre todo, educación, salud, poder político, etcétera.

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Piketty tiene razón en decir que “…los héroes de Balzac o Jane Austen vivían con dificultad…” si su ingreso se encontraba por debajo de un cierto umbral, pero no cuando argumenta que, al estar por debajo de este umbral, vivían “sin dignidad”. La dignidad de una persona, desde la perspectiva de la moral del caballero que vemos reflejada en la novela del XIX, no está vinculada en automático al dinero.

Piketty tiene razón en señalar que “…[e]n la mayoría de esas novelas… el marco indisociablemente monetario, social y psicológico…” se establece de inmediato en las primeras páginas. Pero este marco también incluye una dimensión moral, tan importante como la monetaria, social y psicológica, y que en buena medida tiene que ver con distintas posturas frente al dinero.

Piketty tiene razón al subrayar que montos específicos de dinero a los que constantemente hacen referencia autores del XIX “…permitían en pocas palabras esbozar con agudeza un entorno, modos de vida, rivalidades…”. Pero no, como también dice, “estatus social” o “una civilización”. El estatus social de una persona, según la moral del caballero, dependía de mucho más que de su ingreso y el retrato de esa civilización, como de cualquier otra, requiere ilustrar posturas morales frente a la riqueza y la distribución de bienes básicos.

No se trata de escoger entre Mr. Darcy y Gordon Gekko y menos de argumentar de forma nostálgica que el mundo de Jane Austen es mejor que el nuestro. Desde una perspectiva de justicia distributiva, ambos tienen serios problemas y existen alternativas más atractivas.

El punto, nuevamente, es que un mismo nivel de desigualdad puede ser interpretado y justificado, moralmente hablando, de distintas formas. La manera en que el dinero, el trabajo, la herencia y la riqueza son vistos desde un punto de vista moral y la forma en que se relacionan con la identidad y dignidad de las personas puede ser distinta en diferentes momentos dentro de una misma sociedad, por más que el nivel de desigualdad, en términos estadísticos, se mantenga.

Y una lectura sensible y sensata, sin orgullo ni prejuicio de las novelas del XIX nos permite precisamente ilustrar esta dimensión moral de cómo es vista la desigualdad, dimensión que también hay que tomar en cuenta si la queremos combatir, ya sea en el siglo XIX, XX o XXI. Tanto Gordon Gekko como Mr. Darcy son el enemigo, pero la lucha es distinta si en la trinchera opuesta está un Gordon Gekko que si uno tiene enfrente a un Mr. Darcy.

 

Javier Tello
Analista político.


1 Piketty decide no meterse en grandes discusiones filosóficas sobre justicia distributiva, ni pretende ser exhaustivo al hablar de la desigualdad. No obstante, debates filosóficos y morales inevitablemente surgen al leer su libro, deben ser atendidos y están presentes en las novelas del XIX que vemos citadas a lo largo de su libro.

2 Piketty, T., El capital en el siglo XXI, p. 16.

3 Ídem.

4 Ibíd., p. 452.

5 Ibíd., pp. 123-124.

6 Ibíd., pp. 453-454.

7 Ibíd., p. 398.

8 Ibíd., pp. 263-264.

9 El libro que mejor analiza esta moral y del cual se deriva la siguiente descripción y varios de los ejemplos es The Gentleman in Trollope. Individuality and Moral Conduct de Shirley Robin Letwin.

10 Trollope, A., The Duke’s Children, pp. 85-86, vol. II.

11 Trollope, A., Phineas Finn, p. 270, vol. II.

12 Tatler núm. 207 de 1710, citado en The Gentleman in Trollope. Individuality and Moral Conduct, Letwin, S. R.

13 Letwin, S. R., The Gentleman in Trollope. Individuality and Moral Conduct, p. 267.

14 Thackeray, W.M., The Book of Snobs, p. 260.

15 Young, M., The Rise of the Meritocracy.

16 Piketty, T., El capital en el siglo XXI, p. 457 y 458.

17 Piketty, T., El capital en el siglo XXI, p. 122.

18 La descripción y ejemplos que aparecen a continuación son del libro de Sandel.

 

9 comentarios en “Piketty y Jane Austen, Mr. Darcy vs. Gordon Gekko

  1. Oiga, Javier. Por lo visto en ForoTv, tiene algunos errores de pronunciación en español, que tal vez también sean de redacción. No sé si esa sea una razón para que no tenga tuiter, pero si lo es ¡tuitee en inglés, pero hágalo! Para quienes lo admiramos y somos su fan, 15 min de lunes a jueves de Javier son muy pocos. Usted es de los «comentócratas» más analíticos que hay en el país (y tal vez el mejor). Ojalá tuviera alguna columna o sea profesor universitario, o algo.

  2. Totalmente de acuerdo con Daniel. La opinión pública necesita de más Javier Tello. Más allá de análisis superficiales y llenos de prejuicios.

