En 1951 el alcalde de Nueva York, Vincent Impelliteri, viajó al pueblo de Isnello, en Sicilia, de donde había salido siendo niño, cuarenta años antes. Seguía siendo un pueblo receloso, sombrío, con los mismos cuatro mil habitantes que tenía en 1900, con toda la áspera pobreza siciliana, y una desconfianza de siglos. El viaje fue un acontecimiento digno de la atención de la prensa en Italia, y en Nueva York: el pueblo se llenó de periodistas que preguntaban por esos detalles inútiles y un poco absurdos, convencionalmente pintorescos, que hacen que un lugar como Isnello pueda existir en la prensa.

Al parecer nadie tenía un recuerdo claro ni del pequeño Vincenzo de medio siglo atrás, ni de la familia Impelliteri, aunque muchos podían descubrir alguna clase de parentesco. Alguno le había dado a su padre un trozo de queso, para el viaje.

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Ilustración: Estelí Meza

Tenemos la crónica de Carlo Levi en un libro conmovedor: Le parole sono pietre (Einaudi, Roma, 2010). La llegada del alcalde se preparó con el mismo cuidado solemne, un poco rutinario, con que se prepara la fiesta de un santo, o el paso del obispo. Los periodistas querían saber qué esperaba la gente. Algunos respondían, para ser amables, alguno hizo la cuenta de lo que faltaba en Isnello:  hospital, escuela, cine… En el fondo no esperaban nada, aparte de la visita, que tuvo desde el principio un aire casi mitológico. Como sucede con los personajes legendarios, el nacimiento de Impelliteri estaba rodeado de misterio: no estaba claro ni cuándo ni dónde había nacido. Circulaban versiones, historias. El Pontiac en que llegó se convirtió inmediatamente en una especie de reliquia, una cosa santa y milagrosa. Los niños se acercaban casi con miedo: “¡Tocamos el coche! ¡Tocamos el coche, nos vamos a América!”.

Desde el balcón del ayuntamiento, el alcalde de Isnello dijo que al festejar al ilustrísimo invitado el pueblo se festejaba a sí mismo, porque todos se reconocían en él, que era uno de ellos, uno más. Pero no. Precisamente, el motivo de la celebración era que el americano no era uno de ellos, aunque lo había sido en ese improbable, borroso pasado: se festejaba el cambio, la distancia, se festejaba resignadamente la posibilidad de dejar de ser campesinos de Isnello.

La visita toda, incluidos el discurso del párroco y el alcalde, y el coro de niños, era una escenificación de la dislocación de la sociedad siciliana tensada por la emigración. América: la esperanza, el dolor, la nostalgia, era igualmente real, estaba igualmente presente para los que se habían quedado, como para los que se habían ido. La emigración era algo que les había sucedido, que les sucedía a todos. El desarraigo les sucedía a todos. Con una diferencia: América era el porvenir. Es decir, que la distancia no era sólo geográfica, sino temporal. Isnello era el pasado. Y quienes se habían quedado sabían que vivían en el pasado. El brillo del alcalde de Nueva York era un atisbo del futuro —que estaba en otra parte.

En el camino de regreso a Palermo el coche del alcalde se tropezó con el paso de la procesión del Santísimo Crucifijo, que hacía imposible el tránsito. Alguien avisó al sacerdote que la encabezaba que quien quería pasar era el señor Impelliteri. El arcipreste se quitó el bonete, respetuosamente, dejó tirado el Santo Crucifijo, y fue a toda prisa a saludarlo. Le pidió que transmitiera sus saludos al cardenal Spellman, y le dijo que él también tenía un primo en Chicago. Le preguntó si lo conocía. No lo conocía.

Vincent Impelliteri llegó a la alcaldía de Nueva York tras la renuncia del alcalde William O’Dwyer (que según parece fue nombrado embajador en México para que no tuviese que responder ante un juez algunas preguntas incómodas). Era el sucesor obligado, como presidente del Consejo de la ciudad, algo que había sido casi un accidente: para la elección de 1945 la plantilla del partido demócrata había quedado formada por un irlandés de Brooklin (O’Dwyer) y un judío del Bronx (Joseph Lazarus), de modo que faltaba un italiano de Manhattan. Impelliteri, que era entonces secretario de un juzgado, tenía la ventaja de que nadie lo conocía. Y era además un poco tonto (en inglés suena más amable: slow-witted). Ese pasado gris permitió que en la elección inmediata se le presentara como el candidato independiente —enemigo de los partidos (según es fama, “Impy” despachaba todos los días con el cacique de Nueva York, Robert Moses, y salía de la reunión con una carpeta de documentos para firma, sin la mediación de ningún partido).

Impelliteri intentó reelegirse en 1953. No lo consiguió. El nuevo alcalde lo nombró juez en una corte local. Su fama estuvo siempre nublada por su asociación con otros italianos: Frank Costello y Tommy Luchese, emigrantes también.

La población actual de Isnello no llega a los mil quinientos habitantes.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.