  3. Y yo también estoy totalmente de acuerdo con Daniel. El caballero Javier Tello posee una mente privilegiada por Dios (por la Naturaleza, o por quien se quiera) y acuciosamente cultivada que lo distingue entre todos los participantes del programa de foro tv. Si el no esta en el programa…adiós tv. Se agradece mucho que se ocupe de escribir. (Una disculpa por la falta de los acentos diacriticos …no se como hacerlo en este aparato).

  4. ¿los amos que trataban bien a sus esclavos justifican la esclavitud, o los maridos buenos que no golpean a sus esposas justifica la subordinación de la mujer al hombre? ¿por que un ingeniero debe ganar más que un técnico o un obrero, y el dueño de la fábrica, o el CEO de la empresa, más que todos ellos?

    Es dudoso su afirmación de que la mayoria del 1% del siglo XVIII y XIX fueran perfectos caballeros. Podria citar a Jonathan Swift y al mismo Adam Smith («Ya es bien extraño que gente del mismo oficio se encuentre reunida, con tal de disfrutar o de distraerse, sin que la conversación acabe con alguna conspiración contra el público, o para hacer cualquier maquinación para elevar los precios».)

    MArx fue más amable con los comerciantes. No es que fueran intrinsecamente malvados sino que, l buscar su propio interes, la forma de organziación economica de la sociedad tendia a establecer, mantener y auemntar las desigualdades.

    Naomi Klein relata el caso de un ejecutivo en una compañia transnacional, ante quien expuso los resultados de su investigación. El ejecutivo se mostró sinceramente preocupado, pero a las pocas semanas desistió de intentar algun cambio, Quiza en su vida personal fuera un caballero, pero su poder e influencia sólo se sostienen si mantiene intactos los mecanismos que crean la desigualdad.

    Si un sistema economico crea riqueza pero es incapaz de distribuirla adecuadamente debido a que hacerlo socavaria las bases de dicho sistema, lo que tenemos es desperdicio. Según la FAO, la tercera parte de la producción mundial de alimentos para consumo humano se echa a perder.

    Aun asumiendo que la mayoria de la clase alta de los siglos XVII y XIX fueran DArcy’s, eso no impidió qeus e alcanzaran cotas de pobreza y explotación terribles en la inglaterra victoriana, En EEUU, Las buenas intenciones no bastan para romper un pacto faústico.

    En “20 años después” D’artagnan y sus compañeros opinaban que debian a poyar al rey ingles contras quienes querian derrocarlo, durante la revolución inglesa, pues tal destino supondria el inicio del fin del antiguo régimen. En “el gatopardo” se relata como “rodo debe cambiar para qeu todo siga igual”.

    “Un joven se acercó a Jesús y le preguntó: —Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para tener la vida eterna? 17Entonces Jesús le contestó: —¿Por qué me estás preguntando sobre lo que es bueno? Solamente Dios es bueno. Pero si tú quieres entrar a la vida eterna debes obedecer los mandamientos. 18El joven le preguntó: —¿Cuáles mandamientos? Jesús le respondió: —“No matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, 19respetar a tu papá y a tu mamá” y “amar a tu semejante como te amas a ti mismo”. 20El joven le dijo: —Yo he cumplido todo eso, ¿qué me falta? 21Jesús le contestó: —Si tú quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes. Dales ese dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. 22Pero cuando el joven escuchó esto, se marchó muy triste porque tenía muchos bienes.”

    • No es que en el texto se da entender no que todos los miembros de la élite fueran auténticos caballeros sino más bien que todos deseaban serlo, es decir era el ideal al que todo ser debería de aspirar y se inculcaba los preceptos a todos, pero el grado de logró variaba con el individuo eso si todos trataban que su herencia, en el sentido más amplio de la plabara, fuera buena (incluso en la muestra más clara de hipocresía los “malos” querían ser buenos o al menos que su herencia si lo fuera), a eso se refería, pero también por la visión del dinero de la época la desigualdad no era algo que se redujera solo con aumentar los ingresos propios sino que dependían de otros factores que incluso tuvieran más peso que el ingreso, es por eso que si bien no hubo una reducción de la desigualdad económica si había una reducción de la desigualdad social y eso dependía del “carácter” de alguien, de ahí que el siglo XIX fuera un siglo raro en extremo tan lleno de cambios y a la vez muy inmóvil

  5. Escriba algun artículo sobre nuestra sociedad (mexicana) de mercado y los valores que retratan esos videos “gruperos” y pseudomusica que los motiva. Le aseguro que algo interesante y esclarecedor encontrará para compartirlo con quienes lo leemos y seguimos en tv. 🙂

  6. Excelente artículo. Tello se mueve muy bien entre el cine, la literatura y el pensamiento filosófico/político. Sus argumentos y objeciones a Piketty son sólidos. Leeré más artículos del autor en Nexos.